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UNA GAVILLA DE CUENTOS

Ante ti, querido lector, mi libro publicado el día de San Fermín del año 2006. Epero que te guste.

PRESENTACIÓN

Buenas tardes.

Lo mismo que a las personas, parece que a los libros también hay que presentarlos en sociedad. Seré breve, no os preocupéis. Empezaré por el principio, esto es, por el título: “Una gavilla de cuentos”. Es un título conciso y gracioso. Eso espero, al menos. Características ambas, la concisión y el humor, que he intentado que predominaran en los relatos de este libro. Respecto a lo primero, a la concisión, no he logrado batir el record de Monterroso, autor del cuento más corto de la Historia, pero creo que he realizado unos buenos registros. Respecto a lo segundo, al humor, ahí no puedo afirmar nada. Cada cual tiene su personal e intransferible sentido del humor, y lo que le hace gracia a unos no se la hace a otros y viceversa. A mi cuñada Vivien, en cualquier caso, le han parecido unos cuentos muy graciosos.

En cuanto al contenido de los relatos, y ya más en serio, diré, en primer lugar, que siempre había creído en la división de la literatura en géneros, y que una cosa era el ensayo y otra la narración, y que una cosa era el relato histórico y otra el relato fantástico. Sin embargo, a la hora de clasificar mis propios textos, me he sorprendido, constatando que las demarcaciones o fronteras entre los géneros son más permeables de lo que había supuesto en un principio. En este libro predomina, en cualquier caso, lo que ha dado en llamarse microcuento o relato hiperbreve. En otras palabras, la anécdota.

Podría parecer poca cosa ésta de contar anécdotas, pero, en palabras de Marcel Proust,“la anécdota impide que la atención se adormezca en la apariencia de las cosas, y le da la vuelta para presentarnos el revés de la trama”, y, en palabras de Josep Pla, “la anécdota es la única grieta de la psicología real, todo lo demás es cosa de laboratorio, de conejos y de ratas”. Si alguien pensase, digan lo que digan estos señores, que una anécdota humorística no deja de ser un chascarrillo, me vería obligado a recurrir como argumento de autoridad nada menos que a Santa Teresa de Ávila. Si la santa sostenía que Dios está entre los pucheros, ¿no puedo sostener yo que la literatura está entre los chascarrillos?. ¿O, al menos, que está también entre los chascarrillos?.

En la gran literatura de todos los tiempos han abundado los chascarrillos. Veamos los argumentos de algunos relatos cortos de un reconocido escritor:

1) Un señor maduro acude a una casamentera, y, tras enterarse de la tarifa que le va a cobrar, decide tirarle los tejos allí mismo, considerando que ella es el mejor partido posible.

2) Un marido engañado acude a una tienda a comprar un revolver para lavar su afrenta. Tras mucho sopesar los pros y los contras de matar a la infiel, al donjuan o a ambos, no se decide y termina por comprar una red para cazar codornices.

3) Un chico entra en la casa de sus padres muy contento y alborozado porque el periódico local habla de él. Después se aclara que el motivo no es otro que el accidente que tuvo el día anterior, encontrándose borracho.

4) En una fiesta, un invitado lleva una medalla que no le pertenece, y que se ha puesto con la única intención de impresionar a los asistentes. Entre ellos descubre a un conocido y, ante el temor de que éste le delate, se pasa el resto de la velada cohibido a más no poder….., hasta que se da cuenta de que el otro también lleva una medalla de pegote….. ,y de mayor rango que la suya. A partir de entonces respira aliviado.

Los anteriores argumentos pertenecen a cuentos de Chéjov. ¿Son chascarrillos dichos cuentos? Pienso que sí. ¿Son alta literatura? Pienso que también. Pero, ¡ojo!, que yo no me estoy comparando con Chéjov. Dios me libre. He acudido a Chejov sólo porque es lo que estoy leyendo actualmente.

Antes de concluir esta disertación, quisiera expresar mi agradecimiento a Nancy Fiorini, cuyas magníficas ilustraciones han impregnado de poesía todo el libro. Y termino ya, que ya se sabe que lo bueno si es breve es dos veces bueno, o, en el peor de los casos, aplicando una elemental analogía, que lo malo si es breve es la mitad de malo. Sólo me queda agradeceros que hayáis venido y desearos que paséis una buena tarde.

MICROFICCIONES

La congoja de Papá Noel

Tras desprenderse de las altas botas rojas y aflojar el opresivo cinto
que circuía su oronda figura, Papá Noel se dispuso a descansar al final
de la jornada. A pesar de que su avanzada edad estaba empezando a
pasarle factura, se sentía satisfecho de haber cumplido su tarea sin
problemas de consideración. Existía, sin embargo, una cuestión que le
preocupaba y que, al tiempo que le hacía mesarse compulsivamente sus
níveas barbas interminables, estaba a punto de afectar a su legendario
sentido del humor: la ausencia, un año más, de cartas escritas por los
adultos.

La pérdida de la fe

Era una mañana de abril, una de esas mañanas luminosas en las que se
diría que todo forma parte de una armonía preestablecida. Esto era
precisamente en lo que pensaba mientras caminaba por la arboleda: que
todo era como tenía que ser y que nada, ni el azulísimo cielo, ni el
radiante sol, ni la exuberante vegetación, podía ser distinto a como
era, ni mucho menos ser fruto de la casualidad. Se sentía eufórico por
el simple hecho de estar vivo, de poder disfrutar del canto de los
pájaros y de la diversidad y magnificencia con que la naturaleza a cada
paso se manifestaba. Bastó el certero impacto del excremento de un
estornino sobre su despejada frente para que dejara de creer en Dios.

La razón poética. ( Homenaje a Claudio Rodríguez)

-¡Claudio Rodríguez! ¡Claudio Rodríguez!¡Usted siempre en las nubes!
Aterrice de una vez. ¿No ha escuchado mi pregunta? Se lo repetiré por
última vez: ¿cuáles son las propiedades de la luz?

La maestra había empleado un tono de voz todavía más áspero y agresivo
del habitual. El niño, encogiéndose de hombros, respondió que no lo
sabía.

- A ver, Antonio Romero, ¿ le podría instruir a su compañero sobre las
propiedades de la luz ?

Antonio Romero, peinado a raya, sonrisa colgate y voz aflautada, las
mencionó todas, sin olvidar una: que su velocidad es de 300.000
kilómetros por segundo, que la luz blanca se descompone en las
distintas tonalidades cromáticas cuando atraviesa un prisma, que la
reflexión y la refracción caracterizan a la luz, así como al resto de
fenómenos ondulatorios, etcétera.

- ¿ Ha visto, Claudio Rodríguez? – la maestra volvía al ataque- Tome
ejemplo de su compañero.

Claudio, enrabietado, se atrevió a replicarla:

-No entiendo muy bien lo que dijo Antonio. Todos sabemos lo que es la
luz. Yo creo que se podría hablar de una forma más comprensible para
que todos nos entendiéramos.
-¿Cómo, por ejemplo? Si es capaz usted de hacerlo mejor, estaríamos
encantados de oírle. ¿Cómo definiría usted la luz?

