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“¿La fecha?”, murmuro un poco, preguntándome para mis adentros. Adivino que los hilos del humo de tabaco aún danzan en la oscuridad. El olor de puro tiñe las sombras que se van volviendo amargas, caen pesadas con la borrachera. En el fondo vuela un blues, lejanísimo: proveniente de un sueño. “No… no la sé.” Digo, escupo palabras a las tinieblas. El zumbido del sueño provocado por el whisky me tambalea en la cabeza, retumbándome como un eco. Voy cayendo dormido, a donde caen los raudales de frescura (en la mañana serán solamente saliva en la almohada), a donde viajan las ideas proyectadas entre nieblas (en la mañana serán sueños, o ni siquiera eso; no serán nada, olvido y nada más), donde vivo ajeno a tu partida, al inminente sentimiento de vacío en el estómago que me provoca encontrar la cama sin ti cuando amanece. Te has ido, como se fue la noche; contraria a como se quedó el olor de puro flotando rezagado. Impregnándolo todo hasta que abro la ventana en la soledad del cuarto. Pero a fin de cuentas ¿cuál fecha?

Telas de luz cruzan las ventanas. A su paso todo se ilumina, el polvo vuela descubierto ¡Malditos sean los rincones obscuros de la memoria, esos en los que la luz matutina nunca entra! Y aunque me esfuerzo y maldigo, no llega nada. Envuelto en el mar de sábanas y cobijas. Nadando en él, hundiéndome en sus arenas movedizas que prepara mi sudor. La temperatura del día va trepándolo todo. Regresa a mi el sueño, me atrapa y no deja huir hasta que caigo infinitamente en toboganes de calor hacia el fuego, en donde la piel emana vapor y mis ojos se cierran viéndolo todo en rojo. ¿La fecha, coneja? Y viene a mí la imagen, tu nariz, acercamiento y alejamiento, un poco de mareo. Trato de evadirlo. Esa nariz que frunces y eres una coneja. Ambos reímos, “¡Pero qué ocurrencias las tuyas!”. Y vuelves a fruncir la nariz, me regresas la magia y toda risa es agradecimiento, es cascada feliz. Y luego tú medio callada. Serena. ¿Pero qué pensarás? Mirada perdida hasta que, de pronto se va iluminando. Toda la cara se eleva, regresa la sonrisa y mirándome a la cara dices: “León, sí, leoncito.” Y ríes mientras yo hago bizcos los ojos, tratando de encontrarle un por qué a tu risa hasta que me contagia, inevitable. Los dos seguimos riendo en nuestra aventura salvaje, animal. Vamos siendo la pequeña coneja y su león: pareja imprevisible. Nos envolvemos en más risas, en sus sonidos acolchonados, en un olor de caramelo y pachulí. Resuena por ahí la frase, esa dichosa frase. Escribiéndose sola con letras rojas, a veces cafés. Otra vez. De nuevo ¿La fecha? Pero, de todas maneras… ¿por qué te fuiste?

Poco a poco se aventura mi ojo derecho. Se abre y recibe como un golpe a todo el sol, que se cuela fisgonamente por la ventana. Vuelvo a descubrirme a mi mismo. Como si me inventara poco a poco, al igual que cada vez que salgo de un sueño. Mi antebrazo ahora cubre los ojos y regresan las sombras. Pero son falsas, puramente artificiales; un calor húmedo y un aire flojo hacen imposibles tales penumbras. Sigue creciendo el día y a mi llega el whisky de ayer. Como un recordatorio que me punza en la cabeza, junto con el remolino que hace tu recuerdo. Y no sólo eso, es todo un remolino que me arranca la piel, la desprende de tajo y me eleva en esencias, el viento me arrastra hasta donde adivino que eres tú, un aire de jazmines, y yo me mezclo contigo gustoso. El ambiente se llena de canela y jazmín, un aire más acelerado aumenta la marcha, todo se impregna a maderas amargas, las gargantas saborean frío. Y tú saltas, coneja, frunces la nariz. Yo sacudo la melena, hay rugidos en la noche. Pero al final todo queda en dudas. Porque yo no supe distinguir si eran tus ojos, los que brillaban en la oscuridad. Porque tus preguntas susurradas a mí oído al final nunca las recuerdo, no las entiendo: se pierden en el mar del no sé. Nunca terminaremos de contarnos los lunares, siempre se interpondrán las sombras, la luna, la ambigüedad, mi deseo que crece, el miedo que arde su llama. Y los lunares seguirán rotando, jugándonos bromas, apareciendo y desapareciendo como nos lo hacemos tú y yo, arrastrados por la marea del tiempo que nos roe, a veces corrompiéndote a ti y a veces hipnotizándome. Encadenándonos a una maldición que no acaba.

