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DEATH REPORT TWO: sucesos paralelos


La mañana transcurría sin ninguna extrañeza. Las cosas se entrelazaban unas con otras como sucedía en cualquier ordinario día. Sin necesidad de transcurrir ya más algún otro paquete de tiempo, se entregó la hora de la Muerte a los brazos de la Aparición, traspasando la puerta que dividía el mundo de los hombres que sienten sin necesidad de ser inquisitivos, y el mundo de las complejidades baratas y absurdas que viven en algún recóndito lugar la mente subconsciente humana.

Con mucha hambre despertó Michael un día 2 de agosto, hacía frío en la capital y su estómago le reclamaba comida. A su vez, sin saberlo, y aunque lo supiera no lo podría interrumpir, la Muerte, no como individuo con un estúpido disfraz, rostro oscuro y una enorme hoja afilada en su mano, si no como ente maligno abstracto que es feliz jugando en los patios de la humanidad, se precipitó con gran velocidad en dirección a la vida de Michael para comérsela en vista de su gran apetito, porque, como es lógico, si la Muerte existe, necesita un flujo de alimentación retroactiva para poder seguir existiendo, para vivir. En Michael, la Muerte veía un potente caudal energético lleno de ganas de vivir. Es así como, sin percatarlo, Michael se convirtió en la presa de la Muerte.

Después de haber comido un poco, y bebido una taza de café bien amargo, se preparó para darle una sorpresa a su novia. En vista de la urgencia alimenticia de la Muerte, este despreciable ser que acaba con los proyectos y las expectativas de todo mortal, se vistió de elegante traje italiano y bebió una copa del mejor vino servido en la corte de su Reino, la mesa de los demonios. Su hambre le indicaba que no había tiempo que aplazara el final de su deliciosa presa.

Michael fue a comprar una cena para dos y la reservó para el servicio a domicilio. Sus intenciones hacían brillar sus ojos; él amaba a su novia. Cada vez que pensaba en ella, a su mente venían imágenes de una posible vida futura saciada de caricias y ternuras expresadas, y en su ceno cargando a sus hijos veíase. Su ya esposa preparando deliciosos platos, su corazón latiendo a mil por hora… y despertaba ante las repetidas palabras de “¿Está usted bien, señor?” del portero del restauran donde soñó y viajó años adelante en la corriente del tiempo. “Un lindo muchacho”, se reía la Muerte al verle en sus suspirares. Más no sabía qué exactamente soñaba. Eso le enfurecía hasta el grado de destruir muchas otras vidas por un sinfín de enfermedades y desastres sin sentido alguno; sólo su enojo explicaba tantas incongruencias en la lógica de las reglas de la vida, de la no muerte. Le hacía enojar el no tener la habilidad ni la capacidad de saber qué piensan los seres del plano material. Sabía que sólo el poderoso Juez que lo erradicó al Reino de los demonios junto con sus compañeros desesperados podía hacerlo, y sin embargo, no actuaba como lo hacía él mismo, la Muerte, un desdichado ser maligno que por caprichos jugó a desempeñar el peligroso papel del Juez que lo desterró.

Mientras regresaba a casa en su día libre, Michael observaba a otras parejas que sentadas juntas en el parque, se sonreían y besaban tiernamente, y, tomadas de la mano, simbolizaban así su deseo de compromiso, destreza inherente del humano, y de planificar y proyectarse y de contemplarse desde un lugar temporal de sus mentes para un futuro que les daba un montón de posibilidades. Así, se reía sólo al no tener nada que envidiarles a aquellas parejas. Sus ojos delataban a un hombre lleno de expectativas, un hombre sano, un hombre con muchas cosas que entregar, y con muchas cosas con las cuales cargar. Comenzó a trotar y a sentirse bien, mirando de aquí para allá, teniendo en consideración a su entorno para no hacer algo mal. Más la Muerte lo observaba siempre. Este, igualmente, babeaba con la idea de quedar satisfecho aunque sea por un momento, con aquel vigorizante ser humano. Sus ojos denotaban vehemencia, y sus vigilancias lo pregonaban como un fútil ser abstracto, ser espiritual carente de espíritu.

La equivalencia de las sustancias del universo le clavaban un gigantesco letrero en su espalda. La Muerte se configuraba desde ya más de seis mil años como un pobre vago de la realidad, un vago y pendenciero ser que imitaba a su propia presa, la cual necesitaba para vivir. La Muerte sabía que era un ser viviente. Pero también sabía que su vida dependía de saciar su insatisfecha alma, su feroz hambre que no lo dejaba tranquilo, día y noche tenía que comer. Así, se convertía en un despreciable e inútil virus de la existencia. No soportaba su propia situación, pero se lo tomaba con humor. En cierto sentido, en sus manos contenía un enorme poder, que lo hacía un ser especial e importante cual nombramiento de noble ensañado en sus bienes. Pero no aguantaba más las ganas de reírse y sus carcajadas se mezclaban con sus llantos de locura y bestialidad; ni él mismo podía escapar de la muerte. Su propia regla lo perseguía con gran velocidad, y lo único que podía hacer era desesperadamente correr, correr por su vida.

