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Como todos los días, de lunes a viernes, apagó el despertador a las seis de la mañana. Se desperezó, subió la persiana y respiró el aire fresco de la madrugada. Era octubre y ya se notaba el frío del otoño pero aún podía oler el jazmín de la terraza vecina. Medio dormida se dirigió a la cocina, puso la cafetera sobre el fogón y entró en el baño. Observó su cuerpo –ya no soy joven – se dijo, mientras sentía el tibio placer de vaciar su vejiga después de tantas horas sin hacerlo, con ese calorcito característico y ese olor primario que reconocemos todas las mañanas.
El borboteo de la cafetera temprana y al aroma del café reciente despertó, como tantas otras veces, a su madre.
-Buenos días.
-Buenos días ¿quieres un cortado?
-Si, huele muy bien.
Mientras la madre hacía lo propio en el baño, Susana apuró su café solo y sin azúcar. Decidió que tenía hambre y se preparó dos tostadas con mermelada.
-¿No vas tarde?
-No mamá, hoy hay inventario en la tienda y entramos a las diez –mintió.
Contraria a sus principios ecologistas y por primera vez en su vida (desde que podía recordar) llenó de agua la enorme bañera blanca y no escatimó en sales. Se introdujo en el líquido azul, templado y con aroma a Océano Salvaje. Sumergida por completo, tanto en el cálido elemento, como en sus propios pensamientos, abrió los ojos y contempló la mancha en el techo, justo al lado de la ventana; una pequeña mácula en aquel recinto siempre limpio e impecable. Un rastro de humedad que debiera pintarse y que siempre dejaba para mañana. Un recuerdo, el único que le quedaba de su relación con Enrique. Aún dentro del agua y sintiendo ya sus pulmones faltos de oxígeno, se preguntaba cómo era posible que una minúscula filtración de agua en la casa del vecino fuera tomando, cada vez con más precisión, la forma de su rostro. No podía evitar verlo, cada vez que entraba en el cuarto de baño, cada vez que se lavaba los dientes, cada vez que se peinaba; cada vez que quería verle, allí estaba, su imagen plasmada en un pequeño rincón, junto a la ventana; con su misma barba, su pelo largo y desaliñado, sus cejas pobladas, sus ojos profundos y apesadumbrados…
Cómo se la jugaba su imaginación o, tal vez, no era sólo una fantasía; tiempo atrás había relacionado esa maca con su retorno a casa; fueron muchas las noches que le esperó en la terraza de su cuarto, saboreando su regreso, sus explicaciones, sus besos ávidos de saliva con que apagar su sed; el tranquilo ronroneo que emitía justo antes de dormirse y después de hacer el amor. Hasta que dejó de esperarle y un buen día se desprendió de todas sus cosas, de sus cartas, sus regalos, su ropa; lloró como una criatura abandonada el día en que vertió en el retrete su loción de afeitado, ahora recordaba los muchos días en que la persiguió ese aroma a almizcle y madera cada vez que abría el ropero y veía su cuerpo, ahora solo y enjuto, en el espejo del armario.
Le preocupaba esa fijación por la mancha, esa obsesión por verle, por sentirle; ese negarse a pintar de una vez el cuarto de baño. A menudo sentía que él la observaba desde esa ventana, que era la única manera de no dejarle ir, de no apagar sus sentimientos; su mente quería seguir viendo el último perfil que le quedaba de él.
Dando por terminado su baño se vistió y se despidió de su madre con un tremendo beso que sorprendió a la anciana.
-Hasta la noche mamá.
-Que bien que la veo contenta por fin – pensó su madre, feliz por el estado de ánimo de su hija; preparó un menú para sorprenderla con una buena cena para cuando llegara -saldré esta tarde a hacer la compra y la agasajaré, se lo merece después de cómo la trató ese ingrato.
Susana bajó hasta la acera y tranquilamente caminó en dirección contraria a la estación de metro, se paró en cada esquina, contempló cada escaparate, cada balcón, cada farola. Había tanto que agradecerle al cielo…
De repente el sol se escondió tras un cirro y luego tras otro y otro –parece que va a llover, me alegra eso, la lluvia siempre me ha gustado y es una buena despedida.
Miró su reloj, era pronto aún para su cita así que entró en un bar y pidió un café –solo y sin azúcar por favor.
A las nueve en punto estaba en la puerta del salón de belleza con el que se había citado hacía dos días; esperó pacientemente a que abrieran y la llamaran:
-¿Señorita Molina?
-Si
-Ya puede pasar
Dos horas y media más tarde, bien depilada y con el rostro reluciente, se dirigió dos calles más arriba, a la peluquería.
-¿Qué se va a hacer?
-Quiero una permanente corta y mechas doradas –cómo la imbécil de su novia –pensó –tal vez así le guste.
Se había propuesto ganar a cualquier precio, nada importaba ya su puesto de trabajo, ni su dinero, ni lo que tuviera que sacrificar, aquella mañana y sumergida por completo en su bañera, había resuelto que Enrique sería suyo, sólo suyo, a sus pies, a sus caprichos, cómo los que le brindaba la boba de su novia rubia, artificial, por supuesto.
Con una impasibilidad digna de admiración, vio caer su hermosa mata de pelo al suelo, de la mano de las tijeras certeras de su peluquera.
