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Manifiesto


A Margarita-Zamudio



Preguntas de un obrero que lee

¿Quién construyó Tebas, la de las Siete Puertas?
En los libros aparecen los nombres de los reyes.
¿Arrastraron los reyes los bloques de piedra?
Y Babilonia, destruida tantas veces,
¿quién la volvió siempre a construir? ¿En qué casas
de la dorada Lima vivían los constructores?
¿A dónde fueron los albañiles la noche en que fue
terminada la Muralla China? La gran Roma
está llena de arcos de triunfo. ¿Quién los erigió?
¿Sobre quiénes
triunfaron los Césares? ¿Es que Bizancio, la tan cantada,
sólo tenía palacios para sus habitantes? Hasta en la
legendaria Atlántida,
la noche en que el mar se la tragaba, los que se hundían
gritaban llamando a sus esclavos.

El joven Alejandro conquistó la India.
¿Él solo?
César derrotó a los galos.
¿No llevaba siquiera cocinero?
Felipe de España lloró cuando su flota
fue hundida. ¿No lloró nadie más?
Federico II venció en la Guerra de los Siete Años.
¿Quién
venció además de él?

Cada página una victoria.
¿Quién cocinó el banquete de la victoria?
Cada diez años un gran hombre.
¿Quién pagó los gastos?

Tantas historias.
Tantas preguntas.

Bertolt Brecht (1)



“¿Dónde estás, señora mía,
que no te duele mi mal?
O no lo sabes, señora,
O eres falsa y desleal,”(2)

que ándome yo buscando vuestra sin par dulzura entre cercanas tierras y lejanos puertos y, a fuerza de misterios y fantasías, he podido indagar, sin no pocos trabajos, que os encontráis por aquellos rumbos de la Orgullosa, Leal e Insigne Ciudad de México; donde “los altos cielos que de vuestra divinidad divinamente con las estrellas os fortifican, y os hacen merecedora del merecimiento que merece la vuestra grandeza”(3). Vengo, pues, porque “tu voz pudo enternecerme, tu presencia suspenderme, y tu respeto turbarme. Y aunque desde que nací –si esto es nacer– sólo advierto este rústico desierto donde miserable vivo, siendo un esqueleto vivo, siendo un animado muerto”(4); y si en días anteriores no pude asistir con mayor presteza a vuestro llamado, es porque “otras tierras del mundo, reclaman el concurso de mis modestos esfuerzos”(5); y como vos sabéis, nunca antes me había visto en la situación de abandonar mis solitarias tierras de Castilla, así como nunca he querido separarme de las ya legendarias montañas que conforman la majestuosa Sierra Morena…

Mas, aquí estoy, presto ya a enderezar nuevos entuertos y a luchar contra nuevas injusticias puesto que los hombres han de ser “castos en los pensamientos, honestos en las palabras, liberales en las obras, valientes en los hechos, sufridos en los trabajos, caritativos con los menesterosos, y, finalmente, mantenedores de la verdad, aunque les cueste la vida el defenderla”(6).

Y aunque en demasía, hay quienes me creen muerto y olvidado desde hace tiempo, yo os digo que el gran Cervantes tuvo a bien de cometer el “error” de dar muerte al iluso soñador Don Alonso Quijano ‘El Bueno’, y no al Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha; pues como antaño ha sucedido, “otra vez siento bajo mis talones el costillar de Rocinante, vuelvo al camino con mi adarga al brazo…”(7)

En fin, “váyase el muerto a la sepultura y el vivo a la hogaza”(8), “y del camino que hemos de seguir dejadme a mí el cuidado”(9); y a vos, sólo os dejo que la vuestra fermosura sea guía y luz de mis tristes y solitarias andanzas por estas tierras de la Nueva España…

(Y “¡vive Dios, que va de veras!”(10)).

“Los mercados del mundo colonial, crecieron como meros apéndices del marcado interno del capitalismo que irrumpía”(11). Siendo “América, un negocio europeo”(12). Y, mientras el mundo navegaba a la deriva de las nuevas concepciones filosóficas, la historia se convertiría en “un profeta con la mirada vuelta hacia atrás: por lo que fue, y contra lo que fue, anuncia lo que será”(13). Por las calles de Europa, de España y del Nuevo Mundo, “se solventaron querellas de amor y se escurrieron, como duendes, embozados caballeros, damas elegantes y tahúres”(14).

