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-I-

Hacía muchos años que no podía hablar. No recordaba siquiera como era el tono de su discurso o el ritmo de sus sílabas. Ni siquiera podía recordar el efecto que producía lo que decía ni tampoco si era capaz de articular medianamente una conversación entre comensales.

Tenía cuarenta años y una vida de insatisfacciones a sus espaldas. Mientras mascullaba estos pensamientos se afeitaba con unas manos decididas, grandes y huesudas, absorto en la contemplación de su cuerpo alto y corpulento como el de un atleta. Se miraba en el espejo con los ojos abiertos, grandes y redondos de un color gris profundo.

Por un momento dejó de afeitarse mientas contemplaba las dos cicatrices casi superpuestas que brotaban de la sien izquierda y que agravaban los rasgos de frialdad en el rostro, ya de por si intrigante.

Hacía un año más o menos que se instaló en la casa. Se trataba de un recinto de apenas dos habitaciones y una cocina pequeña que albergaba en un rincón un retrete mínimo que jalonaba una puerta de madera vistiendo la más triste de las penumbras.

Había llegado a la ciudad aprovechando la oportunidad que le brindaron en su empresa con un puesto similar al suyo, maquinista de tren, y que había sido anunciado a sorteo entre todos los empleados. Pero nadie se interesó, salvo él, ya que era un lugar apartado en una ciudad sin demasiado atractivo y lejos de los núcleos de diversión.

Él, que carecía de voz, siempre deseó tener una, pero no una cualquiera. Necesitaba una voz apropiada a su persona, necesitaba que ese miembro con espíritu parlante fuera perfecto porque ahí radicaba el secreto de su propia salvación. Sí, necesitaba sentir que se llenaban esos huecos que se aferraban a su garganta, vacíos, y que nunca podía aplacar con nada mientras soñaba denostadamente con métodos o vías de conseguirlo.

A él le gustaba leer libros de ciencia, siempre buscaba en ellos soluciones para todo. De sus lecturas había sacado muchas conclusiones y algunas veces intentó explicar sus teorías a compañeros de trabajo o conocidos, pero sin éxito, porque sorpresivamente parecían no creerle e incluso habían llegado a tacharle de loco y hasta de farsante.

Desde entonces se dijo que la mayoría de los hombres eran hijos de la idiotez, cuando no de la envidia. Ante las reacciones que provocaba en sus congéneres había optado por no confiar a nadie sus hipótesis científicas y le bastaba saber que eran ciertas. Sabía que en la naturaleza había leyes desconocidas que regían toda una serie sorprendente de hechos que eran ignorados por la totalidad de los mortales y que sólo acertó a intuir, aunque de forma superficial y equivocada, un genial científico ya desaparecido.

Sólo era cuestión de esperar a que las leyes actuasen y estar en el lugar apropiado. Cuando todo hubiera terminado y al fin, tuviera una voz, gritaría al mundo el cariz de sus descubrimientos. Dejaría de ser un simple mortal abandonado en una buhardilla insignificante en las afueras de una ciudad sin nombre y pasaría a ocupar los anales afamados de los genios.

Mientras la retahíla de palabras mudas fluctuaba por su cabeza, algo a su vez fluía por el interior de las paredes, entre los entresijos invisibles. Él sabía lo que ocurría, hacía mucho tiempo que averiguó los efectos de las leyes que ya conocía. Sin embargo, irónicamente, carecía del poder de admirar el fenómeno con el sentido de la vista, o del oído, o de cualquier otro sentido. Ni siquiera lo apreciaba con la intuición, pero tenía la certeza de su existencia. A veces, dependiendo de la densidad que oprimía el ambiente, las tonalidades se volvían más afiladas y surgían grandes saltos de luz.

Lo normal era que a plena luz del día, ésta no penetrara en las estancias. Solamente se afirmaba en la propia ventana abierta de par en par, vomitando apenas un resplandor que enseguida se detenía en seco a los pies de la misma, sobre la vieja alfombra de lana que cubría parte del suelo. Otras veces sin embargo, solo se dejaba palpar una densidad descorazonadora a través de la luz. Todo era cuestión de simbiosis, del pensamiento que actuaba en cada momento.


