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DISCURSO DE INGRESO A LA ACADEMIA DOMINICANA DE LA LENGUA, COMO MIEMBRO CORRESPONDIENTE, PRONUNCIADO EL DÍA 7 DE AGOSTO DE 2010.

Por Juan Freddy Armando

¿QUÉ ES UN AUTOR?

Cuando hacemos andar nuestros ojos sobre la obra de León David encontramos que es verdaderamente un autor. Esta afirmación habrá de sorprender al lector, porque si publica un libro –y ha publicado ya varios- se presume que ha de ser necesariamente un autor. Sin embargo, no tiene que ser así. Hay cantidad de libros publicados en nuestro país y el mundo por personas que no son autores en el sentido exacto, preciso de la palabra.
Son, diríamos que escribientes o diletantes, en vez de escritores. ¿Por qué no son autores? Porque no han logrado un estilo, un enfoque particular que dé identidad propia y valiosa a sus pretendidas creaciones; no han alcanzado un sello que los separe y destaque en el montón de letras que se lanzan constantemente al aire, y muestre los aportes que hace al mundo creador, científico o tecnológico. De este modo cumplirían con lo que muy bien define el Diccionario de la Academia de la Lengua Española al autor: “Persona que es causa de algo”, dice la primera acepción, y la segunda –mi preferida- “persona que inventa algo”. Podríamos abundar más en la discusión de esta idea, investigar la opinión de Buffón, Bousoño, Pedro Henríquez Ureña, Italo Calvino y otros estudiosos del tema, pero tendríamos que dedicar la mitad de este trabajo sólo a hurgar en ese interesante tema, que no fue del que vinimos a hablar, sino de León David y su obra. Me parece que las definiciones citadas son suficientes para esta sucinta exposición.
No obstante, quiero hacer mi personal y humilde exploración sobre qué caracteriza a un autor.
Lo primero para descubrirlo, dentro del maremágnum de falsos profetas literarios, es saber si tiene un estilo personal, una forma de ver la vida, las letras, técnicas, metáforas, imágenes, rima, en fin, si posee una manera particular y propia, funcional y emocional de amasar, distribuir, mover y calentar los ingredientes con que se cocina ese exquisito plato que son las letras en sus ricas vertientes para el paladar espiritual.
Es la clave, el agua de Arquímedes, la manzana de Newton, la esfera de Copérnico, la deseada piedra filosofal de Paracelso, que alcanzan los escritores, que encuentran o deben encontrar los críticos literarios en la obra de cada escritor para obtener la medida de sus innovaciones, y de ese modo determinar el grado de calidad donde ha de colocarse entre los niveles del escalafón de creadores. Así sabremos si es un agradable escribidor como Isabel Allende, buen escritor como Amado Nervo, un gran talento como Gabriel García Márquez, maravillosa excelencia como Víctor Hugo o excepcional genio como Cervantes.
Obsérvese que establecemos estos parámetros a partir de la obra de cada autor, de la forma más sopesada posible, porque lo importante de un escritor no es (como suele confundirse a menudo) el país al que pertenece, el idioma en que escribe, el movimiento, generación o escuela literaria a que se suscribe. Sin dejarnos llevar del mundanal ruido de la promoción mercadológica o de que la imagen de república culta de algunas naciones. La ceguera que crea ese deslumbramiento ha hecho que se cuelen muchos intrascendentes en el mundo literario, impulsados principalmente porque son romanos, griegos, franceses, italianos, ingleses, irlandeses o surrealistas, románticos, modernistas, simbolistas o de la generación del 98, del 27, de los Siglos de Oro, del tiempo isabelino, etc.
Lo contrario ocurre con los países, generaciones y movimientos que han tenido un bajo perfil en la historia de las letras, los cuales en ocasiones producen grandes escritores que no son reconocidos, y ha resultado imposible hacerlos penetrar el mundo que promociona las letras, como es el caso de algunos escritores dominicanos: Franklin Mieses Burgos, Juan Bosch, Pedro Mir, Tomás Hernández Franco, Rafael Américo Henríquez, Freddy Gatón Arce, Aída Cartagena, Euridice Canaán, el mismo León David. Y hasta el propio Pedro Henríquez Ureña, no obstante su monumental obra crítica, filológica, poligráfica, hubiera sido más reconocido si se le hubiera ocurrido ser mexicano, argentino, español o de otro lar de prestigiosa tradición literaria.
El hecho de que un literato pertenezca a un movimiento o escuela, un país o generación no debe confundir a los críticos serios y metódicos, quienes deben ser capaces de ver que lo importante es que una obra pase la prueba del análisis de calidad. Por ello, es vano el orgullo de algunos por pertenecer a una generación o movimiento literario determinado, pues el deber de un autor no es adscribirse a una corriente y seguir unos principios y declaraciones y manifiestos de esas escuelas o tendencias. No. Es crear su propio mundo, su sello personal. Quien más gana y se destaca al seguir una escuela, es el autor que la creó y dio su sello personal a ella, como Rubén Darío con el modernismo.
En nuestro país, por ejemplo, hay gente que se ha sentido orgullosa de pertenecer a la poesía sorprendida, la generación del 48, los postumistas, modernistas, románticos, de post-guerra, generación del 60, del 70 o del 80. Pero en definitiva, cuando pasen los años, lo importante no es haber sido de tal o cual generación o corriente literaria, sino estar avalado por una obra con señal de estilo individual y único, emulando a los grandes creadores de todos los tiempos complementado por la hondura, sensibilidad y fuerza ética que le permita hacer temblar a quien lo lea en cualquier época o cultura.
“El estilo es el hombre”, dice un aserto antiguo que recoge Buffón, y es así, pues la reflexión sobre la obra es un pensar sobre el estilo, es un viaje hondo por los mares literarios, buscando qué colores y figuras, qué aletas y cabezas, qué movimientos al nadar o qué manera de comer y dormir y aparearse tienen esos peces que habitan ese ponto vinoso: forma, fondo, técnicas, herencias, aportes, visiones, trayectorias, enfoques, intensidad, cálculos, pasiones, seducciones, lecturas y otros, cuyas inclinaciones y amores del escritor por cada uno de ellos en detrimento de otros o mezclados con los otros, dan un perfil de su estilo, de su personal manera de ver el mundo y sus mundos.
Ello permitirá a todo lector, ya sea un sabio crítico de alta estirpe o un humilde buscador de entretención que quiere pasar un aguacero, insomnio o soledad en algo que lo transporte a un instante en el paraíso, en hojas del libro o la pantalla electrónica que tiene a mano.
Así queda establecida la idea de que al autor debemos analizarlo dentro de esos parámetros, que podrán ser científicos o no, sabios o no, correctos o no, cultos o no, prestigiosos o no, aceptados o no por los que saben de literatura en nuestro país y en el mundo, pero que son nuestra manera como lector de ver las letras.

