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Al mirarme en el espejo aquella noche, noté claramente las secuelas que habían quedado en mi rostro luego de un día agitado y cansador. Tras haber estado casi doce horas en el incómodo asiento de ese ómnibus y de haber recorrido tantos kilómetros, soportando pasajeros molestos y paisajes monótonos, mi mente y mi cuerpo necesitaban esparcimiento casi de manera urgente. Me duché rápido, me vestí y me perfumé. Tome el atado de cigarrillos, mi billetera y salí del departamento rumbo al ascensor. Mientras bajaba el ruido del ascensor se asemejó al motor del ómnibus y sentí como si mi estómago se contraía produciéndome un espasmo doloroso. Por fin se detuvo, se abrieron sus puertas y me dirigí hacia la calle. Un aire fresco acarició mi rostro y sentí como si volviera a la vida luego de haber estado muerto. Me sentí reconfortado.
Caminé ocho cuadras hasta el bar. Entré. Un hombre de voz grave cantaba un blus pegajoso, pero agradable, dos bajistas lo acompañaban con la música. Me acerque a la barra y me senté. Antes de pedir un trago, hice un recorrido por el bar con mi vista, no había muchas personas. Unos chicos de pelo largo jugaban billar. Una pareja se besaba apasionadamente, mientras en su mesa un cigarrillo que nadie fumaba se consumía lentamente. Hacia mi derecha en la punta de la barra un hombre de barba bebía wiski y movía su baso en círculos produciendo un sonido particular. El hombre miraba el baso cual un preciado tesoro.
El barman se colocó frente a mi, y solamente me miró. No hizo falta que preguntara nada.
Le dije: una cerveza.
Segundos mas tarde mi vaso de cerveza estaba en el mostrador, lo tomé y bebí varios tragos rápidamente, mientras lo hacía oí que la puerta del bar se abría y que alguien entraba. Sin darme vuelta para ver, supe que se trataba de una dama por el repiqueteo de sus tacos al caminar.
El barman sin siquiera mirar a la mujer que acababa de entrar, puso en funcionamiento la cafetera y le sirvió un café pequeño. Era evidente que esa mujer ya era conocida en el bar y que siempre bebía lo mismo.
Terminé mi cerveza, apoyé el vaso sobre el mostrador y me aprestaba a pedir otra, cuando una voz agradable y suave se dirigió a mí sacándome del letargo en el que me encontraba.
-¿Cómo te llamas?. Me preguntó
-Héctor, le dije. ¿Y tú?
-Sabrina.
Nos miramos a los ojos durante algunos segundos y comenzamos a hablar.
Sabrina me contó cosas de su vida y yo de la mía. Así estuvimos durante algunos minutos, no sé cuantos.
En un momento, ella me hablaba, pero yo percibía solo el movimiento de su boca, no sé lo que decía, mi mente preparaba el momento de ir al ataque y llevarla a dormir con migo.
Una voz aguda y estridente me sacó de aquel pensamiento. ¡Sabrina! . Ella volteó su mirada hacia la puerta y salió presurosa. Se abrazó con un hombre de mediana estatura y de cabeza rapada, salieron juntos del bar, subieron a una moto y se fueron.
Me quedé en la barra mirando el asiento donde ella estaba hacía unos segundos. El hombre que bebía wiski estaba recostado sobre la barra, dormía.
Me levanté y me fui lentamente.
Mientras me alejaba del bar, pensé en mi cama vacía y en ese momento me sentí el último habitante de este mundo.

Texto agregado el 14-01-2004, y leído por 114 visitantes. (3 votos)


Lectores Opinan
26-01-2004 Un cuento vacio, pero pude ver el sentido en que lo escribis... Tampoco me gusta la Sucia Soledad... ElCuervo
14-01-2004 disfruté con tu texto, saludos y estrellas monilili
 
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