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Una Margarita en brazos de Morfeo.


Margarita no sabía sobre los negocios turbios de su esposo, de eso solo se enteró el día en que tocaron a la puerta para llevárselos presos, ella lo que sabía era cantar rancheras y que él supuestamente tocar la trompeta. A Margarita le gustaban los hombres con uniforme y por eso se caso con un mariachi, por puro placer lo acompañaba en sus giras sin tener la más mínima idea que en el estuche donde el marido guardaba su apreciado instrumento también viajaba la coca.

Cuando los apresaron él no opuso resistencia, aceptando en silencio sus culpas y arrastrando con pasividad a Margarita. Simplemente se acercó a ella y le susurró al oído un escuálido, Lo siento mucho. Los separaron sin darles tiempo para la despedida. A ella la internaron en una cárcel para mujeres, a él se lo llevaron por un tiempo a los calabozos de alguna guarnición y después terminó en una de esas cárceles atestadas de crímenes de toda calaña. Desde el primer momento que entró en su nuevo mundo Margarita comenzó a extrañar las noches de trompetas, los trajes de noche y las cantadas hasta las tres de la mañana, pero ese nuevo uniforme de presa le arrancaba de un tajo toda esperanza de volver a las noches de rancheras.

El espacio dentro de la celda no podía ser más pequeño, la luz solo alcanzaba a proyectar una incipiente sombra del camarote, de la chaqueta de mariachi colgada en una puntilla sobre la pared, de la mesa de noche y de la reja medio sucia por donde entraba y salía de acuerdo a las órdenes de sus carceleros. Con resignación se fue acostumbrando a la rutina de la cárcel, a comer por la necesidad de tener energía para continuar con lo poco que le quedaba de vida, a compartir con las compañeras de reclusión sus historias, a esperar las visitas del abogado de oficio que le decía que el caso estaba a punto de reventar y que saldría en seis meses, y a acostumbrarse a dosmir solo una hora en la noche, porque dormír se habí convertido en un reto.

No se si fue el tiempo sin ver una cara amable o por soledad, pero un día como cualquiera se detuvo a observar al guardia de la puerta ocho, ese que le sonreía todas las mañanas cuando la veía pasar a las duchas con la toalla en el hombro, el mismo que sin que ella se diera cuenta ponía una taza de aromática de manzanilla en la repisa de la celda, mientras a las demás reclusas no se les dejaba ver ni el agua tibia. Él la mantenía informada del mundo exterior pasándole revistas de farándula que eran devoradas al instante, así supo como acabó la novela de la tarde y al mismo tiempo entendió que los días estaban corriendo demasiado rápido.

Era una mañana de domingo y nadie fue a visitar a Margarita. El guardián la buscó entre las demás reclusas y no se demoró en encontrarla y abordarla:

-¡Te llamas Margarita!... y deberías tomar más el sol, las flores bellas como tú, necesitan más sol y aire. Y yo quisiera ser el agua que entra por tus raíces... mi florcita, para mantenerte siempre viva y fresca, Regándote todos los días con mi manguera, Limpiando tus pétalos con mis labios que se mueren por beber de tu néctar, Dime que lo pensarás y te esperaré.. Mi Margarita.

Ella lo escuchó indiferente y continuó con su zigzag sin rumbo por el patio, luego se detuvo a unos tres pasos de él, giró y con prisa respondió – Ya no soy una Margarita, soy la reclusa de la celda trece, y usted, no debería hablarme, no vaya a ser que me lo castiguen…¡Mi general! -Luego sonrió sutilmente y siguió caminando.

-Y ¿Por qué me llamas así?, llámame por mi nombre…y antes que él pudiera pronunciarlo, ella había puesto su dedo en sus labios -¡shi!- Igual da si eres Pedro, Juan, o…Jhonny.

Día a día las atenciones del guardián fueron aumentando, en la repisa de la celda fueron apareciendo sin razón, pequeñas bolsas de shampoo, cigarrillos mentolados y hasta un espejo acompañado por una pequeña regadera con un papelito que decía: Una bella Margarita merece siempre estar fresca, húmeda, bella.