SIETE SEÑALES DE IDENTIDAD.

Ahora, entremos en materia, sumerjámonos a los textos de León David, con la escafandra y los anteojos y chapaletas con que nuestro juicio nos ha hecho armarnos, y ver lo que de grandioso pescamos, lo que de admirable degustamos, lo que de alimenticio para el arte de escribir encontramos en su polifacética, honda y creativa obra.
Saben ustedes que la ostra es tal vez de los más originales seres que habitan los océanos, apreciada por la perla que produce para protegerse de lo que acuda a su interior. Es decir, aquello que recibe, en vez de rechazarlo o dejar que le haga daño, lo asimila y cubre de esa dura y hermosa sustancia. Veamos ahora las perlas de letras creadas por León David al tamizar lo que sus sentidos han llevado a su mente: estudios, experiencias, recuerdos, vivencias.
Esperemos un momento. Quiero observar, antes de dedicarme al análisis de las señales de estilo que validan a León David, lo siguiente: Que aunque el escritor estudiado aborda distintos géneros literarios, y en un momento de este escrito veré las notas características de cada uno de ellos, quiero delinear primero los elementos generales que dan valor al autor en términos de sus aportes al mundo de las letras.
Poesía, apotegma, cuento, teatro, ensayo, diálogo, son de los géneros que practica David, y los veré en particularidad, luego de esta visión general de estilo.
Lo hago así porque aunque estoy conteste en que los géneros literarios son una realidad insoslayable y valiosa, categorías literarias que nos permiten aprehender y separar cada pieza creada, aun así, también estoy convencido de que por encima de eso lo valioso es, como decía Roland Barthes, el texto. Lo más importante no es si el cuento cumple con los requisitos del cuento o el poema con las pautas que lo definen. En realidad esas supuestas leyes no son más que el promedio de los estilos de quienes han practicado por siglos cada género, y por tanto, pueden ser violadas y enriquecidas con nuevos modos inauditos e insospechados de escribir un cuento, poema, ensayo, etc. Además de que los géneros varían con el tiempo, a tal punto que, por ejemplo, cuando el Mahabaratha, el Ramayana y la Odisea fueron escritos se les llamó poemas, empero en la visión de hoy tienen quizás más similitud con la novela que con la poesía. Pero lo más importante es que poseen como el primer día su capacidad de seducción, de transportarnos al mundo emocional maravilloso adonde viajaron sus creadores al momento de escribirlos. Deleite que es la culminación del encuentro escritor-lector a través del puente que es la obra de arte.
Mas, vale la pena aclarar que las obras de nuestro autor cumplen plenamente con lo esperado en cada género literario en que el autor ha incursionado. Y ahora, veamos las características que dan sello propio a la obra que recorremos.
La primera señal de identidad que hallamos es lo que yo llamaría una visión clásico-moderna. O sea, León David se inscribe en la línea del escritor de hoy que, inspirado en sus lecturas de los clásicos, y mirándolos desde el mundo actual -en una especie de re-visita a esos grandes creadores del pasado remoto- realiza unas obras que siendo modernas, tienen el aire y profundidad que emula a aquellas, y explora y reinventa muchos de sus recursos.
Algo parecido a lo que hicieron los artistas del Renacimiento, quienes revolucionaron su época, pues en vez de imitar a los clásicos, emularon sus formas, y crearon esa escuela que es, quizás o sin quizás, uno de los cuatro más importantes momentos que, en nuestra humilde opinión, ha vivido la historia de las letras y las artes. Los otros tres son: Clasicismo, Romanticismo y Barroquismo. Los demás, son a mi entender, variantes, reflejos, mezclas o formas de mirar estas cuatro portentosas escuelas cuya clarinada redentora han encabezado los más grandes innovadores no sólo de las artes sino de la historia humana en general, por la incidencia que han tenido.
Esa visión clásico-moderna de David está evidenciada en su inspiración en los maestros de siempre, en las lecturas que lo han formado como creador auténtico, verdadero, conocedor en primera lectura de los hilos esenciales que caracterizan y construyen la verdadera obra de arte imperecedera, capaz de resistir los tifones del tiempo y las lenguas, costumbres y cultura en su vaivén de mar proceloso de la historia, signado por un desorden con orden, una locura con mesura.
La obra de David se ubica, a su manera personal, en ese selecto grupo de escritores de hoy que cuyas formas me hacen definirlos con el nombre de clásico-modernos. León de Greiff o Jorge Luis Borges, Umberto Eco o Italo Calvino, Terenci Moix o Albert Camus, autores contemporáneos, cada uno con su particular sello distintivo, pero siempre inspirados en lo más granado y graznado del rico caudal y la diversa y varia tradición humana, partiendo de la muy dichosa frase borgiana de que “felizmente no nos debemos a una sola tradición: podemos aspirar a todas”.