Claudio tragó saliva y dijo con gravedad:

-La luz siempre viene del cielo, es un regalo de Dios, no se halla
entre las cosas, sino muy por encima, y se derrama en ellas, siendo ésta
su principal tarea.
-Bien, eso está muy bien, pero estamos en clase de física, no de
literatura. En física tiene usted un cero, y en cuanto a la literatura,
la verdad, no creo que ése sea su camino.

Claudio Rodríguez se restregó los ojos, dejando atrás sus recuerdos de
infancia, y se dirigió con seguridad y aplomo a recoger su flamante
premio Príncipe de Asturias de las Letras.

Las camisetas mágicas

Desde que disputara su partido amistoso con el Milán, hacía ya de eso
más de cuatro años, el Racing de Burguilloalto no conocía la derrota en
partidos oficiales. Los ascensos de categoría se habían producido de
forma vertiginosa hasta acceder a la división de honor, en la cual, a
pesar de medirse con equipos de primerísima fila, su trayectoria seguía
siendo imparable. El éxito del equipo obedecía a razones estrictamente
futbolísticas - al "exquisito trato dispensado al balón", dicho con
palabras de un periodista de la época - y no tenía nada que ver con
otros factores, como la fortuna o las actuaciones arbitrales. Llegada
la última jornada del campeonato, únicamente dos equipos permanecían
invictos: el Racing de Burguilloalto y el Sporting de Bracamonte, a los
que correspondía enfrentarse entre sí. Quien ganara el encuentro
sería el vencedor de la competición.

El Sporting de Bracamonte,
no obstante ser un conjunto potentísimo que había reunido a los mejores
y más caros jugadores del momento, estaba muy preocupado por la
fulgurante racha del equipo rival, que más parecía obra de magia que
otra cosa. El Consejo del club, tras sucesivas reuniones y
deliberaciones, adoptó una medida extrema: comisionar a un equipo de
detectives para que averiguara la verdadera causa de excelente juego
del Racing de Burguilloalto. En poco tiempo descubrieron su gran
secreto: cada jugador llevaba en los partidos, debajo de la del club,
la camiseta del jugador del Milán de esa demarcación: Paco, el
delantero centro, la de Van Basten; Tomás, el central, la de Baresi,
etcétera. De forma prodigiosa, esas camisetas, que habían intercambiado
por las suyas al término del partido que jugaran años atrás, les
transmitían las aptitudes técnicas y físicas de los jugadores que
anteriormente las vistieron.

Haciendo caso omiso a los escrúpulos
morales que siempre aparecen, el Consejo del Sporting de Bracamonte
ordenó la sustracción de las camisetas. Una vez conocido el robo,
cundió el pánico en las principales instancias del Racing de
Burguilloalto, que, de inmediato y por los más
variados medios, entre los que no escasearon los humillantes ruegos,
intentaron que los actuales jugadores del Milán les vendieran sus camisetas. Si
bien la intransigencia mostrada por los italianos fue exasperante y
rayana en la mezquindad, el penoso estado de las cuentas financieras
del club no fue ajeno a la esterilidad de las peticiones. Cuando todo
parecía perdido, como último recurso se optó por prestar atención a las
extravagantes opiniones del psicólogo del equipo, según las cuales, las
camisetas no poseían propiedades milagrosas de ningún tipo, y la mejora
del juego de los últimos tiempos era resultado exclusivamente de la fe
profunda que los jugadores depositaban en ellas. Con la mayor celeridad
posible se puso en práctica el plan derivado directamente de sus ideas,
que no consistía sino en comprar en un rastrillo de segunda mano las
camisetas del Milán y hacerlas pasar como auténticas a los jugadores,
quienes, una vez recobrada la confianza en sí mismos y creyéndose
imbatibles, estarían en condiciones de vencer a cualquier equipo.
Ninguno de los jugadores se percató del engaño.

El día previsto se disputó el partido. Todavía en Burguilloalto sigue siendo tabú
cualquier referencia al mismo. Sólo la hemeroteca municipal guarda
fidedigno recuerdo de la estrepitosa derrota del equipo local.


Sherezade

El gran visir tenía por costumbre pasar cada noche con una muchacha
distinta y hacerlas matar al amanecer. Sólo Sherezade, gracias a su don
especial para contar cuentos, logró sobrevivir a la primera noche: tan
maravillado quedó el gran visir del cuento que Sherezade le contó, que
le prometió salvarle la vida y otorgarle la libertad si era capaz de
contarle un cuento de su agrado durante mil y una noches seguidas.

Ya habían transcurrido desde entonces mil días con sus mil noches y sus
mil cuentos; cuentos mágicos y fabulosos habitados por genios, ogros,
caballeros, damas, califas y bufones, que entrelazaban sus historias de
amor, odio, celos, traiciones, engaños y desengaños, hasta formar el tapiz entero
de las pasiones humanas. La titánica tarea que para Sherezade había supuesto cavilar todas aquellas historias la había dejado tan extenuada que no se veía capaz de imaginar ningún cuento nuevo. Y ello pese a intentarlo con todas sus fuerzas, ya que le iba la vida en ello: sabía de sobra que al gran visir no le temblaría la voz a la hora de mandarla ejecutar, e, incluso, que, si fuera preciso, no dudaría en blandir él mismo el alfanje que acabara con su vida. Sherezade pasó todo el día dándole vueltas y vueltas a la cabeza sin ningún resultado práctico.

Llegada la noche, la cólera del gran visir estalló como una tormenta al ver que Sherezade no tenía ningún cuento para él. De su boca salieron los mayores insultos y
blasfemias jamás oídos. Cuando Sherezade se temía lo peor y daba ya por seguro que
sus días sobre la Tierra habían concluido, un sentimiento de
absoluta tristeza y melancolía se apoderó del gran visir, hasta el
extremo de paralizarle por competo y anular su voluntad. Cuando volvió
en sí, percibió con total claridad que no podría ordenar la muerte de
Sherezade, ya que si así lo hiciera le sería imposible volver a disfrutar
de sus maravillosos cuentos, a los que tanto se había acostumbrado y de
los que tanto dependía. Sherezade también se dio cuenta de su
extraordinario poder y se hizo construir un lujoso palacio en Bagdad,
al que de tiempo en tiempo acudían emisarios del gran visir, como
mendigos, inquiriendo si la señora había ya terminado su último cuento.

La metamorfosis

A los que la presenciamos, su transformación nos resulta, aún hoy, imposible de explicar. Edelmiro Cifuentes era un peso pesado de las letras patrias, tanto en el habitual sentido metafórico de la expresión como en su sentido literal, y poseía el buen humor atribuido a los gordos: siempre estaba dispuesto para la confidencia, la charla amistosa y la francachela. En la tertulia que todos los domingos tenía lugar en el Café El Parnasillo era el rey indiscutible. Allí, él y sus amigos del mundo de la cultura nos reuníamos para hablar de lo divino y de lo humano. Sobre todo de esto último, de lo humano, aspecto en el cual no dejábamos títere con cabeza, ora criticando los turbios asuntos de la política nacional, ora zahiriendo a personajes de la alta sociedad, ora chapoteando sin pudor en el fango del cotilleo rosa. Edelmiro era un consumado maestro en el arte narrativo, un experto en enlazar oraciones subordinadas, una tras otra, como si de cerezas se tratara, sin perder nunca de vista el hilo argumental. Su forma de hablar era un monumento vivo al Barroco. La prolijidad y exuberancia de su conversación proporcionaban la pauta a la que nos ateníamos el resto de los contertulios.

