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Inicio / Cuenteros Locales / gabygaby / Una canción para Layan, el Rey necio

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Layan era joven cuando quedó solo. Su situación en otro caso habría llevado a buscar un trabajo, a llevar una vida difícil. Pero para un príncipe, ser el único significa que se es el Rey.
Apenas acababa de cumplir 16 años y había regresado de un viaje que salvó su vida pues durante éste, su reino fue invadido y los enemigos de su familia derrotaron con velocidad. No tomaron prisioneros. Destruyeron muchas casas, acabaron con quienes pusieron resistencia y dejaron el reino casi en ruinas.
Layan intentó gobernar pero no sabía qué hacer. Pronto hizo venir a los mejores consejeros, sirvientes y soldados de lugares cercanos, la riqueza con la que lo habían dejado le permitía muchas libertades. Por suerte, su familia era precavida y contaban con tesoros escondidos en lugares aun más escondidos, secretos que casi nadie sabía.
Laya se convirtió la cara de su reino, una bella cara por cierto, ojos azules, piel blanca de esa que se sonroja fácilmente y cabello castaño que brillaba rojizo bajo el sol.
El poder se movía sin que él supiera ni hiciera nada y realmente nunca se emocionó mucho en aprender. Acostumbraba sentarse en su trono a ver a la gente y dejar pasar el tiempo aburrido.
Un día tuvo una idea, para llevar una vida menos gris y ayudar a su gente ofreció recompensas a aquellos que fueran a visitarlo y lograran entretenerlo un rato.
Al principio fue una gran idea, la línea de espera para verlo era enorme, llena de músicos, poetas… y otros con talentos un poco menos convencionales… Layan nunca olvidó a aquél sujeto capaz de leer la mente de su compañero (en realidad prefirió no descubrir cual era el truco).
Luego todo comenzó a darle igual. Cada día se convirtió en una copia del día anterior, cada persona cantaba el mismo himno, bailaba la misma danza, hacía el mismo dibujo para él. Mientras su pila de retratos aumentaba, su soledad también y su rabia. Decidió aumentar la recompensa y también comenzó a castigar a aquellos cuyo acto no hubiese disfrutado.
-Soldado, azótalo- Se volvió una frase de costumbre para Layan.
Sus súbditos ya no lo querían. Sus jardines antes llenos de gente se marchitaban solos y el tiempo seguía arrastrando a Layan al final.
Meses, más meses, años… Ya casi era incapaz de recordar la desesperación que vivió los 16 cuando tuvo que decidir su vida y la vida de toda su gente. No recordaba qué se sentía conversar, qué se sentía cenar acompañado, dormir bien, jugar… Sólo se sentaba con la mirada perdida y la cara hacia la puerta esperando, pero el miedo a los azotes, los encierros y los castigos hizo que nadie regresara a verlo.
Nadie de ese reino estaba dispuesto a acercársele.
Miraba hacia la puerta cuando escuchó ruidos como los que hace un caballo. “Seguro era un soldado”, pensó Layan.
Minutos después alguien llamaba a la puerta. Le hicieron pasar al centro de la sala donde todos pudiesen ver, incluso Layan desde su trono en lo alto de un balcón sobre la sala.
No se podía distinguir a la persona, una capa de seda roja con bordados dorados impedía ver la cara o cualquier otra cosa que no fuesen sus manos, estas últimas las cubrían guantes de seda verde.
A sus espaldas cargaba dos tubos de madera colgando, uno casi de su tamaño y uno del tamaño de una zanahoria.
-¿Quién eres?- Preguntó Layan desde arriba.
Con el rostro aún cubierto y la mirada amenazante de todos los soldados quien acababa de llegar sacó del tubo pequeño un pergamino y lo entregó a un soldado.
Layan lo vio y reconoció en él su sello, era el mismo anuncio que años atrás publicó en su reino ofreciendo recompensas a cambio de entretenimiento o conversación agradable.
No lo había pensado antes, pero era lógico que se corriera la voz por tierras cercanas y se acercara algún desconocido que a diferencia de sus súbditos, no le temiera.
-¿Con qué motivo has venido? ¡Descúbrete ante mí!- Los guardias apuntaron sus lanzas aun más de cerca, pero sin tocar su capa, hasta ellos reconocían que era algo demasiado hermoso para dañarlo. Y no fue necesario pues Layan fue obedecido.
Ella por primera vez durante su largo viaje descubrió su rostro. Layan nunca había visto a alguien así. Definitivamente era una mujer, pero no se parecía en nada a aquellas que había visto durante toda su vida.
