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Fui de los niñitos que creció en colegio católico y rezaba. Fui de los niños que quería pertenecer a los mismos niñitos católicos y lucía accesorios maui and sons para sentirse presente. Fui de los niñitos que creció sin televisión por cable, porque vivía en Lo Prado y ahí el cable no llega. Le mentí a los demás niñitos católicos, diciendo que veía sus mismos programas de televisión por cable, porque quería sentirme uno más.
Tenía diez años y mi mamá compró una máquina de coser industrial marca singer. Mi madre me confeccionó un estuche para guardar lápices. Era inmenso y a mí me daba vergüenza, porque era horrible. Para no sentir tanta vergüenza tomé el corrector de Adolfo Berdía para dibujar en él. Escribí Nirvana y Metallica. Lo escribí porque eran las bandas de moda y yo quería sentir que pertenecía a algo. Lo escribí aún cuando nunca había escuchado a los músicos citados. Cuando terminaba de escribir, el lápiz corrector reventó y manchó mis manos y el estuche. El chino Berdía se enfureció y me golpeó en la cara. Dos semanas atrás habían extraído mis amígdalas y adenoides. No lloraba de dolor, lloraba de impotencia. Berdía amenazó con golpearme de nuevo si no le entregaba $260, el valor del corrector, al día siguiente.

Existen los niños de verdad, los verosímiles y los inverosímiles, los de nylon y los que son de plástico. Los niños de plástico se visten bonito, siempre escuchan música que no está al alcance de los otros y por ellos diferenciamos lo popular de lo inédito. Y cuando lo inédito pasa a ser popular, ellos consumen lo inmediatamente inédito.
Los niños de plástico nacen con un don para atraer masas y con capacidad de pensamiento. Tienen a su cuidado a los niños de nylon, que son adictos al plástico. Nunca serán de plástico, pero se sienten cómodos en la sombra del polietileno. Adolfo Berdía me golpeó no por estropear su lápiz corrector, sino porque él había jurado ser un niño de nylon. Cristián Pusic era de plástico y me odiaba porque yo, sin darme cuenta, pertenecía a la inverosimilitud, queriendo ser de nylon.
A mi juicio, los niños de verdad siempre tienen la razón y se roban los libros de las bibliotecas escolares, aún cuando siempre hacen lo correcto. Los niños de verdad son pocos. En contraste con los de plástico, ellos crecen sin televisión por cable, no los influencian videos musicales ni hermanos mayores, sin embargo consumen música decente. Se percatan del mundo a una edad temprana, casi al mismo tiempo que los de plástico, pero no lucran con aquello. Los niños de verdad son buenos no porque lo hayan aprendido, sino porque cuando sus padres los encuentran en los repollos ya vienen así.
Los niños verosímiles se acercan a los de verdad. Respetan los gustos musicales y jamás negarán su pasado new kids on the block o su fascinación por Pablito Ruiz. Los niños inverosímiles, si bien comparten similares características con los verosímiles, ellos están destinados a observar y nunca se pronuncian al respecto, porque casi siempre tienen miedo.

El rock nacional
Amable lector, usted se preguntará a qué viene el análisis anterior si nuestro tema de conversación es otro.
El rock siempre será rock. Puede pasar por todos los idiomas, pero básicamente siempre será el mismo. Como todas las cosas que valen la pena, el rock se puede reinventar y en Chile, claro, se volvió chileno. Ya ve usted lo que pasó con el socialismo. El asunto radica en si usted era/es un niño verosímil o inverosímil, de plástico, nylon o de verdad. Teniendo doce años y siendo inverosímil para el resto de sus días, poco se podía hacer. Uno escuchaba las emisoras de radio populares, se sorprendía con el festival de Viña y se conformaba con no ser de plástico.
Estoy tratando de entender el rock chileno no como vibraciones contagiosas, localistas, donde uno se encuentra con cosas muy malas y con letras muy buenas, con bandas que valen la pena, porque piensan. Estoy tratando de entender el rock nacional no como un puñado de influencias anglosajonas, sino como una construcción supervisada por los niños que asistieron al colegio, que rezaron y que lloraban porque su gato había dejado de existir. Estoy tratando de comprender que esos mismos niños, en definitiva, son el rock.
Se percatará, por lo escrito en párrafos anteriores, que no todos los niños son capaces de percibir de la misma forma la música. Algunos son influenciados por hermanos o personas mayores, a su vez, los influenciados afectan a los chicos de nylon que sólo existen para complacer la presencia de los de plástico.
Pero pese a lo anterior, los niños de plástico son de suma importancia. Creo que los niños restantes son rock, pero en particular, los de plástico son más rock: se empeñan en abrazar una identidad no inventada, pero que existe, como el rock chileno, buscan la incomprensión, como el rock chileno…se esmeran en proyectar una imagen ajena a la gente común aunque son comunes, como el rock chileno.
Pienso en Cristián Pusic y no puedo estar tan equivocado. Chile es así, no puedo estar tan equivocado…

Texto agregado el 01-06-2006, y leído por 129 visitantes. (0 votos)


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