No se sabe a ciencia cierta cuales fueron las causas y cuales los efectos, pero lo cierto es que aquel año se produjo una metamorfosis en Edelmiro que a los que la presenciamos nos resulta, aún hoy, ya digo, imposible de explicar. Su físico, antaño rotundo y esplendoroso, comenzó a menguar de forma progresiva, hasta alcanzar límites preocupantes para su salud; su carácter, que fuera alegre y despreocupado, se fue agriando más y más, y en sus conversaciones la sutil ironía fue perdiendo terreno en beneficio de la crítica descarnada y del insulto soez; su literatura, por último, otrora un bosque frondoso y fecundo, se transformó en un pequeño estanque de nenúfares. Su estilo literario pasó del barroco más florido al minimalismo más estricto. Los adjetivos y los adverbios abandonaron su prosa al ritmo con que las grasas abandonaban su cuerpo.

Tras mostrarse cada vez más distante y menos participativo, llegó el día en que dejó de venir a la tertulia. Nadie de los de entonces hemos vuelto a verle ni a saber de él. Corre el rumor de que se hizo ermitaño.

Sisi Fó encuentra un trabajo que no es de su agrado

Tras meses de constante búsqueda, Sisi Fó encontró un trabajo que no
podía ser menos estimulante: de limpiadora en un portal de la calle
Velázquez. Además, para empeorar las cosas, el presidente de la
comunidad de vecinos resultó ser un insoportable gruñón que, ya el
primer día que habló con ella, le dijo que su único cometido era tener
el piso del portal como los chorros del oro. Eso le dijo, “como los
chorros del oro”, y añadió que mientras no estuvieran brillantes todas
las baldosas no le estaba permitido tomar un solo momento de respiro.

El problema estribaba en que a partir de las siete de la mañana, cuando
el portero de la finca le franqueaba la puerta y podía iniciar la
jornada, el goteo de vecinos por el portal era incesante hasta que
concluía la misma. El suelo no podía estar nunca limpio. Cada vez que
Sisi Fó estaba a punto de lograrlo, aparecía el vecino de turno para
dejar las huellas de sus zapatazos por todas partes. Y vuelta a
empezar. Era asombroso: parecía que los vecinos se hubieran puesto de
acuerdo, relevándose cada poco tiempo, para hacerle la vida imposible.
La mañana entera se la pasaba fregando y fregando las mismas baldosas,
una y otra vez.

Tras recibir su primera paga, harta ya de la frustración y de la impotencia que su nuevo trabajo le generaba, decidió que aquello no podía continuar. El día siguiente, los
vecinos se encontraron en la pared del portal con un monigote pintado en colores chillones con el siguiente cartel: “Vale por una asistenta fregando el suelo”. Fue su
peculiar despedida.


Apuntes para un tratado del buen gobierno

He bebido de las fuentes todas del saber. No ha habido biblioteca, por lejana y recóndita que se encontrara, cuyos libros y legajos no haya consultado con la minuciosidad de un orfebre. Me he entrevistado con las mayores autoridades en la materia, desde filósofos estoicos hasta augures etruscos, quienes me han hecho partícipe de sus valoraciones y dictámenes. Tras recabar el acervo de conocimientos relevante, he procedido a un análisis riguroso y desapasionado del mismo, filtrando todas las consideraciones por el cedazo de la razón. Actualmente me hallo en condiciones de afirmar, sin el menor atisbo de duda, que el Imperio romano constituye no sólo la forma de gobierno más avanzada jamás alcanzada por el hombre en su peregrinaje histórico, cosa ya sabida e indiscutible, sino incluso la forma de gobierno óptima o ideal, de forma tal que no es ni siquiera concebible otra que garantice una convivencia más justa y armoniosa entre los seres humanos.

(Fragmento de un pergamino atribuido a Lucio Domicio Nerón Claudio, emperador romano más conocido como Nerón).

MICROREALIDADES

La conquista del Yucatán

Si en el año de gracia de 1492, Cristóbal Colón, buscando una nueva ruta hacia las Indias, se topó de bruces con la isla de San Salvador, veinticinco años después, en el año de gracia de 1517, Hernández de Córdoba protagonizó, amén de otro malentendido que a continuación se verá, un equivoco de tipo inverso: partiendo de Cuba hacia poniente, creyó hallar una nueva isla al arribar a la península del Yucatán.
Tras innumerables penas y fatigas, Hernández de Córdoba, que había salido hacía ya unas semanas del puerto de Santiago de Cuba, ancló finalmente su barco frente a la costa de Yucatán. Al poco tiempo, los tripulantes se percataron de que unos naturales congregados en la playa les enviaban inequívocas señas de amistad, y, consideradas por todos como suficiente garantía para su seguridad, se animaron a desembarcar. Una vez puesto el pie en tierra, Hernández de Córdoba se dirigió a quien parecía el jefe de los nativos y, con ademán solemne y voz grave, dijo:
- En nombre del gran césar Carlos I, todopoderoso y magnánimo emperador de las Españas, paladín de la Cristiandad y defensor de la Santa Iglesia en el orbe entero, y en presencia del señor escribano quien dará oportuna cuenta de cuanto aquí acaezca, tomo posesión de aquesta ínsula para su incorporación al hispánico imperio. En caso de que vuesas mercedes acaten y de buena voluntad admitan la autoridad del susodicho emperador y los preceptos de la susodicha Iglesia, la susodicha posesión será pacífica y ordenada, mas, en caso contrario, nuestras espadas serán desenvainadas y los ríos de sangre anegarán vuestros campos y valles. Es nuestra voluntad, sin embargo, que antes de que se pronuncien en uno u otro sentido en materia que tantas y tantas graves consecuencias puede depararles, tengan a bien decirnos el nombre por el que se conoce e identifica a la tierra que en este instante ha sido agraciada con la inconmensurable fortuna de formar parte de la causa de Dios nuestro señor.
Oídas que fueron estas palabras y razones, los indígenas se quedaron atónitos y en sumo grado admirados, sin saber qué decir. Al cabo de un buen espacio de tiempo, el que parecía el jefe se dirigió a Hernández de Córdoba en los siguientes términos:
- Yu ca tan, yu ca tan.
El resto de los nativos asintió con la cabeza, repitiendo:
- Yu ca tan, yu ca tan.
O, lo que es lo mismo, “nosotros no entendemos”, “nosotros no entendemos”, que no otra cosa significaban estas tres palabras en el idioma maya.

(Basado en el “Requerimiento” que los conquistadores leían a los indios antes de tomar sus tierras, y en uno de los posibles orígenes etimológicos de la palabra Yucatán).

