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Inicio / Cuenteros Locales / mariog / DEL OFICIO LITERARIO (2)

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Esta segunda parte del presente ensayo no tiene otro objeto que explorar otros costados de este oficio que nos encuentra permanentemente ocupados, en constante zozobra, en elaboración diaria. Uno de los flancos de asedio más complejo es el que nos identifica como ávidos lectores. Actividad que nos es tan propia como la creación. Que nos ofrece la maravillosa posibilidad de confrontar con otros que se han dedicado a lo mismo o que aún lo hacen. Leer no debería representar ningún conflicto... si no anduvieran dando vueltas tantos prejuicios.
Una de los primeros reparos que debemos perder es el de rendir pleitesía a determinados “monstruos sagrados”. Tal superioridad es infundada. Posiblemente se deba a algún comentarista literario pago por editoriales, a una ignorancia generalizada, al entusiasmo de grupúsculos de maestros de letras. Cada quien que escribe tiene su propia visión del mundo. ¿Qué justifica que la de Borges sea más calificada que la mía? ¿Qué razón tiene proponer al Quijote como superior a La naranja mecánica? En todo caso no serían más que postulados comparativos propios de un ejercicio de Estilística, de gusto y efectividad dudosa.
Caída esta traba inicial, nuestro horizonte creativo se vuelve infinito: todo es susceptible de ser dicho, por más que otros ya lo hayan expresado en sus libros. Sus libros. Segunda gran valla. ¿Es posible editar? ¿Cómo se llega al texto impreso? Por estas latitudes –nuestra patria en la República Argentina-, el tema ofrece una gran complejidad que veremos de ir desmenuzando ya que asombrosamente es muy escaso el número de escritores que conocen a fondo esta cuestión.
En Buenos Aires residen las editoriales de sello reconocido. Con las cuales es posible publicar... siempre y cuando se disponga del dinero necesario y de la paciencia para hacer un negocio a pérdida desde la sola firma del convenio respectivo. Todos los beneficios –si los hubiera, claro-, son para los editores quienes no sólo pagan impuestos irrisorios sino que además manejan la distribución de los libros, quedan exentos de todo control de reimpresiones y cuando se les da la gana, abonan al autor el 10% del precio de tapa al que la legislación vigente los obliga.
¿Y los autores que no poseen los medios para encarar este despropósito? No publican. Pasan a ingresar la legión de “los sin libro”. Salvo que tengan la fortuna de tropezar con algunos editorzuelos conocidos como “antologistas” que en bellos volúmenes compilan centenares de cuentos y de poemas al módico costo de entre $ 20.00 y $ 50.00 por autor y por página y con el consecuente cobro de otro tanto por libro publicado. No será muy bonito, pero uno siempre encuentra el consuelo de compartir una edición con algo de Cortázar, algunos versos de Pedroni o fragmentos de Roberto Arlt, ya que para jerarquizar tales publicaciones, los editores no vacilan en hurtar lo que sea.
Una tercera posibilidad (cada vez más difundida en estos tiempos de crisis), la ofrecen editores cuentapropistas, nacidos al costado de los multimedia editoriales –grupos empresarios que aquí ya no se limitan a la publicación de libros sino que también manejan medios de comunicación masivos e industrias variadas-, que si bien no garantizan redes de distribución, por lo menos aseguran dignidad a su producto y respeto a los autores, además de una inversión razonable y la posibilidad de obtener alguna ganancia.
Esto nos advierte sobre una generalizada no profesionalidad de los autores literarios. Casi ninguno vive de lo que publica. Salvo, claro, los “consagrados”, esa élite celosamente protegida por las editoriales que representa, de alguna manera, la “literatura oficial” y cuyos libros suelen engalanar las vidrieras de las librerías, a precios que nunca bajan de un piso promedio de 20.00 pesos. Obviamente, estos grupos selectos son los invitados permanentes de la Feria del Libro que desde hace mucho tiempo ha dejado de ser un puente entre los autores y el público para transformarse en un show de editoriales.
Y sólo hemos descrito la situación en la ciudad de Buenos Aires. A medida que nos alejamos de esta Capital, las posibilidades van mermando hasta extinguirse por completo. En las provincias del interior, los poetas y narradores quedan librados a su propia suerte. O a la desgracia de topar con algún imprentero autoconvencido de ser un editor sólo porque dispone del equipo suficiente para imprimir libros. Con la misma pasión que confecciona almanaques, tarjetas personales o formularios de sueldo.
La protección legal a los autores es otra asignatura pendiente de la legislación autóctona. Hacia mediados del primer gobierno de Hipólito Yrigoyen (presidente entre 1916 y 1922), se dictó un decreto que instaló el tema. Recién hacia 1956, en épocas de la Revolución Libertadora, se dio forma a lo que luego sería la Ley 11.723 de protección de obras inéditas que pese a ser una ley federal nunca habilitó bocas de inscripción fuera del ámbito de la Capital. Desde los ’90 existe una Ley del Libro, afortunadamente nunca reglamentada, cuyo anteproyecto fue dictado a los legisladores por los representante de las editoriales, en perjuicio de los escritores y para continuar obteniendo ganancias millonarias a sus espaldas.
Este panorama lamentable no quedaría completo si dejáramos de lado el tema de la lectura. Salvo casos excepcionales de algunas Provincias cuyas legislaturas instituyeron Fondos Editoriales propios, el sistema educativo (es decir, autoridades, teóricos, docentes) ha dado preferencia a un “corpus” de lecturas obligatorias que las mismas Editoriales ya aludidas inyectan año a año en las aulas a través de sus representantes comerciales. De aquí surgen ciertos textos que definimos como “manuales sobaqueros” y sin los cuales muy pocos docentes podrían desarrollar sus paupérrimas clases de literatura. Que por otra parte quedan siempre fuera del tiempo, en cerrado culto a los mentidos “monstruos sagrados” y alimentando en los jóvenes más prejuicios, más infundios y un amplio y contagioso desprecio por el cultivo lector.
Tal es la situación actual. Tales los obstáculos. Tales los conflictos. Y sin embargo, cada vez hay más escritores. A contrapelo y en rebeldía. Contestatarios. Majestuosos en ese esfuerzo inhumano de hacer oír su voz pese a todo. Cosa que, por otra parte, es posible hacer. Comprendiendo que en la Patria escribir es una forma de resistencia. Y publicar, un medio de mantenerse activo. Y así como muchas veces llama la atención la multiplicidad de estas vanguardias –en las que no sólo revistan jóvenes-, también asombra la excelencia de sus trabajos que fuera de nuestras fronteras suelen encontrar el reconocimiento y el aplauso que aquí se ahorra para los propios y se derrocha en extraños...