El Barroco, doncella mía, aparece en épocas de transición y cruzamiento como un brujo de la luz; como un “monstruo de su laberinto”(15), “cuyo fuego será escándalo del aire”(16). Dicha época, se convertirá en una fiebre de la mente que por medio de la magia de los signos y el artificio de los conceptos, ocultará siempre su máximo objetivo: la verdad, el conocimiento y la libertad del alma en su más estricto sentido de la palabra. Obligando a los hombres de buena voluntad a vencer el miedo a la ignorancia apoyándose en el doble sentido. “Sin que tantos sentimientos como han estado encerrados en las cárceles del pecho acierten a quebrantar las prisiones del silencio”(17); pues, “si los deseos fueran peces, todos arrojaríamos nuestras redes”(18).

A lo largo de la historia (pero quién mejor que vos para saberlo, dulce señora), el ser humano “expresaba en cuentos, leyendas y mitos sus más secretos deseos y esperanzas; inmortalizando los logros de su trabajo”(19); creando, así, las más grandes maravillas que el intelecto humano ha podido dejar para memoria y gloria de la eternidad; provocando con sus obras la incertidumbre de creer si “tan semejante es la copia al original, que hay duda en saber si es ella propia”(20).

¿O es que no existe en la Tierra, un humilde creador que, al contemplar dichos portentos, ni haya sentido desde lo más hondo de su raíz aflorar una emoción que “va a los ojos a asomarse, que son ventanas del pecho, por donde en lágrimas sale..?”(21). “Cuando tan torpe la razón se halla, mejor habla, señora, quien mejor calla”(22).

Al contemplar esos cuadros, hojear esos libros, observar esos ‘retablos de las maravillas’, penetrar esas iglesias y contemplar esos altares, nos dejan pasmados y petrificados, convirtiéndonos en monumentos de sal (pero ésta vez ante la belleza). Como no ha mucho me sucedió y vos debéis saberlo apacible señora: cierto día, una de tantas veces en que me encontraba divagando acerca de vos y el trotar de Rocinante tuvo a bien de encaminarme a las puertas de la inmaculada capilla de San Francisco Javier de Tepozotlan, donde no se osa entrar de pie por el misterio con que nos obliga; descubrí, que en otros tiempos, en ese lugar se guardaba un inmenso tesoro que se había construido bajo la mirada supervisora de sus temerosos sacerdotes. Un pequeño lugar donde se encuentra, si no el Santo Grial, al menos sí, el Santo Espíritu de un mundo caduco; un mundo que aún aguarda la llegada de su tranquila Paloma Blanca. Pues “con cada vez que la veo nueva admiración me da, y cuando la miro más, aún más mirarla deseo…”(23)

Pero, a pesar de todo, grande dueño del orbe, el viento de la duda arrastra varias preguntas: ¿Por qué tanta belleza? ¿Por qué apresurarse tanto a llenar ese vacío, vacío de la vida, vacío del alma?

El hombre ha llegado a darse cuenta de que “no hay nada más aburrido y carente de poesía, por decirlo así, que la prosaica lucha por la existencia que te quita la alegría de vivir y te sumerge en la apatía”(24); y

“El llamado del reloj en mitad de la noche
nos incita irónicamente a recordar
cómo vivimos el día que huye”(25).

Y todo, porque, entre otras cosas, en “mil seiscientos diez, diez de enero: Galileo Galilei vio, que no había cielo”(26). El miedo, entonces, fue más grande, pues “¿quién sabe hoy lo que va a pasar mañana?”(27).

Fue así como se creó la necesidad de reemplazar a las cosas viejas, puesto que “lo viejo dice: He sido siempre, así como soy y lo nuevo dice: Si no eres bueno, pues vete hoy”(28).

Hemos llegado a la conclusión de que “todos nuestros ayeres han iluminado la ruta polvorosa que conduce a los pobres humanos a la tumba”(29), y, desde esa orilla del alma, se empezó a vislumbrar que “los hombres han evolucionado para admirarse de las cosas, que comprender es una alegría, que el conocimiento es requisito esencial para la supervivencia”(30); siendo así, creo yo (abriendo un poco el telón de mi más ingenua clarividencia) donde radica la diferencia fundamental entre el barroco español y el barroco novohispano, en cuanto al pensamiento se refiere.

