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MONÓLOGO CON EL MURO








Yo, no sé qué es lo que hablan de mí, porque nunca me lo dicen. No ha de ser nada bonito, dado el modo que me miran mis tías cuando salen de la casa. A veces, hasta me quitan el saludo y también el despido, como si quisieran ofenderme por algo que quién sabe si será cierto que habré cometido. Pero igual me verán aquí sentado mirando hacia la calle, por que no sé qué hacer mejor para ver pasar a Margarita vestida de colegio, que es como me gusta verla, sin adornos ni nada.



Sólo sé que no debe importarme mucho eso de mis tías, porque de cualquier manera son medio locas. Hay días que se ven llenas de alegría y me saludan y me prometen todas las cosas. Algunos días vienen y me prometen todas las cosas. Otros días vienen enojadas conmigo y se desdicen de todo y actúan como si el mundo se hubiera venido abajo. Eso no me gusta porque no me dicen qué de malo he hecho aparte de esperar a Margarita sentado como un ocioso. Total, la ociosidad es mía y puedo hacer con ella lo que me venga en ganas. Un día de estos me va a dar coraje y me voy a arrastrar hasta la ventana a espiar de una buena vez qué tanto cuchichean. Pero eso me da miedo debido a que puede tratarse de algo muy grave y puedo caer muerto ahí mismo de la pura impresión. Lo único bueno que hay por aquí es Margarita. Esas tías no me gustan nadita de nada. Ojalá que de verdad sean medio locas, y así entonces me salvo y significa que yo no soy nada grave.Por otra parte, ¿será cierto eso que me dijo mi amigo Artemio? Me contó Artemio que en su casa le dijeron que esas, mís tías, eran amigas de ese famoso doctor Roda que atiende a señoras neurálgicas.. neura, neuróticas..¿qué? bueno, algo así. Me contó Artemio que ese doctor Roda es sumamente intruso y también un poco afeminadito. Dice que usa barbita. Me contó Artemio que sus tías son muy distintas a las mías, que las de él son buenas y cariñosas, casi tanto como su madre. Yo no sé para qué son amigas de ese doctor Roda si en vez de mejorarse se ponen cada día peor. Ojalá que sea cierto lo que me contó Artemio, ya que así entonces yo no soy nada grave y cuando grande me puedo casar con Margarita. Me la voy a llevar a vivir lejos, a otro pueblo, a otra ciudad, a otro país. Eso voy a hacer. Sospecho que no tengo que hablar con nadie de esto, porque según entendí en un libro casi todos los viejos son mentirosos y por eso es que van a la Iglesia. Van a la Iglesia a sacarse los pecados de sus mentiras, y luego se sienten con el derecho de volver a asustarlo o a entusiasmarlo a uno con sus mentiras. Me dicen que si hago esto, el castigo divino es tal, y que si hago lo otro, otro castigo invisible. Dice Artemio que esto me pasa por ser hijo de ricos, y que los ricos son unos tontos que para lo único que sirven es para ser ricos y para fingir que son de lo más felices e importantes. Y si es así, yo cuando sea grande voy a ser pobre, porque estas tías no me gustan nada de nada y así Margarita no a tener tiempo para ponerse como ellas. Mis tíos son la misma cosa, pero vienen mucho menos por aquí ya que son muy ocupados. Algunos de ellos no me saludan ni me miran ni me conocen siquiera.
Uno de ellos hace un tiempo estableció un negocio de diversiones para niños, y mi padre quiso que yo trabajara con él en el verano, Mi tío se excusó diciendo con toda sinceridad que le parecía que yo era aún muy niño y de paso, negligente. La verdad es que no me importó. Pero con el paso del tiempo terminó resultando que el negligente era él, dado que su negocio de diversiones de le derrumbó poquito a poco a falta de clientes entusiasmados. Yo estaba escondido por ahí cuando la compañía de electricidad vino con sus técnicos y se llevaron todos los cables, el medidor y hasta las ampolletas, y otros señores enojados vineron y se fueron llevando todas las partes del negocio derrumbado, hasta que no quedó un solo perno, ni un solo vestigio de su eficiencia.



