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Inicio / Cuenteros Locales / gui / Fortunato y su fobia acuática

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Fortunato odiaba el agua. Entiéndase bien. No es que el hombre fuese un sucio impenitente, alérgico al aseo y a las abluciones. No. Lo que sucede es que entraba en estado de angustia cuando alguien le mencionaba -por ejemplo- la palabra piscina. Su rostro empalidecía a tal extremo que había que darle una palmaditas en la espalda, masajearle las manos y cuando los colores no regresaban por tales expedientes, era preciso abofetearlo lisa y llanamente para que volviese en si. Ahora, imagínense ustedes si alguien hablaba del mar en su presencia. El pobre Fortunato entraba en estado de coma, se desvanecía y caía al suelo como si fuese la hoja de papel del tema de Sandro. Y no tuviese alguien la genial idea de ofrecerle un vaso de agua para reanimarlo. Era peor, se los aseguro. Comenzaba a temblar y esa teluricidad suya (perdonen el neologismo) era el epílogo de una serie de violentas convulsiones que lo asemejaban en todo a un alcohólico al que le han saboteado su trago, cambiándoselo por agua pura. Visitó cuanto curandero le recomendaron, estuvo hospitalizado en las clínicas más prestigiosas, tomó cuanto medicamento le fue recetado, hizo penitencia, le practicaron regresiones para llegar a la raíz de su mal. Nada. Leyó cuanto pudo sobre el tema, era una enciclopedia viviente de todo lo relacionado con el H2O, pero la sola visión del elemento acuoso, ya sea en fotografías o en video, le provocaban terribles crisis de pánico. El día que estrenaron la película Impacto Profundo, no quiso escuchar noticias, ni ver la televisión y sentenció, a quien osara mencionarle el tema, a castigarlo con el ostracismo más absoluto. Cosa seria el Fortunato este. Si debía consumir el elemento vital, este debía llegar a sus manos por medio de una esponja henchida que el estrujaba cerrando los ojos.

No parecía tener cura este mal y Fortunato vivía en medio de la angustia de saber que su terrorífica fobia constituía las tres cuartas partes del globo terráqueo y que su propio cuerpo estaba formado en un grandísimo porcentaje por este elemento. Algunos aprendices de mago le aseguraron que en una de sus otras vidas debió haber sido un terrible pirata que pagó muy caro todas sus atrocidades y seguramente fue lanzado al mar atado de pies y manos y con un gran bloque de cemento bajo sus pies. Consultó diccionarios, investigó todo lo que pudo investigar sobre piratas que llevasen su nombre o su apellido pero tampoco sacó nada en limpio de aquello.

Cierta tarde, una anciana golpeó a su puerta. Decía ser enviada por sus antepasados y que traía la cura para su mal. El hombre, apesadumbrado pero con la desconfianza relumbrando en sus ojos, la hizo pasar. La mujer extendió sobre la mesa una especie de mapa muy estropeado y le manifestó que allí estaba la clave de su mal. Fortunato abrió tamaños ojos cuando leyó lo siguiente: “El tercer día del tercer mes del año dos en par, los mares regresarán a lo profundo, entonces Fortunato regresará a su fortaleza”. La vieja le entregó el pergamino a cambio que realizara la travesía. El pobre hombre accedió con la condición de ir con los ojos vendados.

Pues bien. La fecha señalada en el documento se cumpliría dentro de tres meses, tiempo suficiente para que Fortunato ensayara su trascendental caminata en los arenales de los terrenos baldíos. Allí, metódicamente, daba tímidos pasos, al principio, para ir ganando en prestancia y seguridad en los días siguientes. A pocas jornadas de la gran cita, el hombre hasta se atrevió a tomarse una pizca de agua en un dedal, no sin sentir que se mareaba, por lo que debió ser auxiliado por sus amigos.

El día estipulado amaneció radiante de sol. Fortunato se vistió de blanco para aventar a las malas influencias y pañoleta en mano, tomó el autobús que lo llevaría a la costa.

No bien olió la brisa marina, se apresuró en autovendarse los ojos, siendo desde ese preciso instante un minusválido que requirió de múltiples auxilios ya sea para bajarse del autobús, para que se le orientara en su trayecto a la playa y para no tropezar con los numerosos escalones que lo conducirían a su cita con el destino.

Caminó con paso vacilante. La arena estaba humedecida pero eso no lo arredró. Infló su pecho con gallardía y hundió sus blancos mocasines en esa suave alfombra salina. Su fe era enfermiza. Se internó más y más en el lecho marino sin que hubiese atisbos de olas ni rumores de agua atemorizando su paso. Caminó su buen kilómetro eludiendo conchas marinas, pequeñas rocas y restos de basura dejada por los bañistas. Su corazón rebozaba felicidad, al parecer, estaba cercana la hora de su total cura. Y comenzó a entonar, en el colmo de la osadía, el popular: “En altamar había un marinero,,,” Un estruendo parecido al trote de varios millones de elefantes, lo sacó de su festiva actitud. Envalentonado, pensando que los dioses acudían en masa para exorcizarlo, se quitó la venda de sus ojos para contemplar horrorizado como una enorme mole verdosa se abalanzaba sobre la costa. Su corazón, ya gastado por centenares de miles de angustias procesadas, se negó a continuar latiendo y Fortunato, con los ojos desorbitados, fue un trozo de quilla de un barco despedazado, una merluza victimada, un pulpo enredado en sus tentáculos, pobres y vulnerables roqueríos que en breves segundos fueron aplastados por millones y millones de metros cúbicos de agua, el principal componente de nuestro querido planeta y que ahora llegaba investido de tsunami, como le dicen los japoneses, maremoto, como le decimos nosotros y predestinación como debe haber alcanzado a musitar el pobre Fortunato antes de tomar posesión de su espantoso legado.

Texto agregado el 30-01-2004, y leído por 1040 visitantes. (4 votos)


Lectores Opinan
07-02-2004 hasta ahora. una fobia llevada al extremo, la ironía que la envuelve atempera lo dramático. un saludo amigo. Martin_Abad
31-01-2004 Jeje hay tantas de esas fobias por aquí jejeje; buen texto, besitos de agua AnaCecilia
30-01-2004 Pobre Fortunato. Mis estrellas a su pánico. Jean_Paul
 
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