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IV

Bajo la llovizna tétrica, ambos regresaron al pueblo. La visión que los recibió fue algo de pesadilla. Por doquier, hombres, mujeres y niños se debatían en el suelo, víctimas de violentas convulsiones. Quejidos, deformadas plegarias y gritos inhumanos, se sucedían a lo largo del camino. Ulises no pudo reprimir el llanto, tal era la conmiseración que la situación le provocaba. De pronto, la imagen de Fátima acudió a su mente y la desesperación fue un potente motor para sus piernas castigadas. Con la agilidad digna de un muchacho, corrió por la calle larga, eludiendo los cuerpos que se diseminaban como si aquel fuese el emplazamiento de una batalla campal. Con el corazón literalmente en la mano, ingresó en su casa seguido del predicador. El horror se había desatado en toda su crudeza durante su ausencia. Su mujer yacía en el suelo en medio de un charco de sangre. Se abalanzó sobre ella para protegerla y fue en ese instante que se percató de un hecho escalofriante. Una figura que aún conservaba restos de la fisonomía de un hombre, se encontraba de pie frente al cuerpo exánime. Al ver al anciano, la horrible criatura agitó sus brazos en el aire mientras profería un extraño graznido. Ulises retrocedió instintivamente mientras unas enormes garras rasgaban furibundas el tapiz de un sillón. Mario se arrojó sobre el viejo y lo alejó de aquel espantoso escenario. El humanoide, al verlo, pareció enfurecerse ya que profirió un grito aún más espantoso que el primero y en dos zancadas estuvo sobre el predicador, cubriéndolo con su asqueroso cuerpo. Ambos lucharon ferozmente, aunque Mario llevaba todas las de perder ya que su contendor parecía haber multiplicado sus fuerzas. Rodaron por el suelo. El predicador creyó que su última hora había llegado, lo que después de todo no dejaba de ser un consuelo. El rostro del ser del averno cubría por completo su campo visual. Las manazas se apoderaron de su cuello y comenzaron a oprimirlo más y más. -¡Maldetu! ¡Maldetu!- parecía articular aquella boca grotesca y babeante, ya en la plenitud de la bestialidad. Aquello fue lo último que articuló el mutante. Un estampido aniquiló su desbocada energía y el cuerpo rodó por los suelos. Ulises había cobrado venganza por la muerte de Fátima, su abnegada mujer. El rifle colgaba todavía de su mano izquierda cuando el predicador acudió a reconfortarlo.
Era un crepúsculo más triste que todos los demás, ya que a las tinieblas que lo circundaban, las del alma, ennegrecían todo entendimiento.

