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Me compré un gazpachero blanco pintado de hojas verdes y flores rojas. Era enorme y más parecía un lebrillo, pero a mí me gusta así, grande para hacer gazpachos, meterlos en la nevera y coger un vaso y un cazo e ir y venir hasta que sólo quede un caldito imposible de atrapar. Tenía seis cuencos y el juego pesaba bastante pero para eso subimos con el coche. Fue lo que quise llevarme después de entrar y salir en las tiendas de artesanía y recorrer calles de paredes encaladas que herían los ojos con la luz de un día picante de agosto. Estaba cuidado el pueblo. Los arcos brillaban, coronando las callecitas de piedras lustrosas y macetas de geranios.

¡Qué poco original!, me dijo ella. Y yo le contesté que ya estaba la fina hablando. Porque tengo esa doble con pretensiones de gran diva que siempre me afea lo que hago, hablándome en segunda persona como si no fuera yo. Y lo que hago es elegir un plato de jamón pata negra en lugar del caviar iraní que mi superyo me aconseja. La tengo metida en vereda, arrinconada en el desván donde espero que un día se apolille de aburrimiento. Pero, aunque dejo que mi lado más pueblerino salga victorioso, esa pretenciosa no deja de incordiarme con sus palabras grandilocuentes y vacías de carne. A mí me gusta la carne porque para eso tengo caninos. También el pescado, que ahí tienen algo que ver los incisivos. Bueno, ¡qué coño!, me gusta todo. O casi todo. Pero ese día, con los tirantes de la camiseta dejando un corte colorado de abrazo fuerte de sol, la acallé durante un buen rato. Me pasa que cuando estoy bien, la plenitud del instante atranca la puerta de la pedantería. Cogimos el gazpachero, lo llevamos al maletero del coche y anduvimos un rato más curioseando por las tiendas hasta que el día perdió luz y se movió algo de brisa. Cenamos a la puerta de un bar un plato de ibéricos y una ensalada, a la luz de unas farolas que atraían mosquitos, dos salamanquesas subiendo por las paredes hacia la luz infectada de insectos y unos gatos que, entre las piernas, se afanaban con las pieles y algo del chorizo. Cuando se cerró la noche, se oyeron los primeros cantes de La Reme. En la plaza del Ayuntamiento, en un tablao, ella se tragaba ruidos y susurros con sus pulmones de reina. Nos sentamos de cara a las estrellas y allí estuvimos hasta que la plaza se quedó sorda y se oyeron las pisadas y las conversaciones alejándose.

Era tarde cuando cogimos la carretera de vuelta a Jerez. Corría el aire por mi brazo asomado a la ventanilla y en el radiocasete, la Vargas amanecía con su voz ronca. Me quedé traspuesta. Creo que una lechuza dijo algo de te vas a enterar. O quizás fue ella. Sí, es una vengativa, le debió de joder mucho estar dobladita en el fondo del arcón. Así que avisó de lo que se venía encima. Y lo que se vino fue un tirón del coche y una parada en seco. Mientras le clavaba a él las uñas en el antebrazo con una reacción absurda porque ya no me tenía que agarrar a ninguna parte, le pregunté qué pasaba. No lo sabía. Salió del coche. Salí yo. Abrió el capó y se asomó a las tinieblas. Fue a por una linterna. Volvió y alumbró. Un motor. Corría ya un aire fresquito tirando para frío. Crucé los brazos, abrazándome. “Bueno, ¿qué?”, comenzó ella, impaciente. “Pues no sé qué le pasa”, dijo él mientras hacía presión y balanceaba el coche. “Esto lo estaba viendo yo venir”, se lanzó la arpía con sus dos gotitas de veneno asomando por los colmillos. “¿Desde cuándo no haces una revisión al auto?”, continuó (mira que llamar al coche auto) y siguió echando hilillos verdes por la comisura de la boca mientras él aguantaba el chaparrón. Llamó a la grúa. “Esto es que lo cuento a mis amigas y no se lo creen. Las cuatro de la madrugada y sin pasar un alma que nos lleve. Si es que tenía que pasar.” Y volvió a lo de la revisión. Vino la grúa, cargó el coche y los tres apretujados en la cabina tragamos unos cuantos kilómetros en silencio. Pero en seguida volvió a la carga. “¿Y esto nos va a costar mucho?” “Nada mujer, nada, para eso pagamos al RACE”, intentó callarla él. Inútil. Su cabeza ya estaba pensando en el día siguiente que a ver cómo nos íbamos a mover y que vaya mierda de vacaciones. El conductor dio unos cuantos volantazos. “Es por los conejos”, dijo a modo de explicación cuando le pedimos cuentas. “Los deslumbran los faros y se quedan paraos en medio de la carretera. Y si pillo uno, pues bien contenta que se pondrá la parienta”, se rió hasta ahogarse de toses. “Lo que nos faltaba, un animal conduciendo”, silbó ella en la oreja caliente del marido. “¿Pero aquí hay conejos?”, intentó él templar un aire que abrasaba mientras los músculos y las venas de los brazos se le hinchaban amenazando con estallar la camiseta. “Pues lo lógico sería que los del RACE nos pagaran el alquiler del auto mientras arreglan el nuestro”, volvió a la carga la imprudente. El conductor dio un volantazo y se pasó al otro carril. El marido, mi marido, agarró el volante y dio otro volantazo hacia la derecha. “Se acabó la caza del conejo”, amenazó al conejida con el índice en alto, luego me pegó un codazo en las costillas y dijo: “Haz callar a esa de una puta vez o hago parar este trasto y la dejo en mitad de la carretera”

La toca pelotas se escondió bajo el hígado, a llenarse supongo de bilis y el conductor agarró el volante bien fuerte, con las dos manos. El resto del camino, derechitos y callados. Tiene mucha paciencia, pero menudo es mi marido cuando se cabrea.

Texto agregado el 20-05-2006, y leído por 125 visitantes. (6 votos)


Lectores Opinan
02-07-2006 jejejej, tiene mucha ironía y salpicaduras para mí humorísticas, me encantó impresa
30-05-2006 El otro Yo, o lo dominas o tratara de dominar al mundo. Buena narración, amena, te hace leerla sin sentir, te felcito. Que bonito es Arcos de la Frontera+++++saludos antoniana
24-05-2006 Un bonito cuadro de convivencia veraniega.Me suena. naju
23-05-2006 Me ha encantado "la otra". Un personaje de lo más interesante. 5* Sophie
20-05-2006 que buen relato Lola, ufffffffffff hasta a mi me salia la hiel por la boca Soy_Naixem
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