- II -


El piso era un antro que se esforzaba en amueblar intentado el más exquisito de los gustos. La forma del tejado con sus pequeñas ventanas en la habitación principal, daban a la estancia el aspecto de un cajón desarmado, grande y dolorido, que él trataba de remodelar en un lugar más álgido mientras lo vestía con plantas verdes o amarillentas flores secas. A pesar de todos los esfuerzos, aquel lugar se resistía a tener el aspecto de un lugar cómodo que aunque pequeño se pudiese habitar con decoro. Lo mismo le había sucedido en las dos casas que había habitado con anterioridad. No había tenido demasiada suerte con ese asunto, pero llegó a la conclusión de que eran los lugares, que al igual que él, estaban faltos de una voz particular. No tenían el alma suficiente, estaban incompletos, y un alma lo era todo, el alma estaba en la voz o en el acompasado canto o en el susurro de las hojas o incluso en el silencio consentido.

Cuando aparecía en la casa, nada más girar la llave y sin que él se percatase, una densa niebla hacía su aparición inundándolo todo y llevándose la luz del día. Unos espesos tintes claroscuros aparecían a modo de velos sombríos, como para recibir al más selecto de sus huéspedes. Había un paralelismo que se tejía entre los iguales que habitaban el Universo.

Sumido como estaba en su propias cavilaciones, a veces soñaba e imaginaba que todo habría de terminar pronto. Cuando esto sucedía se formaban a su alrededor imperceptibles movimientos fosforescentes, tímidos, apostados entre los brillos en las esquinas del habitáculo, prestos a revolcarse y crecer en el momento propicio.

Un día cualquiera decidió vestir las paredes con bellos adornos. Durante días anduvo buscando tal o cual objeto por diversas tiendas de la ciudad y por momentos pareciera que la luz se quedaba más tiempo de lo acostumbrado, sin embargo, duraba poco y sus esfuerzos se trastocaban en decepción al no lograr sino un ambiente recargado que no sabría descifrar.

Nunca pudo conseguir vestir con belleza aquel lugar que le devolvía una imagen asfixiante nada más entrar. Por eso, renunció a poner demasiados adornos y tan sólo dejó un cuadro de su admirado Van Gogh que daba un toque de elegancia y sobriedad absoluta al entorno.


- III -


Vivía en una calle bastante ruidosa que solamente atenuaba la gran altura de su vivienda. Pero lo que pudiera parecer un contratiempo era para él un entretenimiento increible. Tenía el sentido del oído sumamente desarrollado debido a la compensación con su carencia y podía escuchar los sonidos o ruidos en diferentes matices. Era capaz de escuchar el murmullo que producía la tetera hirviendo a las siete de la mañana algunos pisos más abajo, o el perro del cuarto escarbando entre los coches en su último paseo del anochecer o la pareja del quinto arrullándose en el interior del coche aparcado en una zona oscura al otro extremo de la calle. Incluso reconocía la rama del árbol que se movía más fuerte en los días de lluvia o viento contra la fachada del edificio.

Así pasaba muchos días de soledad o aburrimiento, jugando a los acertijos consigo mismo, deduciendo de qué lugar procedía tal o cual movimiento y de esa manera fue conociendo al vecindario en sus propios ambientes. Pero lo que más le gustaba era escuchar a la mujer joven y hermosa que vivía en el primer piso. Conocía todos los matices de su voz: cuando estaba cansada, al levantarse, al atardecer, cuando anochecía. Tanto le había impresionado que poco a poco comenzó a soñar en obsequiarla, algún día, con el regalo de su voz, para que apreciara su belleza y cayera rendida entre sus brazos. Comenzó a soñar con esto día y noche durante bastante tiempo mientras se hacía el encontradizo con ella e intentaba agradarla cuando se veían en algún recodo o pasillo de la escalera. Sin embargo ella no parecía prestarle demasiada atención, e incluso últimamente le parecía ver que su cara se ensombrecía al verle y apenas coincidían ya, porque ella había comenzado a variar sus entradas y salidas de casa. Pero no le importaba. Él había aprendido a esperar y todo tendría lugar a su debido tiempo.

Aquel día era viernes. Hacía una noche espectacular de luna llena y decidió salir a tomar unas copas y oír música en un pub donde solían llevar buenos artistas que cantaban o tocaban instrumentos. A lo largo del día se había sentido especialmente eufórico, era una sensación que había ido creciendo con las horas. Era como el presentimiento de que lo pasaría realmente bien. Quizás tuviese un encuentro agradable con alguna de aquellas mujeres que le solían buscar entre los bares o las callejuelas oscuras, pidiéndole cigarrillos o besos sin sabor a rancio que las llevasen a un lugar apartado para retozar entre el sudor de sus brazos y su aliento sin voz. Él solía gustar a ese tipo de mujeres.

