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Francisco escribe con gusto. Lo hace con fervor, saboreando cada idea escrita, leyendo repetidas veces una frase hasta encontrar el error escondido, la palabra mal utilizada. No ha publicado nada, tampoco le interesa hacerlo. Escribe porque la vida real, la que existe al otro lado de la ventana colocada encima de su escritorio, no le interesa. En el pasado tuvo la oportunidad de experimentar una que otra aventura. Su mano se quedaba atorada, temblorosa, cuando intentaba plasmar en la hoja lo vivido. La hoja, en blanco, sus recuerdos también. No, lo suyo no era conocer aventuras, sino inventarlas.

Comparte un departamento de seis cuartos con su madre. Viven de la pensión de la viejita, modestamente, felices. Su cuarto está lleno de libros, de pared a pared y del suelo al techo. Bajo la única ventana está el escritorio, cubierto de libros y hojas arrugadas. La máquina de escribir ocupa un lugar especial, ordenado. Clac clac clac…

Su vida es feliz, o mejor dicho, era feliz. Desde hace unos días no puede dejar de pensar en el clavo de Chejov. Está allí, clavado en lo alto, en una de las paredes. Un clavo solitario, sin cuadro. La cabecita redonda de metal. No sabe qué hacer con el clavo de Chejov. Debe darle una utilidad o de lo contrario le echa a perder la idea de este cuento. Ya está escrito: CLAVO. Necesita otorgarle un significado, ¿pero cuál?

Maldito clavo de Chejov.

Puede utilizarlo, por ejemplo, para darle un final abrupto al cuento, colgando en el la cabeza de su madre, recién cortada de un tajo, para expresar el odio que le tiene a su monótona vida.

No, la idea es estúpida, muy simple, de escritor sin experiencia.

El clavo espera, impaciente.

Escribir un diálogo con el clavo, preguntándole cuál es su deseo, podría ser una idea original, casi surrealista. Mala idea. La solución está ya demasiado desgastada y hasta el lector más estúpido sentiría lástima por el autor sin ideas originales.

El clavo de Chejov.

Pero, ¿por qué es el clavo de Chejov y no el clavo de Pinocho?

Pinocho era de madera, así que lo más lógico es que tuviera, mínimo, un clavo en el cuerpo ¿El clavo de Cristo? No, ya sería entrar en el trillado tema del Código de Da Vinci.

¿Qué hacer con el clavo de Chejov?

Lo mejor es no hacer nada. Apagar la luz e irse a dormir.

Francisco se levantó, le dijo buenas noches a la cabeza de su madre… y al clavo en donde está colgada. El clavo le deseó también buenas noches. La cabeza de su madre quiso hacer lo mismo, pero salieron gárgaras sin palabras.

Apagó la luz y se fue a dormir.

Texto agregado el 07-06-2006, y leído por 393 visitantes. (3 votos)


Lectores Opinan
26-07-2006 Creo que lo comente en alguna otra ocasion.. me divierte tu espacio angustiante... jejejeje (el cuento claro) madrobyo
07-06-2006 Como idea es excelente, el principio està flojo, tanto que casi que invita a cerrarlo y no a leerlo...pero al final manejas mejor la narraciòn. Sugerencia?...Trabajr el inicio flojo dando vida, quitando lugares comunes, dejando mas intriga al incio y asì atrapas al lector que se comerà la historia de un bocado. Te dejo en el libro de visitas algunas cositas...Vale! Saludos evalix
07-06-2006 MUY BUEN TEXTO. Interesante y entretenido. Posee una llamativa oscuridad semántica, que se presta a la interpretación. La multiplanidad cubista, parece adueñarse de las imágenes. La magnificación de lo poco importante esta muy bien manejada. ***** SorGalim
 
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