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Todo estaba listo y era mi día. Las maletas hechas y las llaves del apartamento que sería mi nuevo hogar ya estaban empacados, y al igual que yo, listos para abordar. Nada podría dañar el mejor día de mi vida; mi “casi día de la independencia”.

Antes de llegar al aeropuerto, junto con mis padres decidimos hacer una parada estratégica en la casa de mi abuelita y mis tías para despedirme de todas. Cuando llegamos allá, ellas estaban muy tristes por mi viaje y me recibieron en medio de llanto, abrazos, bombas, carteles y regalos alusivos a mi despedida. En realidad no era nada tan grave, simplemente acaba de graduarme del colegio y me mudaba a Bogotá para iniciar mis estudios universitarios, motivo de celebración para mí y de tragedia para mi familia ya que “se les iba la niña”.

Mis tías, que siempre me han querido mucho y nunca han tenido hijos, me habían visto crecer todos los días de mi vida junto a ellas en Neiva y al parecer, este día sintieron que todo había terminado y que era hora de dejarme “libre” y de alguna forma, por mi propia cuenta... digo “de alguna forma” puesto que en lo que a finanzas se refiere, no dejaría, ni he dejado, ni espero dejar durante algunos años más de depender de mis padres. Era como si les quitaran un pedacito del corazón de cada una de ellas para llevárselo sin instrucciones y no volverlo a tener nunca más. Ese día se esmeraron más que nunca en bombardearme de recomendaciones y anécdotas que el tiempo y las circunstancias habrían impedido proporcionar con anterioridad.

Mientras dejaba transcurrir mi productiva despedida me olvide por completo de mi abuelita, y cuando la encontré, lo único que vi fue una parte de su cabellera plateada, muy bien peinada, y sus ojitos azules, muy azules, buscando mi mirada con picardía para darme señales de tener una conversación y una despedida las dos en privado. Ya sabía como eran las cosas con mi abuelita, siempre me ha consentido mucho -me da dulces y postres cuando estoy a dieta- y no le gusta sentirse inútil ni que le digan lo que tiene que hacer.

Aprovechando un momento de distracción masiva entre mis padres y tías, me deslicé casi imperceptiblemente entre muebles y columnas de las dos salas de la casa, hasta llegar finalmente al estudio desde donde era observada en secreto por mi abuelita Rosarito. Al entrar, noté que la expresión de mi “abue” había cambiado, ahora su mirada se tornaba nostálgica y melancólica, y sus ojitos, como dos charcos de agua, se derramaban sobre el rostro blanco y aporcelanado de la mamá de mi mamá; que entre sus manos y con un poco de vergüenza, sostenía afanada una pequeña imagen de la Virgen María Auxiliadora.

Tras algunos instantes de duda, mi abuelita, con una mano tomó la mía y con la otra dejó reposar la estatuilla entre las mías y por un momento las apretó. Y mirándome fijamente, me dio la bendición (católica) y entre llanto y abrazos y alegría por mí, me encomendó a la Virgen, que según ella, me protegería y cuidaría siempre que estuviera cargando con ella. Mi papá empezó a afanarme por la hora, entonces, di media vuelta y abracé a mi abuelita como si creyera que nunca más lo iba a volver a hacer, realmente no la quería soltar pero el tiempo aquejaba y ya había llegado la hora de partir.

Desde esa vez han pasado un poco más de cinco años, tiempo en el cual no han dejado de transcurrir muchas noches y muchos días cargados de diferentes tipos de energía. Y es el día de hoy que comprendo, que nunca he entendido si algún tipo de fuerza extraña recubre la imagen o es simplemente como si llevara un pedacito de mi abuelita conmigo; pero nunca la dejo y mientras la llevo junto a mí, nunca he estado sola.

Texto agregado el 31-10-2006, y leído por 81 visitantes. (1 voto)


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