Entonces la vio.

Algo más que su físico le llamó la atención y le interesó sobremanera. Tendría unos treinta años, rubia, alta, delgada. Sus ojos grandes y oscuros brillaban entre la rubia melena. Su figura estilizada le sugería una voz sensual, y en este punto ya se le disparaba la imaginación y comenzaba a sudar, solo de pensar e imaginar su preciosa voz. Pero pronto comenzaría a cantar, apenas faltaban unos minutos de últimos retoques y afinamiento de instrumentos mientras que la gente que iba llegando, ajena a todo, tomaba asiento en alguna de las mesas o apuraba una copa en la barra. Él la miraba con disimulo y la idea de que quizás había llegado el momento que tanto había esperado se empezó a apoderar de su pensamiento. Comenzó a notarse intranquilo, cada vez más y se quedó apostado en un rincón intentando acomodarse en medio del nerviosismo que le estaba invadiendo por segundos.

Era un local grande y había muchas mesas vacías. Seguramente unas horas más tarde se llenarían de gente. Contó una docena de personas en total que fumaban o hablaban entre voces que se confundían entre las copas.

Le brillaban los ojos, parecían dos cristales próximos al paroxismo, fijos, inmóviles, hipnotizados con la silueta que se escurría entre el humo de su cigarrillo. La mujer había comenzado a cantar y él sentía su voz como bocanadas por dentro entre escalofríos de placer.

Estaba ensimismado e intentaba controlar la situación cuando a su espalda una voz que trataba de ser sugerente le susurró al oído.

-¿Tienes un cigarrillo? - le dijo una pálida mujer de pelo negro-

Él le ofreció el paquete, sin apartar la vista de aquella desgarradora sensualidad que cantaba. La mujer aprovechó la situación y se sentó a su lado sin dar la menor importancia a ese gesto, mientras pensaba que la noche era larga y que aquel tipo le gustaba.

-¿Me invitas a una copa? El hombre asintió con un movimiento de cabeza, y ella hizo una seña para que le sirvieran en la mesa.

Seguía mirando a la cantante mientras aquella mujer tomaba la copa a tragos largos y se fumaba sus cigarrillos, mirándole con parsimonia.

-Te gusta cómo canta, ¿verdad?- le dijo- pero él no se molestó en contestar a lo que ella hizo una mueca imperceptible y siguió fumando a su lado.

Pasaron bastantes minutos y la cantante se tomó un descanso.

El hombre comenzó a prestarle algo de atención a su acompañante. La miraba sin pestañear mientras ésta le sonreía e intentaba mostrarse femenina y sugerente. Pensaba que aquél hombre era un tanto indiferente pero prometía ser interesante, con aquel halo de brillo en los ojos como de mirada al infinito.

-Vaya, no hablas mucho que se diga- le espetó la mujer; aunque envolvía sus palabras en suaves susurros, tratando de no perder la compostura ni a ese hombre.
Le contestó con un imperceptible alzamiento de hombros mientras la miraba cada vez más fijamente hasta el punto de hacerla sentir un frío helado corriéndole por la nuca.

Él la seguía mirando, sin verla, pensando como en un deliro: "ambas mujeres pueden intercambiar su voz, aunque la que canta posee la voz más bella, la prefiero".

En su cabeza tenían lugar cavilaciones que reunían a las dos mujeres en un objetivo común. Un nexo las ataba en su pensamiento:" mi deseo es fuerza, sabiduria y conocimiento a través de los años; la ley es propicia porque el objetivo está presente y todo está en su debido lugar".

No pudo evitar que se le escapase una sonrisa de satisfacción mientras pensaba.

"Quiero esa voz amoldada a mi cuerpo de varón" -se decía con obsesión-

Algo comenzaba a iluminar por momentos el centro de su cerebro. Todo parecía tomar forma a marchas forzadas. Un sueño acariciado durante años se construía por segundos y estaba a punto de ejecutarse.

Como si alguien leyese en voz alta todo lo que se estaba tramando en la mesa de la esquina, el entorno comenzó a oscurecer. Las luces cesaron, la música paró, la cantante dejó aquella canción tan famosa.

