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Inducidos posiblemente por el provechoso intercambio que esta página estimula, nos proponemos en estas líneas sin ambiciones pasar revista a algunos aspectos de este oficio de escribir que durante largos años nos han preocupado. Esta revisión no tiene, tal vez, más objeto que alimentar nuestro propio placer de leernos. O como señalara alguno de nuestros tantos interlocutores, «robustecer el narcisismo» que a los escritores en especial, nos es tan caro.
Este puede ser, precisamente, un buen punto de partida. ¿Escribimos para leernos o para ser leídos? Lo primero resultaría una muy ventajosa justificación para las oscuridades, las llanezas tentadoras, el uso abusivo de los lugares comunes, el abuso indiscriminado de rimas sin fundamento y toda suerte de desprolijidades que resultarían automáticamente lícitas. Claro, si sólo escribiéramos para nosotros mismos, ¿qué sentido tendría publicar en la red?
Hemos de admitir, aunque sea a regañadientes, que escribimos para ser leídos. Y de aquí en más, todo aquello que identificamos como “desprolijidad” pasa a ser, directamente, parte de un global yerro que tendremos que resolver de modo perentorio. Básicamente porque no nos asiste ningún derecho a ofender a los potenciales destinatarios de nuestros mensajes con paladas de cosas a medio hacer o contrahechas o deformes por descuido o ignorancia.
¿Tenemos los escritores la obligación de ser intelectuales? Y sí. ¿Con qué otra herramienta fuera del intelecto podríamos crear? ¿Con lo que nos dictan las Musas? ¿Con la inspiración divina? ¿Con la sola idea? (sigue una pausa larga que ni mil puntos suspensivos podrían señalar). Nos arriesgamos a proponer que la inspiración es un mito, una manera inconcebiblemente sencilla de explicar circunstancias biológicamente concretas. El cuadro que presenta a un poeta en ciernes sentado a una mesa, lapicera en mano y hoja virgen en la misma espera del arribo del soplo sobrenatural que induce a la eyaculación mágica de versos o de frases nos resulta, a esta altura, incomprable. Más aún: nos significa una degradante consideración de esta actividad que lejos de dar consuelo y calma, nos ofrece trabajos arduos, mal retribuidos y peor considerados.
Nuestros sentidos toman de la realidad mucho más de lo que concientemente podemos medir. El ínfimo porcentaje de lo captado nos alcanza para administrar nuestra actuación conciente. ¿Y el resto? Hasta donde sabemos hoy de nuestra actividad cerebral, podemos aventurar que engorda la materia onírica. Proponemos que del mismo modo que los sueños, las ideas que se nos ocurren encuentran en el infinito caudal de nuestra memoria, un fértil campo de cultivo.
Pero la idea es sólo el disparador del engranaje creativo. El gatillo que acciona por causas casi siempre ignotas y que alcanza para poner en marcha todo un mecanismo. Desde la idea al texto la distancia se nos revela larga. Todo un espacio para recorrer «transpirando la camiseta», como muy gráficamente nos indicaría otro inteligente corresponsal. El trabajo no concluye cuando finalmente logramos el poema, el cuento, la novela, el ensayo, el aforismo, la parábola, la tragedia, el monólogo, la comedia, el apólogo, la epístola...
Sigue la no menos ardua tarea de pulido, de revisión, de búsqueda de fallas, de repaso. De filtrado de impurezas. De reposo hasta un rato (días, meses, acaso años) después. Y sobreviene todo un proceso de testeos, de comprobaciones, de análisis. Ahí, la crítica. De la que jamás podremos zafar si nos asumimos creadores. Leernos en voz alta para averiguar cuán musicales somos o qué cacofónicos resultamos; indagar nuestra puntuación o los efectos de su ausencia; verificar la eficacia de los adjetivos, la oportunidad de los verbos, lo útil de los pronombres; constatar que realmente sonamos distinto o que hemos resultado una resonancia de alguien a quien admiramos.
¿Ya está? ¿Hemos dado a luz? Seguramente no. Insistiremos en disponer de una especie de «lector piloto» que como esas ratitas blancas de los laboratorios, será el primero en absorber nuestro flamante producto. Y aquí deberemos estar especialmente atentos y escrutar sus gestos. Nada de mirar para otro lado, de ocuparnos en servir el té, de aguardar con ansia mal disimulada el elogio al que le obligamos. Lejos de ello, será indispensable que quedemos pendientes de sus cejas, de su boca, de cada uno de sus músculos faciales. Por más que, acabada la lectura, nos felicite, ese mínimo rictus de sus comisuras nos habrá alertado sobre algo que no disfrutó, que le puso inquieto, que le significó molestia, incomodidad, desconcierto. Y aunque no quiera o no pueda definirlo, sabremos que todavía nos queda algo por rectificar.
¿Y ahora? ¿Ya podemos decir que la obra está terminada? De manera provisoria podríamos decir que sí. Aunque aún nos falte determinar cómo exponerla. La privilegiada minoría que además de computadora tenemos conexión a la red, podemos resolver en parte ese dilema. Publicamos en una página como Predicado.com que nos brinda un espacio seguro, una protección de derechos autorales y la magnífica oportunidad de ser leídos.
Entonces está todo hecho. ¿Cómo que resolver “en parte”? Sí, en parte. Mal que nos pese y con todo lo bueno que depara, las publicaciones en la red no nos aseguran ser retribuidos por tanto trabajo, beneficio al que sólo podremos aproximarnos editando libros reales. Empresa nada fácil y sobre la que podremos explayarnos en otra parte de este mismo ensayo.
Si volvemos sobre nuestros pasos no tendremos mucha dificultad en advertir que, visto desde la óptica planteada, el oficio literario presenta toda una problemática. Se nos pueden oponer innumerables alternativas diferentes. Defendiendo el repentismo. Exaltando el valor de lo espontáneo o la pureza de lo intuitivo. Reivindicando el impulso libertario. Pretendiendo que lo que se siente es en sí mismo lo verdaderamente válido...
Nada habrá en todo ello de verídico. Ni una sola letra que por profesión artística (es decir, haciendo literatura) se haya escrito jamás, ha sido trazada por otras vías distintas a las que hemos apuntado. Ni un solo autor –de nombre conocido o ignorado, actual o de tiempos remotos, propio o extranjero-, que haya conquistado lectores, habrá recorrido senderos fáciles, a extramuros de la técnica, vuelta la espalda a la disciplina silenciosa del análisis y de la lectura. Ni una sola de las obras en cuya lectura nos embarcamos hubo de ser forjada fuera de este rigor que modestamente hemos descrito.
Entonces, si asumimos el oficio literario, no nos queda otra alternativa que seguir este camino empinado y pedregoso. Escalando el lomo de la palabra y su geografía que a veces es hostil. Pero que en alguna parte de la jornada es posible domesticar. Ponerle marca. Hacerla propia. Obediente. Dúctil a nuestras ansias, a nuestros desvelos, a nuestra inagotable necesidad de pronunciar el mensaje que nos incendia el alma...


