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Inicio / Cuenteros Locales / Rayables / Mi Viaje de Egresados 2da Parte

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Después de bajar de la montaña y haber comido un asado gratuíto, regresamos a la hostelería pensando que no sería posible tener otra aventura que comparase con la que habíamos tenido. Bueno, al rato pasó Alfredo, un amigo re-loco, músico, punk, con un poco de merca, y después de haberla acabado fuimos por más. Saliendo de la hostelería, nos tomamos un ácido para olvidarnos un poco de las ganas que teníamos de seguir tomando. Terminamos en el casino en el momento en que el ácido nos empezó a re-pegar. “Esto será fácil” pensé. “En este estado soy capaz hasta de predecir el futuro. Pondré cinco dólares en rojo ya que sé que va a salir.” Puse el dinero en la mesa y enseguida el empleado del casino dijo “rojo gana”. Pero cuando miré a la mesa me di cuenta que había puesto la ficha en negro. Así que me retiré medio confundido y me topé con Willie, que estaba re-loco. “Willie, ¿Cómo te va?”
“Gané cinco dólares.”
“¿O sí? Acabo de perder cinco, vámonos mejor.”
“Ya, pero tenemos que encontrar a Alfredo.”
“Sí, mirá, acá viene.”
Saliendo del casino Alfredo nos avisó que le había comprado más merca a uno de los empleados de ahí. En camino a la hostelería nos encontramos con un amigo de Alfredo que tenía auto, y después de pasarnos la noche tomando merca, se ofreció a llevarnos a un pueblo llamado El Bolsón, conocido por algunos como “el cementerio de los drogadictos”. Después de haber comprado otro paquete (mucho más grande), prendimos viaje.
Había que viajar unas cuantas horas para llegar a este pueblo, y como el camino no estaba pavimentado y el que iba manejando era un loco, en sí fue otra aventura espeluznante.
De una manera u otra, llegamos a El Bolsón y lo primero que hicimos fue parar en un lugar donde vendían licores caseros. Tomamos un par de litros de licor de guinda y un par de licor de cereza, y luego le di una pitada a un faso del más rico que se llama epuyén. Fuimos a una hostelería de ahí para conseguir un cuarto, y después de hacerlo tomamos más ácido y nos alquilamos unos caballos.
Ibamos subiendo un cerro a caballo, cruzando por un campo, cuando salió un viejo a dispararnos con una escopeta. Salimos al galope, pero pronto llegamos a un lugar donde había mucho lodo y el caballo de Willie se empezó a asustar y a querer tirarlo. Como yo sabía montar mejor que él, hicimos un intercambio de caballos hasta pasar por esa parte peligrosa. Desmonté y le ajusté la cincha que se había aflojado un poco, pero luego a Willie le resultaba muy difícil subirse al caballo. Alfredo y yo nos reíamos a carcajadas viendo sus intentos frustrados hasta que por fin le hice el hinca pie para ayudarlo a subirse, y entre puteadas de “porteño de mierda” y otras cosas parecidas logré hacer el esfuerzo necesario. Willie cayó de golpe sentado arriba del caballo y éste lo tiro de un solo brinco. Willie cayó parado pero medio corriendo hacia atrás para no caerse, hasta chocar de espaldas contra un cerco del cual rebotó y ahí se quedó medio mareado pareciéndose a un boxeador que estaba por quedar “noqueado”, cosa que nos provocó más risa.
Al regresar al lugar donde vivía la señora que nos había alquilado los caballos, Willie y Alfredo estaban riéndose a carcajadas preguntándole a ella si vendía cerveza mientras la señora nos gritaba “¡dónde está la manta! ¡dónde está la manta de este caballo!”. Ya que nos iba a cobrar la manta, y bastante caro, le pedí que me prestara el caballo al que le faltaba la manta, que era el que Willie había montado, y la señora dijo que sí, pero que sería inútil porque ese caballo se iba a querer quedar en casa ya. Me subí a pelo, de un solo salto, mientras la señora me seguía diciendo que no iba a poder hacerlo andar, y Alfredo seguía preguntando “¿no vendés cerveza?”. Salí al galope sin problema alguno, hasta al llegar a un lugar del camino donde el caballo se paraba y reusaba avanzar. Le daba media vuelta y el caballo regresaba bien, otra media vuelta y el caballo se reusaba a ir más lejos del mismo lugar. Después de hacer lo mismo varias veces, me enfadé y me bajé para agarrar un palito. ¿Qué creen? Sí, ahí mismito estaba la manta. Claro que abracé al caballo y lo caricié agradecido.
Después de regresar con la señora, y luego de llegar al cuarto de la hostelería, pasamos otra noche tomando merca y encima vodka, hasta que quedamos tan dado vueltas que tuvimos que sacar turno para hablar. Luego nos dormimos ya de madrugada, y ¿qué creen? nos despertamos cincuenta horas más tarde debiendo tres días de estadía. La dueña de la hostelería hasta pensó que habíamos muerto por el tiempo que había pasado sin vernos. Encima había nevado un metro y el camino a Bariloche estaba cerrado y no pensaban poder despejarlo por una semana. Suerte que Alfredo tenía un amigo ahí que nos ayudó, porque ya nos habíamos quedado sin dinero y quizás hubiéramos hecho otra contribución al apodo del pueblo.


Texto agregado el 03-02-2004, y leído por 240 visitantes. (0 votos)


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