Ya el apologista socrático muy bien dijo, que “hay en el alma humana”, señora mía, “un poder adivinatorio”(31); cuyo pensamiento dio origen a los nuevos demonios, a los demonios que ocuparon “un lugar intermedio entre los dioses y los hombres”(32), es decir, a los renovadores del alma, a los nuevos Prometeos que creyeron más en sus profanas escrituras, que en las Sagradas.

“Todas las cosas vienen de sus contrarias”(33) y “lo que tarda en saberse es lo que tarda en hacerse”(34), por ende, “para engañar al mundo, haz como el mundo”(35), puesto que “aprender no es más que recordar…”(36).

¿Pero no olvidamos algo señora? ¿No olvidamos acaso, lo que la sátira popular llegó a ridiculizar como: “un Santo cristo, dos candeleros y tres majaderos?”(37).

Entre las páginas de la historia, existe un capítulo impregnado de crímenes que son causa de tan triste memoria y que cubren de oprobio a la Cruz y de vergüenza a los hombres.

¿O es que todo lo que hemos dicho hasta ahora estaba permitido por el Santo Tribunal del Santo oficio? ¿O es que los Actos de Fe practicados en la Nueva España y en Europa, eran solamente para demostrar eso, fe?

“La Inquisición, que por espacio de muchos siglos influyó enormemente en los destinos de pueblos de Europa y América, estorbando su lucha contra el yugo social y espiritual”(38), se presentó de manera hipócrita, “como base de una moral que supuestamente establece las relaciones mejores y más sanas entre los hombres; [y, por ello], es útil mostrar cómo los sistemas religiosos dieron lugar a crueldades extraordinarias, a torturas y vejaciones, a la hoguera y apaleamientos en masa; demostrando con ello, que en la sociedad clasista, la religión es instrumento de opresión de clase, de dominio de clase”(39).

Esta institución religiosa es, por sus propias consecuencias, a los ojos del porvenir, “culpable de crímenes de lesa humanidad”(40).

“La Inquisición perseguía y condenaba invariablemente a los herejes plebeyos, a los libre pensadores partidarios de la justicia social y enemigos del yugo colonial; a los científicos cuyos descubrimientos echaban por tierra los dogmas religiosos, a los luchadores por el progreso social…”(41)

“Hay desdichas, que, para contarlas”, señora, “no es menester referirlas”(42) y, sin embargo, a pesar de todo, es necesario decir que uno de los principales papeles de la Inquisición en la Nueva España fue el de realizar minuciosos escrutinios entre las mejores bibliotecas de las iglesias y, principalmente, entre las bibliotecas personales de los ilustres pensadores, coleccionistas y aficionados como yo, que una vez tuve la desgracia de padecer en mi hacienda y que efectuaron amigos y familiares para “evitar” que se me “llenase la fantasía de todo aquello que leía en los libros”(43).

Siguiendo el relato de nuestro nauseabundo tránsito, observaremos (aunque a vuestro corazón sólo lleve dolor y penas), que, además de los ya famosos escrutinios, se practicaba también, ¡Dios no lo hubiera permitido!: la Traición; y para poner tan sólo un ejemplo, diremos que “la publicación de los ‘edictos de la traición’, depararon invariablemente a los inquisidores una rica cosecha de denuncias (ciertas o falsas: más falsas que ciertas). Después de que se diera lectura a uno de esos edictos en las iglesias de México, en 1650, el tribunal recibió unos 500 avisos secretos, que fueron registrados en ocho gruesos volúmenes. Cuatro de ellos, con 254 denuncias […]. Su análisis evidencia cuán amplia era la esfera de ‘trabajo’ de los inquisidores: casos de hechicería y adivinaciones (112 denuncias), revelación de judaizantes (41), abusos de sacerdotes en el confesionario (14), blasfemias heréticas (6), inobservancia de ritos religiosos (5), tentativas de impedir la inquisición (7), profanación de imágenes de santos (6)… Un delator denunciaba a una niña pequeña que había roto un brazo de una imagen de Cristo; otro revelaba a un delincuente de 6 años de edad, que había hecho cruces en la tierra y había saltado en ellas, diciendo que era hereje, y así sucesivamente…”(44)