Fátima fue sepultada con sus brazos cubriéndole el regazo. Su rostro emanaba la serenidad del que se va de este mundo en manifiesta paz. Una blanca cruz fabricada por Ulises indicaba el sitio preciso en que, parte de la vida del viejo se había quedado anclada para siempre. Mario pronunció unas significativas palabras que trasuntaban todo su dolor pero que rubricó con un hasta pronto que -por lo acontecido- era una promesa muy cercana a concretarse. Luego, el fúnebre cortejo compuesto por ambos, más unos cuantos lugareños que aún no evidenciaban los efectos de la misteriosa enfermedad, prosiguió con la agotadora faena de enterrar a los cientos de seres que, atrapados por ella, habían muerto después de una horrorosa agonía, lo que se reflejaba en sus cuerpos retorcidos y en esos ojos muy abiertos, como si quisieran vislumbrar una respuesta a su tragedia, más allá de su deceso.
La desconfianza se apoderó de todos. A la menor manifestación de la enfermedad: fiebre, excoriaciones o silabeo extraño, el infeliz era aislado del grupo, maniatado y amordazado para que su muerte fuese misericordiosa. Uno a uno, los hombres fueron falleciendo, algunos en el fragor de la fiebre espasmódica, otros sufriendo el desfase de su lenguaje, desmembrado en su esencia, transformándose ellos mismos en seres amorfos, caricaturas del ser humano que alguna vez fueron. Sobrevivieron solamente Mario, Ulises y dos pueblerinos, todos temiendo el instante en que la desgracia haría escarnio de su naturaleza. El hambre revolvía sus tripas y como sólo quedaban unos cuantos arbustos fértiles, los cortaban de raíz y los devoraban con avidez. Cierta noche en que se calentaban alrededor de una fogata, Ulises, que había envejecido un siglo, miró repentinamente con ojos extraños al grupo, se detuvo en el predicador y lanzó una carcajada que restalló en el silencio, alarmando a los hombres que ya no sabían a que atenerse. La sorpresa y el miedo los invadió cuando el viejo se abalanzó sobre Mario injuriándolo con un furor incontenible. Éste lo sujetó a duras penas y después de un largo entrevero lo depositó en una esterilla que hacía las veces de lecho. El viejo lloraba con una pena que desgarraba el alma. Una mezcla de palabras difusas que de pronto parecían una ofensa y luego una plegaria, se escapaba de sus labios deformados por la tensión. Los hombres que los acompañaban quisieron atarlo pero Mario no lo permitió. Permaneció a su lado durante la larga noche, sujetando al anciano cuando la fiebre le hacía proferir denuestos e intentaba atacarlo. El fuego casi se extinguía cuando el predicador, somnoliento escuchó la voz de Ulises, un hilillo incoherente que pedía perdón. -Es la venganza, la implacable venganza... la venganza del hombre. ¡Ten clemencia de mi alma, querido amigo! Y se durmió para siempre.

Al amanecer, una nueva cruz apareció en el desolado paisaje. Dos días después, Mario descerrajó un tiro a uno de los hombres que intentó atacarlo con un afilado cuchillo. Igual suerte corrió el último de los acompañantes al comentarle una pálida mañana: -Creu qui os quia puca vía. El predicador, resuelto a evitarle una larga agonía, lo precipitó a un abismo y con lágrimas en los ojos, pronunció un corto responso. Los valores, la decencia, la ley y todo aquello que estructura la vida del hombre en tiempos normales, ahora carecía de sentido.
Mario intuyó que era la última criatura sobre la tierra, la antítesis de Adán, el primer hombre. La soledad, la real soledad, desnuda como la piedra, se aposentó en su corazón dolorido. Transcurrirían varios meses antes que la considerase como una compañera, la última, la definitiva. Pronto llegó su hora. Cierta tarde mientras leía a viva voz un pasaje de su ajada Biblia detuvo su lectura y alzó sus ojos al cielo, no en un arrebato de misticismo, ni siquiera de súplica. Era una mirada cognoscitiva, plena de curiosidad y a la vez, de entendimiento. Las oscuras nubes que reinaban en el firmamento, se contraían voluntariosas, luego parecían arremolinarse formando imágenes violentas, apocalípticas. Arrebujado en su abrigo, presa de un indefinible sosiego, parecido al del condenado a muerte que se rinde ante lo ineluctable, musitó: -Celu grise. Y sujetando con las pocas fuerzas que le quedaban su libro sagrado, se encaminó hacia un punto indeterminado. En realidad, ya no había caminos, o en su defecto, sólo le esperaba uno, poco importaba ya. Murmurando un castellano deformado por la Sentencia Final, se dejó arrastrar por sus piernas insensibles. La nube, entonces, pareció curvarse para cubrirlo como un tibio manto...



FIN













Texto agregado el 27-04-2006, y leído por 165 visitantes. (1 voto)


Lectores Opinan
03-05-2006 Ayyy que tremendo relato Gui. una pesadilla total. Aún tenía la esperanza que salieras con una de las tuyas, pero no, fue terrible todo. Demás está decirte que está buenísimo y genialmente narrado. Besos y estrellas clarísimas (por ahora). Magda gmmagdalena
 
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