La forma en que nuestro escritor asume la manera de trabajar las letras está signada por el uso de una serie de palabras y giros propios del castellano de siglos ha, principalmente del XVI, XVII y sus alrededores, tales como: pareja –no con el significado con que usualmente es empleada, sino como sustituta de esa, tal, dicha, la referida-, guisa, asaz, ora, escoliasta, homúnculo, do, luengo, non.
La segunda señal que identifica a nuestro autor está en el aire de oralidad elegante, en la condición auditiva y rítmica que asume su escritura, dándonos la impresión más de que está dialogando que escribiendo. Su texto tiene sonido, cuando lo leemos oímos su voz al lado o al frente de nosotros diciéndonos lo que contienen sus palabras, tanto en su poesía, teatro, cuento o ensayo, y mucho más en los diálogos. Hay autores que por el tipo de palabras y giros empleados, son visuales, otros táctiles, y así sucesivamente. León David es auditivo.
A este respecto es importante destacar que aun sintiéndose un trabajo de alta reflexión intelectual, propio de un hombre culto, de muchas y variadas lecturas, se impone la oralidad en sus escritos. Es una gran virtud, porque el estado verdadero de la lengua –a pesar del privilegio que Jacques Derrida ha querido darle a lo escrito sobre lo hablado- es el oral, la interacción entre un hablante y otro, y lo escrito no es más que una de las modalidades auxiliares de lo dicho.
Además, ha señalado el maestro Ezra Pound, en su libro El arte de la poesía que la lectura de los grandes poemas nos evoca su canto y los grandes escritores son oídos por el lector mientras al leerlos.
La tercera marca de identidad del texto leondavídico es la metatextualidad. Consiste en el análisis del análisis de lo que se analiza. Esta expresión mía parece un rompecabezas, adivinanza o juego de palabras. Pero su traducción es que el autor le da una gran vivacidad y dinamismo a los escritos de todo tipo, con su constantes alusiones a la naturaleza de lo que está comunicando, a prever la posible reacción del lector ante tal o cual planteamiento, y la refutación del mismo, si lo juzga de lugar. Esta forma de aludir al momento en que se lee, al instante mismo en que degustamos el texto fue muy frecuentada en el Siglo de Oro español, sobre todo por Lope y Góngora, y antecedida por Apuleyo en el Asno de oro, Dante en la Divina comedia y Bocaccio en el Decamerón.
Es un recurso muy poderoso porque lleva al receptor a sentir al emisor no como un conjunto de palabras que corren solas sobre la página, sino que el autor se presenta como otro lector que reflexiona y siente y sufre los efectos de ese escrito y los comparte con quien lee.
La cuarta señal identitaria son los toques de barroquismo, muy bien empleados y sin desmedro de la luminosidad que permite a las mentes inteligentes y cultas deducir el secreto que late en las expresiones, giros y frases. Desarrollado en su versión culterana o de armazón intelectual, esta escuela también se siente en nuestro creador, a través de usar expresiones con estructuras sintácticas, citas de proverbios y frases clásicas latinas y griegas que lo destacan como un autor que se desplaza en suave movimiento entre la luz y la sombra, con tal maestría que una embellece a la otra, en equilibrada dialéctica del decir.
Este carácter se siente también en el recurso de las oraciones muy largas, pero siempre comprensibles. Por lo señalado anteriormente, no podemos decir que sea un barroco puro, sino con atisbos de esa importante corriente literaria, manejados con tal dominio de la expresión que siempre hay un sustrato lógico que invita a la necesaria reflexión que llevará a encontrar su secreto.
Por ello, esta característica de nuestro autor es altamente valiosa. Esa elaboración de ideas profundas expresadas con una cierta sofisticación intelectual son una constante invitación a ejercitar la inteligencia, a aguzar el sentido, a fortalecer el ejercicio de razonar para encontrar los arcanos que se escurren en sus intersticios verbales. Es uno de los caminos por donde ha de andar quien lea para alcanzar la condición de lector crítico, sagaz ydescodificador, con lo cual se prepara para enfrentar de forma acertada eso que Paulo Freire llama leer el mundo y poner lo escrito en su contexto.
La quinta señal que distingue a León es –parece una paradoja en comparación con lo antes indicado- la propiedad y exactitud en el uso de los vocablos. Porque -ya lo ha dicho André Maurois- una de las virtudes más preciadas de un literato es la propiedad en la expresión. Cada palabra está empleada en su exacta y precisa acepción. Y con esto, las letras de León David ponen en evidencia una determinante raya de Pizarro que las divide de un tipo de literatura que habita en las páginas de algunos libros y revistas de nuestro tiempo, en la que se juega con las piezas verbales sin tino, sin precisión sobre el significado de las mismas, creando un enjambre al lector, de tal modo que este puede que se emocione con las metáforas que le muestren o con las palabras que se usen, pero jamás logrará entrar al jardín secreto de la belleza y la verdad intensas y perennes, que suelen huir juntas de ese pésimo espécimen.