El profeta

No es fácil vivir toda la vida a la sombra de tu padre. No es fácil asumir que tu padre ha sido un profeta comparable sólo con los grandes profetas del Antiguo Testamento, y que tú, sin embargo, pobre diablo, no has podido pasar de escribir un mísero tratado de Astrología. Ahora verán estos malditos, que tanto se burlan de mí, si poseo o no poseo poderes adivinatorios. Vaticiné que esta ciudad sería pasto de las llamas y lo será. Ya lo creo que lo será. Yo me encargaré de ello. ¿No estamos hartos de oír que los caminos del Señor son inescrutables?. Sea, pues, esta antorcha camino del Señor al tiempo que pasaporte a mi fama inmortal. Yo seré Miguel de Nostradamus para las generaciones futuras: tendrán que ir buscándole otro nombre para mi honorable padre.
De rosas y espinas.
UNO

Recuerdo perfectamente, como si hubiera sido ayer, la sensación de extrema ternura que se adueñó de mí aquella mañana de verano. Estaba disfrutando de mis vacaciones en el apartamento de la playa junto con mi marido y el niño. Todos los días a primera hora bajábamos a la playa, en donde David, que ya empezaba a dar sus primeros pasos, no paraba un minuto de jugar.

Aquella mañana, mientras le ayudábamos en la construcción de un castillo de arena, vimos una embarcación que se aproximaba a la costa lentamente. Nada más atracar, nos apresuramos a acudir, junto al resto de los bañistas, en auxilio de los tripulantes, que presentaban un estado físico lastimoso. Eran unas cincuenta personas, la mayoría jóvenes de raza negra, que se encontraban agotadas, casi exánimes. De inmediato se tendieron en la playa, en donde les socorrimos como buenamente pudimos.

Por entre los quejidos y las súplicas que de continuo emitían pude percibir el estridente llanto de un bebé. Sin pensarlo dos veces, me acerqué adonde estaba, le tomé entre mis brazos y comencé a darle el pecho. De forma casi repentina paró de llorar y empezó a recobrar fuerzas. A pesar de lo extraño de la situación, el bebé se mostró contento y tranquilo en todo momento, y sólo paraba de mamar, muy de cuando en cuando, para ver a su madre, situada muy cerca de nosotros.


DOS

Queridos papá y mamá:

Finalmente he logrado entrar en el país. Esto no es el paraíso que ahí nos imaginamos. Trabajo doce horas al día en un invernadero de forma ilegal y a duras penas saco para mantenernos la niña y yo. Rosita, por cierto, no para de preguntarme por vosotros.
Este segundo viaje ha sido tan malo como el anterior. Estuvimos hacinadas como sardinas en una miserable barcucha, y los últimos días se nos hicieron interminables por el hambre y la sed. Me viene ahora a la memoria el recuerdo de aquella joven que alimentó a la niña tras el primer viaje. Quizá sea el único momento bueno que he tenido hasta ahora.

No me esperéis para las Navidades de este año. Si Dios quiere y consigo un mejor trabajo, tal vez el próximo año habré ahorrado suficiente para volver a Malabo.

Os envío un beso muy fuerte.

TRES

Jodidos inmigrantes. ¿Qué se han creído? .¿Que España es una ONG?. Que se vuelvan a sus países y se las compongan como puedan, que aquí no hay para todos. Estaría bueno. Ya es suficientemente dura la vida como para que vengan de fuera a quitarnos el pan que tanto nos cuesta de ganar. Que la caridad bien entendida empieza por uno mismo, digo yo, y ya está bien de dejar entrar aquí a cualquiera. Que luego pasa lo que pasa y todo son robos y crímenes. Claro, como no les gusta trabajar y además no están acostumbrados, pues eso, a traficar con droga y a vivir del cuento. Esto está cada vez más desmadrado. Ya no puede uno ni salir a la calle. Alguien tiene que poner coto a esta invasión. ¿Pues no dice el periódico que venia un bebé y todo?.

(Basado en el acto generoso protagonizado por Isabel Maria en la playa de Caños de Meca).

Si bebes no bailes

Yo creo que lo que pasa es que no quería nada conmigo. Sí, eso es, no quería nada conmigo. Pero, claro, ellas siempre se inventan excusas. Cualquier cosa con tal de no decirte las cosas a la cara. Y que conste que yo no soy un misogínio, o como se diga, pero, vamos, decirme que yo iba borracho........., sí, borracho iba a ir yo......,yo, precisamente, que no me emborracho nunca. Y, total, por beber ocho daiquiris, o quizá fueran nueve, no recuerdo muy bien, y otros tantos mojitos y caipiriñas. Digo yo que con eso no se emborracha nadie. Yo, al menos, necesito algo más. Pues, como os decía, cuando le pido que baile conmigo, va y me sale con que si yo llevaba una tajada de campeonato, y con que si además aquello no era un bolero de Luis Miguel, como yo sostenía, sino el himno del Perú......., cómo si fuera lo mismo una cosa que la otra......., cómo si uno no supiera lo que es y lo que no es un bolero, y lo que es y lo que no es un himno......,ni que fuera uno tonto.....,un himno decía que era.......,y que lo que había que hacer era comportarse respetuosamente. Y, para rematar, va y me suelta que aunque yo hubiera estado sobrio y aquello hubiera sido música de baile, a pesar de todo, digo, ella no hubiera querido bailar conmigo ya que ella era el arzobispo de Lima, y que lo que yo tenía por un precioso traje de noche rojo no era sino su casulla episcopal. El arzobispo de Lima........., ni más ni menos que el arzobispo Lima......., ¿os lo podéis creer?.

(Basado en una anécdota atribuida a un político británico, y borrachín.)

Usted también puede ser artista
1917. Marcel Duchamp presentó para la exposición de la Sociedad de Artistas Independientes de Nueva York una obra muy peculiar: un urinario. Si bien es cierto que el urinario lo compró en una ferretería, la contribución del Duchamp era de capital importancia: lo situó en posición invertida, le dio nombre (Fuente) y lo firmó. Cómo el director de la mencionada sociedad era un reaccionario de tomo y lomo, ignorante de los nuevos vientos vanguardistas, tuvo la osadía de rechazar la obra.
1993. Con el curso de los años, Duchamp se hizo mundialmente famoso y su artístico urinario tuvo acceso a los más prestigiosos museos del mundo. En realidad, no aquel urinario, que se perdió, sino réplicas del mismo. Una de ellas se expuso en 1993 en el Centro de Arte Contemporáneo de Nimes. Otro artista, el señor Pierre Pinoncelli, fue a dicha exposición, se situó ante el urinario e hizo lo que correspondía: orinar en su interior. Posteriormente lo golpeó con un martillo. A los pocos días, tras ser detenido, Pinoncelli alegó que su acción, más que un ataque a una obra de arte, había de ser considerada como una obra de arte en si misma. Las autoridades locales le sancionaron con 300.000 francos, que Pinoncelli pagó gustosamente, pensando que cualquier sacrificio era poco en aras del arte.
2006. La réplica expuesta en Nimes, convenientemente restaurada, y ahora titulada “Reproducción de la Fuente de Marcel Duchamp, orinada y golpeada por Pierre Pinoncelli”, se exhibe en distintas galerías del mundo. Si usted, que me está leyendo, quiere pasar a la historia del arte, con letras mayúsculas o en una nota a pié de página, que eso nunca se sabe, no lo puede tener más fácil: provéase de un martillo, acérquese a una de ellas y ……… a continuar el proceso creativo. Ah, y no vaya con la vejiga vacía.