El papá de Margarita no es rico, tampoco pobre y me da la impresión de que tampoco me quiere. En cambio, yo sí lo quiero ya que me dice las cosas a la cara y me advierte que deje de molestar a su hija porque yo no sirvo para nada, y que soy un estúpido. Pero lo dice de una manera que no importa, y a sus hijos le dice los mismo y yo sí lo quiero. Además es un alivio saber de verdad qué es lo que piensan de uno y no anden haciendo caritas. Pero no vayan a creer que los ademanes hostiles de mis tías se quedan impunes. De ninguna manera. En varias ocasiones he utilizado la violencia contra ellas, Así lo hago: espero no más que se vayan por la callecita, y cuando ya no estoy al alcance de su vista, me encaramo al muro con el cual estoy conversando, y con mi honda les disparo una piedra filuda justo al medio de sus nalgas. Da un brinco y luego gritan y supongo que después buscan al agresor barriendo con su mirada la mía y las otras casas. Eso ya no lo sé porque en un par de segundos ya escondí ni honda y estoy sentado en mi lugar de siempre, con mi mejor mirada de tonto y mi perfecto hermetismo. Como son alharacas, a veces salen otras vecinas a socorrerlas e intentan entre todas localizar al francotirador, y curiosamente nunca han sospechado de mí, de modo que yo me quedo en la impunidad y ellas se quedan con un moretón en el poto. Sólo en una ocasión la cosa llegó a peor, según supe, dado que el marido de mi tía no quiso creer el tipo de percance que había sucedido, y le atribuyó aquel moretón a alguno de esos apasionados que nunca faltan, y durante toda esa semana hubo en cónclave de viejas en mi casa. Yo nunca tuve claro si iban a cuchichear sus desgracias o iban con la picardía de salir por la callecita a ver si tienen la dicha de recibir también ellas su piedrazo, como un novedoso recurso para atraer la atención de sus maridos, ya que según supe hacía mucho tiempo que ya no les funcionaba la colita de adelante ( la de los hombres) a causa de los negocios y de las agendas apretadas. Sin embargo, muy a pesar de ellas yo había suspendido los atentados para no ser descubierto, y sí hubiese sabido de sus segundas intenciones, tampoco les habría disparado nada más que para no darles en el gusto. Luego del temporal vino la calma y la cosa siguió siendo la misma cosa de siempre, con la diferencia que modifiqué los proyectiles y en adelante utilicé unos perdigones deminutos cuyo resultado era similar a una picada de avispara y nada más. Ante este inesperado comportamiento de los adultos, opté por concluir que la colita de hombre del papá de Margarita tiene buen comportamiento, porque su madre siempre anda de lo más contenta y nunca sale de la casa a comadrear con nadie, ni menos llevarle sus chismes al doctor Roda, del cual ya he hablado.

Pero como no puedo meter las manos al fuego en esto, hay la posibilidad de que su confidente no sea ese doctor sino que Omar el estilista, que tiene su salón de belleza en la esquina de la plaza. Pero francamente lo dudo.



Me desconciertan los adultos, y no veo para qué lo disimulan todo y nos hacen creer que la vida es mucho más complicada de lo que es. Entiendo que ninguno de mi edad es tan curioso y desconfiado como yo, que siento irresistibles deseos de verificarlo todo por mi propia cuenta. Quizás me estoy transformando en un monstruo incrédulo y desconfiado, pero no soy como los otros que se van entregando mansamente al juego de los adultos. Por ahí leí una frase de un sabio que dice que joven es todo aquel que no tiene complicidad con el pasado, y esa frase se me clavó en la cabeza, ya que pensando un poco más, supongo que si no entro en complicidad con nadie en ningún aspecto, me mantendré joven por siempre, aunque con el paso de los años peine canas y arrastre los pies de puro gastado. Aunque: por otra parte,¿quién lo va a querer así a uno?