Así ha sido desde el principio. Yo me tropecé contigo y no al revés. Te seguí con la mirada, escondido como un zorro. Y así como cuando se cruzan dos miradas, guiadas por un imán impredecible, así llegué a ti, a inundarme de tu agua fresca con la que nunca podré saciar mí sed. Ni abriendo la boca grande, grande como un león. Tú me cobijaste, como una mansa fuente. Dejaste que bebiera tu elixir de luna joven, rojizo de calor, con olor de arcilla y flor. Pero, a estas alturas qué puedo hacer ¿acordarme de una insípida fecha, como quién no quiere y se rehúsa? Trato de huirle al mundo. Esconderme de él aunque sea por un rato, pues sé que luego ha de llegar con su río verde de gente, con destellos rojos de locura. A jalarme como la barca a la deriva por el huracán; yo me dejaré arrastrar. Pero no ahora cuando huyo a sueños de cinco minutos, y luego vuelvo a donde el sol ataca, a donde el calor me lame cariñoso de sudor. Y de la mente comienzan a caer como raudales los pensamientos, recapitulando, tratando de borrar, tratando de evadir siempre esa duda; pero cuando menos me lo espero ya he caído de nuevo en las plumas de ave, en el colchón y vértigo, en la imagen vaga y el cuerpo cayendo hacia el cielo. Cuando me entero es que ya he vuelto a despertar, a la repetición perpetua que sólo se detiene si pregunto: ¿La fecha?

Allá en el fondo suena un teléfono. Es el mío, estoy seguro de ello. Con un esfuerzo descomunal, casi una proeza, llego hasta él estirando el brazo. Aventuro de nuevo el ojo derecho y entre el ruido que hace el aparato descubro, con cierto agrado secreto, que eres tú.

—Coneja, dejaste el reino animal sin siquiera despedirte del rey. —Le digo en tono regañón. Del otro lado me llega frío y silencio, mi broma rebota como entre piedras heladas y mohosas, luego cae como muerta. — ¿La fecha? Otra vez con eso. Ya te dije que no la sé. De hecho, ahora que lo pienso ¿cuántos días duró nuestra fiesta? — Ella explica un par de cosas pero para mi fortuna regresa el whisky, con su beso punzante en mi sien, tu recuerdo de remolino que esparce todos los papeles en el escritorio de mi mente. El sonido de tu voz cae como en espirales que a veces capto pero siempre termina escapándose. Y entonces comienzas a hablar otra vez de la fecha, una punzada furiosa me recorre y tú dando argumentos. El sudor poco a poco se siente sorprendido por una ráfaga; lo avanzado del día, lo alto del sol, comienzan a parecer enemigos, factores en contra. La sangre va agolpándose en la cara y el frío seco recorre el cuerpo. Tú sigues hablando, ahora tienes toda mi atención. No puedo decir nada ¿qué podría decir? Sólo escucho. La fecha. La fecha: la maldita fecha. Los frescos ríos que había traído el día se evaporan, ahora parecen babas en la tierra. —Sí, sí. Ahora recuerdo. —Contesto ante su lasciva pregunta. —Espera… —Pero ya se ha ido, como huyó de la cama, como siempre se irá aunque tenga que volver. Atada al bumerang de lo improvisto, de la vida extraña y sus giros; su carretera y sus curvas mortales. Ahora tendré que salir. Apurado ¡y qué digo! Apuradísimo. Si logro sobrellevar esta maldita jaqueca, el sabor a borrachera de mi boca, si logro pararme ahí ante toda esa gente, tomar su mano y decirle un “acepto” que todos crean; entonces si hablaremos de la fecha como del recuerdo de un buen amigo nunca más visto. Aunque tú te tengas que ir, como se van las hojas del calendario, mi coneja. Entonces volveremos a tomar los cuchillos y nos atacaremos. Entraremos otra vez en la guerra de la ausencia, en el vacío adiós sin beso. En el simple hola con la mano. Y mis ojos ya no surcarán lo profundo de los tuyos, en donde tu inmensidad me apabulla. Tu sonrisa ya no llenará mi mundo con sus jazmines. Pero siempre quedará el quizás de los senderos misteriosos, en donde podamos vivir otra noche en la selva de lo que pudo haber sido: siempre con esa maldita duda.

Texto agregado el 13-08-2006, y leído por 247 visitantes. (3 votos)


Lectores Opinan
13-08-2006 La fecha es justo esta , la del día en que vuelves a tener fuerzas para escribir. No leí el cuento, m´ñana te lo comento, vuelvo. Ninive
13-08-2006 que mal despertar no?... A veces no recordamos lo que nos duele, o simplemente el cuerpo es sabio y lo olvida para no lastimarnos...Me gusta mucho como escribes, es como si hablases en voz alta contigo mismo... un susurro y todas mis estrellas* susurros
 
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