Al siguiente domingo él la volvió a buscar y con mucho cuidado deslizó una hoja de papel doblada en cuatro sobre su mano, ella corrió con su botín en el bolsillo y sin que la vieran entró a la celda para leerla. Una frase escrita con tinta roja decía:

-Te espero a las diez, a las once o a las doce, en ese lugar donde somos todos iguales, donde todos somos libres…M.

Margarita no entendió muy bien la carta, pero igual la guardó debajo de su almohada como quién guarda algo muy valioso, durante el resto del día no lo volvió a ver pero sus palabras quedaron resonando dentro de su cabeza, dando vueltas entre las angustias por saber del mundo exterior, ese mundo nocturno que ya había olvidado, y el presente, El guardián.

La película de las cinco terminó sin pena ni gloria, lo que significaba el regreso a la celda. Esa noche hacía mucho frío así que sobre el uniforme de reclusa se colocó el traje de mariachi y sin más por hacer… se acostó a dormir. Eran las diez de la noche y la luna menguante ya casi ni se podía ver. La oscuridad de la celda era más que oscura, y el silencio…implacable.

Apenas puso su cabeza sobre la almohada comenzó a soñar que caminaba por un pasillo de paredes blancas como las de la cárcel, pero esta vez las paredes tenían ventanas por donde se podía ver una hermosa noche despejada con una luna menguante que brillaba como un faro que guía a los náufragos en alta-mar, ella iba vestida con su traje de mariachi, con botas negras, sombrero y una ruana de colores a la altura del cuello, en el fondo de un pasillo, nacía un salón adornado con cortinas blancas y después, una puerta abierta. En la medida en que atravesaba el pasillo se acercaba a la música; en el salón se escuchaba una selección de boleros color azul oscuro que hacían que Margarita se sintiera muy cómoda. Cuando entró, allí lo encontró. Él llevaba puesto su traje de gala, de un azul intenso y adornado con condecoraciones de mentiras y apliques dorados que formaban un cielo artificial; pero cielo al fin y al cabo, él la recibió con una sonrisa de aprobación, la tomó entre sus manos y luego la condujo a un cuanto interior que se ocultaba entre las cortinas, ya dentro del cuarto de paredes verdes la descargó suavemente sobre sábanas de satín.

Lentamente él fue soltando uno a uno los botones del traje mientras ella iba dejando crecer una tímida sonrisa que terminó en una gigantesca expresión de placer cuando él descubrió ese botón que le dejaba ver el ombligo, luego sus manos fueron abriendo la chaqueta negra de terciopelo, inundando con tibieza cada uno de sus poros, así fue bordeando la ropa interior púrpura de Margarita, desplazando sus torpes dedos buscando desatarla, y la chaqueta cayó al piso, y las uñas de él buscaron sin prisa los broches que dieron rienda suelta a la furia contenida entre los senos de Margarita que yacía con los ojos cerrados y su cabellera hacia atrás. Liberada desde la cintura se dejó acariciar por los gruesos cabellos de él que comenzaron a barrerla desde el entre-seno hasta la espalda, llegando a ese punto donde las curvas cambian de sentido y la belleza aumenta, limpiándola de toda prevención, eliminando la palabra impúdico de su diccionario particular; mientras tanto paralizada se dejaba arrastrar, luego los labios del guardián comenzaron a hacer su ronda por entre esos lugares donde muy pocos habían llegado, revisando que todo estuviera en orden, reconociendo sus linderos, marcando territorio, dando un parte de victoria.