Mi abuelo, quien es el único que contesta derechamente mis preguntas, ya no va a estar, porque ya va cerca de los ochenta. Siempre me advierte que yo solo me estoy fabricando los problemas. Se va a morir ojalá muchos años más, pero nunca serán los suficientes para evitar de que me deje solo en este mundo. No hay más en quien confiar y encontrar buen entendimiento. Conviene aclarar dos cosas: la primera es que mi abuelo Carlos no es el padre de mis tías, y la segunda, que no es un viejo común y corriente que intente ponerse en un pedestal. En otras palabras, con él nunca podré llevarme una decepción. Vale oro mi abuelo, vale más que mil abuelos juntos, y lo demuestra el hecho inequívoco que jamás nadie le ha dado pelota, salvo yo, por si le sirve de consuelo de algo. Además, es posible que no exista sino en mi imaginación. ¡Qué se yo¡

En el colegio, y para variar, los profesores no me quieren. A veces, ni bien entran a la sala de clases me hacen poner contra la pared para que no moleste. Otros de plano me expulsan incluso antes de cometer la indisciplina, y eso no ayuda a obtener buenas calificaciones. Según yo entiendo, los niños que obtienen buenas calificaciones son inteligentes, y los de bajo rendimiento son tarados, o sea que yo soy tarado. Pero eso me tiene tranquilo porque nadie se muere de tarado, y yo lo que más deseo es no morirme y permitir que otro se case con Margarita, que, insisto, es lo único bueno que va quedando en el mundo. Decía que los maestros no me quieren, pero yo tampoco tengo la culpa de que no me interesen las vainas que enseñan. No le veo ninguna gracia, por ejemplo, a esa maraña de letras y números diseminados en el pizarrón. Es posible que zeta más jota dividido por ocho sea igual a dos mil trescientos cuarenta, pero me imagino que habrá un modo más sencillo de explicarlo. A mi juicio, los idiomas extranjeros son complicados e inútiles porque si no vive allá donde los hablan se olvidan en muy poco tiempo. Ni qué dicir del estudio de las guerras que hace tantos siglos se desataron en el Peloponeso. Si al menos estudiáramos las guerras recientes, para que no se repitan, pero no lo hacen e igual se repiten. Así son los estudios. Todo esto es tan aburrido como el Fausto del señor Göethe.


¿Cómo podría hacer para que me interesen las cosas que no me interesan? Hasta ahora nadie me ha dicho cómo hacerlo, y cuando yo propuse leer los cuentos de Horacio Quiroga en lugar de la famosa Ilíada, me pusieron a patitas en la oificna del director. No me importó. Al cabo de poco tiempo realicé un contrataque al postular a José Ingenieros en lugar de Platón, y como respuesta obtuve la invitación a buscarme otro colegio. Coroné la invitación al señalarle al señor director que tenía los ojos pegados en la prehistoria. Fue una buena solución para ellos y una mala solución para mí : fuí a parar a un colegio jesuita. Ocupaba una manzana entera en un barrio exclusivo de la ciudad, y lo sigue ocupando, porque es bien sabido que ellos no venden nada. Sólo compran, pero esa ya es otra historia.



Es así como digo. Los primeros viernes de cada mes hay que asistir a misa y también a confesarse. Demás está decir que esto no me gusta nadita de nada. Por de pronto las misas son todas iguales, salvo la prédica, que no sé si es por culpa de los parlantes o el ánimo del sacerdote, lo que sucede siempre es que la prédica no se escucha. Se las han arreglado para meternos tanto susto con los castigos de Dios, que a veces siento que ya no me atemorizan y me alivio pensando que tal vez no me está mirando con un mohín de reprobación porque me toco la colita. De cualquier manera ya estoy estimando que debería ocuparse por cosas mucho más importantes que como quien dijera se le han estado olvidando. Yo me confieso con el padre Casimiro, porque el padre Casimiro es sordo. Alguien me lo dijo de pasada y yo lo comprobé en la última confesión. En lugar de confesarle lo mismo de siempre (que me había estado tocando la colita), le recité la letra de una famosa canción que dice “dice mi abuelo que en los tiempos de brisa, los ángeles chiquitos se vienen desde el sol, y bailotean pegados al barrilete”. Entonces el padre Casimiro que reiteró que no lo hiciera nunca más, y me cargó con una penitencia. Yo no cumplí con esa penitencia, por la sencilla razón que en todo este mes no me la había tocado, a causa de una herida que me dolía mucho y que me la hice con la cremallera del pantalón.



Margarita si cree a pie juntito en estos asuntos de la religión. Ella se confiesa de veras y también pone cara de santa cuando recibe la comunión. Yo la he visto, y no veo de qué pueda haber cometido pecados.

