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Se sume en la apatía, se aferra a su colchón –no ha sonado el despertador, ¡mierda! hoy tengo fiesta -solloza.
-Sólo en el trabajo me entretengo –esboza, mientras una lágrima triste y tempranera rueda mejilla abajo, entreteniéndose, juguetona, en el surco de una prematura arruga en el labio superior.

-Mientras peleo con las cacerolas y los cubiertos inoxidables, me evado de mis horas tristes, olvido mi oscura y lacerante convivencia con mi madre, la que me arrebató la niñez y la juventud, la que me empujaba a golpes del frío invierno a llenar de calor mis venas con aguardiente puro, sin siquiera haber cumplido los diez años, para que pudiera soportar, en mi sopor, las tareas que me tenía encomendadas; la que me llevaba antes del amanecer a arrancar los nabos del huerto teniendo que apartar la escarcha con mis manos menudas y desnudas; jamás hubo un guante en mi casa que me librara de esa laceración que producen los sabañones; encima me regañaba si acercaba mis manitas a la lumbre. Crecí con varices, las tengo desde los quince años, de tanto arrimarme al brasero de la mesa camilla que despedía el calor que necesitaba tras laborar todo el día fuera de la casa. No había estufas, acaso un calientacamas que servía a mis hermanos más pequeños; ir al baño implicaba helarse el culo al bajar las bragas, nadie sabe cuantas horas retuve mi orina, ahora el médico de cabecera me regaña pues soy joven para sufrir de incontinencia.

Recuerdo a mi abuelo paterno, mis imágenes mentales me dicen que se perfectamente que desde que cumplí seis años, me mandaban a llevarle la comida; mi abuelito, el único que me dedicaba sonrisas y me contaba los cuentos que recorrían la aldea; mi abuelo, el “padre que nunca tuve”, al que aún lloro hoy cuando nadie me observa; muchas veces me seco las lágrimas con la cortina que viste la única ventana de mi vivienda.
Recuerdo tantas cosas en torno a él…Yo no había cumplido los siete y le andaba a los prados metiéndome adrede en el agua, para comprobar si mis zuecos eran de verdad impermeables; la de palos que me dio madre por anegarlos y pudrirlos antes de tiempo…la de veces que mi abuelito no comió en todo el día porque me gustaba darle de vueltas al cubo que albergaba su almuerzo y su cena para comprobar la “Ley de la Gravedad” de la que me hablaba mi hermano Agustín, que por ser hombre tenía el derecho pleno a estudiar en la escuela de la aldea. Tantas veces se me cayó la comida del buen hombre en la pradera…y yo se la llevaba disfrazada, haciendo ver que el pan que se mojó en las aguas, eran cosas de mi madre; y él callaba. Por las noches me sentaba sobre su falda y me decía al oído que un día me castigaría de verdad, pero yo sabía que no era cierto pues, cuando padre trabajaba y mi noche quedaba sin abrigo y sin hermana, él me acogía en su cama y me daba el calor que tanto necesitaba. Hasta que un día dijo madre que el abuelo tenía una enfermedad contagiosa, que iba a morir pronto. Oí hablar al doctor cuando vino a visitarle, escondiéndome en la buhardilla, escuchando firme hasta que pronunció la palabra tuberculosis, y que se lo llevaba ya de mis manos, de mi regazo; que no podíamos acercarnos a él, pues su dolencia era altamente contagiosa. Mi pequeño mundo se derrumbó y rompí a llorar como niña que era, madre me molió a golpes con el palo de la escoba por chismosa.

El ataúd anduvo mucho tiempo por la plaza de mi pueblo, el monaguillo llamaba a todas las puertas por donde pasábamos, pero no hacía falta; a pesar de que jamás hubo núcleo urbano en mi aldea, todos los vecinos y otros que hicieron muchos kilómetros, asistieron al funeral, mi abuelito era querido por todos, especialmente porque liberó al “aguas” de la guerra; fue un chiquito que nació tonto y torpe y al que llamaron a la guerra, mi abuelo estaba del bando republicano y lo ocultó en su bodega ¡madre mía! La peste a vino que tubo que soportar el muchacho, pero se libró, si. Y mi abuelo andaba por el pueblo cual gallina clueca; a él se lo llevaron pero lo devolvieron pronto a casa por epiléptico, parece ser que una noche tuvieron que amputar una pierna a un soldado, no se muy bien lo que pasó, amaneció sólo en el patio y con la lengua partida. Al poco, lo llevaron para su casa.