En la prosa, la poesía, el teatro, los apotegmas, cuentos y diálogos de León David, el respeto a las leyes de la lengua no es óbice para que podamos gozar el viaje catártico de sus creaciones. Demuestra que la exactitud y el seguimiento de las leyes gramaticales y atenerse a los espacios y libertades que ofrece la lengua, no impide la estructuración de una obra innovadora.
No hay allí enredos ininteligibles, desconocimiento del uso de los signos gramaticales y semánticos, cubiertos detrás de pretendidos y falsos experimentos vanguardistas practicados por alguna gente que en la mayoría de los casos cree que está inventando cosas que, sin embargo, ya han sido inventadas hace siglos, y de forma más expedita y artística. Porque quienes las habían hecho partían de un profundo conocimiento de las tradiciones literarias, históricas, científicas y tecnológicas de la humanidad. Y, sobre todo, que no puede romperse el canon con éxito sin dominarlo.
La sexta huella característica de la obra de León David es su economía de metáforas, el uso oportuno de las mismas. Obviamente, hay múltiples formas efectivas de abordar el acto creador porque con ellas el lector logra alcanzar el éxtasis al que la obra lo invita, el cielo al que el escritor buscaba conducirlo. Cada recurso literario tiene sus riesgos y virtudes. Según los use el escritor, dará buen o mal resultado.
Un texto puede producir excelentes efectos con el recurso de la superabundancia de metáforas, como en Lezama o Góngora. Ser directo, crudo y casi carente de tropos, como algunas facetas de la literatura gótica inglesa o el caso de los maravillosos poetas norteamericanos Edgar Lee Masters, Allen Ginsberg o Charles Bukowski.
Entre esas opciones, León David ha elegido un uso comedido y bien dosificado de metáforas, sin llegar a los extremos sofisticados de unos ni a los descarnados de otros, sino de modo que, en cierta forma, cuando encontramos la metáfora, ya el escritor nos ha hecho sentir la necesidad de ella; ni sobra ni falta. Y así debe ser para que el tropo no resulte sobreactuado, artificioso, y no estemos obligados a mantener la mente alerta, lo cual dificulta la necesaria catarsis, el indispensable sopor que ha de conducirnos en el viaje emocional por el territorio de la creación que degustamos. La metáfora es ahí la necesaria caricia verbal que multiplica el deseo de seguir la lectura.
La séptima señal que descubro a lo largo de la obra y géneros abordados por el autor es lo ético. Para él, todo está visto de alguna manera con una razón ética, está explicado con un motivo moral. No hay una sola línea que no lleve implícita esa dirección. Tal vez debido a que está indignado ante las pobrezas y carencias morales de nuestra deshumanizante época –llena de vicios, depravaciones, insolencias- quiere David levantar su voz de alerta, con intentos de bandera, intentos de cura a esas llagas que nos corroen la existencia como pueblo dominicano, como país humano, como globo en destrucción, por esa fiera vertical tan dañina que es el humano, la más depredadora y feroz de todas las bestias, la única que sabe lo que hace, tiene capacidad de evaluar, conciencia de lo que es el bien y el mal, y generalmente prefiere el mal. Quizá porque León David ha sentido que Rousseau perdió la pelea contra Hobbes, y cada día se comprueba que el hombre está más lejos de ser “bueno por naturaleza” y más cerca de ser “un lobo para el hombre”, y Barrabás sigue triunfando sobre Jesús.
Pero la esperanza de construir el hombre nuevo que preludió el Ché Guevara, no puede perderse. Eso está en el espíritu del autor que analizamos, y así creo que debe ser, porque como decía el viejo Camilo José Cela, debe escribirse al servicio de algo, y no por el simple acto de divertir, excitar, emocionar o sublimizar la mente del lector. Debe escribirse para transformar en algo al lector, aunque ese no sea el objetivo central de nuestros escritos, ni esa la misión principal de la literatura, sino siempre conseguir la elevación estética. De modo que este servicio no es el objeto de la obra de arte, pero no puede esta darse el lujo de ignorarlo. Y de hecho, toda obra de arte tiene una ética, aunque se oponga a la que normalmente consideramos como tal. Es el caso del Marqués de Sade, en cuyos textos la ética fue la desmedida crueldad sexual como expresión de sus resentimientos ante una sociedad que tal vez lo había maltratado.
La ética de León David es, si cabe la palabra, más humana, más afín a los sueños de vindicación del ser humano, de realización de la sociedad justa cuya utopía enciende sus sueños de escritor.


