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Madame Bobary

Después de leer atentamente el anuncio y copiar la dirección del restaurante en su agenda, el hombre salió impresionado de la cabina telefónica, pero dispuesto a seguir el juego a la mujer que escribió la nota.
Como estaba en medio de un bulevar, se dirigió a una esquina para buscar la placa azul con el nombre de la calle y leyó tres veces la nota con la dirección, pensando: “No puede ser, es increíble, será posible que sea cierto”. Miró a uno y otro lado de la calle, alzó la mirada hacia la fachada de un viejo edificio de ladrillos color crema y con unas letras góticas labradas en el muro que anunciaban el día y el año en que se terminó de construir y el nombre del arquitecto. “Hace cien años”, reflexionó el hombre y al fin sonrió ojeando de nuevo su agenda, efectivamente se encontraba en la dirección. Ahora faltaba encontrar el “Tabac”, entrar y preguntar por la mujer. Volvió a caminar de nuevo por donde había venido, fijándose esta vez en los números de cada puerta y, de repente, a unos metros de la cabina telefónica divisó el nombre del establecimiento con un gran letrero rojo “Chez Jean-Michel”. El hombre entró algo nervioso, sin preparar ninguna pregunta, se puso colorado de vergüenza por los parroquianos de la barra del bar y los demás clientes que pululaban por la sala. Sería más de mediodía y era la hora del almuerzo, pero sin mirar a nadie se dirigió a un hombre ceñudo, rechoncho y calvo que parecía el dueño del “Tabac” y que de un centenar de relucientes grifos de chop servía heladitos “demis” de Kronenbourg. Le pasó el papelito con la dirección y el nombre de la dama y esperó. El sudoroso francés abrió sus grandes ojos azules, le dirigió una burlona mirada, sacó un pañuelo morado y húmedo de un bolsillo del short, se limpió el sudor de la frente y, alzando su velluda y gruesa diestra, juntó los cincos dedos repletos de anillos de oro y le indicó la última mesa del fondo. No fue necesario acercarse, pues la mujer que se aposentaba allí tenía una aspecto que hizo retroceder dos pasos las intenciones del hombre.
Madame Bobary vestía una túnica africana de fondo rojo y ornamentos floreados muy brillantes para esa hora del día y en los brazos y el cuello llevaba brazaletes de perlas rojas y cadenas de oro y plata. Todos sus dedos estaban surtidos de mundanos anillos de diferentes tamaños y metales, pero lo más increíble de todo eso, era que la dama llevaba sobre la cabeza un turbante de color crema de puro estilo Talibán. “¿Cuántos años tendría esa mujer que podría ser mi abuela?”, se preguntó el hombre mientras releyó incrédulo la nota antes de botarla. En el papel decía: “Busco al hombre que hace unas noches tuvo un romance conmigo y que fue tan cariñoso”...

París, 31.07.2001

Texto agregado el 29-08-2006, y leído por 113 visitantes. (1 voto)


Lectores Opinan
29-08-2006 jejeje, me gusta como pintas las imàgenes de ciudad. Fresco, me gustó.***** celiaalviarez
 
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