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Inicio / Cuenteros Locales / aaa011predicador / Cruzar el rìo.

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Creí que esa tarde iba a desmayarme. Procuraba caminar rápido, temía realmente que si me detenía en el asfalto caliente, la suelas de mi zapato se derritan, y me detuve a comprar una gaseosa.
-¿Qué calor no?-; comento el quiosquero.
-¡insoportable!-; respondí, desganado.
Odiaba esas conversaciones triviales sobre el clima. Al salir estuve a punto de tropezar con un hombre que estaba tirado en la vereda, distraído con mi gaseosa. Me detuve a observarlo, y mientras me aflojaba la corbata, note que se trataba de un linyera. Estaba demasiado quieto, daba la impresión de no respirar. Pensé que con el excesivo calor que hacía esa tarde, era probable que un hombre en esas condiciones y esa edad haya muerto, seguramente triste, en el abrazante calor que emanaba el asfalto. Saque mi celular para llamar una ambulancia, cuando note que el hombre se giraba para mirarme. Enseguida corté la comunicación y le pregunté si se encontraba bien. No hubo respuesta, sí en cambio, una triste mirada. Observe que tenía un aspecto horrible, pero claro, yo nunca le había prestado atención a uno de estos tipos. Me propuse llamar de nuevo a emergencias, pues el pobre hombre parecía estar en las últimas, cuando nuevamente lo vi moverse. Extendió lentamente la mano, me miro fijo, y apenas corte la comunicación, me pidió unas monedas. Le dije, hombre usted necesita un hospital, no monedas, y le ofrecí mi gaseosa, pero con un rotundo vaivén de cabeza, me hizo entender que no quería mi bebida, sino mi dinero. Tome mi teléfono celular, y con mucha convicción me decidí a llamar a emergencias sin importar lo que él hiciera. El hombre pareció desesperarse y me hacía una seña, colocando sus dedos en forma circular sobre su boca, formando un circulo alrededor de sus labios. Asumí que, o estaba loco, o muy borracho, o delirando por el calor. En el transcurso de los diez minutos entre que llamé a la ambulancia y esta llegó, lo único que hizo el pobre hombre fue pedirme monedas, a mí y a la pequeña muchedumbre que se había formado a su alrededor. Le prometí un billete de 10 pesos si se tranquilizaba y dejaba que lo lleven a un hospital (aunque sabìa que no lo necesitaba...en ese estado nada podrìa comprar). Enseguida nos dimos cuenta que divagaba, y que el cerebro no le estaba funcionando correctamente, porque seguía insistiendo en que quería una moneda. Cuando una persona estuvo a punto de darsela, llego la ambulancia, y los paramédicos bajaron corriendo pidiendo a las personas que se alejen y los dejen hacer su trabajo. Cuando el tipo que estaba a punto de darle la moneda se alejo para que los paramédicos puedan trabajar con comodidad, el linyera rompió en un llanto desesperado, como un niño al que alejan de su madre. Tuvieron que atarlo para poder subirlo en la ambulancia, porque era probable que en el estado de nerviosismo en que se encontraba, pudiera lastimar a algún medico. Me ofrecí a acompañarlo hasta el hospital, porque me sentía un poco responsable (no sabìa porquè) del increíble sufrimiento del hombre. Mientras trataba de zafarse de las correas que lo apresaban, y un paramédico intentaba colocarle una mascara de oxigeno, saque diez pesos de mi billetera y se los di, confiando en que eso lo calmaría. Había acertado, pero al mismo tiempo me había equivocado. Ya totalmente calmado, y con los ojos llenos de lagrimas de tristeza, me devolvió lentamente los diez pesos que antes le había dado, y se giro mirando hacía un costado de la ambulancia.
En el hospital, después de decirme que el pobre hombre había fallecido, me comento uno de los doctores que el tipo había estado ya varias veces hospitalizado allí. Era un inmigrante griego, que había venido a probar suerte al país, pero había fracasado duramente. Me alejé del hospital, sin poder olvidar la cara de profunda tristeza que había mostrado en sus últimos instantes, y la horrible sensación de impotencia de no haber podido ser de màs utilidad.
Tiempo después, para mi sorpresa, me enteré que los griegos tenían una costumbre. Cuando una persona moría, se le colocaban una moneda en la boca, como pago a Caronte, quien hacía cruzar a los muertos con su balsa el llamado río Aqueronte, que lo conduciría al Hades, lugar de descanso de las almas de los fallecidos. Sin estas monedas, Caronte se negaba a trasportar al fallecido hasta la otra orilla del río, y puesto que en sus aguas todo se hundía excepto su bote, quien no lleve las monedas como pago, moraría eternamente a las orillas del río, sin poder jamás descansar en paz.
Pasaron casi cuatro años desde aquel día, pero aun por las noches sueño (o por lo menos creo soñar) que el linyera viene a visitarme en su forma espectral, contándome que esta muy triste, y que lo estará eternamente.

Texto agregado el 10-07-2006, y leído por 593 visitantes. (2 votos)


Lectores Opinan
02-01-2010 soy nuevo en esta comunidad y es un honor leer mi primer cuento y fue el tuyo, es realista! suicidaconganasdevivir
14-07-2009 simbólico y triste, me gustó mucho. http://blogdeltiempoqueseva.blogspot.com ciclotron
10-07-2006 muy interesante hardpike
10-07-2006 Hermoso relato!!!***** Ciiara
 
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