INFLUENCIAS.

¿Qué autores pesan sobre León David? Yo diría que ninguno. Que a todos los lleva bien en su carga de resonancias, retumbantes ecos y contactos con sus maneras. Entre ellos, Borges es el más evidente espíritu que acompaña silenciosamente el texto leondavídico. Quizás porque ambos tienen gran interés en el libro como maravilla del conocer, como misteriosa fuente que repite la vida y el mundo en su estado ideal, o en su reestructuración. Reflejada a manera de espejo de agua, unas veces convulso, otras sereno, o tocado por las ondas de una piedra que lo intranquiliza. Si algún otro autor hay que lo acompañe sería Platón. Platón discute consigo mismo en sus diálogos, contraponiendo juicios a los de sus personajes, y derivando posibles demostraciones contrarias, calibrando la negaciones del sofista imaginario o real con el que se disputa la carrera por asir la verdad y la belleza. Algo así hace León David, con la diferencia de que el personaje principal con quien discute es el lector.
Apuleyo, el Conde Lucanor, Calderón de la Barca, Góngora, Ortega y Gasset, Unamuno, el romancero español subyacen con su impronta en el desarrollo de los distintos géneros literarios de nuestro escritor. Es lógico, no hay autor que no viva consciente o inconscientemente la huella de los grandes maestros. Ya Isaac Newton lo ha dicho mejor que nadie: “He visto más lejos, porque me han sostenido los hombros de gigantes”.
Delineadas estas caracterizaciones generales del estilo, quiero ahora dar unas pinceladas críticas sobre cada género abordado por León David.

POEMAS.

La poesía es el súmmum de la creación literaria, porque cuento, novela, teatro, ensayo han de tener un influjo poético, un manejo plástico de la lengua, pues las líneas de las páginas de un libro son los caminos que llevan al paraíso prometido por el título de la obra, y las hermosas imágenes -alegorías, hipérboles, ritmos, metonimias y otras piezas del instrumental poético- aligeran, hacen agradable y entretenida esa ascensión a la cumbre; son el aceite que suaviza y dinamiza el movimiento de las piezas del motor literario, son la cadena de emociones que nos preparan para la gran emoción. Todo buen escritor es poeta, y es imposible que lo sea sin serlo.
Los otros géneros que practica nuestro autor tienen la ventaja de su dominio de la poesía. El soneto lo hace prácticamente perfecto, ajustado al clásico estilo de trabajarlo, pero con terminología y giros modernos, con los asuntos de nuestra época y país sin descuidar los que pertenecen a la eternidad e infinitud.
Los temas son siempre reflexiones sobre el quehacer creador, el tiempo y su misteriosa manera de ir corroyendo todo, las huellas que dejamos y las que nos deja el andar por la vida social, y las inquietudes personales en torno al desarrollo de las miserias humanas, el planeta, las dudas, misterios y desafíos que supone el vivir en gregaria asociación con los demás y con el yo mismo.
También están las variaciones temático-formales de sus autores favoritos, estableciendo juegos de semejanzas y diferencias -unas veces evidentes y otras sugeridas- con Borges, Martí, Mieses Burgos, García Lorca. En ocasiones, se separa del autor y funge como una subconciencia o sobre-conciencia o co-conciencia que anda y discute con consigo mismo sobre sus decisiones y los problemas que producen los demás seres que rodean al humano.
En cuanto a forma, hay el verso libre y el rimado, ambos con una fiesta del ritmo y timbre que recuerdan a los magos de la musicalidad poética: Rubén Darío y Franklin Mieses Burgos.
Otro elemento en que el autor desafía al proceso creador y sale victorioso es en el uso de esa peligrosa arma que es el adjetivo. Lo hace en gran cantidad, y sin embargo, no nos aburre, sino que casi siempre lo sentimos necesario y reforzador de la idea del sustantivo al que da intensidad.
Entre las mejores muestras poéticas del autor, están: El nombre exacto de las cosas, Te esperaré en el hueso, La prostituta callejera, Poema anodino para el hombre común, Famosa canción al estilo de antaño non comprometida con los males del siglo, Ese hombre.