Magia

Había como una pátina de tristeza en toda la ciudad. El otoño había
barnizado con sus características pinceladas de melancolía calles,
plazas y rincones. Esa tarde de domingo, sin embargo, el sol, con su
simple acto de presencia, había animado a la gente a salir y en el
viejo parque había más movimiento del acostumbrado. A lo largo de su
paseo, situado a un lado del lago, se formaron nutridos corrillos de
curiosos en cada uno de los espectáculos allí desplegados. Uno de los
que contaba con mayor audiencia era llevado a cabo por un equilibrista
y prestidigitador - que las dos cosas hacia, y con notable destreza
ambas – cuya procedencia extranjera era sólo delatada por el acusado
acento de su, por otra parte impecable, castellano. Su apariencia era
particularmente llamativa - en ella destacaban el alto sombrero de
copa y el abundante y rizadísimo pelo negro - y su simpatía y sentido
del humor eran verdaderamente excepcionales. Fue gracioso cuando, a la
hora de presentarse, soltó con su endemoniado acento de
Arkansas: “Señoras y señores, yo no soy un guiri cualquiera: yo escucho
Radio Ole”. No era un guiri cualquiera, efectivamente. Su número
estelar consistía en caminar a lo largo de una cuerda tensada entre dos
árboles mientras realizaba ejercicios de malabarismo con un cuchillo
muy grande con forma de alfanje. Cuando terminó todos sus números, se
dirigió al numeroso público, diciendo: “Y ahora, señoras y señores, el
más difícil todavía, lo nunca visto, un número extraordinario: voy a
quitarme el sombrero y todos ustedes van a desaparecer”. Así fue como
sucedió. Bueno…..no exactamente así, pero casi: se quitó el sombrero y
cuando se disponía a pasarse por entre los espectadores solicitando una
propina por su actuación, la inmensa mayoría se esfumó como por arte de
birlibirloque. Un poco más tarde el sol ofrecía sus últimos rayos y
anochecía en el parque del Retiro de Madrid.

Guerra sin cuartel

A diario, en todos los autobuses interurbanos de Guatemala se libra una feroz batalla entre Dios y el diablo. Son meros episodios de la aparentemente interminable guerra que estos dos encarnizados rivales vienen sosteniendo desde el principio de los tiempos, o, para ser más exactos, desde un poco después, desde que Luzbel, en un acto cuya soberbia es solamente comparable a su estupidez, se rebelase contra su Señor. Los ejércitos de Dios y del diablo están liderados respectivamente por El Espíritu y por La Carne. Integran el primero la multitud de letreros que en los enormes parabrisas de los autobuses rezan (nunca mejor dicho) mensajes como `Dios te ama`, `Jesús es tu mejor amigo`, `Cree en Dios` o `Jesús es mi guía y mi luz`. En el otro bando, los principales guerreros son los boleros, merengues, cumbias, salsas, vallenatos y bachatas que Juan Luis Guerra, Gloria Stefan, Luis Miguel, Carlos Vives o Davis Bisbal vociferan de forma atronadora a través de los inmisericordes altavoces de los autobuses. En ellos se ensalza la pasión más salvaje, la sensualidad más ardiente y el goce más instintivo. Son canciones románticas, de ritmos pegadizos, que directamente atentan contra uno de los pilares (el sexto, exactamente) del plan divino. El ejemplo que mejor evidencia lo que digo quizá sea el irreverente estribillo del penúltimo gran éxito de Bisbal: `Ave María, ¿cuando serás mía?`. El combate suele quedar en tablas, pero no sin antes dejar a los dos contendientes muy mal parados. Tras unas horas de tregua, el sol sale de nuevo y los guerreros reemprenden la terrible lucha con renovados bríos.
Patojos chapines
El día anterior me había maravillado contemplando las ruinas de lo que fue el corazón de la civilización maya en su período de mayor esplendor: templos piramidales cuya majestuosidad y grandeza sólo cabría comparar con las propias de la selva por la que se hallan rodeados, o, por mejor decir, por la que son devorados. Ante la falta de un plan para la mañana de mi segundo día en Tikal, pensé que quizá sería una buena idea pasarla tomando un licuado de piña y leyendo el periódico. Me dirigí a las vendedoras de una tienda de souvenirs próxima y les pregunté por un lugar en el qué pudiera adquirir la prensa, a lo que éstas respondieron que no había ninguno por allí, pero que estuviera al tanto porque de cuando en cuando aparecía el patojo que la distribuía. Me hizo gracia aquella palabra, “patojo”, lo que, a su vez, provocó la hilaridad de mis interlocutoras y entramos en una espiral de risa que se acrecentó en el momento en que me confundí y en lugar de “patojo” dije algo así como “pachuco”, o algo más raro todavía. El caso es que ésta fue, y ahí es donde quería ir a parar, la manera en que conocí el vocablo que utilizan los guatemaltecos – que a sí mismos se llaman coloquialmente chapines- para referirse a los niños. Esta remembranza esta dedicada a los patojos que conocí este verano en las tres semanas que estuve como voluntario en una escuela de Antigua: Rosa y Karen (las “moscas”), Andrea, Juanito, Hugo, Claudia, Carolina, Luis Miguel, Wendy y tantos más.

MICROENSAYOS

A vueltas con el dinosaurio

Hay un archiconocido cuento, por llamarlo de alguna manera, de Augusto
Monterroso que pasa por ser el más breve de la historia de la
literatura en español. Seguro que lo conocéis: “Cuando despertó, el
dinosaurio todavía estaba allí”. A bote pronto, lo primero que me llama
la atención es que es demasiado largo. Y no lo digo por extravagancia o
por provocación, aunque nunca está de más ir a contracorriente. Lo
digo, simplemente, porqué al cuento le sobra una palabra. Se podría
contar lo mismo, sin que se perdiera matiz alguno, con una palabra
menos. Así: “Cuando despertó, el dinosaurio seguía allí”. No creo que
el cuento, en esta segunda versión, pierda en calidad literaria, si
bien, como dice el refrán, “sobre gustos no hay nada escrito”. Y sobre
gustos literarios, mucho menos. Esto último lo digo yo. En cualquier
caso, la fama de sintético de que goza el cuento de Monterroso queda
seriamente dañada.

Pasemos ahora al contenido del cuento. Parece evidente que la principal
virtud del mismo radica en su ambigüedad. Si lo analizamos
detenidamente, sin embargo, nos daremos cuenta de que la misma se reduce
de forma considerable.

