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Pedro pasó a buscarnos en su camioneta roja, con un tumbaburros plateado y reflectores colocados en el techo. Subimos ambos a la camioneta, emocionados; en el interior nos refrescó el aire acondicionado. La música de los Tigres del Norte retumbaba en los cristales de las ventanas cerradas.

¡Orale!

La velocidad no se siente cuando los Tigres cantan “La Yaquecita” a todo volumen. Víctor, mi amigo, viene de Chihuahua, como Pedro, dos norteños estudiando en Guadalajara, y yo, pues yo siempre fui el jarocho para ellos. Cómo chingaban diciéndome “Huachinango brody” y “Ahí viene el tiburón”. No podía responderles con la misma burla porque para mí Chihuahua era tierra de nadie, desierto abandonado, campo de batalla revolucionario y no sabía ni qué comían por allá, hasta que conocí a esos dos cabrones.

Víctor fue mi compañero de pensión. Compartíamos cuarto con otros seis estudiantes, cada quien con su cama y un rincón para la maleta: un tabasqueño que nunca llegaba, un chiapaneco que trabajaba de noche y durante el día dormía hasta el siguiente turno (siempre me pregunté por qué decía ser estudiante, era obvio que no lo era), un tipo misterioso que no decía de dónde venía y se colocaba nuestros perfumes, se ponía nuestras camisas y comía de nuestra despensa, un filósofo que no hablaba con nadie, yo y el norteño.

En cuanto Víctor y yo nos conocimos nos caímos bien. Era un tipo grandote, de hombros anchos, francote y bien terco.

- Estás bien grandote como para venir del sur-, me dijo cuando me conoció.

-Y eso que no has visto lo más grande de mi cuerpo-, le respondí a la jarocha.

Víctor parecía conocer más de los jarochos que yo mismo.

- Ustedes se la pasan mentándose la madre, sin trabajar, bailando y tirando desmadre todo el día, además le sacan a los madrazos y le tocan el culo a las mujeres, en cambio nosotros en el norte somos duros, no nos gustan las bromas ni que nos la mienten y respetamos a las mujeres- , comentaba de vez en cuando.

Yo lo escuchaba, estoico, con la seguridad jarocha de que el tipo me quería vender culebra por iguana… además, como dije antes, hasta que conocí a Víctor yo ni siquiera sabía que existía vida inteligente en esas zonas del silencio del norte de México, por eso no podía rebatirle sus argumentos.

- ... Y Veracruz está lleno de maricones, por eso no quise ir allá, no me fueran a meter la mano y tuviera que matar a un puto de esos. Ustedes, como son todos maricones ni cuenta se dan, pero a los norteños no nos gusta ese desmadre. En mi ciudad el que se mueve muy puto no llega a su casa sano- decía de vez en cuando mi amigo norteño, exasperado por mi tranquilidad jarocha.

- Los maricones del carnaval hablan todos como tú, Víctor, me extraña que no los conozcas en tu ciudad- contestaba yo, con una risa de amigo.

Allí se acababa la discusión porque Víctor no soportaba ser comparado con ningún homosexual, ni con Juan Gabriel, su ídolo, del cual tenía todos los discos y se sabía el repertorio completo.

A mi la música de Víctor nunca me gustó. Los Broncos y todas esos bailes de salto ranchero no son mi fuerte. Lo mío es la rumba, la salsa y las tropicales. Cuando me entraba la vena autóctona bailaba unas de Chico Ché, como máximo, pero no más. Por eso iba sufriendo en la camioneta de Pedro… y el camino era largo. Los Tigres del Norte fueron para calentar, porque después vinieron los veinte mil éxitos de Los Broncos y todas la bandas habidas y por haber de Sinaloa, sin olvidar al peludo de Marco Antonio Solis.

¡DIOS MIO!

Llegamos por fin a la casa en donde pasaríamos el fin de semana. Una casa de dos pisos ubicada en los Altos de Jalisco, grande, con alberca y un techo cercado para tomar el sol sin ser visto por los demás. Esa mansión le pertenecía al novio de una de las amigas de Pedro y Víctor, otra norteña de Chihuahua, estudiante. Todos allí eran estudiantes, pero vivían mejor que muchos profesionales, y ricos no eran, no, el barrio lo traían marcado en el rostro, sin embargo….

Entre todos hacíamos más de veinte personas; los hombres con sombrero norteño, jeans apretaditos y cinturón de hebilla gorda; las mujeres, todas altas y lindas. En cuanto supieron que yo era jarocho comenzaron a chingar como Víctor con las mamadas del huachinango y los brodys… me valía madre, mientras dieran de comer y beber gratis, todo bien. De comer y beber hubo en exceso. El viernes fue día de trago y parrillada, acompañado de la puta música norteña. Todos me salían con el rollo de la pureza de la mujer norteña y la hombría del macho de Chihuahua… yo los escuchaba mientras le echaba ojo a una de las puras que bailaba más puta que la más puta de mi querido puerto… En la madrugada me sentí cansado. Como estaba borracho ya no pude recordar en dónde me tocaba dormir, así que me metí a una de las tantas recámaras y me tiré en la cama que encontré, claro, me acosté horizontal, en la cabecera, para que los otros tuvieran espacio suficiente… el resto seguía con la fiesta.

Estaba yo en dirección a mis sueños cuando la puerta de la recámara se abrió. Me hice el dormido. Escuché la voz de una mujer y la de otro tipo. Reconocí la voz de la tipa, una de las que había venido a la fiesta con su novio. Bueno, pensé, el novio y ella están cansados y como es su cuarto me van a mandar a la chingada, así que casi me levanto para ir pidiendo disculpas cuando escuché la voz del tipo.