CUENTOS.

No discutiré aquí si son cuentos o relatos, esa separación que la retórica moderna ha establecido entre los tipos de narraciones cortas, fundamentada en ciertas características, no sólo de extensión sino de contenido, enfoque, desarrollo, trama, descripciones e impresiones, para decir que una cosa es cuento y otra relato. Dejaré esos conceptos para ventilarlos otra ocasión, y adoptaré el apelativo que el autor da a sus textos. Y lo hago porque considero que a la hora de calificar la calidad de un escrito, su capacidad de arrobar, de sobrecoger, de asombrar... a la hora de eso, la condición de cuento o relato da igual, aunque sé que al momento de clasificarlo bibliográfica o académicamente, sí vale la pena la distinción. A pesar de que –como ha dicho un maestro- acaso sean lo mismo para la imaginación.
Hay en el autor cuentos para adultos y para niños. Tienen en común la elegancia de un estilo donde lo sencillo y lo profundo caminan de la mano, y están hechos a la manera conceptualmente sintética en que se mueve el teatro griego, cuando Sófocles, Eurípides, Esquilo, nos comprimen en unas pocas páginas todo el drama, dejando a nuestra mente crear la atmósfera, el proceso, que se hallan pre-supuestos en su armazón textual. Esto hace al lector cómplice, autor interactivo de la historia, pudiendo recrearla a su modo, sin que se pierda en el camino que construye el autor.
Así, esta narrativa es condensada, y al mismo tiempo viva y aleccionadora. El mundo de China, India, el aire de la antigüedad greco-romana, religiosidad, envidia, amor, odio, ingratitud, pasión –incluso el erotismo, algo poco frecuente en la obra en general de León David- son los elementos que andan en los cuentos.
Representan un regreso al efecto sorpresa, a la forma introito-trama-desenlace, propios del viejo cuento convencional, además de la moraleja que el autor recupera, pues la habían desechado las narraciones modernas.
Diríamos que es un desafío que León David hace a los cuentistas de nuestra época, al retomar los recursos clásicos en estos aspectos nodales que el narrador moderno ha preterido como recurso. Nuestro autor no está solo en esta pelea, pues, cada uno con sus formas y enfoques, Augusto Monterroso y Eduardo Galeano han visitado estas maneras.
¿Saldrá exitoso León David en ese enfrentamiento con las formas modernas de contar, y esa vuelta a la atmósfera clásica en que incluso no se dan los nombres concretos ni precisos del lugar donde se desenvuelve la historia, de los personajes y la época específica en que se producen los acontecimientos? Creo que la mayoría de las veces el autor triunfa.
El autor tiene excelentes cuentos breves, como El enviado de Dios, Parábola de la cebolla, El olvido de Dios.

APOTEGMAS.

Bossuet, Pascal, Paracelso, Hipócrates son nombres que vienen a nuestra memoria como practicantes prístinos de ese género literario -que linda entre el pensamiento y la imaginación, el razonar y el crear- que se llama también aforismo. Está compuesto por el buen sentido que nos descubre lo que no sabíamos que sabíamos, la anécdota graciosa, la reflexión aleccionadora, el consejo del maestro.
Son como fragmentos de conocimiento, cápsulas del saber. Ciorán y otros autores modernos han vuelto a ponerlo de moda, después de que Gómez de la Serna los convirtió en greguerías, y Tagore en oraciones, y ha sido practicado en nuestro país por José Mármol y otros creadores.
Recuerdo haber leído, en mi adolescencia, algunos interesantes aforismos en la revista Selecciones. Son formas donde los intelectuales intentan condensar largas páginas de sabiduría.
Claro, antes que los sabios, ya la gente simple de los pueblos había inventado agudos aforismos. Ahí están las máximas, refranes y dichos.
Sus apotegmas o aforismos, León David los hace con pericia, se enfrenta con éxito a los riesgos que se corre con esas síntesis, como son caer en lugares comunes o decir algo que pareciendo genial se queda en la perogrullada. La mayoría son muy buenos, aunque haya uno que otro donde quede corto. Pero eso les ocurre a otros cultivadores del género.
Están caracterizados por su lirismo combinado con la reflexión, por su elasticidad donde a la manera del ensayo, mezcla emoción con razón, precisión con imágenes.
Otras veces, hace uso de lo irónico, lo hilarante, explotando el sentido del humor que ha calado en las letras de nuestra época. Y aunque en su literatura en general, David no incursione mucho en el humor, aquí sí lo hace, y con gracia.