En fin, para decirlo pronto, hermosa dama, en la Nueva España, como en Europa, estaba “terminantemente prohibido leer. Porque leer obliga a pensar…”(45)

(¡Oh, yo no sé como los cielos os dieron vida a vosotros, que juntos os apoyáis detrás de la Cruz cuando tan sólo sois vil “canalla malvada y peor aconsejada! ¡Dejad en su libertad y libre albedrío a la persona que en vuestra fortaleza o prisión queréis tener oprimida. Alta o baja, de cualquiera suerte o calidad que sea!”(46). ¿O es que no comprendéis “que por lo que despreciáis, por ello seréis conocidos?”(47). ¿O acaso no está ya escrito en el Santo Evangelio que “todo aquel que hace lo malo, aborrece la luz y no viene a la luz?”(48). ¡Cuánta razón tenía el cuarto evangelista al decir que “os es necesario nacer de nuevo!”(49)).

Pero teméis a la verdad, porque “la verdad es lo que duele”(50) y os escondéis en la oscuridad, procurando que el saber llegue lo menos posible al mayor número de gentes, pero olvidáis “que a quien le daña el saber, homicida es de sí mismo”(51).

O…
“¿No ha de haber espíritu valiente?”

O

“¿Siempre se ha de sentir lo que se dice?

Y

“¿Nunca se ha de decir lo que se siente?

“En otros siglos pudo ser pecado
severo estudio y la verdad desnuda,
y romper el silencio el bien hablado.

Pero ahora

“No he de callar, por más que con el dedo,
ya tocando la boca, o ya la frente,
silencio avises, o amenaces miedo.

“Pues sepa quien lo niega y quien lo duda,
que es la lengua la verdad de Dios severo,
y la lengua de Dios nunca fue muda”(52).

Ya el Nazareno lo ha señalado: “El que anda de día, no tropieza, porque ve la luz de este mundo; pero el que anda de noche, tropieza, porque no hay luz en él”(53). “La verdad saldrá a la luz, el crimen no permanecerá oculto mucho tiempo”(54). (Por ello, Rocinante y yo, no buscamos ni queremos la noche de la ignorancia; no pedimos para nosotros, el sueño de la noche. Queremos horizontes abiertos y profundos, donde nunca reine la oscuridad…)

Vosotros debéis saber mejor que nadie, que “el mal no puede contra el hombre de bien”(55) y por más que queráis desterrar del mundo el conocimiento, no lograréis mas que, de violentas y candentes cenizas, surjan aves deslumbrantes.

“Dejad oficio bestial que inclina al suelo/ ojos nacidos para ver el cielo”(56), “porque todo, al fin, sucede…”(57)

Y a pesar de que “los que no construyen deben destruir”(58), el conocimiento del hombre “quedará consumado al consumarse, [y] fuera bien consumarlo sin demora”(59); pues

“¿Quién […] podrá parar prudente
la furia de un caballo desbocado?
¿Quién detener de un río la corriente
que corre al mar soberbio y despeñado?
¿Quién un peñasco suspender, valiente,
de la cima de un monte desgajado?”(60).

En conclusión, “lo importante no es leer, sino releer”(61), Lo demás no importa, ya que “el filósofo se presta gustoso a la muerte”(62). Pues “¿de qué serviría la vida, si no se gozase de los placeres de la inteligencia?”(63).

Ahora bien, señora mía, dejemos de hablar de cosas infrahumanas y volvamos a las cosas divinas…

Durante este pequeño recorrido por tierras mexicanas, es forzoso referirnos al ilustre científico Don Carlos de Sigüenza y Góngora; pero es tan triste, y lo digo con sincero pesar, no poder narrar los hechos sucedidos a una monja que durante su infancia, y por entre los libros de su abuelo, surgió como un ser que arrasaría con cuanto le cayese en sus manos. (Pero confiamos en que dentro de poco tiempo, si vos la gracia nos dais, dulce dama mía, hablaremos largo y tendido como sólo a ella es debido dar.)

