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Uno

De tanto ver el chapulín colorado y pasarme rollos con sus ‘pastillas de chiquitolina’, encogí. Tal cual: de un día para otro encogí hasta alcanzar el tamaño de un poroto de pastilla. Todos en casa se veían enormes. Sus pasos retumbaban como terremotos y réplicas. Pensé que se trataba de un sueño, pero no. Todo era tan real como la vida misma. Deambulé de mi habitación al pasillo, y de allí al antejardín. En el patio los chanchitos de tierra que se me cruzaron, parecían enormes dinosaurios silenciosos, repletos de patas histéricas que se batían locas. La viscosidad de las hormigas me dio asco, ni hablar de las tenazas que se les abrían y cerraban a la altura del hocico. Hubo un gorrión en el pimiento que me quedó mirando con cara de hambre. Por mi aspecto debilucho, seguro que me confundió con un gusano. Tuve que esconderme tieso debajo de un montón de hojas de damasco.

Dos

Estuve varios días merodeando la casa. Cada vez que mi marido llegaba del trabajo le gritaba con desesperación, pero nada, nunca hubo respuesta. Claro que estoy conciente que mi voz sonaba menos que el vaivén de una pluma. Una tarde el viento me arrastró como un violador. Primero me trajo a la orilla de la avenida, entre sacudidas y tirones. Casi se me sale el corazón por la boca cuando quedé metida entre el dibujo del neumático de un camión. Era invierno, así que el frío calaba hondo. Recé como una fanática para que no se pusiera a llover, sino de seguro acababa ahogada, aunque una vez la corriente que se formó con la orina de un ebrio que se paró a mear en el portón, me sirvió para avanzar calle abajo hasta llegar a la casa de una amiga y vecina. Allí fue cuando me encontré con los otros. Eran tres: dos mujeres y un hombre. Para cobijarse del frío solían dormir en el lomo del gato de mi vecina. Según ellos allí era muy cálido y tranquilo porque el gato era hogareño y con suerte se alejaba dos metros del ventanal de la casa. Al principio me dio miedo, pero después vi en ello, la oportunidad para no volverme loca. Me contaron que también eran víctimas del embrujo de ‘las pastillas de chiquitolina’.

El día que me los encontré aproveché la oportunidad de consultarles todas las mañas para sobrevivir. Fueron tan amables que no dudaron en ofrecerme parte del terrón de azúcar que escondían debajo de un envoltorio de chicle. Parecía un iceberg, pero uno tan dulce como el caramelo del flan.

Hacía días que venía con una hipotermia incubada que no me dejaba tranquila. Tiritaba más que una jalea; por más que intenté que los otros liliputienses me dieran un espacio entre la cabellera de micifuz, no hubo caso, siempre apelaron a la privacidad de sus actos. Lo peor era que ni perros habían en la casa de mi vecina Yolanda.

Tres

Un día no aguanté más el frío, así que como pude me colgué del visillo del cortinaje que se escapaba por la ventana abierta y escalé hasta quedar frente a la cama de Yolanda. Me demoré un día completo. Adentro el frío era menos pero igual el rechinar de mis dientes no paró. Con mi vecina acostumbrábamos tejer en las tardes. Con ella desahogaba mis penas cuando había pelea con mi marido. Siempre fui muy celosa, incluso llegué a pensar que mi súbito encogimiento era el castigo por esa conducta odiosa que me caracterizaba.

En la cómoda de mi vecina estuve como cuatro noches seguidas. Algo alcanzaba a abrigarme con la luz de la pantalla encendida. Allí era seguro porque abajo, entre los guardapolvos, ella acostumbraba echar veneno para hormigas. Abajo era peligroso y corría uno riesgo de terminar barrida por los pelos de un escobillón o atravesada por una astilla de virutilla. Para sobrevivir me alimentaba con los restos de papas fritas y otros embelecos que en las noches los moradores de la casa acostumbraban engullir. Más de una vez me tocó ver cómo mi vecino hacía el amor con ella. En aquellos momentos me bajaba la nostalgia por mi marido.

Un día sin más, me metí de caradura entre sus sábanas. Era pleno invierno y hacía un frío extremo. Andaba con regla, así que más profunda era mi depresión. Es más, y tomando en consideración los consejos de los otros diminutos que días atrás me encontré en el patio, como tonta, mientras ellos dormían, busqué pelos debajo de la sábana. Mi pudor fue tal que no me atreví a abrigarme con la entrepierna de mi vecino. Por eso me cobijé en el pubis peludo y acogedor de Yolanda. Recuerdo que apenas duré unos minutos despierta, luego el cuerpo se me temperó y caí en un sueño muy profundo.

Cuatro.

Cuando nuevamente desperté mi desazón fue mayor. Era un día espléndido y sin embargo seguía midiendo apenas un par de centímetros. Se suponía que todo era un sueño y por último, en el peor de los casos, debía haber despertado entre las piernas de mi vecina, en su vulva que por lo abrigadora que me resultó, parecía un escaldasono, una frezada de lana de alpaca. Pero no. No se cómo, ni porqué, desperté durmiendo entre los pelos tiesos de la barba de Clemente, mi marido…

Texto agregado el 18-05-2006, y leído por 271 visitantes. (15 votos)


Lectores Opinan
14-07-2006 La historia me parece bien contada, fluída. Revisaria algunas palabras (el hocico de las hormigas) y expresiones (el viento me arrastró como un violador) que me parecen no del todo felices. El final me hubiera resultado jocoso si no fuera porque ya lo había escuchado en un chiste. CK CocinasKenia
01-07-2006 Tenías que escribir con genialidad, si has visto al "Chapulín Colorado" y a esos genios que le rondan. 5 estrellas de oro. pedropensador
25-05-2006 jajja, muy imaginativo niño, merece la pena venir por aqui burbuja
24-05-2006 Me sacaste una sonrisa en este día de mierrrr... Ingeniosa historia,me dejó pensando acerca de cómo se te ocurrió... Cuando vi tu foto y me di cuenta que usas barba supuse la respuesta... onirica
23-05-2006 Jajajajajajajajaja qué final, por la misma cresta. Eres un loco de atar y yo que casi me robo el cuento para llevárselo a mis chicos de quinto. Menos mal que luego de conectar la impresora , me dije que debía terminar de leerlo primero...menos mal. Un texto gracioso, entretenido que mantiene esa tensión necesaria para avanzar con las historias de tu protagonista, que al fin de cuentas llevaba mediso cuernos. Estrellas vienen volando. Me he divertido como loca. FaTaMoRgAnA
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