¡Odio a esas plañideras que pagó padre! ¡Que vergüenza, que ganas de gritar! pero tuve que callarme por las enseñanzas de madre. –Las mujeres callan cuando los hombres hablan.

No me atrevo a quitarme la negra mantilla mientas ella me mira, no puedo deshacerme de ese penoso rosario, vienen ahora a mi mente tantas imágenes de mi madre…no me dejaba bañarme cuando lo necesitaba, haciendo que despidiera continuamente un repelente olor a caca de niño y a vaca estabulada; hasta que fui lo suficientemente fuerte como para acarrear el agua yo sola, claro. Padre me ayudaba si iba por la mañana hasta el caño con mi cántaro y mi botijo; por las tardes andaba ebrio de un lado para otro y no se podía esperar ningún trabajo de él, es más, sus palizas daban miedo hasta el punto que mis hermanos y yo nos escondíamos en las pocilgas hasta que se dormía; cuanto lloré a mi abuelito en esos tragos que nos brindaba la vida. Lloro y me siento culpable al recordar que siempre me pregunté por qué se había ido mi abuelo y no mi padre.

Una gripe (y la falta de alimento) se lo llevó de este mundo. Y aunque me esté prohibido decirlo, interior y silenciosamente, di gracias a Dios. A no se que Dios; madre tenía un cuadro de él, aparecía con barba. Pero ni la barba, ni el bigote, ni su anillo en la cabeza nos dieron nada, nunca nos dio nada de lo que pedimos. Madre me obligaba a acudir a la Iglesia los viernes por la tarde para rezar el Santísimo Rosario, el cual jamás me dio nada de lo que pedí. Y cuantas veces me pegó en la espalda con el cinturón porque no había conseguido lo que ella me pedía.

No quiero pensar más, no quiero vivir mi vida, he de tenerla aquí hasta que muera, hasta que deje de juzgarme y de entrometerse en mi ya, bastante, angustiosa vida. ¡Mierda de entrega y de negación cuando yo tuve a mi amor!….Mi amante, mi sal, mi condena, mi cadena, y si fuera preciso ahora, mi alma, entregada a cualquier demonio que me sacara de aquí. Pero me puede este revoltijo de miedos e imposiciones sociales, esta transmisión, que no educación, que recibí y sigo recibiendo de mi familia…”los padres nos entregan todo y debemos respetarlos y cuidarlos”…y dejar que nos jodan, así es.

Para mi madre sólo existió un hijo, mi hermano mayor, se pasó la juventud en la taberna, como mi padre, contados días se iban los dos a cortar leña con el burro que, de no hacerlo trabajar, salía más caro su alimento que la labor que nos aportaba; es por eso que pasamos el frío que pasamos. Nos tapábamos con alguna prenda de abrigo hasta que nació Manuel; desde ese día mi pequeño poncho fue para él y yo terminé durmiendo en el establo cuando nadie me veía, no dejaba de tiritar en mi yacija, pegada a mi hermana quien trataba de compartir su roída manta conmigo hasta que se quedaba dormida y tiraba de ella.

Fue la más lista, con diecinueve años se marchó a Argentina y se liberó, sólo he podido visitarla un par de veces, pero me consta que es feliz y tiene dos niños preciosos. A mi hermano mayor, Agustín, lo mató un tren de cercanías, dicen que no lo vio venir; se que estaba borracho y se durmió en la vía, como tantas otras veces con sus amigos de chatos y melopeas, solo que esta vez ninguno lo despertó y lo trajo a casa, al parecer, los muchachos se despidieron en la plaza y él se fue sólo para la estación. Mi madre perdió el brillo de sus ojos para siempre y se tornó más irritable todavía; lo que más me dolió fue que la escuché decir a mi padre:

-Y nada menos, se me ha ido a morir este.

A Juan, el tercero, le tocó la mili en Jaca y allí se quedó, también hizo suerte, encontró trabajo enseguida, en la construcción, y se casó con una muchacha trabajadora y rolliza que le dio tres hijos bien hermosos. Este hermano mío marcha bien económicamente y podría cuidar de nuestra madre, mucho mejor que yo que estoy sola con un trabajo de asistenta donde gano lo justo para el alquiler, pero no me atrevo a contarle de mis penas, me enseñaron que no hay que airear los trapos sucios, que no hay que poner mala cara cuando uno se encuentra con su familia el día de Navidad o en el entierro de cualquier pariente. Que las mujeres se callan cuando hablan los hombres.