“Carlos de Sigüenza y Góngora publica su Manifiesto philosofico contra los cometas despojados del imperio que tenían sobre los tímidos, formidable alegato contra la superstición y el miedo. Se desata la polémica entre la astronomía y la astrología, entre la curiosidad humana y la revelación divina. El jesuita alemán Eusebio Francisco Kino, que anda por estas tierras, se apoya en seis fundamentos bíblicos para afirmar que casi todos los cometas son precursores de siniestros, tristes y calamitosos sucesos.

“Desdeñoso, Kino pretende enmendar la plana de Sigüenza y Góngora, que es hijo de Copérnico y Galileo y otros herejes; y le responde el sabio criollo:

“–Podrá usted reconocer, al menos, que hay también matemáticos fuera de Alemania, aunque metidos entre los carrizales y espadañas de la mexicana laguna”(64).
permiso
(En esta parte de mis andanzas, dama ilustre, pido vuestra autorización, pues es necesario que de aquí en adelante, quien hable de Don Carlos de Sigüenza y Góngora, sea él mismo; nadie mejor que uno mismo para contar sus cuitas…)

• • •

Atento e imaginario lector, “al leer estas páginas indignantes, sabréis que el amor [a la ciencia], en otros tiempos por crimen fue tenido”(65); “y por si acaso mis penas pueden aliviarte en parte, óyelas atento, y toma las que de ellas me sobraren”(66), más “no hagáis aprecio de mi manera de hablar, buena o mala, y mirad solamente, con toda la atención posible, si os digo cosas justas o no, porque en esto consiste toda la virtud del juez, como la del orador: en decir la verdad”(67); pues yo también “soy persona que hace y persona que padece”(68).

Como todo científico, en un principio, intenté alejarme de la influencia de la ciencia, pero por fortuna (como dice el poeta): “Quien más su efecto huye, es quien se llega a su efecto”(69); ya que “cualquiera que bebiere de esta agua, volverá a tener sed”(70).

Tuve la dicha de dedicarme a lecturas autorizadas y a otras no permitidas, pues mi espíritu rebelde me obligaba a ir en busca de respuestas que me hicieran comprender este tan corruptible orbe…

“Me parecía una cosa sublime saber las cusas de todos los fenómenos, de todas las cosas; lo que las hace nacer, lo que las hace morir, lo que las hace existir”(71).

“Todo lo bueno que hay en mí se lo debo a los libros. Desde mi juventud comprendí que el arte es más generoso que los hombres. Soy un amante de los libros; cada uno me parece un milagro y su autor un mago. Soy incapaz de referirme a los libros como no sea con la más profunda emoción y gozoso entusiasmo. Esto puede parecer ridículo, pero es la verdad. Probablemente se dirá que es este el entusiasmo de un bárbaro; que la gente diga lo que quiera, yo estoy curado de espantos”(72).

Todo ese tiempo dedicado a la lectura, me ha llevado a descubrir “que solamente el conocimiento de las causas procura la sabiduría verdadera, que únicamente por la meditación en los principios, en las formas de las cosas, o ideas, puede llegarse a la esencia verdadera”(73); sin embargo, actualmente, “son muchos los que creen saberlo todo, aunque no sepan nada o casi nada”(74); quedando solo “una de dos cosas: o aprender de los demás la verdad o encontrarla por sí mismo; y si una y otra cosa son imposibles, preciso es escoger entre todos los razonamientos humanos el mejor y más fuerte, y embarcándose en él como en una barquilla, atravesar de este modo las tempestades de esta vida, a menos que sea imposible encontrar, para hacer este viaje, algún buque más grande, esto es, algún razonamiento incontestable que nos ponga fuera de peligro”(75), pues “de la memoria y de la imaginación sosegada nace, en fin, la ciencia”(76); “ya que todos los razonamientos que no se apoyen sino sobre la probabilidad, están henchidos de vanidad…”(77)

“Tanto en ciencia como en religión el único medio de separar las intuiciones más fructíferas de los más profundos sinsentidos es el recurso de un examen escéptico”(78). “La ciencia se fundamenta en la experimentación, en un ansia permanente de someter a prueba los viejos dogmas, en una apertura del espíritu que nos permita contemplar el universo tal como realmente es. No puede negarse que en ciertas ocasiones la ciencia exige coraje; como mínimo el imprescindible para poner en entredicho la sabiduría convencional.