Su piel era pálida con un débil tono amarillento, sus enormes ojos eran negros y alargados, como si los hubieran halado hacia arriba. Era de estatura pequeña aun para ser mujer y era muy delgada. Pero lo que más le llamó la atención a Layan era el cabello de la joven, largo hasta las caderas, perfectamente liso y del negro más oscuro que Layan alguna vez pudo ver.
Ella no tenía nada de lo que él estaba acostumbrado a ver en una mujer, no tenía hermosos vestidos armados y decorados con encaje y flores de tela, no tenía hermosos ojos azules ni mejillas rosa. Tampoco tenía suaves bucles dorados o rojizos recogidos ni adornados ni llevaba alguna prenda de joyería. A él, ella le parecía de otro mundo.
Ella se quitó sus guantes verdes y buscó en el tubo grande de madera que colgaba de su espalda un instrumento parecido a una flauta, pero mucho más largo y grueso.
Una emoción inesperada recorrió a Layan pues supo que estaba a punto de escuchar su sonido por primera vez, supo que su día no era una repetición sin sentido del anterior.
Ella se quitó la capa y la dobló dejándola en el suelo junto a ella. Layan pudo ver su extraña vestimenta de seda. Un traje muy raro, blanco tan puro que brillaba con pequeñas hojas de algún árbol desconocido para Layan bordadas, no era exactamente un vestido en la parte de arriba, con un gran lazo verde oscuro en la cintura y caída recta en las piernas.
-¿Quién eres te pregunté?- Insistió Layan curioso como nunca antes.
Ella con el debido respeto hizo un gesto pidiendo silencio y comenzó a tocar el instrumento.
Una canción suave con cambios de tono frecuentes pero bien hechos, un sonido inusual, más delicado que las canciones locales. La gente de la tierra de ella conocía la música con mucha profundidad, sabían que las notas podían combinarse maneras infinitas y aun así mantener armonía, sabían que se puede evocar sentimientos eternos con una sola canción.
Ella tocó concentrada cada vez con mayor intensidad durante largo rato. Logró llevar a lágrimas a los soldados y a los consejeros de Layan, incluso a él mismo. No de tristeza, de emoción, su canción fue capaz de llegar al corazón de cada uno en la sala, de hacerlos sentir que vivían el mejor momento de sus vidas por un instante.
Luego de terminar, ella guardo su instrumento y esperó una respuesta.
Layan limpió su rostro y dijo: -Tócala de nuevo-.
Ella continuó recogiendo sus cosas.
-¡Tócala de nuevo te dije!-.
Ella lo vio fijamente, dio media vuelta y decidió abandonar el lugar pero no pudo debido a las múltiples lanzas cerrando su camino.
-Obedece a su majestad Layan-.
Por primera vez, y despejando la duda acerca de su capacidad para entender sus palabras, la chica habló: -Yo he venido, no imaginan de cuan lejos, para probar mi talento y demostrar que soy digna de la recompensa de su Rey. Él la ofreció y debería cumplir con honor. Si no está dispuesto, debería al menos dejarme ir sin nada pues en ningún modo le he causado mal a él-.
Layan bajó de su trono hasta la sala y se acercó a responderle: -Si me has hecho mal pues te niegas a obedecerme-.
-Usted es un Rey, más no el mío-.
Suspiros llenos de indignación acompañaron el comentario. Layan molesto le explicó su menaza: -Soy Rey de todo aquél en mi territorio. Si no tocas de nuevo tu canción haré que te azoten y serás mi prisionera. Haré que te arrepientas de tu arrogancia niña estúpida-.
Ella tendió sus manos para ser apresada y le dijo a Layan: -Lo que sintió la primera vez que me oyó no se va a repetir si toco de nuevo pues ya sabe mi canción y le aburrirá. Ese pergamino no es lo único que sé sobre usted, también conozco las historias de castigos y exigencia sin sentido. Admito que fue mi error venir y sé que aunque toque me hará su prisionera-.
-¡Mientes necia!- dijo Layan incómodo.
-Es cierto. Si acepto una vez, no sólo estaré aquí atrapada sino obligada a tocar las veces que usted quiera pero si me niego simplemente estaré aquí atrapada-. Era un buen punto pero no la salvó de pasar la noche en un calabozo y recibir algunos azotes en la espalda.
Lloró un poco, pero no estuvo dispuesta a obedecer a Layan.
Cada día de esa semana él bajó a pedirle que tocara de nuevo, con prepotencia, con amabilidad, con rabia, con frustración… Cada día su petición era la misma pero su sentimiento cambiaba.
Pasaron dos, tal vez tres semanas y Layan la dejó tranquila, aun presa, pero en una habitación, sin azotes y con comida más o menos buena. Esperaba que si él cedía un poco, ella también, pero no funcionó. Él se dio por vencido más no liberó, aun le dolía en su orgullo la desobediencia de ella.
