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Este es el cuento de Renato que una vez nato, creyó conveniente y preciso rimarlo todo. Y tanto le gustó este modo que hasta su llanto –que era un espanto- lo rimó con gracia y fue doña Pancracia quien se dio cuenta de este hecho, cuando le daba pecho, porque ella era nodriza, prima hermana de la primeriza que descansaba en su lecho, rezándole a don Jecho por haberla agasajado con ese tremendo legado que era su guagua querida que sus agús rimaba con gracia, tanto que la señora Eufrasia que era la doctora, se ofreció como cantora para acompañar al crío que con tanto señorío le daba trabajo a sus pulmones.

La rima le salía sola al condenado muchacho, que era un as para la historia y un campeón jugando al cacho. Bastaba que tirara los dados para darlo todo por ganado y era la envidia de sus amigos que no le llegaban ni al ombligo.

Cuando Renato cumplió los quince, se las dio de galán latino y comenzó a ponerle pino con cuanta niña le salía al paso, muchas lo inflaron pocazo por ser tan recontra latero ya que en su afán de rimar se olvidaba de besar pero otras caían rendidas al escucharle declamar, algunas rompían en llanto y otras llegaban a bramar cuando el muchacho avezado les decía cabezas de pescado.

Como suele suceder, Renato se puso embustero, dijo que nadaba en dinero para captar la atención y las mujeres interesadas se le aferraban a su coche para que las llevara cualquier noche donde trago y baile hubiera y él con la lengua afuera, bailando que era un portento, dejaba al mesero contento por las propinas que daba y luego le ponía aldaba a todo sutil miramiento y se afanaba a la chica que estuviera en ese momento.

Pronto fue el hombre, cazado por una chica enterada que le cantó las cosas claras y no se entregó a la primera, que si quería explotar su veta, la herramienta justa era la libreta y se lo llevó de un tirón a la iglesia más cercana donde ella muy ufana, habló con el sacerdote que siendo hombre pechoño, agarró a Renato del moño y lo obligó a matrimoniarse.

Ya casado nuestro héroe, se las dio de hombre frustrado y agarraba niñas al contado con su cara de inocente, muchas dieron paso al frente al verlo tan desprotegido, no sabían que tras la oveja, aguardaba el forajido, que con su llanto fingido, a muchas las hizo caer, de esa agua no he de beber, se decían las comadres al ver a este sin madre hacer las de Quico y Caco, que la moral se echaba al saco para darle buena lumbre a su apetito carnal que tenía mucho de animal.

La historia terminó mal para el rimador amante, un sanguíneo y brutal carnudo torturó a su infiel esposa para que le dijera con detalles como había sido la cosa, esta se largó solita y contó toda la historia, desde sus momentos de gozo hasta que perdió la memoria. Ante tanto desacato, el carnudo pidió identidad y no paso mucho rato sin que saliera a relucir el epónimo de Renato.

Como una flecha, el carnudo se apareció en casa del vate, quien con un tremendo alicate trataba de arreglarse el jopo. Con los ojos inyectados al rojo, el carnudo sólo vio un perro flaco para apretarle su magro pescuezo y el amante, que no era cojo, trató de huir como un expreso, pero el carnudo, avezado, ya que era militar retirado, le cerró todos los flancos y de un golpe en el ojo izquierdo, le dejó la pantalla en blanco. Con el derecho vigente, Renato atisbó una puerta y hacia allá orientó sus pasos, con tan mala fortuna que la puerta no era puerta sino un armario, en donde Renato goloso, se disfrazaba de sicario.

Allí lo encontraron encerrado los policías del condado, el hombre estaba muy quieto pero como había pasado una década, Renato era ya esqueleto. Así terminó la historia del hombre que rimaba todo, que rimó una infinidad, su última rima fue la mejor: rimó con la eternidad…



















Texto agregado el 02-08-2006, y leído por 198 visitantes. (2 votos)


Lectores Opinan
02-08-2006 Ufff, aparte del lenguaje coloquial, mal acabo la cosa para el Renato, pero en fin , al fin y al cabo, se nos da el fruto de nuestras cosechas. eneas
 
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