Y fue en el momento en que él desabrochó el botón de la cintura para pedir un aventón al sur, cuando ella reaccionó y con furia lanzó al guardián al costado contrario del lecho de satín, luego le clavo una poderosa mirada en esos ojos negros para tratar de ejercer en él ese mismo poder hipnótico que ella acababa de experimentar, sin mucho pensarlo le arrancó los botones del uniforme, los soles y las estrellas, y la camiseta blanca se hizo trizas entre sus manos, y así, una vez descubierto el pecho le clavó los dientes en las tetillas y un delgado hilo de sangre comenzó a bordear el cuerpo del hombre que gemía por ese dulce dolor. Luego lo miró a los ojos y comenzó a cantarle rancheras, e hizo su mejor interpretación, nunca los falsetes le habían salido tan bien, ni con tanto sentimiento. En menos de cinco segundos él estaba descubierto de la cintura hacia arriba, abrumado por el canto de la Margarita, y así los dos se sentaron y se besaron por primera vez, con un beso metálico producto de la sangre que todavía quedaba en los labios de ella.

Las paredes del salón cambiaron a un color rosa mientras los besos ensangrentados de los amantes crecían en ritmo e intensidad, las manos inquietas fueron despojándolos del resto de la ropa y ella se fue abriendo como lo que es, una flor, y él fue tomando lugar acariciando cada uno de los pétalos de esa Margarita que floreció ante él, y allí puso a disposición su bastón de mando generador de placer. Ella lo devoró sin pudor, llevando hasta lo profundo de la garganta ese calor de hierro forjado. Y los labios fueron sus mejores aliados para conocerse, y sus manos corroboraron lo que los labios decían. Los sudores no tardaron en recorrerlos como ríos de fuego que se mezclaron como en una inesperada erupción volcánica; los olores a Margarita y a metal fueron llenando la habitación de un solo y particular olor dulce, ácido, naranja, canela, gasolina, margaritas, girasol, pescado, queso, rosas, sal. Y los cuerpos totalmente desnudos encontraron su otra mitad, la velocidad del amor los fundió con tanta fogosidad que las paredes se tornaron de un color rojo intenso que luego se volvió blanco de paz cuando el clímax del amor o dolor llegó a su máxima expresión, cuando él cayó de rodillas y ella lo tomó por la cabeza, cuando lo apretó a su ser. Porque el cielo es mucho más azul cuando la muerte no existe, y el miedo se deja aguardado en el cajón de las medias cuando nada importa ya. Muertos de placer los cuerpos aún húmedos cayeron rendidos el uno sobre el otro, sexo contra sexo, quedando dormidos dentro de ese sueño.

Margarita no se despertó durante toda la noche, por lo contrario, amaneció renovada. Al salir hacia las duchas con la toalla en el hombro, pasó por en frente a él; el guardián de la puerta ocho, y éste le deslizó suavemente entre sus manos un botón de chaqueta diciendo:

-Yo no sabía que cantaras tan bien-

-Y yo no sabía que cumplieras tan a cabalidad tus labores de…Guardián- respondió ella con una vocecita de gata- Nos encontramos esta noche, a las once… mi General.

- Ya te he dicho que me llames por mi nombre…llámame…Morfeo.


Bogotá; 28 de octubre 2006.

Texto agregado el 28-10-2006, y leído por 318 visitantes. (3 votos)


Lectores Opinan
05-08-2007 Te quedó redondo altorcan
19-02-2007 mmm.. he disfrutado mucho cn este texto, m gusta las comparaciones de margharita cn la flor, q el guardia sea morfeo, q el unico lugar dnd s libre el ombre sea en sueños, y q encima se lo pasen tan de puta madre!jeje.. esta muy muy my bien, felicitaciones, otra vez. un abrazo. LaMillan
23-11-2006 No, sabes lo bien que t quedo este, esta maravilloso lo explicas super bien, me encanctaron los ultimos parrafos estan sin palabras aria
03-11-2006 sin palabras, todas las utlizado en e estas lineas te convertise en un Bombillo de colores DalaiLama
02-11-2006 Son esos brazos los que nos arrullan mientras los ojos se cierran, suerte de aquellos que logran mantenerlo atado mientras están despiertos. La vida es sueño...y los sueños sueños son. Excelente, te saliste de tus lineas comunes de humor y sátira para entregarnos un muy buen escrito, bastante profundo, con mucho por pensar tras el. cyber saludito! arsa
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