Y para eso, comía vidas humanas.

Michael se vistió de traje. El reloj pronto marcaría las ocho horas y treinta minutos. Llegaría su novia, y el objeto de tan importante propósito nocturno: una petición de matrimonio. La cena ya estaba a la espera de ser devorada. Había comprado una bellísima sortija, y su departamento lo decoró memorablemente y rellenó todos los espacios con agradables aromas, y en su mente, se reflejaba el romanticismo a tal grado que no lograba contenerlo, y necesitaba expresárselo a su hermosa dama.

Más la muerte, casi en los huesos, y con tal grado de demencia que desorbitaba sus prioridades, ya no sentía que tuviera hambre. Eso era peligroso para él. En sus razonamientos se intentaba persuadir de que acabara pronto con aquella inapreciable vida que le retornaría a sus caudales. Pero su locura le retenía. Observaba babeante a Michael, le susurraba al oído, y le contaba cómo se lo tragaría, cómo le iba a desmembrar sus extremidades, y cómo pondría su cabeza en su estantería de trofeos y platos exóticos, esos que poco a poco desaparecen de la faz de la existencia terrenal. Su asquerosa baba caía sobre Michael, en su rostro, en sus hombros, en su especial traje para ocasiones importantes. Pero Michael no sentía nada. Su realidad era otra, y sólo el accionar del acto final y definitivo de la Muerte interconectaría ambas realidades, modificando así ambas existencias. La Muerte lamía el rostro de Michael, y lo hacía con alevosía y enemistad. Sus repugnantes deseos quedaban manifiestos cuando Michael miró su reloj para verificar la hora. Su reloj marcaba las ocho horas con veintinueve minutos. Faltaban solo dos segundos para la media hora, y fijando toda su atención en su segundero, frente el espejo de la entrada, un segundo transcurrió muy lentamente, se quedó esperando el siguiente que sería el cincuenta y nueve, y cada vez más lentamente este nunca realizó su tic. La Muerte se cansó de esperar. Se introdujo dentro del cuerpo de Michael, y ocasionó una reacción en cadena que colapsó su sistema respiratorio. Michael, en un último aliento, miró su reloj y el segundero de este marcó las ocho horas con treinta minutos. Se preguntó dónde se había metido el segundo que no experimentó. Su última mirada fue dirigida hacia el espejo y se contempló mientras se desplomaba al suelo como un saco inservible. Cuando tirado en el suelo estaba, su ojos antes de cerrarse, contemplaron la puerta reflejada en el espejo. Esta se abrió lentamente como todo lo que había pasado en desde el segundo cincuenta y ocho en adelante. El agudo dolor que le provocó ver a su novia entrar por la puerta terminó acabando con su vida.

La Muerte, indiferente y desagradecida ante tan suculento festín, miraba con su cabeza ligeramente inclinada a la derecha, estaba de espaldas a la chica que ahora asistía a su difunto amado. Con llantos al no obtener respuesta alguna por parte de Michael, la Muerte la observaba de reojos ordenando su traje italiano con ambas manos. El departamento estaba semi oscuro, con los ventanales abiertos y las visillos danzando al ritmo de la brisa nocturna. La Muerte se acercó a la mesa servida con la impróspera cena, cogió la botella de vino, la destapó, y se vertió con delicadeza aquel suave y rojo oscuro líquido sobre una copa. La tomó con cuidado, la miró atentamente, bebió un poco degustando su sabor y oliendo su aroma. Luego volvió a mirarla atentamente diciendo: “Tan suave como tu sangre, Michael.”. Dejando la copa sobre la mesa, cogió nuevamente la botella y salió del departamento por la puerta. Así dejó atrás el llanto desesperado de la chica y el cuerpo tendido sin vida de Michael. En el pasillo y llegando al elevador, bebió vino de la botella, un sorbo, y luego se la derramó sobre su cabeza mientras su cuerpo volvía a ser el asqueroso cuerpo de antes, ese que vistió de elegante traje italiano. Su estancia en el pasillo comenzó a translucirse poco a poco mimetizándose con la avenida, allá afuera, hasta que quedó la Muerte lista en su más puro estado, una masa de energía, un ente maligno condenado a sufrir su propia cacería, y su destierro, volviendo a elegir así de entre tanta suburbio a su siguiente presa.

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Texto agregado el 11-08-2006, y leído por 136 visitantes. (3 votos)


Lectores Opinan
11-08-2006 Que porqueria la muerte, se difrazo de hombre, y justo eligio a la presa que feliz pensaba vivir con su amada, muy bien narrado.****** felicitaciones, besos lagunita
 
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