En primer lugar, hay que señalar que en el cuento puede haber uno o dos
sujetos, según que el personaje que se despierta sea el propio
dinosaurio o un segundo personaje, que permanece agazapado y del que no
sabemos nada más. Ni siquiera si es animal o humano, hombre o mujer.
Podemos suponer, sin aventurarnos demasiado (más que nada, por la
necesidad de tener alguien con quien identificarnos) que se trata de un
ser humano, un cazador primitivo quizá. Le llamaremos, en adelante,
Pepe. Contemplemos, según eso, los posibles significados del cuento:

1) Cuando despertó (el dinosaurio), el dinosaurio todavía estaba allí.
El dinosaurio no se movió mientras dormía. Ello parece bastante
razonable, dada la ausencia de pruebas sólidas que avalen el
sonambulismo de los dinosaurios. Esta hipótesis literaria hay que
descartarla. Sencillamente porque de tan verosímil como es, no aporta,
en realidad, ninguna información (ni relevante ni irrelevante).

2) Cuando despertó (Pepe), el dinosaurio todavía estaba allí. Aquí
caben dos interpretaciones:

2a) Por alguna razón, probablemente por el pavor causado por la
presencia de la fiera, Pepe se desvaneció y, sorprendentemente, el
dinosaurio no acabó con él. Quizá no quería enfrentarse a un enemigo que no
estuviera en perfectas condiciones. El dinosaurio, entonces, o bien esperó pacientemente a que Pepe volviera en si o bien se fue a dar una vuelta y regresó antes de que Pepe despertara. De puro inverosímiles, estas hipótesis literarias tampoco parecen merecedoras de ser contempladas.

2b) En realidad, no había uno sino dos dinosaurios. Al despertar, Pepe abandonó el dinosaurio que había poblado su pesadilla y
se dio de bruces con uno auténtico, al que tomó por aquel……, se parecen
tanto unos dinosaurios a otros. Esta hipótesis es, sin duda, la más literaria, por la conexión que establece entre el mundo de la realidad y el de los sueños. Como dijo
alguien, hay que tener cuidado con lo que se sueña, porque los sueños se
pueden cumplir. Aunque no está claro que esto valga para las pesadillas. Con o sin dinosaurios.


Tres eran tres y ninguno era bueno

Primero llegó Don Miguel, allá por el año 1605, y publicó el famosísimo “El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha”. Luego llegó un señor que, con el seudónimo de Avellaneda, publicó en 1614 el “Segundo tomo del ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha”. (Según estudios recientes, el tal Avellaneda parece que era o bien Jerónimo de Pasamonte, compañero de armas de Don Miguel en la “más grande ocasión que vieron los siglos”, o bien Fray Baltasar Navarrete, autor de la pícara “La pícara Justina”). Herido en su amor propio, Don Miguel reaccionó publicando sólo un año después la “verdadera” continuación de los hechos y andanzas de Don Quijote, con el título “Segunda parte del ingenioso caballero Don Quijote de la Mancha”. Ahora bien, yo me pregunto, y de paso les pregunto a todos ustedes, ¿era realmente ingenioso Don Quijote?. Considero que este adjetivo, que aparece en los tres títulos, no se ajusta en absoluto al personaje. Todavía Sancho Panza, en ciertas ocasiones, como en el gobierno de la Insula Barataria, sí que da muestras de grandes dosis de ingenio. ¿Pero Don Quijote?…... ¿Es ingenioso atacar, lanza en ristre, a unos molinos (y si hubieran sido gigantes, peor aún)?. ¿O abalanzarse contra un teatro de marionetas, confundiéndolas con personas de carne y hueso?. Quizá, resaltando las principales características del héroe, podría Don Miguel haber titulado su magna obra “El intrépido y extraordinario hidalgo Don Quijote de la Mancha”, o bien, en tono más amargo, “El temerario y extravagante hidalgo Don Quijote de la Mancha”. Incluso podría haber adjetivado el sustantivo que precede al nombre del hidalgo en la segunda parte, quedando en “El intrépido y caballeroso hidalgo Don Quijote de la Mancha”. Son ideas.

El limonero

“Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla y un huerto claro donde madura el limonero”. Analicemos la conocidísima frase de Antonio Machado. A primera vista, conservando el sentido de la misma, podríamos transformarla en esta otra más coloquial: “Los recuerdos de mi infancia giran en torno a un patio de Sevilla y a un huerto claro donde maduraba un limonero”. ¿Por qué Antonio Machado se expresó como se expresó y no de esta otra manera?. ¿Es una simple cuestión formal o hay un mensaje poético detrás?.

Pienso que existe ese mensaje poético y que el mismo tiene que ver con la melancolía que le produce al poeta el paso del tiempo. En primer lugar, la expresión de que su “infancia son recuerdos” no hay que interpretarla en sentido metafórico, sino literal. Con la misma, Antonio Machado nos dice, por una parte, que su infancia ya no existe como tal, como hecho real y concreto, que son sólo recuerdos, pero por otra parte, nos dice también, dándole la vuelta al tortilla, que esos mismos recuerdos constituyen -en ese preciso instante en el que está escribiendo -su infancia. Son su infancia. La cual no ha dejado de existir, sino que ha cobrado nueva vida merced al recuerdo de aquella otra infancia originaria. Es la memoria lo que nos permite seguir siendo lo que fuimos.

En segundo lugar, el paso del tiempo también se asoma en la constatación de la maduración del limonero. Como cualquier ser vivo, todos los limoneros maduran, pero lo característico de los limoneros no es madurar, sino la forma de sus hojas, de sus flores, de sus frutos etc. Sin embargo, Antonio Machado sólo nos recuerda que el limonero maduraba, que tampoco él era inmune al paso del tiempo.

Con todo, tanto el poeta como el limonero logran ponerse a salvo del naufragio del tiempo. El poeta, recordando su infancia y manteniéndola, de esta forma, a flote. El humilde limonero, al no tener la facultad de recordar, limita su estrategia a la más elemental de todas (aunque perfecta, a su manera): la inconsciencia.


Adolfo, la cagaste con el “casting”.

Cuando entramos en una sala de cine es conveniente adoptar una actitud receptiva, estar dispuestos a creernos lo que nos van a contar. No se puede ver una película con la mirada de un crítico, pensando si tal o cual plano hubiera quedado mejor de esta o de aquella otra manera. No se pueden ver las escenas de terror pensando si la sangre será Ketchup o Tomate Orlando. Ni contemplar las escenas de acción pensando en cual habrá sido el momento en que el especialista habrá doblado al actor principal. Hay un sobreentendido, un acuerdo tácito, de que a partir del instante en que las luces se apagan una nueva realidad empieza a desarrollarse en la pantalla.

Ésta es la idea que subyace en el movimiento cinematográfico denominado “Dogma”, creado por el director danés Lars Von Trier. Sus seguidores intentan, mediante el cumplimiento una serie de normas, dotar de la mayor credibilidad posible a sus películas. Cómo no podía ser de otra forma, existen diez preceptos. Nos encontramos de nuevo ante un decálogo, si bien en este caso su incumplimiento no conlleva la condena eterna del director trasgresor, sino sólo su descalificación como superficial o comercial. El movimiento “Dogma” supone una relación inversa entre los medios técnicos empleados y el grado de verosimilitud logrado por la película. Sus normas son consecuencia directa de este supuesto: rodaje en exteriores, sonido ambiente, cámara al hombro etc. Sin embargo, desde mi punto de vista, esta forma de hacer cine, este nuevo “cine verité”, no logra los objetivos pretendidos, sino que se aleja de ellos. En una secuencia con mucho movimiento de cámara, inmediatamente pienso en que hay alguien detrás rodando y que un poco más atrás estará el director controlándolo todo. Y de eso es precisamente de lo que tengo que olvidarme.