TEATRO.

He escrito que David está marcado por sus lecturas clásicas, y se ve que le han venido desde muy joven. A lo mejor por haber tenido el privilegio de ser hijo de don Juan Isidro Jimenes Grullón, filósofo, sociólogo, historiador, politólogo, médico, y hombre de gran inteligencia, dotado de una inmensa formación en diversas áreas del saber, quien debió de guiarlo como lo hizo Salomé Ureña con Pedro Henríquez Ureña, por el camino de las buenas lecturas, la formación y discusión de selectos libros del saber universal.
Diríamos que en el teatro es la zona donde más se nota la incidencia del clásico drama y la epopeya de Grecia y Roma antiguas, del teatro de los Siglos de Oro de España (tocado también por la dinámica y ágil dramaturgia latinoamericana) en que se ha combinado la síntesis con la acción.
Si bien no es tan intelectual como el teatro clásico alemán o el inglés de los tiempos isabelinos. Buena parte de aquel era pensado más como reflexión filosófica que como guión de montaje, según nos refiere doña Camila Henríquez, aunque otra parte poseía características propias para ser presentado, como de hecho lo fue por Shakespeare y su compañía.
Se siente también la incidencia de los recursos tecnológicos modernos, como la televisión, el cine, las luces y escenarios sofisticados que usan los dramaturgos de hoy.
Dos elementos claves hay en el de León David: el escenario simple y diálogos que muestran una reflexión sobre los males del mundo, las miserias humanas, pues como ya hemos dicho, siempre lo moral tiene gran fuerza en la obra de David. Y un tercero: sus personajes son todos apasionados y muy emotivos.

ENSAYOS.

El más grande poeta de la lengua portuguesa y uno de los mayores del mundo, Fernando Pessoa, creó una serie de heterónimos con los que elaboró su obra diversa y rica en contenido y forma, en visiones y técnicas. Siempre destacamos eso, y parece exclusivo de él. Pero en realidad, todo ser humano, incluyendo a los escritores, tiene múltiples heterónimos, aunque no tan voluntariamente hechos ni tan manifiestamente vistos como los de Pessoa.
Quien cultiva varios géneros, tiene en cierto modo, así sea profunda o ligeramente, que manifestarse en diferentes personalidades. Al momento de hacer un cuento, el escritor tiene que adoptar una actitud distinta de cuando escribe un poema, y mucho más cuando está novelando, y armando dramas o ensayos.
De este modo, podemos decir que hay tantos León David como géneros cultiva. Aunque tenga siempre en común ciertos rasgos inevitables de convicciones y costumbres, de inclinaciones e inhibiciones, de obsesiones y preferencias, que sean comunes a las personalidades que adopta en cada caso.
Pero como siempre ocurre, de todas las personalidades que bullen dentro de un ser humano, hay una que se impone. Nuestro autor no es la excepción. Por ello, si me dieran a escoger cuál de los León David prefiero como lector, sin duda respondería que me quedo con el ensayista. Pues creo que así como el fuerte de Edgar Allan Poe era el cuento más que la poesía, León David es ante todo y sobre todo uno de los más brillantes ensayistas de nuestra literatura, sin menoscabo de su exquisita obra en otros géneros.
Tal vez en desacuerdo con uno que otro giro retórico, acotando alguna zona cuya tesis no comparto, y este o aquel menos preferidos que los demás, tengo que confesar que he disfrutado y disfruto plenamente la lectura y relectura de este haz de excelentes ensayos leóndavídicos.
Desarrollados a la manera de la conferencia, en un constante diálogo con el lector y alusiones al momento en que escribe, en una vivaz comparación de situaciones y posibilidades, su ensayística se destaca por su seducción, sentido de la concatenación y juego con los conceptos. A ello se suma la presencia casi in situ de aquellos pensadores con los que discute sus tesis, para corregirlos, contradecirlos o ironizarlos.
Con un empleo comedido de la cita de otros autores, David trabaja siempre basado en sus propias razones, y no como quienes, sin tener ideas propias, son apenas repetidores y comentaristas de los que verdaderamente piensan. No es tampoco el saltarín que en este escrito opina una cosa y en el otro otra. En nuestro escritor hay una visión del mundo, de las letras, del humano, de lo ético y lo estético, que le son muy propias, y se desenvuelven de forma creativa en cada texto.
Sale a flote entonces el filósofo que es. Armado de una serie de tesis que leídas con cuidado nos hacen descubrir una suerte de sistema de pensamiento, de visión general sobre el arte, el humano, el mundo, el origen y destino de nuestra especie. Respaldada con innovadores y ricos ejemplos de la vida cotidiana, de la lectura intelectual, del buen sentido y el sentido común, que tan ricos son como instrumentos de estudio.
Elaborados con una base epistemológica en que con frecuencia echa manos de la clásica y siempre presente lógica de Platón unos instantes y de Aristóteles en otros. Luego deriva en la hija de ellas, la lógica dialéctica salida del portentoso pensamiento de Hegel y Marx que combina de vez en cuando con la apasionada de Schopenhauer y Nietzsche o la matemáticamente precisa de Kant. Partiendo de que ninguna de estas lógicas es completamente correcta ni equivocada, sino que se complementan en una diversidad de puntos de vista y se mezclan como los metales en el crisol que busca verdad y belleza.
Sus ensayos están hechos con la sencillez y precisión de la cátedra universitaria y el estudio mesurado de los temas. De modo que en León David la diferencia entre el estudio y el ensayo como géneros distintos, se borra y quedan ambos fundidos en uno.
Ortega y Paz, Mariátegui y Gramsci lo enriquecen. Beltrand Russell y Stephan Zweig lo iluminan.