-Tranquila, ese es el jarocho, no aguantó el trago y se fue a dormir, mira ni cuenta se dio el muy tarugo que duerme sobre la almohada- dijo el tipo, con voz ronca, brava… pero el novio de la tipa tenía voz delgada, finita.

- Si, ¿estás seguro?- preguntó ella.

- Si, ´perate, ya verás….

El cabrón sacudió la cama. Yo me hice el dormido y hasta me puse a roncar. Si algo sabemos hacer los jarochos, es camuflearnos para cualquier situación.

- Bien, pero que sea rápido Alfonsito, mira que mi Chucho va a comenzar a buscarme- dijo ella.

Los dos se echaron en la cama. Yo tenía el rostro pegado a la cabecera, así que sólo me quedaba escuchar el show. Después de unos ajetreos en donde él se bajó el pantalón y ella se hizo el calzón a un lado, comenzaron a coger.

“Esto se va a poner bueno”, pensé.

Comencé a roncar más fuerte para que los dos agarraran confianza.

Escuché como entró el tipo en ella y el suspiro de la tipa. El colchón se movía y se movía en un vaivén pecaminoso. Se estaba poniendo bueno el asunto, hasta que la tipa abrió la boca.

- Llega ya, apúrate, llega ya… ¿Ya llegas? Llega ya que viene Chuchito… Llega… ¿Ya llegas?

El colega no decía nada, pero ella no dejaba de chingar.

- ¿Ya llegas?... Llega ya… Llega… Chuchito nos va a descubrir… ¿Ya llegas?

Puta madre, no lo pude evitar, así que me levanté y le dije al tipo:

¡Llega ya con una chingada! ¡Llega ya para que yo pueda seguir durmiendo!

Los dos me miraron. El tipo con las patas en los hombros y la norteña pura bien ensartada. Salieron corriendo del cuarto. Luego regresó el tipo y me advirtió que no dijera nada. No dije nada, así que no hubo problemas.


Al otro día desayunaron todos juntos, bien crudos y mal encarados. Estos pinches norteños se toman las cosas demasiado en serio, hasta la resaca. Decidieron ir de excursión a los alrededores. Cuando todos se iban en las diferentes camionetas le dije a Víctor que prefería quedarme porque me dolía el estómago. Se fueron sin mi. Muy bien. No me interesaba conocer esos montes pelones y sin chiste. En Veracruz el verde es precioso y el mar azul con un horizonte infinito. No, que se queden con sus montes de piedras.

Regresaron en la noche, borrachos y de buen humor.

¡Te extrañé jarocho, te extrañé!, gritaba Víctor.

La noche sucedió igual que la otra, con la novedad de que Pedro, el de la camioneta, se estaba cogiendo a la dueña de la casa.

El domingo subimos a tomar el sol Víctor, Luciano y yo al techo. Estábamos solos y nadie podía vernos. Luciano colocó una radio con música de banda ¿Qué más, pues? Y se acostó al lado nuestro. El sol quemaba nuestras pieles desnudas. Sólo nos tapaba un pequeño short a cada uno; el de Víctor era el más corto. Tenía las piernas musculosas y era velludo como el hombre lobo. Noté que Luciano miraba las piernas de Víctor, con disimulo, pero yo, jarocho de una tierra en donde los homosexuales se sienten a gusto, conocía esos ojos ansiosos. Ya sospechaba de Luciano, sobre todo porque entre todos era el que más macho quería ser aunque cruzaba las piernas modoso y miraba sin juzgar. Creo que Luciano también sabía que yo ya lo tenía en la lista rosada. Sacó una botellita con aceite de masaje. Me miró y me ofreció una masaje de espaldas y piernas. La verdad siempre fui un obsesionado del masaje, ¡me fascinan!, y Luciano me lo ofrecía gratis, bajo el sol y con la brisa fresca en el ambiente. No negué. Víctor nos miró bravo, pero no dijo nada. Ahhhhh, el masaje fue tremendo, sabroso y relajador. Luciano podía sobar los músculos como un experto. El masaje de piernas casi me provoca una erección, pero solo al principio, después disfrute el tratamiento, impávido. Casi duermo. Cuando terminó, Luciano miró a Víctor.

¿Tú también?, le preguntó mientras se echaba un buen chorro de aceite en las manos.

Víctor buscó, en cierta forma, mi aprobación.

- Si Víctor, llégale, es bien sabroso y relajante, te va a gustar- le dije.

Luciano no le dio tiempo de responder, el maldito.

La radio ofrecía una canción de Juan Gabriel. El sol brillaba en lo alto y la brisa fresca soplaba generosa. Aparte de eso, silencio. Sólo se escuchaba las manos de Luciano en las piernas de mi amigo. Víctor tenía los ojos cerrados. Miré y descubrí una erección impresionante. Luciano me hizo una señal con los ojos: ¡BÒRRATE!

Me fui por la sombra, sin hacer ruido. La música de Juan Gabriel se alejaba con mis pasos.



Texto agregado el 02-08-2006, y leído por 483 visitantes. (4 votos)


Lectores Opinan
02-11-2006 Plop!!! soy jarocha =( HaditaVelHer
01-10-2006 Y JuanGa. Gatoazul
01-10-2006 Esta chingón, ja ja y arriba los Tigres. Gatoazul
08-09-2006 conste que no te puse esa yo... siempre te pongo cinco... madrobyo
02-08-2006 JAjajajajajajaja, muy bien narrado... queres estrellitas... madres... madrobyo
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