Todas estas digresiones vienen a cuento del clamoroso fallo cometido por el (por otra parte, excelente) director Adolfo Aristarain en la elección de actores de la película "Roma". Ésta trata del proceso de redacción de su autobiografía por un escritor maduro (papel interpretado por José Sacristán), para lo que es auxiliado por un joven periodista (papel interpretado por Juan Diego Botto). Al tiempo que observamos como se desarrolla la relación entre los dos, se introducen “flash backs” en los que aparecen los momentos más relevantes de la vida del escritor. Pues bien, resulta que el actor que interpreta al escritor en su juventud no es otro que Juan Diego Botto. Es decir, un mismo actor para dos personajes. El único rasgo diferenciador es que en un caso aparece con barba y coleta y en otro no. Así no hay quien se crea nada. Si ya el simple hecho de que los actores sean muy conocidos hace que sea difícil para el espectador ver al personaje en lugar de al actor, todavía resulta más contraproducente utilizar al mismo actor para representar varios personajes. A título de ejemplo, tanto Fernando León en “Barrio”, como Carlos Saura en “Deprisa deprisa” recurrieron a jóvenes totalmente ajenos al mundo cinematográfico para los principales papeles.


El tiempo (Kant, Lennon, los clásicos y mi abuela)

No me refiero al tiempo meteorológico, que ése está claro, sino al otro. ¿En qué consiste?. ¿Existe realmente?. Según Kant, el tiempo es sólo una categoría a priori, de la que nos servimos para comprender los fenómenos naturales y exclusivamente reside -como tantas otras cosas (esto lo digo yo) - en nuestro coco. El caso es que, lo que quiera que sea, deja efectos, el muy cabrito: caída del cabello, aumento de las arrugas etcétera. Se impone, pues, aprovechar el tiempo, mientras podamos (esto lo decía mi abuela). Pero, ¿como conseguirlo?. ¿Trazando planes que probablemente nunca se cumplan (según Lennon la vida es aquello que nos pasa mientras pensamos qué hacer con la vida)?. ¿Viviendo el momento (el famoso carpe diem latino) ?. Además, puestos a actuar, existe el problema de acertar con el momento oportuno, ya que tanto una acción precipitada como una acción tardía pueden resultar fatales para el logro de nuestros propósitos. Quizá fuera mejor no hacer nada y contemplar la vida con el distanciamiento con el que contemplamos la escena representada en un cuadro, con independencia de que la misma trate del nacimiento de Venus o de la muerte de Viriato......... Actuar o no actuar, ésa es la cuestión.

Un día en la vida de Margarito Casasús

Esa misma mañana, Margarito Casasús, flamante doctor en Antropología por la Universidad Autónoma de Madrid, había dedicado las dos horas íntegras de su clase a explicar los cultos del cargo. Sus alumnos se habían quedado impresionados con la creencia, extendida entre algunas tribus de la Polinesia, de que el ejército de los Estados Unidos, más pronto que tarde, regresaría a sus tierras y les haría entrega generosa de multitud de ropas y alimentos, como ya hiciera durante la Segunda Guerra Mundial. Un maná de tabaco, café, chocolate, pantalones vaqueros y botas militares volvería a derramarse sobre sus cabezas. También les fascinó el hecho de que, con la finalidad de facilitar el regreso de los hombres blancos, los nativos de estas islas del Océano Pacífico han reproducido, en la medida de sus posibilidades, algunos objetos relacionados con la primera llegada. No sólo han fabricado replicas en madera de los grandes pájaros metálicos que portaron en su vientre el anhelado cargamento, sino también torres de control hechas con cañas de bambú y hangares cubiertos con techo de paja. Aunque, hasta el día de hoy, los extranjeros no han dado todavía señales de vida, ni hay indicio alguno de que las vayan a dar, estos extraños creyentes se mantienen firmes en su extraña creencia, y razonan que, si otras religiones llevan miles de años aguardando a su redentor, no pasa nada por que ellos esperen unos pocos años más.

Ya por la tarde, Margarito Casasús intentó avanzar en la escritura de su novela “El chancho colorado”, sobre el exterminio de los indios selknam. Hacía cosa de un mes había terminado el trabajo de documentación histórica y, desde entonces, se había encontrado con numerosas dificultades, a pesar de llevar sólo unas pocas páginas terminadas. No se imaginaba que eso de escribir fuera tan complicado. En las dos últimas semanas se había atascado con un maldito dialogo, al que no conseguía dotar, al mismo tiempo, de la verosimilitud y la altura literaria imprescindibles. Se sirvió una copa de Macallan, se sentó en su silla favorita, se situó delante del ordenador, abrió el fichero y se dispuso a liberar a la novela del pantano en que había encallado. Al segundo trago, su mente se despejó: lo importante era la calidad literaria; la verosimilitud y el realismo habían de estar sometidos a ella. Si alguien quiere realidad, pensó, que salga a la calle a buscarla, no es tan difícil. Ahí puede empaparse de toda la realidad que quiera. A granel. Y, para los que no quieran salir de casa, nunca faltarán los “reality shows”, que, si bien no son realidad en sentido estricto, son, sin duda, un buen sucedáneo en caso de emergencia. Apenas había realizado un par de cambios en la novela, cuando la mala suerte quiso que el procesador de textos se quedara como muerto. No podía escribir ni una sola palabra más. Maldito cacharro, pensó. Y pensó también en cómo había salido de situaciones similares en el la Universidad. Siempre había sido igual: apagaba el ordenador, lo encendía y, tachán, volvía a funcionar. Así que eso hizo. Pero esta vez sin ningún resultado. Era incomprensible. No sabía qué podía estar haciendo mal. Apagó y encendió el ordenador varias veces y nada de nada. Ya desesperado, desistió. Otro día seguiría.

Todavía eran las siete de la tarde. Tenía tiempo y decidió ir al Café Clamores dando un largo paseo. Como la vez pasada, llegó veinte minutos antes de la hora. Como la vez pasada, aunque había alguna mesa libre, se acercó a la barra, se acodó cerca del retrato de Ella Fitzgerald y pidió una copa de Juve Camps. Y, como la vez pasada, en el momento en el que Fairground Attraction atacaba su primer “It´s got to be perfect”, movió bruscamente los brazos y derramó parte del contenido de su copa sobre el cliente situado detrás de él. Al volverse, no se topó, sin embargo, como la vez pasada, con una chica escandalosamente guapa, que respondiera al nombre de Vanesa, sino con un señor mayor visiblemente enojado y cuyo nombre realmente le tenía sin cuidado. Aquellos inolvidables ojos azules, tan azules como el más azul de los mares, y aquella sonrisa luminosa, tan luminosa que se diría capaz de sustituir con ventaja al sol en su tarea de iluminar el mundo, se habían trocado, despiadada e incomprensiblemente, en una mirada de odio, atrincherada tras unas gafas de carey, y una voz estridente que no paraba de emitir improperios y exigir disculpas. El plan había fallado, estaba claro, pero, ¿por qué?


