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En la soledad del templo, el joven sacerdote se deja ganar por la angustia. La tarde desgrana horas interminables. Por milésima vez se repite que no lleva ninguna culpa. Que su papel sólo fue la obediencia. Que nadie podrá acusarlo. Insiste en consultar su reloj. En comprobar que falta bastante para que llegue el enviado del señor Arzobispo. Y que cuando eso ocurra, deberá contar por vez enésima cada detalle del episodio que diera lugar a todo ese despropósito.

(lo miro al milico lo miro sin querer lo miro atareándose con tantos papeles muchos más de los que en toda su vida habrá hecho ni se habrá imaginado que le tocaría semejante baile al fin las cosas se ubican donde deben estar y el padre Guerrero será santo y famoso el pueblo el milico lee me marca con el dedo donde tengo que firmar le devuelvo la birome puedo salir me dice mete la hoja arriba de una pila setenta años no son demasiados para la justicia de Dios me levanto de la silla voy hacia la puerta hacia el patio hacia la calle paso delante de los demás de los que esperan para hacer lo mismo para contar las mismas cosas para engordar con hojas iguales un expediente que empezará a ser historia de todos)

La comisión había actuado por su cuenta. Aprovechando la designación del nuevo Arzobispo habían formulado su pedido. Al que nunca antes se diera lugar. Ni los párrocos anteriores ni los dignatarios de la Curia. Ningún indicio que denotara la ocurrencia de sucesos fuera de lo común. De los mentados ruidos y voces que se insistía en adjudicar a la tumba del sacerdote cuya fama después de muerto trascendía un par de generaciones, no se había hallado vestigio alguno. Ni prueba de milagros o apariciones. Nada que indicara que la sepultura contenía otra cosa que el cuerpo de Salustiano Angélico Guerrero, primer cura del pueblo.

(respondo en forma automática no había nacido cuando la muerte del padre Guerrero pero mis padres digo mis padres y me tiembla la voz Ya anotó que soy docente jubilada Las maestras de antes hablábamos como se debe y no como ahora que ni las eses pronuncian esas chiquilinas que Le digo lo que todos le repetirán porque se supo siempre En la tumba del padre Guerrero se oía rezar Desde la fosa llegaban los ecos de los coros de los ángeles cantando los salmos Durante muchos años sonaron voces melodiosas entonando las letanías Lo digo y lo repito y la máquina teclea sin vacilar El milico viene de otro lugar Es un policía y no debe creer en los milagros ni en los santos Pero el padre Guerrero es uno de ellos Desde el día siguiente de su muerte quedó claro que ahí pasaban cosas extraordinarias)

Los antecedentes hablaban de investigaciones llevadas a cabo en diferentes épocas. Hacia los cuarenta y durante los sesenta. Y algunas inspecciones de menor cuantía. La prudencia de la Iglesia había sido tomada por los aldeanos como inquina hacia la población y sólo el fervor popular la había conservado cercana a la parroquia. Aunque su aporte al diezmo había ido mermando cada vez más. El sacerdote recuerda, incómodo, que deberá solicitar fondos adicionales para que se reconecte la luz. Y se revuelve en el banco en el que ha acabado por sentarse, rememorando lo ocurrido en la mañana de la víspera. Cuando la cuadrilla de peones municipales iniciara su labor para despegar la lápida de mármol. Para protagonizar más tarde su retiro y dejar al descubierto una segunda tapa de ladrillos. Abandonando la tarea al mediodía porque la comuna no pagaba horas extras pero anunciando la continuación del trabajo a la mañana siguiente.

No había podido soportar la curiosidad. El mismo había tomado por su cuenta el sepulcro. A sabiendas de que no le correspondía. De que había instrucciones tanto del Arzobispo como del Intendente. De que los políticos locales habían conseguido que la policía tomara declaración a todos los habitantes para ir ganando tiempo. Claro que no lo habían dicho de esa forma, pero no se trataba de ninguna otra cosa. ¿A cuento de qué, si no, se asentaban sus ridículas afirmaciones sobre las presuntas maravillas que el difunto provocara en el pasado...?