Ya no sentía dolor, ni ira, ni celos, ni amor; simplemente, ya no sentía. Ni siquiera esa desazón que la había acompañado durante varios años al saberse abandonada. Juró apostar y triunfar, muchas veces juró vengarse y hoy había llegado el día.
Terminada su sesión en la peluquería y sintiéndose plenamente satisfecha, se encaminó a su restaurante favorito, una marisquería donde conoció a Enrique.
Él era camarero en ese local, de lujo, por supuesto, su personalidad no le hubiera permitido trabajar en un sitio mediocre. La primera vez que le vio sonreía a todos los clientes, pero sólo a ella le dedicó sus ojos pícaros; no le importó que no cenara sola, al contrario, esa circunstancia se convirtió en un juego para ambos, un juego de miradas, sonrisas y seducción. Enrique le llenó la copa de vino mirándola directamente a los ojos, ante la sonrisa impávida de su acompañante quien, sin darse cuenta de nada, le agradeció el detalle al camarero. Volvió sola al día siguiente, pidió un Margarita y horas más tarde se encontraban haciendo el amor en el lecho de un hotel.
Tratando de disipar esos dolorosos recuerdos, pidió una caldereta de langosta; sin él sirviendo las mesas, todo se le hacía extraño, impersonal; pero la degustó con agrado porque, como siempre, estaba en su punto; también tomó una botella de cava, del más caro –hoy la ocasión lo merece. Comiendo marisco le conocí, comiendo marisco me despido de él.
Un par de horas más tarde se encontraba en la tercera planta de unas enormes galerías, sin prisa alguna se probó varios modelos, finalmente eligió un vestido largo, de gasa negra con las suficientes transparencias como para llamar la atención de cualquier hombre, por difícil que este fuera; dentro del probador se sintió como la reina de una fiesta importante; compró también unos zapatos y un bolso a juego, nada le importaba haber agotado ya la tarjeta de crédito, no había mañana, no había porqués ni sentido alguno en su vida.
-Vas a ser mío Enrique, lo juro.
Regresó a casa sobre las seis de la tarde, sabía que su madre no estaría a esa hora. Se miró por largo tiempo en el espejo de su armario, coqueteó con él lanzándole besos y muecas libidinosas, fumó tranquilamente su último cigarrillo antes de entrar en el baño y volver a reunirse con la mancha de la pared.
Preparó su encuentro con una minuciosidad total, como si en ello le fuera la vida. Estrenó bolso, vestido y zapatos, se contorneó ante el espejo imaginando las poses que a Enrique más le gustaban; su picaresca crecía, al mismo tiempo que su seguridad en el triunfo. Le había tocado una buena mano e iba a apostar hasta el final.
Salpicada de perfume y con maquillaje de fiesta, volvió al baño, sólo para ver, por última vez la cara de su amante junto a la ventana; a partir de ese momento ya nada sería ficticio, por primera vez en muchos años, su vida se hacía realidad en sus propias manos.
Salió hacia su alcoba sin pensarlo dos veces, el aroma del jazmín vecino impregnaba todos los huecos de su contorno, sabía que iba a conseguirlo, iba a volar en sus brazos, para siempre tal y como una vez él le había jurado.
Se subió a la barandilla y por fin surcó el espacio, ese corto espacio que la separaba de su espíritu apasionado. Mientras caía se sintió libre de ataduras y desdenes, a través del grito congelado que emitía su garganta, se liberó de Enrique y de su imagen filtrada en la pared.
-Ahora vuelo sola, ahora estás conmigo.
Cayó pesadamente sobre un auto, el chasquido de sus huesos resonó en toda la calle, los viandantes miraban horrorizados el charco de sangre, los sesos aferrados al limpiaparabrisas; un zapato colgaba cómicamente de uno de los faros y su bolso se había abierto mostrando en su interior una copa quebrada. El olor a suicidio hedía profundamente y a lo lejos, el grito desesperado de una madre hacía vibrar los cristales.
No tardó en llegar el cuerpo de bomberos y la policía quienes, totalmente extrañados, miraban atónitos como en la mano izquierda de la difunta, iba surgiendo una misteriosa imagen que recordaba a un rostro varonil.







Texto agregado el 11-06-2006, y leído por 310 visitantes. (14 votos)


Lectores Opinan
24-08-2006 opsss..ay mi madre que impresión me has dado nena!! Te confieso q llegué hasta aqui, motivada por el título, tal vez porque tengo un cuento titulado de forma similar - Cuento dibujado en la pared - y claro q nada tiene q ver con este porque esta dedicado a los niños (hay mucho de paredes por aqui..jej) pero confieso otra cosa: la sorpresa del "nada q ver" no me distrajo de una lectura amena, un relato q se deja leer y no raspa e incluso, por suerte, tiene algo de impacto sorpresa al final q es muy bueno, sip sip.. placer leerte piq piq gaviotapatagonica
09-07-2006 perfecto excelso genial :)5* GEHENA
08-07-2006 Se preparó bien para el suicidio.Pensaba que iria en busca de su amor, pero no fue así. Buen cuento y bien narrado ***** Un saludo de SOL-O-LUNA
08-07-2006 Eres es-pec-ta-cu-lar***** gonzoyar
02-07-2006 Muy bien narrado. Con imágenes claras. Mis 5*s anyglo
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