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Un indescriptible chirrido rasgó el silencio de la tersa noche, era algo como el desagradable sonido que producen las uñas deslizándose sobre un pizarrón, de inmediato como si un director Vienés hubiese dado la orden, un coro de voces de diversas criaturas entonaron cacofónico canto, quizá fuera por imitación, quizá por ocultar el pánico individual, luego colectivo, que había producido tan espeluznante gruñido.

Que clase de bestia podía emitir tan desgarrador alarido, al punto de poner de punta cada uno de los vellos de cuanta criatura viviente lo escuchara.

Como sería ese ser que al forzar el aire por su garganta, podía paralizar a la más valiente de las criaturas.

A aquel sonido siguieron otros, cada uno de ellos superaba al anterior, tanto en ferocidad como en decibeles, la bestia avanzaba amenazadora, y a su paso con su sola presencia cada una de las criaturas que habían osado hacer eco a sus terroríficos gruñidos guardaban silencio, ocultándose en cualquier lugar que pareciera inalcanzable para aquella abominable aparición.

Avanzaba de manera firme y decidida, lanzando feroces zarpazos al aire, como queriendo demostrar su poderío, sin darse cuenta que aquel diminuto ser que no era rival ni en tamaño, ni en habilidad, ni en fuerza, presa del más pavoroso de los pánicos, apenas acertaba a huir corriendo y enconchándose cual armadillo, pretendiendo con esta acción librarse de lo que el mismo sabía inevitable.

Finalmente la había acorralado, las demás criaturas observaban morbosamente desde sus escondrijos el esperado desenlace... la bestia lanzó el primer zarpazo de manera certera, dando justo en la parte posterior de la cadera, le siguió otro, y otro, y otro, los alaridos de la presa eran ahora simples gemidos mezclados con entrecortadas respiraciones, ambos estaban exhaustos, el espectáculo había sido terrible, todos las criaturas estaban petrificadas ante tan abominable panorama, estando conscientes de que tarde o temprano ellas serán las siguientes víctimas de aquel engendro.

La bestia sedienta de sangre, no bien había terminado de recuperarse de la escaramuza, tomó a su presa que yacía tirada en el suelo, la levantó de un hilo y acercándole aquellas descomunales fauces a la cara, lanzó un último rugido - ¡la próxima vez, tú y tus hermanos se las van a ver con tu papá!

Texto agregado el 16-01-2004, y leído por 200 visitantes. (2 votos)


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