“El principal rasgo definitorio de la ciencia es pensar de verdad toda cosa: el tamaño de las nubes y las formas que adoptan, incluso en su estructura más profunda, en cualquier parte del cielo para una altitud dada; la formación de una gota de rocío sobre una hoja; el origen de un nombre o una palabra; la razón de una determinada costumbre social humana […]; por qué una lente sobre la que incida la luz solar puede quemar un papel; qué razón nos hace ver un bastón de paseo como una pequeña ramita; por qué parece seguirnos la Luna cuando paseamos; qué nos impide perforar la Tierra con un agujero que llegue hasta el centro del planeta; qué sentido tiene el término ‘abajo’ en una Tierra esférica; de qué modo el cuerpo puede convertir la comida de ayer en el músculo y el nervio de hoy; dónde están los límites del universo, ¿puede éste expandirse indefinidamente, o no?; ¿tiene algún significado la pregunta de qué hay más allá? Algunos de estos interrogantes son singularmente fáciles de responder. Otros, especialmente el último, son misterios de los que no conocemos la solución incluso en nuestros días. Son interrogantes a resolver.

“Las respuestas propuestas casi siempre han sido de categoría ‘narrativa’ o ‘fabulada’, con explicaciones divorciadas de toda tarea experimental, e incluso de toda observación comparativa cuidadosa.

“Pero la mentalidad científica examina el mundo críticamente, como si pudieran existir otros muchos mundos alternativos, como si aquí pudiesen existir cosas que ahora no encontramos…”(79)

“Entre cada tarde y cada mañana ocurren hechos que es una vergüenza ignorar…”(80)

“En fin, así podría estarme hablando de la curiosidad humana hasta el último día del Juicio Final, pero, desgraciadamente, en esta épocas de cristiandad, el hombre aún guarda prejuicios medievales, y estoy seguro de que si alguno de vosotros, lectores, esto leyere, desearíais que abandonara la ciencia sin importaros los descubrimientos que pudiera yo alcanzar; pues “queréis que sueñe grandezas que ha de deshacer el tiempo […], queréis que vea entre sombras y bosquejos la majestad y la pompa desvanecida del viento”(81). Sé que mis conocimientos a muy pocos interesan y a muchos os ofenden y me echáis en cara dedicarme a otras cosas, pero “¿por qué, por qué no pudiera tener edad en un día de hacerme dichoso? ¿Es fuerza que se engendren más despacio las glorias que las ofensas”(82). Os comprendo. Sé que vuestras injusticias y desmanes hacia mí, han sido causa de mis locos desvaríos de juventud; pero aún así, puedo decir con orgullo que he seguido la máxima del poeta: “Atrevámonos a todo”(83). Y por ese orgullo, un día fui expulsado de la Orden de los Jesuitas; y al ser rechazado, sentía a mi alma condenada a un mundo que no tenía ya sentido, fue como si viera “las cosas de muy distinta manera. El mundo se aparecía como algo remoto, que en nada me concernía y del que nada debía esperar o desear. En una palabra, me hallaba del todo aislado de él y como si ello hubiera de durar siempre, me habitué a considerarlo en la forma en que acaso lo hacemos cuando ya no estamos en él; un lugar en el cual se ha vivido pero al que ya no se pertenece…”(84)

A través del tiempo, me he dado cuenta que “la supervivencia es la habilidad de nadar en aguas extrañas”(85). Y, ahora, mientras escribo estas líneas, de lo pasado, en nada me arrepiento; pues “intentar ver la Verdad sin conocer la Mentira, es intentar ver la Luz sin conocer las Tinieblas”(86). “La verdad podría ser peor que todo lo que haya imaginado, pero cada peligro es valioso si uno está preparado para afrontarlo”(87). Y, a pesar de todo, por último, digo yo que “he amado con demasiado fervor a las estrellas para temer a la noche…”(88)

• • •

Señora mía, así llegamos al final de nuestro viaje, que aunque no haya sido más que un “cauteloso engaño del sentido”(89), me doy por bien servido, pues a vos he llevado en el corazón y Rocinante me ha conducido feliz y errante por el camino… Más recordad todavía, señora del alba, que en cuantos trabajos tengáis a bien ofrecerme, tendréis la certeza de que estaré ahí, siempre a vuestros pies y en primera línea.