Los siguientes dos meses llevaron a Layan a una depresión horrible. Antes de conocerla vivía días grises, pero no recordaba la vida de otro modo en cambio ahora había probado felicidad y no había durado más que unos minutos. Decidió visitar a su prisionera a quien encontró sentada en el borde de la pequeña cama que tenía.
Se vieron un rato en silencio. Luego Layan dijo: -Perdona lo mal que te he tratado. Esta noche mandaré a arreglar todo para que te vayas-.
Ella notó el cambio y respondió: -Gracias, en casa ya deben pensar que he muerto-.
Layan sintió con ese comentario un gran arrepentimiento y admitiendo que ella merecía una explicación dijo: -Recibirás una gran recompensa y nunca volveré a saber de ti…- Pensó un momento en silencio y algunas lágrimas se dispersaron por su cara mientras siguió hablando: -Nunca entenderás lo que es ser yo. Lo que es no tener a nadie que se preocupe por ti,… Me protegen porque soy el rey, pero sé que no me quieren y sé que lo merezco. Me llenó de rabia el no poder volver a escuchar tu canción pues por un momento fui feliz y ahora siento más el dolor. Pero debes irte, y ya no te retendré aquí para nada-.
Mientras ella recogía sus cosas escuchaba el llanto que Layan inútilmente intentaba disimular. Se llenó de lástima hacia él y como despedida tocó una canción que había creado mientras estuvo prisionera. Tocó sólo unos segundos y luego cantó con su voz suave un rato más.
Layan estaba sin palabras, sintió que todo iba a estar bien y se llenó de alegría. Cuando ella terminó, corrió a abrazarla con fuerza cual una hija que regresa después de años sin ver a su padre.
Ella entonces tuvo que admitir algo: -Me alegra que le haya gustado, y ahora que me libera admito que temo pues no tengo a donde ir. Mentí cuando dije que en casa me creían muerta, no tengo casa. Vivo errante y cuando vi su nuncio me dediqué a buscar el lugar donde podrían apreciarme. Pero no quería ser una esclava y por eso no acaté su orden, siempre he sido muy libre y no pude controlar mi enojo ante ser forzada-.
-Entiendo…- Layan aceleró el paso y se paró en la puerta de sala impidiendo a medias la salida.
-Esta vez no es una orden, es una propuesta… ¿Por qué no te quedas en mi reino? Este será tu hogar y te cuidaré como a una princesa, a cambio tú enseñarás a la gente sobre música y así querrán volver a mis jardines… Todo mejorará y este castillo gris se llenaría de felicidad como hace tanto tiempo, piénsalo, por favor-.
La nueva actitud de Layan era mucho más agradable y ella aceptó con entusiasmo:
-Acepto el trato, con la condición que si un día decido partir, lo entienda y no me ate-.
Layan aceptó, pero ella llegó a ser tan feliz allá que nunca quiso irse. Todos la reconocían y la cantidad de aprendices que la seguía creció muy pronto. Incluso algunas muchachas bordaban hojas en sus vestidos y soltaban su cabello para parecerse un poco a ella.
Layan nunca fue capaz de pronunciar el nombre de la chica pues ni todas las letras que conocía ni los sonidos le permitían formar esa palabra con su voz, por ello, desde el día que decidió quedarse fue llamada Río.

Texto agregado el 30-10-2006, y leído por 318 visitantes. (11 votos)


Lectores Opinan
04-06-2007 ME RECUERDA UNA CANCION DE SUI GENERIS AUN QUE SOLO EN CIERTAS COSAS ESCUCHA ESTA CANCION SE LLAMA: TRIBULACIONES DE UN TONTO REY IMAGINARIO psicotrippy
03-06-2007 estilo y frescura son algunas de las caracterìsticas de tu relato. Ademàs de abundante fantasìa y buen manejo de las situaciones inverosìmiles. Saludos. Jazzista
10-01-2007 Lo primero al querer pertenecer a una comunidad literaria, es saber escribir. Ni idea tienes. PROP0ETA
29-11-2006 A ver, aquí cabe detenerse. Temí un final feliz de esos de culebrón pero me sorprendí con un final feliz de cuento iraquí o chino o japonés... Un hermoso cuento de esos que llegan a ser los clásicos de Sherezade. Con un soltura envidiable y con colores y músicas que ya se quisieran los consagrados. Hay oficio y frescura y más atributos tales que no alcanzan a ser conferidos por mi vocabulario... venicio
06-11-2006 me encanta leer estos cuentos tan frescos, tan imaginativos. transmites muchas emociones.***** maffer
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