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El Ungido

Uno.

Su carrera partió en la brigada del tránsito de segundo básico, promediando los ochenta. Hay una foto de él en casa, sobre el arrimo, peinado con pulpa de membrillo. Es una polaroid, de esas que parecen escenografía de marionetas, de las que encienden la felicidad. Pasó por el regimiento pero luego, en su etapa de alcohólico, el Saúl Barraza sería el informante de la DINA en los topless de paseo Puente. Un par de cursillos con los ratis, para terminar de suboficial en la Central de Informaciones. Estudió electricidad básica en el Liceo de la Quinta Normal, y por ahí se fue armando una carrera funcionaria. Era bueno para la talla y para la pelota, así que siempre fue bien acogido en todos lados, en general como siempre les va a los del montón.

Un día, años ochenta, milicos hasta en la sopa, el Saúl llegó con el circuito eléctrico - dibujado en un pedazo de cholguán - donde el sargento Rozas. Aquella vez se lo dibujó hasta en la pizarra. Un día después ya lo probaban sobre un somier de esos con armazón de roble y malla de acero, con figuritas, para darle su valor agregado. El primer conejillo de indias fue un gato que solía meterse en el casino. Su aspecto post mortem, semejaba mucho al de un estofado de conejo. La segunda fue una paloma; el tercero el locutor de la radio colorada de Maullín; el cuarto el Presidente de los ferroviarios; el quinto el intendente; y así sucesivamente.

La parte eléctrica estaba a su cargo. Él mantenía el cableado en perfecto estado, el stock de guincha aisladora; los switch de 50 amperes, el agua y los paños mojados. Los únicos días que se descansaba eran para los cortes de luz, casi siempre originados por las cadenas lanzadas con malicia al tendido de la calle. En esos días sin luz pasaba las horas metido en los calabozos de las mujeres más entraditas en carne, como a él le gustaban. A cambio de cigarros se ganaba al menos una conversación amena. No era muy amigo de quedarse a ver cómo le daban a los presos cuando no había corriente. Ya con los gritos era suficiente. Sin embargo la costumbre no te zafa del brazo. Como debe pasar con los sepultureros, imagino, también con los matarifes, hasta con los mismos milicos inclusive.

Dos.

El Saúl era el tambor mayor de la banda cuando se puso para la foto con el General. Ese día fue genial, porque en la mañana pudo ver de cerca al tony caluga, el mismo del festival de la una, el de la tele. Iba sobre la capota de una citroneta pintada como colage, meneándose como sirena. Junto a su madre habían ido a la sastrería de San Pablo con Matucana a buscar el disfraz de soldado con el que le entregaría un ramo de magnolias al mismísimo Capitán General. El megáfono de la citrola hizo retumbar los vidrios de la vitrina. En su mano Saúl tenía dos pesos. Los mantenía bien custodiado, a la espera de dar con el quiosco donde vendían los chocolates con envoltorios de banderas.

Como a las dos ya estaba vestido y bien peinado en la sede de la junta de vecinos. Allí don Augusto Pinochet, cortaría la cinta tricolor para la entrega de la segunda etapa de la población. Su madre tenía tiritones de lo nerviosa que estaba. Afortunadamente las señoras del patronato habían preparado una recepción para el Presidente, en las que los canapés y las bebidas de fantasía no faltaron.

Al Saúl lo que más le impresionó aquella vez, fue lo blanco que era el anciano; y sobre todo le impresionó la capa plomiza y el enorme anillo de oro, que resplandecía en su dedo anular. El caballero aquella tarde portaba un bastón de plata con incrustaciones de rubíes. Cuando el hombre lo tomó entre sus brazos para la foto, Saúl sintió calarse en sus narices un intenso olor a jabón. Al otro extremo de la reja de seguridad, su madre caía de espaldas por la pura emoción.

Tres.