(como lo escuché lo repito el padre guerrero fue santo ya en vida por qué dejar de serlo después de muerto voces y cantos y conversaciones subterráneas y sonidos celestiales a toda hora durante meses y meses y años y años y la cantidad de curaciones y de milagros tantos fueron los prodigios que el pueblo estuvo mucho tiempo sin médico no querían venir acá no había enfermos ni otras muertes que no fueran las de los más viejos el agente escribe y escribe sin sacar lo ojos de las teclas mis abuelos estuvieron en el entierro ellos contaban las cosas tal como ocurrieron pero nadie les llevó el apunte se investigó pero para llevar la contra nomás como si dios pusiera a los santos según la importancia de las ciudades)

Pisando con cautela en los bordes y alumbrándose con un par de faroles de campamento, había puesto manos a la obra. Comprobando que la mayor parte de los ladrillos estaban firmemente adherida al marco de hierro. Pero que con unos pocos pasaba lo contrario. Extrañamente despegados. Ya había retirado dos o tres cuando a sus oídos llegó el eco del timbre. Hubo de salir a escape hacia la casa parroquial y atender al cartero. Recibir un par de sobres de publicidad y una breve misiva de su hermano mayor. Distraerse con algunas menudencias domésticas. Y regresar a la faena. Rescatando de sobre la mesa del comedor uno de aquellos adobones que impensadamente llevara consigo. Y apreciando, a la plena luz del ventanal, que una de sus caras se encontraba curiosamente marcada con extraños surcos.

No le quedó duda. Había allí trazos breves pero indelebles. En todas direcciones. Como si. Llegó corriendo al templo. Presuroso se metió en el hueco abierto. Casi a tientas, sólo ayudado por la débil luminosidad de las lámparas, extrajo otro par de losetas sueltas. Olvidado de todo, acarreó las piezas a la casa. Comprobando la exactitud de su sospecha. Una faz lisa, la otra burdamente señalada. Recurrió a una lupa. Quiso minimizar la conjetura que había empezado a instalarse en su ánimo pero le fue tan imposible como murmurar una oración.

Vuelto al enterramiento, se decidió a empuñar uno de los picos dejados por los obreros. No le costó mucho levantar una considerable porción de la cubierta. Mordiéndose los labios, empuñó la linterna. Entre sus separados pies, la parrilla de hierros mohosos había quedado desnuda. Abierta como una boca sin dientes. Accionó el interruptor con dedos trémulos. El haz potente recorrió el cubículo soterrado. Develando en una sola pasada todos los misterios. Miles de astillas de deshecha ebanistería. Retorcida tapa de zinc. A un costado y en el medio de una horrorosa corola de ropajes litúrgicos, los deshechos estambres de una osamenta desmadejada. Que en cuanto las telas se pulverizaron al solo contacto con el aire exterior, dejaron nítida la certeza de la locura antigua. Del indescriptible espanto que habrá sufrido el padre Salustiano Angélico Guerrero. Sepultado por sus amantes feligreses un treinta de enero de mil novecientos treinta y tres. Vivo.


Mario G. Linares.-

Texto agregado el 27-12-2003, y leído por 734 visitantes. (2 votos)


Lectores Opinan
10-07-2004 Tengo mucho aprecio por tu forma de escribir y por la artesanía que pones en cada frase, pero la historia me pareció muy telegrafiada, es decir, fácil de intuir. Pero como en esto de escribir, sabemos que los temas son siempre los mismos y la gracia está en cómo se dicen las cosas, me permito sugerirte que con un texto más breve, sin esos largos monólogos, seguro como el oro, que a la tensión y explosión final las dejarías sin posibilidad de escape. Saludos para ti! mandrugo
08-02-2004 No puedo hacer otra cosa que usar un venezolanismo para calificar este cuento: ARRECHISIMO! (ojo, que eso en Colombia significa otra cosa). Los ultimos parrafos se leen con rapidez y angustia, en desesperada busqueda del inevitable final. Tal vez haria falta alguito mas de color local para justificar mejor el uso de localismos como "birome" o "milico"... aunque la golbalización ayuda! Daniel_Drago
 
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