Pero tampoco este tema me parece tan interesante, porque el que quiere creer cree, y el que no cree es porque simplemente no le cabe en la cabeza que todas esas cosas que dicen sean ciertas. A mi juicio, nadie es más bueno o es más malo por esta causa, de manera que esto no pasa a mayores y no me quita el sueño. Lo grave podría llegar a ser que a Margarita se le ocurriera meterse a monja, no por ser monja sino por dejar de ser mi esposa. Las monjas son muy caritativas y ofrecen su vida en piadoso silencio, pero ojalá que Margarita no tuviera que pasar por eso, no por ella, sino por mí. El otro día le tomé sus manos por largo rato, jugando a que yo adivinaba la suerte, igual que las gitanas. Ella se rió muchísimo cuando puse fin a las adivinanzas y coloqué sus manos en mi pecho y luego se las besé y olían a flores y eran muy suaves.
El rincón del jardín de mi casa, donde me siento a pensar, es perfectamente estratégico para no perderse ni un solo detalle de lo que acontece. Al frente por supuesto tengo mi muro, al costado, más lejito, una verja de hierro que me permite ver la callecita, la vereda del frente y la entrada de mi casa, ni tan cerca para que se vean obligados a saludarme, ni tan lejos que les permita hacerse los que no me ven. Los días más felices son aquellos en que mi abuelo se desliza por el muro, contesta mis preguntas y antes de irse siempre me dice que de cualquier forma yo no estoy loco, aunque me aconseja quedarme callado. Supongo que si no fuera por mi abuelo me vería en muy feos aprietos, ya que como ya he dicho los adultos son muy poco sinceros y todos ellos sin excepción negarían la veracidad de mis ideas, y se las ingeniarían para tratar de hacerme entrar a las de ellos, y se me crearía una confusión de esas monumentales y estos de ahora ya no serían lindos días de espera, sino que estaría enfrascado con una tormentosa discusión con el muro, el que por lo menos tiene la virtud de mantenerse neutral. Pero mi abuelo está ahí y sobre mencionar que él es mi mejor aliado, aunque no puedo menospreciar a mis otros leales adliados que son mi silencio absoluto y mi magnífica cara de tonto. El silencio cumple la delicada función de no permitir que nadie se entere de lo que uno verdaderamente está pensando, y la cara de bobo completa la ventura de lograr pasar desapercibido, dentro de lo que se puede.



No me intriga el pasado sino que fascina la incertidumbre del porvenir, porque recién podré saber qué hacer con mis pensamientos, si es que sirven para algo. Tampoco me importa saber si sirven o no sirven a los demás, ese es problema de ellos si es que lo es. Aquí se trata de que no me traigan problemas a mí, como me advirtió mi abuelo. Ahora puedo mantenerme en silencio y pasar más o menos inadvertido, pero quién me asegura que en cualquier momento me voy de lengua y me pongo a predicar igual como lo hacen esos dementes de las plazas que anuncian toda clase de barbaridades citando y agitando una Biblia con terrible vehemencia. Eso sí que me provoca miedo, porque capaz que sea ese mi destino fatal por desafiar a Dios, y en tal caso mis tías tenían toda la razón de comportarse así conmigo, y Margarita pasaría del brazo de su marido riéndose de mis discursos y en tal caso en vez de estar demente, podría acriminarme con el usurpador de lo mío, y en tal eventualidad pierdo como en la guerra, porque además de quedarme sin ella me meten al manicomio y a la cárcel y ya mi abuelo no estará.



Y ahí está mi gran secreto, y consiste nada menos en que nadie descubra que estoy loco, en la eventualidad de que efectivamente lo esté, o que por ese camino vaya. A ver si un día de estos me animo a preguntarle al orate de la Biblia en la plaza, acaso él sí se dio cuenta cuando perdió el sano juicio, o que si fue un proceso paulatino provocado por tanto pensar, o por el contrario acaso de un día para otro, o de un momento a otro se le revolvieron los sesos sin haber experimentado síntoma alguno y ya no hubo nadie que pudo sacarlo de su estado deplorable.

Pero: ¿qué lograría saber, si el de la plaza parece estar ausente de sí mismo? Yo también muchas veces esto ausente, pero no de mí mismo sino que de los demás. Puede ser que a la larga sea lo mismo. Me voy a dormir. Puf.









Texto agregado el 16-01-2004, y leído por 337 visitantes. (2 votos)


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