Manuel me llama de tarde en tarde, me manda fotos de su familia y me cuenta de lo bien que le va en su trabajo; marchó a Alemania y poco a poco fue ascendiendo en una empresa de computación, según me cuenta, es director de compras. Hace tres años que no viene a visitarnos, supongo que somos la escoria para él.

Loli se mira en el espejo del lavabo y, a pesar de su belleza cuarentona, de sus pechos firmes y tersos, de su figura escultural, se siente como un gusano según dice su boquita menuda y coloreada con un pintalabios rosita suave y brillante de a euro.

¿Gusano?... ¿Que le importa a un gusano la vida de Loli?
El tiene su propia existencia, poco le importan los problemas ajenos; vive en su manzana particular, él no se siente la Loli cuando ella se siente gusano; él no paga alquileres, no se hipoteca, no va al mercado para quejarse de los precios, no masculla en los telediarios, no discute de política, no sufre cuando rescinden su contrato laboral, no le intimida su encargada, ni su madre, ni cena en familia el día de Nochebuena bajo una hipócrita presión familiar. Se pasea orgulloso sobre la piel de la fruta, bañándose en las gotas de rocío y durmiendo calentito en el corazón de su manzana; su máxima preocupación en este mundo es escogerla:


¿Ácida? ¿Roja? ¿Verde brillante?
¿La prefiere reineta o golden?
¿Dulce, rebosante de pectina?
¿Amarada al sol o bien fresquita a la sombra?

Manzana esperanzadora, manzana pecadora que la devuelve a la pasión de Vladi en sus horas tristes y muertas. Vladi, su amigo imaginario (sacado de una película, si, una vez se escapó al cine) conversando con Loli, la niña; Loli, la adolescente que huele a pan, a trigo y hornazo caliente.

¿Hablarán de sus manzanas?
¿O tal vez del asombroso proyecto de como cambiar sus vidas?
Y siguen conversando, cada vez más entretenidos, más interesados, ajenos al resto de frutos vanidosos, solitarios, podridos por los silencios y por el desprecio de una serie de gusanos ostentosos, presuntuosos, frívolos…. ¡vanos!
Infames helmintos que jamás los habitaron, soledades de niñez anquilosada por el miedo. Por un padre ebrio noche y día, y hasta en las fiestas de guardar; por una madre Dolores, muchacha campesina de piel tostada al sol y cabellos rubios, largos y con aroma a bollo de leche recientito, amasado con esmero y sacado con cuidado del horno de piedra, junto a las cocas de harina y leche, aceite puro de oliva y azúcar; erotismo puro y salvaje, trazado desde tus genes en generaciones inolvidables.


Miel de mieles eras, madre, cuando un muchacho te pidió un baile en las fiestas de la virgen del Carmen. Con sus manos en tu cintura y tu cabello largo desbordando aroma a azahar y almendras. Y cuando aquel día en la besana que separa vuestros campos, te dejaste hacerte madre para procurarte tu seguro matrimonio, el abuelo, al que años más tarde me obligaste a adorar y cuidar de su vejez como a un semidiós, se cercenó contigo con su cinto, pues quería al amo de las tierras como tu señor.
De esa noche en el maizal nació Agustín, el mayor de los hermanos; días después del parto que estuvo a punto de llevarte la vida, tu padre consintió en tu matrimonio. Piedad, la segunda, nació en un arrebato pasional junto a la lumbre, los demás, Juan, Micaela, perdida en el embarazo, Manuel y yo, fuimos gestándonos a golpes y no de la fortuna, sino de las borracheras de padre. Nunca supiste, madre, que los vimos nacer a todos junto al fuego del hogar, de la caldera de agua caliente, cuatro trapos y una comadrona exigente que te trataba de vaga, cobarde y marrana para que los sacaras pronto, como si fueran conejos. Padre se encontraba siempre en la taberna, esperando las nuevas. (Nuevas que no creo que le importaran más que su chato de vino)

Me exiliaste madre cuando te lo reconocí, cuando te canté cuatro verdades, como que padre se masturbaba ante Piedad; me abofeteaste gritando como una niña podía saber de eso, me mandaste a Madrid, a servir, a ser la criada de otros. Nunca supiste de mis dolores, o tal vez si y por lo tanto me pusiste tu nombre… Dolores, la buena de Loli, la del cambio de pañales, la del puchero a medio hacer a la hora de la comida; la que recibía las palizas con la sartén tiznada de negro porque no sabía de horarios ni relojes; la que no había sacado a tiempo los mocos de Manuel, el pequeño.