"Sólo se que detrás de aquel muro hay un terrorista muerto. Según mi capitán Pardo, me lo eché yo mismo. No hallo cómo esconder esta maldita mancha de pichí que al principio me quemó como cazuela hirviendo la pelvis. Llegué incluso a pensar que me habían dado un tunazo. Tengo una sed de los mil demonios. Nos mandaron chicoteados gracias a un decomiso en Pudahuel. Ahora mismo el miedo hace que mi mano se doble con el peso de la pistola. Nunca pensé que me tocaría enfrentar a los comunistas del frente Manuel Rodríguez. Inclusive los detectives del cuartel me hicieron pensar que se trataba de una pura invención de la Dictadura. Que como los marcianos, los terroristas no existían. Por lo menos eso fue lo que me tocó ver a mí cuando estuve a cargo de la parrilla eléctrica. Fueron puros seres comunes y corrientes. Me tocó tirar a la parrilla a profesores del liceo; a viejos conocidos de infancia; a don Tito que vendía sandías en la feria rotativa y que tenía los coquitos como nísperos; pero jamás me tercié con un comunista, ni mucho menos con un terrorista. Siempre los vi muertos en la tele, después de los enfrentamientos. Sin embargo poco era lo que uno podía ver, porque siempre los mostraban tapados con diarios."

"Percutar el arma recién me sacó una ampolla. Ahora la mano también me sangra. Cuando sentí la picada en mi pierna supe de inmediato que una bala me pasó rozando. De allí no me moví más. Me quedé tieso sentado en el piso apoyando mi espalda en una enorme viga de hormigón. Escuché que alguién gritaba mi nombre con desesperación. Le recé a la virgen del Carmen para que los comunistas no me descubrieran. Mastiqué harto chicle, antes que me encontraran los pacos. Aparecí en la tele. A mi cabro chico le dieron la beca Presidente de la República y todos los meses mi mujer fue a buscar leche en polvo gratis a la posta, por mi acto heroico."

Cuatro.

"Eran como las tres de la tarde cuando mi sargento Rozas me pasó a buscar. Afuera de mi casa en Peñalolén, los micros amarillos armaban un alboroto insoportable. Desde que don Ismael Rozas pidió su retiro, pocas veces supe de él. Había que cambiar los cuerpos de lugar. Excavamos como siete horas en las faldas del cerro Renca, pero del lado que da para Quilicura. Habían pasado años y mi sargento no demoró tres minutos en dar con la roca pintada de un blanco añoso y corroído. Desde que los Juzgados comenzaron a citar a los oficiales, los mensajes me llegaban de todos lados. Estaban pagando harta plata por borrar las fosas comunes. La verdad es que no nos costó tanto porque por los años transcurridos, los restos que quedaban eran puros huesitos. Yo mismo me traje algunos de adorno. Algo que me quedara de un comunista, ya que nunca pude ver uno. Ni siquiera al que dicen que maté en el hospital abandonado de los Salesianos, en plena trifulca hace años, antes que me dieran de baja."

Texto agregado el 05-12-2006, y leído por 215 visitantes. (7 votos)


Lectores Opinan
19-05-2007 Al ir avanzando en la lectura de tus textos me sigues sorprendiendo. Utilizas la crudeza como recurso y el desenfado como ingrediente activo. Muy bien. Saludos. Jazzista
04-05-2007 el Saúl Barraza, uno más del montón, tratando de sobrevivir aprovechando lo que viniera, sin hacerse preguntas y sin el menor remordimiento. Es un cuento terrible, que estremece e indigna ante la falta de conciencia y de empatía del protagonista. La forma desapasionada del relato que no se indigna, que no clama ante la falta de humanidad de ese hombre y de tantos otros como él, lo hace aun más impactante. Un relato extraordinario. loretopaz
11-12-2006 Me gustó mucho, no solo el texto en sí, también tu narrativa.*****. Un saludo de una jaenera. currilla
09-12-2006 ...comparto contigo que probablemente así no más es, así de caradura, así de patético, de sin sentido, de des-ideológizado, que un tipo cualquiera, no especialmente un desgraciado se encuentra en el lugar y el momento nefasto y hace cosas horrendas. Tesis convincente. libelula
06-12-2006 muy bueno, con tu toque de cruda realidad. Excelente con poco adorno burbuja
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