DIÁLOGOS.

¿Qué es el diálogo? ¿Es un género literario o filosófico? Alejandro Arvelo lo define en palabras sencillas, pero precisas y hondas: “Es uno de los medios de expresión por excelencia de la reflexión filosófica. En él confluyen muchos de los componentes típicos de esta forma de conocer la realidad: apertura hacia la novedad -cosa distinta de la moda-, la creatividad y el descubrimiento, sentido de la totalidad, pericia en el arte de escuchar, tacto en el ejercicio del criterio, paciencia ante la posibilidad de arribar a conclusiones. El diálogo es, en efecto, una apuesta al servicio de la buena conversación y de la democracia”.
Como se ve, es un género filosófico y literario, un híbrido entre ficción y análisis, discusión y reflexión. Creado por Platón, es traído a nuestro tiempo por León David, quien lo reinventa para discutir consigo mismo y con nosotros los temas nodales de nuestro tiempo, a la luz de su pensar y de las filosofías que ha penetrado. Jenócrates o el desagravio de la Estética, Diotima o de la originalidad, Filoxeno o del sentimiento que la contemplación de la belleza suscita.
Excelentes piezas donde la dialéctica del encuentro de ideas, el contrapunteo de lo que el autor piensa con sus contrarios en un mismo salón mental, permite reflexionar libremente sobre los grandes temas, a la manera de un juego de mesa donde los juicios pasan a ser piezas con las que se juega y se pierde o se gana según la cantidad y calidad de los argumentos.
El lector es el jurado y seguro ganador en conocimientos, revisión y reflexión, siendo el silencioso participante principal de la discusión. Diotima o de la originalidad es mi preferido, tal vez porque tiene como tema central lo que es en el hombre la gran preocupación vital, que es ser, ser uno mismo y no otro.

UN ESTILO PROPIO.

En fin, que en sus ensayos, apotegmas, teatro, cuentos, poemas, diálogos, estamos ante uno de los autores más importantes de las letras dominicanas. Pues como todo creador verdadero, se hace ostra o esponja que absorbe y abreva en las ricas fuentes de la vida, el saber, el sentir, y luego lo pasa por su tamiz para crear su manera particular de escribir y pensar. Tan característica y distinta que si encontrásemos una página de sus escritos sin firma, descubriríamos a su autor, porque hallaríamos en ella a León David con las perlas de un estilo propio.

Texto agregado el 18-10-2006, y leído por 1826 visitantes. (19 votos)


Lectores Opinan
24-07-2007 Muy nutritivo. tejera
15-07-2007 El estilo literario es algo así como ver un mirlo blanco. No es imposible, (bien es verdad), pero es muy difícil en esta página ¿Estarás de acuerdo conmigo, Freddy? Y sigo con la misma identidad comentando, la única, la mía, la propia. maravillas
14-05-2007 Muy interesante, coincido con borarje-Ninive y el reto. hay mucho que aprender aquí y creo que es necesario que el que escribe alcance un estilo propio, algo que lo separe de los demás "escribidores" creo por eso muchos escribimos aquí, sólo con retroalimentación de otros podemos irnos puliendo. Gracias por compartirlo!! tigrilla
20-02-2007 ay, me has aburrido como sólo mi abuelita puede hacerlo... en desacuero total con todos tus conceptos llenos de lugares comunes, alabanzas gratuitas y dizque aportaciones literarias... aburrido, soso, pretencioso, fatal Aristidemo
01-02-2007 Alcanzar un estilo propio, creo yo, es el tesoro que buscamos los que escribimos, los que creamos historias, los que soñamos y luego compartimos nuestros sueños transformados en literatura. Qué difícil de encontrar, por eso los que lo encuentran entran a las filas de los grandes escritores. Mis estrellas por tu esmerado trabajo. borarje
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