El silencio se adueñó de todo y sólo se veían las luces de emergencia.

En la mesa abrazó a la mujer que tenía enfrente y que veía al trasluz, le brillaban los ojos y los labios rojos recién pintados. Le tocó los cabellos y bajó una mano a su cintura. Ella reaccionó acercándose y dejándose hacer.

La tanteaba miméticamente con los ojos, con una mirada de serpiente, fría y dura como el cristal. Pegaron sus miradas y la tez de ella brillaba cada vez más pálida. La tomó por la barbilla y la besó. Fue un beso frío como el hielo. Ella deseo gritar y salir corriendo de allí; sin embargo estaba pegada a la silla y a él. La sujetaba por la nuca y la besaba cada vez más, profundamente, mientras algo se escapaba por su boca envuelto en el frío y en el pánico.

El beso creció en intensidad y nadie podía ver la escena del todo, sumidos como estaban en la oscuridad y en una actitud del todo normal a aquellas horas. La boca de la mujer estaba silenciosa mientras sentía el agudo pavor de saberse inmóvil mientras algo como el espíritu parecia que se iba por momentos a través de su boca. Parecía adelgazar, escurrirse de la estancia, enmudecer mientras seguía allí, inmóvil.

- IV -

La cantante se disponía a entonar otra canción casi en total oscuridad, alumbrada por los focos principales que habían encendido al efecto mientras indagaban el origen de la extraña bajada de luz. Sintió frío y notó su garganta especialmente seca, como picante. Comenzó a toser y cada vez lo hacía más fuerte. No podía parar y hacía esfuerzos por zafarse de las miradas del público. Intentaba cantar de nuevo pero notaba asfixia. Miró alrededor con una sonrisa forzada e incrédula y se topó con la mirada del hombre y la mujer que desde la penumbra la miraban fijamente. Aunque a ella no la veía bien, a él sí. La miraba y sonreía como si supiera qué estaba pasando. Pero no hacía nada para ayudarla.

Ahora algo comenzaba a correr desde sus pies a la garganta. Por un momento temió caer al suelo por efecto de la impresión, pero cesó enseguida y se calmó cuando dejó de toser. Bebió un poco de agua y con un gesto elegante de disculpas ante el repertorio que atendía preocupado lo que sucedía.

Comenzó a entonar la canción y su voz sonó desconocida mientras la mujer de la esquina, pálida como la muerte, alzaba la mano intentando decir que aquella mujer le acaba de robar la voz. Pero no pudo articular palabra, petrificada en su asiento.

El hombre se levantó y dejó en la mesa a una mujer rígida y con los ojos fijos en la cantante, mientras la boca le temblaba con un rictus oblicuo.

Avanzó hacia la cantante sabiendo que la otra mujer no se movería de la mesa jamás. A medida que se acercaba iba notando un golpe eléctrico que le sacudía desde los pies hasta la garganta y hacía estallidos por entre sus oídos. Sonrío a la cantante que miraba el micrófono alelada y próxima a un ataque de histerismo.

Ajeno ya a todo lo que sucedía, se acercó a la barra mientras meditaba satisfecho que se había cumplido a la perfección una verdad inmutable, la que sentenciaba que "de un punto a otro apenas hay distancia y que en esa distancia todo puede circular entre la misma".

Con una voz que surgió delicada y que se mostraba por momentos hermosa y varonil, abonó la cuenta de la mesa de la esquina y se marchó.

Tenía prisa, de repente pensó que era buena idea visitar a su vecina e intentar convencerla para salir a cenar juntos.

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Texto agregado el 02-06-2006, y leído por 314 visitantes. (3 votos)


Lectores Opinan
06-09-2009 Me encantó. Creo que reinterpretas el vampirismo con originalidad y elegancia. Un saludo. byryb
29-07-2006 Un texto impecable. Una historia fuerte la de ese hombre sin voz y las mujeres de su conquista. Un lujo. Estrellas. Un beso Shou
07-07-2006 desliza el texto hasta el final, sin esfuerzo, a pesar del tamaño... Saludos. Nomecreona
12-06-2006 Qué orgullo estrenar este lugar designado a comentarios. Sé que sabes de mi adicción a tus líneas y no sé cómo has conseguido reservarme este puesto preferente. Todo un lujo de texto. He sentido frío. ***** entrelineas
 
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