Para no “cansar con lo que no tiene lugar aquí”(90), me despido con las palabras del humilde Manco de Lepanto: “¡Adiós gracias, adiós donaires, adiós regocijados amigos! Lo que se dirá de mi suceso, tendrá la fama cuidado, mis amigos gana de decirla y yo mayor gana de escucharla…”(91)

“¡Por la adarga al brazo, toda fantasía,
y la lanza en ristre, toda corazón!”(92)





Notas


(1). Bertolt Brecht, Poesía, pp. 119-120.

(2). Miguel de Cervantes, Don Quijote de la Mancha, p. 45.

(3). Íbid., p. 20.

(4). Calderón de la Barca, La vida es sueño, (acto primero), p. 22.

(5). Ernesto (Che) Guevara, “Carta a Fidel” en Escritos y discursos, vol. 9, pp. 393-395.

(6). Citado por Luis Astrana Marín en su prólogo a Don Quijote de la Mancha de Miguel de Cervantes Saavedra, p. VII.

(7). Ernesto (Che) Guevara, “Carta a sus Padres” en Escritos y discursos, vol. 9, pp. 390-391.

(8). Miguel de Cervantes, Don Quijote de la Mancha, p. 149.

(9). Íbid., p. 155.

(10). Calderón de la Barca, La vida es sueño, (acto primero), p. 79.

(11). Eduardo Galeano, Las venas abiertas de América Latina, p. 45.

(12). Íbid., p. 36.

(13). Íbid., p. 11.

(14). Íbid., p. 53.

(15). Calderón de la Barca, La vida es sueño, (acto primero), p. 21.

(16). Íbid., p. 25.

(17). Calderón de la Barca, El alcalde de Zalamea, (acto tercero), p. 179.

(18). Frank Herbert, Dune, p. 54.

(19). Alexander I. Ovcharenko en su prólogo a Pensamientos sobre la Literatura y el Arte de Máximo Gorki, p. 21.

(20). Calderón de la Barca, La vida es sueño, (acto tercero), p. 98.

(21). Íbid., (acto primero), p. 28.

(22). Íbid., (acto segundo), p. 61.

(23). Íbid., (acto primero), p. 23.

(24). Máximo Gorki, “A. P. Chéjov” en Pensamientos sobre la Literatura y el Arte, p. 57.

(25). Fragmento de un poema de Baudelaire en “Paul Verlaine y los decadentes” en Pensamientos sobre la Literatura y el Arte, p. 27.

(26). Bertolt Brecht, Teatro de Bertolt Brecht, “Vida de Galileo Galilei”, (acto tercero), p. 70.

(27). Íbid., (acto quinto, escena B), p. 102.

(28). Íbid., (acto cuarto), p. 84.

(29). W. Shakespeare, La tragedia de Macbeth, (acto V, escena V), p. 107.

(30). Carl Sagan, Cosmos, p. 4.

(31). Platón, Diálogos, “Fedro o de la Belleza”, vol. I, p. 367.

(32). Platón, Diálogos, “El Banquete”, vol. I, p. 307.

(33). Platón, Diálogos, “Fedón o del Alma”, vol. I, p. 184.

(34). Calderón de la Barca, El alcalde de Zalamea, (acto primero), p. 132.

(35). W. Shakespeare, La tragedia de Macbeth, (acto I, escena V), p. 21.

(36). Platón, Diálogos, “Fedón o del Alma”, vol. I, p. 219.

(37). Luis González Obregón, México Viejo, “La Inquisición”, p. 109.

(38). I. Grigulevich, Historia de la Inquisición, p. 4.

(39). Íbid., p. 5.

(40). Íbid., p. 7.

(41). Íbid., p. 23.

(42). Calderón de la Barca, El alcalde de Zalamea, (acto tercero), p. 171.

(43). Miguel de Cervantes, Don Quijote de la Mancha, p. 20.

(44). I. Grigulevich, Historia de la Inquisición, pp. 271-272.