Mario G. Linares.-

Texto agregado el 20-01-2004, y leído por 1086 visitantes. (4 votos)


Lectores Opinan
01-01-2005 Nadie puede estar en desacuerdo con tu propuesta de respeto por la lengua y tampoco con lo que implica el trabajo del escritor, el lugar que el intelectual ocupa dentro del mundo de la cultura. Encuentro atinada y oportuna la reflexión. No obstante, en un lugar de encuentros literarios como es éste, creo que hay una sobreabundancia de léxico profesional que difícilmente esté al alcance de todos. Por otra parte, "paladas de cosas a medio hacer, o contrahechas o deformes por descuido o ignorancia" me parece demasiado descalificante para referirse al trabajo que muchos han puesto aquí, haciendo gala de sus mejores esfuerzos, con optimismo y buena voluntad. Eso, sin contar que muchas veces es preferible un buen pensamiento, profundo, certero, sincero, con errores de ortografía y sintaxis, que una demostración de erudición humillante. En el fondo, la discusión es ideológica, y creo que son perspectivas irreconciliables. Igualmente, ha sido un gusto leerte. saraeliana
08-07-2004 Excelente tratado . Mi cabeza no se inclina ante vuestra obra, pero sí mi espíritu. Pablo_Rumel
28-03-2004 Demasiado profundo y bello. Con la sencillez de un grande, describes lo mágico. Tengo que decirte con sinceridad que he descubierto cosas (antes ocultas en mí) con tu escrito. Felicitaciones por tu trabajo, Nico. Nicogar
07-03-2004 Me siento totalmente identificado con este escrito, con tus palabras, con ese camino que describes hermosamente, ese duro camino. Y creo que por eso mismo estas en lo cierto, eres un buen escritor, muy bueno. Merece mil lecturas más y un comentario que intente buscar en él. Saludos. Bruno. BrunoJade
28-01-2004 "Escalando el lomo de la palabra y su geografía que a veces es hostil. Pero que en alguna parte de la jornada es posible domesticar". En realidad, para los que hemos foreado contigo, con altura de miras, es reconfortante leerte. Hay dos o tres frases sencillamente geniales, es por ello que partí con una, que me pareció clara y precisa y con un guiño al trabjo de releer y trabajar los textos, que queda muy claro en el ensayo y en lo que implica el oficio. Es un trabajo serio y con opinión, quizá un viaje a lo desconocido, para muchos. evaristo
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