Mario G. Linares.-

Texto agregado el 01-02-2004, y leído por 487 visitantes. (1 voto)


Lectores Opinan
10-03-2004 Maravilloso, te agradezco este escrito ya que (aunque es y quizá siempre sea una utopía en mi el publicar, será por mi corta edad no lo sé) me informó sobre lo que para mí era un extraño secreto cubierto de polvo, un sueño en la obscuridad, algo tan lejano. Lastima que aquí sea aun más difícil, ya que tengo demasiado con los sueños y con las dificultades que me entrega el escribir (los errores que aveces no puedo superar, pero intento) también tengo la de vivir fuera de la capital y con la graciosa suerte de vivir cerca (en rosario). La opinión del mismo es igual o mejor que el anterior. A este lo encuentro hasta educativo y optimista. Saludos y abrazos. Bruno. BrunoJade
16-02-2004 Ja,ja, muy bien escrito, es cierto, escribir es una forma de resistencia. Sobre las editoriales y las ferias del libro, compartó absolutamente tus juicios, es un desfile de casas de edición y de los intocables de la literatura, que no le dan cabida a nada, a menos, claro está, que tengas mucha plata. A pesar de todo uno siempre se encuentra con ulgún editor regalón, que aún le tiene fe a la poesía y a los nuevos, siempre y cuando, no quieran meterte en las antologías, que muy bien explicas en el ensayo. Bien Mariog, eres todo un profesor, se nota que el tema te toca y también te quema. Para serte franco opino muy parecido, menos en los monstruos literarios, porque, sí creo que existen, y no me refiero sólo a los clásicos y consagrados, me refiero a los que tienen versos nuevos, o alguna postura fresca frente a su prosa. Ya no aburrimos del Yo excesivo y del relismo mágico a ultranza y obligatorio. Muy buen relato, ya iré por los otros, nos vemos. evaristo
 
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