(45). Contraportada del libro de Ray Bradbury, Fahrenheit 451.

(46). Miguel de Cervantes, Don Quijote de la Mancha, p. 680

(47). Frank Herbert, Dune, p. 311.

(48). San Juan 3:20.

(49). San Juan 3:7.

(50). Jorge Luis Borges, Prosa Completa, “El informe de Brodie” (Historia de Rosendo Juárez), t. 4, p. 29.

(51). Calderón de la Barca, La vida es sueño, (acto primero), pp. 34-35.

(52). Francisco de Quevedo, fragmento un poco alterado en su orden de la “Epístola satírica y censoria contra las costumbres presentes de los castellanos, escrita a don Gaspar de Guzmán, conde de Olivares, en su valimiento”, en Antología Poética, pp. 48-55.

(53). San Juan 11:9,10

(54). Ray Bradbury, Fahrenheit 451, p. 126.

(55). Platón, Diálogos, “Apología de Sócrates”, vol. I, p. 78.

(56). Francisco de Quevedo, fragmento del poema “A una mina”, en Antología Poética, p. 26.

(57). Calderón de la Barca, La vida es sueño, (acto segundo), p. 64.

(58). Ray Bradbury, Fahrenheit 451, p. 106.

(59). W. Shakespeare, La tragedia de Macbeth, (acto I, escena VII), p. 24.

(60). Calderón de la Barca, La vida es sueño, (acto tercero), p. 84.

(61). Jorge Luis Borges, Prosa Completa, “EL libro de arena” (Utopía de un hombre que está cansado), t. 4, p. 161.

(62). Platón, Diálogos, “Fedón o del Alma”, vol. I, p. 171.

(63). Platón, Diálogos, “Fedro o de la Belleza”, vol. I, pp. 394-395.

(64). Eduardo Galeano, Memoria del Fuego, “Los nacimientos”, vol. I, p. 296.

(65). Tomado de memoria, de un poema citado por A. S. Nelly en su libro Shomerhill.

(66). Calderón de la Barca, La vida es sueño, (acto primero), p. 24.

(67). Platón, Diálogos, “Apología de Sócrates”, vol. I, p. 56.

(68). Calderón de la Barca, La vida es sueño, (acto tercero), p. 88.

(69). Íbid., p. 103.

(70). San Juan 4:13.

(71). Platón, Diálogos, “Fedón o del Alma”, vol. I, p. 226.

(72). Máximo Gorki, “Sobre los libros” en Pensamientos sobre la Literatura y el Arte, p. 174.

(73). Eduardo Zeller en su prólogo a los Diálogos de Platón, vol. I, pp. 21.22.

(74). Platón, Diálogos, “Apología de Sócrates”, vol. I, p. 64.

(75). Platón, Diálogos, “Fedón o del Alma”, vol. I, p. 209.

(76). Íbid., p. 227.

(77). Íbid., p. 220.

(78). Carl Sagan, El cerebro de Broca, p. 10.

(79). Íbid., p. 29-30.

(80). Jorge Luis Borges, Prosa Completa, “EL libro de arena” (Utopía de un hombre que está cansado), t. 4, p. 161.

(81). Calderón de la Barca, La vida es sueño, (acto tercero), p. 81.

(82). Calderón de la Barca, El alcalde de Zalamea, (acto segundo), p. 143.

(83). Calderón de la Barca, La vida es sueño, (acto tercero), p. 82.

(84). Daniel de Foe, Robinsón Crusoe, p. 109.

(85). Frank Herbert, Dune, p. 415.

(86). Íbid., p. 25.

(87). Íbid., p. 63.

(88). Citado por Carl Sagan en Cosmos, p. 195.

(89). Fragmento de un soneto de sor Juana Inés de la Cruz en Literatura hispanomexicana, p. 230

(90). Calderón de la Barca, La vida es sueño, (acto primero), p. 31.

(91). Citado en Gigantes de la Literatura Universal, “Cervantes”, t. 1, p. 5.

(92). Fragmento del poema “Letanía de nuestro señor don Quijote” de Rubén Darío en Literatura hispanomexicana, pp. 296-298.





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Texto agregado el 27-10-2006, y leído por 210 visitantes. (0 votos)


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