De afrentas y reparaciones

Tras pasar revista a todos los caballeros de México, vestidos de gala para la ocasión, Alonso de Estrada, el nuevo gobernador, frenó en seco su caballo. Éste, un hermoso corcel andaluz, blanco como la nieve, realizó un par de cabriolas, se irguió sobre sus patas traseras, se mantuvo en alto durante un buen espacio de tiempo, relinchó sonoramente y se dejó caer de forma abrupta. Acto seguido, ante la máxima expectación de los allí reunidos, Alonso de Estrada descabalgó y se puso a esperar la llegada de una mujer que se había destacado entre la concurrencia y que se aproximaba de forma lenta pero decidida. Nada más llegar a su lado, él la cumplimentó con una ostentosa reverencia, subió de nuevo al caballo y le ayudó a ella a hacer lo propio. Entonces, con el tono solemne que corresponde a las grandes ocasiones, se dirigió a los caballeros:

“Todos conocéis a esta mujer. Todos conocéis a Juana de Mansilla. El tirano Salazar la acusó de brujería y la hizo azotar en la plaza pública. Todos fuisteis testigos de ello. ¿Pero, cuál fue el verdadero motivo de esta humillación? Que se resistió a aceptar la mentira. Que se resistió a casarse con ningún otro hombre. Por mucho que le dijeran lo contrario, ella sabía que su marido estaba vivo. Su esperanza en Dios nuestro Señor nunca desfalleció. Sabía que, tarde temprano, su marido volvería. Y ahora ya no lo sabe sólo ella. Ahora todos lo sabemos. Ahora todos sabemos que Alonso Valiente está con vida. Y no sólo él. También Hernando Cortés y casi todos los miembros de la expedición. Pronto los tendremos de nuevo entre nosotros. Pero, antes de que vuelvan, quiero realizar un acto de justicia para lavar la afrenta sufrida por esta excelente mujer, que ha sido un ejemplo de virtud y de fidelidad a la altura de las más ilustres matronas romanas. A la altura, por ejemplo, de Cornelia, la madre de Tiberio y de Cayo Sempronio Graco, quien, una vez muerto su marido, no dudó en rechazar la propuesta de matrimonio del faraón Ptolomeo VIII, para consagrar toda su atención y todo su tiempo a la educación de sus hijos. Así que, como acto de desagravio y de reconocimiento, es mi deseo y mi voluntad que, de ahora en adelante, Juana de Mansilla reciba el título ‘doña’. Doña Juana de Mansilla”.

A partir de ese día, Juana de Mansilla recobró la dignidad perdida. Todo el mundo la trató con la máxima cortesía y el máximo miramiento. Este humilde cronista piensa que fue precisamente esa reparación de su consideración social lo que más le satisfizo entre todas las consecuencias derivadas de la vuelta de los expedicionarios a Higüeras y Honduras. Algunas lenguas malintencionadas, de esas que siempre abundan, han contado a quien ha querido oírlo, e incluso a otros que, no queriéndolo, necesitamos de este tipo de noticias para redactar nuestras crónicas, que el rechazo que hubo manifestado Juana de Mansilla a casase con nadie en ausencia de su marido se debió, más que a una fidelidad desmedida, al deseo de no aguantar a ningún otro hombre, habida cuenta de su experiencia con el primero.









Un contrato bajo sospecha

Tanto desde un punto de vista formal como desde un punto de vista material, mis defendidas, Isabel e Isabelita, madre e hija, firmaron un contrato jurídicamente impecable con don Julián Peñarroya Domínguez. Eso es innegable. Han de saber ustedes, además, que Isabelita y el mencionado don Julián llevaban nada menos que siete meses de noviazgo y ella hubiera puesto no ya una mano, sino las dos manos en el fuego, e incluso el cuerpo entero si hubiera sido preciso, por cualquier cosa que él le dijera. ¿Cómo podía sospechar que la estaba engañando? Las cláusulas del contrato remiten una y otra vez a la legislación vigente, a instituciones públicas dignas del máximo respeto y de la máxima consideración, a altos funcionarios de la Administración del Estado… ¿No es ello prueba más que suficiente de que estas dos mujeres han actuado de buena fe? ¿No se alude acaso en el contrato al Consejo de las Naciones Unidas, al Código 341 del Reino de España, al Grupo de Operaciones Antiterrorista, al Consejo de Operaciones Especiales y al mismísimo General de División don Agapito Buenafuente? También se hace mención, es verdad, a la posibilidad de utilizar prácticas digamos que poco ortodoxas, prácticas que una persona con excesivos escrúpulos morales podría considerar inapropiadas. Me estoy refiriendo, como ya imaginan ustedes, al uso de la fuerza física. Pero, yo me pregunto, ¿tenían estas dos buenas mujeres acaso alguna otra manera de lograr su más que razonable propósito? No resulta nada fácil en el mundo de hoy, señorías, un mundo tan cruel, tan desalmado, tan injusto, conseguir las cosas por las buenas, esto es, sólo mediante el uso de la palabra, sólo a través del diálogo. En cualquier caso, doña Isabel ya lo había intentado: durante meses estuvo pidiéndole, rogándole, suplicándole a su pareja, a don Eufrasio López, que le devolviera los 60.0000 euros que le había estafado. Pero, ante los nulos resultados obtenidos, fue preciso explorar nuevos caminos, caminos que, en todo caso, ellas siempre creyeron circunscritos dentro de la legislación vigente. ¿Cómo podían ellas sospechar que el mencionado Código 341 del Reino de España no existía y que por tanto no las respaldaba en su pretensión de extraerle los órganos a don Eufrasio para resarcirse, venta mediante, del quebranto económico que éste les había ocasionado? Estas dos buenas mujeres no son culpables de que Julián Peñarroya no fuera el ”Consejero Primero de Operaciones Especiales del Centro Nacional de Inteligencia” que afirmaba ser. Ellas no son culpables de que Julían Peñarroya las haya estafado; de que él también las haya engañado. Yo me pregunto y les pregunto a todos ustedes: ¿creen que estas dos buenas mujeres, timadas, burladas y escarnecidas por sus propias parejas sentimentales, son merecedoras de castigo, o son merecedoras, más bien, de comprensión?











Texto agregado el 29-07-2006, y leído por 1312 visitantes. (6 votos)


Lectores Opinan
16-10-2006 Excelente. A veces los Hedonistas filósofos ocupan vacantes de honor en nuestras vidas. Esta vez fue por una buena causa. Hericuento
29-09-2006 Bueno. bruja
26-09-2006 Un buen calor, tal como el del desierto nortino, si allí me encontré con Engels, pero, bueno, me habia tomado un juguito algo espeso de una clase de un vegetal.***** curiche
09-09-2006 Soñar es tan barato y terapeùtico,cuando no son pesadillas, claro. doctora
15-08-2006 Pufff, peor aún es hablar con los números, o que éstos te persigan. m_a_g_d_a2000
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