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En Calatrava de los yuncos milagrosos ocurren cosas que no pasan en otros lugares aledaños. Hace mucho tiempo que Facundo se emparejó con Casimira. Eran mozos del pueblo, adolescentes tradicionales que todas las tardes iban al parque a tomar cucuruchos de chufas y pipas. Se sentaban en un banco y ella hablaba del día de la ceremonia de su boda, el día… Casimira soñaba con “el día”. Mientras que Facundo, por mozo y por Facundo, soñaba con el final del día de la boda: la noche de luna de miel en la que serían amantes y por fin sabrían lo que se siente al hacer ese acto tan diabólico para las beatas del pueblo y tan sutil para los parroquianos que frecuentaban el bar de la plaza.
En el mes de agosto, con el verano llegaban las fiestas del pueblo. La verbena, el baile y el teatro ambulante que llevaban los titiriteros de la zona, todo ello llenaba de alegría Calatrava y las gentes eran presas de sus instintos más primarios. Facundo aquella noche bebió tinto hasta emborracharse. Se sintió con fuerzas para colgarse en la verja de la ventana de Casimira y vociferar a los cuatro vientos su nombre hasta que consiguió despertarla. Ella, tan decente donde las hubiera, se vistió previamente y salió a la calle muy enfadada con su prometido al verle en aquel estado. Entonces en cuestión de minutos y gracias al etanol que recorría su sangre, Facundo miró a los ojos a Casimira y le dijo que deseaba hacerle el amor, lo deseaba desde que tenían ambos siete años y si así y el acto se llevara a su fin, tramitarían la boda cuanto antes. Ella deseaba tanto “el día” que trataría de dar goce a su novio pero debía llegar virgen a la noche de bodas (en ese momento Casimira no sabía hasta cuándo sería virgen). Facundo la tomó por las caderas y trató de calmarla con susurros al oído, que la penetraría por el ano como hicieron el Manolo y el Joaquín con sus novias antes de casarse. Casimira se santiguó y así lo hicieron, en ese momento Casimira vio el cielo y la tierra, los techos de las catedrales y las estrellas. Se empaparon las enaguas de sudor y otros jugos que olían de forma extraña pero a la vez eran cercanos para ella.
A la mañana siguiente Casimira se levantó de la cama pensando en “el día”. Cuando fue a la panadería se encontró por el camino a la Sebastiana que con lágrimas en los ojos le dijo: Facundo se ha ido y no sabemos nada de él.
Pasaron años, y Facundo no volvió, en ningún momento pensaron en asesinato ni suicidio porque había dejado una nota en la que decía “voy a buscarme, no sé quién soy”.
Casimira no sabía más que auto flagelarse con palabras blasfemas, no tanto por atreverse a entregar su ano al Facundo sino por gozar en ese acto y esperarle a pesar de todo lo ocurrido, del abandono y la vergüenza, del poco decoro de marcharse sin previo aviso.
Un viernes de un año cualquiera Facundo volvió a Calatrava de los yuncos milagrosos. Casimira no estaba contenta, porque Facundo volvía al pueblo pero casado. Su pareja era rubia, con ojos azules, alta, y se dedicaba a la moda… se llamaba Manolo.
Facundo no podía olvidarse del orto de la Casimira, había probado tantos… incluso el de su propio esposo no era tan jugoso y no sabía si eso se debía a que la propietaria de aquel ojete era su novia de toda la vida. Fue a visitarla, no lo dudó, llegó a su casa y con sólo tocar el timbre una vez la puerta se abrió y detrás estaba Casimira con trasparencias de seda. No mediaron palabra alguna y de nuevo Facundo enculó a la Casimira sin pudor esta vez. Al día siguiente Facundo desapareció, se enteró Casimira por Manolo el esposo de su antiguo prometido. Fue a su casa y entre llantos explicó a Casimira que Facundo había dejado una nota en su dormitorio que decía “voy a buscarme, no sé quién soy”. Casimira tenía en el rostro un ademán de satisfacción pues sabía que el tal Manolo se iría de Calatrava con el rabo entre las piernas y si te he visto no me acuerdo.
Y Facundo volvió al pueblo. Casimira le esperaba de nuevo para ser penetrada, no podía saciarse con dos enculadas cada cinco años aproximadamente. Esta vez era distinto. Facundo llegó a la verja y llamó a la puerta. Le abrió un hombre que le pidió que se identificara. Facundo le contó que ahora se llamaba Laly que fue novio con la Casimira de joven pero que ahora era un travesti y sólo quería saludarla. Aquel hombre se rió a carcajadas y le dijo su nombre, Andrés, pero que antes fue mujer: la Casimira. Se miraron de forma cómplice, se sonrieron. Andrés se bajó los pantalones y mostró su orto deseoso a Laly. Quién sabe si el Facundo a su vuelta inventaría otro sexo, otra apariencia… serían los aires manchegos, serían.


Texto agregado el 22-07-2006, y leído por 303 visitantes. (5 votos)


Lectores Opinan
20-08-2008 Que imaginaciòn tienes, eres bueno continua asi y llegaras muy lejos. AAAManuelMartinez
10-08-2006 Yo no sé de donde salen estos argumentos, pero son geniales. Por no hablar de pàrrafos como este, por poner solo un ejemplo :"...en ese momento Casimira vio el cielo y la tierra, los techos de las catedrales y las estrellas." no me extraña que viera las estrellas, ajajaja. Como siempre, genial.+++++ crazymouse
 
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