Loli, la estera que recibía el palo de todos…la humillada por un amor entre dos robles.

¡El mismo que tuviste tú madre! ¡Por lo mismo que utilizaste para escapar del abuelo!

¡Me robaste a mi dueño, a mi amante, lo hiciste tuyo emborrachándolo aquella noche, cuando las fiestas del Carmen!
¿Para revivir al que fue tu amor?...¿no dudando en robar mi felicidad?


Y se aferra, con uñas y dientes a su pequeña habitación, a sus mantas y somier, a aquello que por primera vez es suyo, suyo a cambio de catorce horas de trabajo en casa de unos aburguesados que sólo saben quejarse si el almidón no está bien planchado o si los cristales de la terraza no tienen una transparencia pura y es que Loli los limpia de noche, cuando ya está cansada, para no hacer ruido y no puede ver el sol reflejado en ellos.

Piensa a menudo en madre y en su infancia, rellena de olores a caca de vaca, salivear del abuelo y babas de niño, de hermanos que nunca vendrán a rescatarla en sus noches tristes, en esas noches en que añora las horas cuando, en lugar de ordeñar a la vaca, bebía directa de su ubre; en que comía tomates tiernos en la oscuridad del verano, para que no la regañaran. Loli extraña correr descalza por la era, clavándose en sus menudos pies los pequeños granos de trigo alojados en ella, el remanso donde junto a sus hermanos, y a escondidas de miradas críticas de familia y vecinos, desnudaban sus cuerpos al atardecer para bañarse en el río que más abajo, en el pueblo vecino, empezaría a tornarse bravo.

Ella y su “amigo Vladi” iniciaron hace tiempo una búsqueda de tierra firme en que apoyarse, de placeres presentidos pero aún no vividos, de un rayo de sol donde calentar sus sueños adolescentes, más él nunca respondió a los gritos mudos de su alma. Su lombriz degustó una manzana que no era la de ella.

Loli ya no es parte de la naturaleza, ya no “pertenece”, ahora explaya sus extensos y desvariados monólogos con una larva que habita en las frutas que compra a expensas de sus dueños.

Shhhhhhhhhhhhh

La regañarán si se enteran de que, de vez en cuando, compra una manzana podrida para conversar con ella.










Texto agregado el 08-10-2006, y leído por 518 visitantes. (18 votos)


Lectores Opinan
20-11-2006 Relato de gran belleza, pero de una realidad desgarradora. Asi es la historia de muchas niñas y niños, que sufren esa agresión que luego marcará indefectiblemente sus vidas, como bien le sucedió a Loli. Haces un magistral manejo de la narración sin obviar los sentimientos que predominan en el personaje central. Mis 5* ____________ Tico
18-11-2006 Profundamente triste y, a la vez, profundamente hermoso. Una historia que se repite mil veces en este mundo tan injusto y desequilibrado. Tu fluidez narrativa es maravillosa. Cinco estrellas. Samail
07-11-2006 Se siente el talento a raudales+++++ madb
04-11-2006 Eso de enfangarnos los pies en el agua cuando somos niños debe ser algo ancestral, congénito a la especie humana, de cuando allá en el paleolítico éramos salvajemente libres, y un buen contrapunto a la situación de sumisión que denuncia este relato. Todo un rosario de desgracias familiares este enternecedor texto contra el destino tradicional y discriminatorio de una cultura decimonónica anclada en un vil machismo de intereses bastardos. ¡Quién fuera gusano! Saldría ganando. Ah, y el abuelo, esa bella imagen de nuestro amor sublimado, nuestra dignidad robada. azulada
02-11-2006 Cuando alguien tiene talento es de justos reconocerlos. Me llamó la atención del título porque es así como me llaman en casa. Un texto costumbrista que nos adentra en las miserias de los protagonistas. Narrado con gran dramatismo y estilo.***** -danae01-
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