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¿Qué es el amor? ¿Una atracción física entre dos seres de una misma especie que ideó la naturaleza como dulce trampa para, de este modo, perpetuarse una y mil veces? ¿Un compromiso adquirido por un ser consigo mismo y que necesita imperiosamente verlo reflejado en otro ser para revalidarse como elemento trascendente? ¿Un limpio y puro sentimiento que nace por el imperativo de diversas atracciones y cuyo objetivo es simplemente dar y entregarse?

Sea lo que fuese, Tomás, desvelado, se revolvía en su cama y repasaba lo que habían sido sus experiencias amorosas. Un inventario de desaciertos que lejos de tranquilizarlo, lo mantenía en ese exasperante estado de vigilia. Recordó sus últimos lances: uno tirado por la borda por sus malditos celos, otro que fracasó porque la niña simplemente le rehuía, un poco más lejos en el tiempo, el romance que mantuvo con Clementina, una muchacha estupenda que respondía con dulzura a sus requiebros pero que por lo mismo, la relación se melificó de tal forma que terminó transformándose en una reverenda lata. Esa batería de pensamientos contrapuestos jugueteaba en las circunvoluciones de su cerebro y aparecían en sucesión las imágenes de Marlene, reprochándole sus celos, luego las de Isidora, escondiéndose en los recovecos más absurdos, más atrás la suave Clementina que le sonreía con maternal gesto y extendía sus acogedores brazos hacia él. Había logrado mantenerse de espaldas por varios minutos y comenzaba a sumergirse tenuemente en los suaves linderos del sueño cuando un agudo pinchazo en su espalda le hizo lanzar una furiosa exclamación. De inmediato su cerebro le ordenó a su mano derecha lanzarse en veloz exploración. Sus dedos se transformaron en eficientes tenazas que se apretaron sobre lo que parecía ser una partícula de algodón. Encendió la lámpara con la mano que tenía libre e inspeccionó el objeto: era una pequeñísima pulga que movía sus patitas con frenesí. Comenzó a arrastrar al insecto hacia sus uñas para masacrarlo, cuando le pareció sentir un gemido que parecía provenir de un diminuto parlante. Aguzó su oído y le pareció escuchar algo así: -¡Noooo! ¡No lo hagas! Revisó su personal estéreo y constató que estaba apagado. Extrañado, revisó el cajón del velador, debajo de su cama, la cómoda, nada. Entonces reparó que aún conservaba la pulga entre sus dedos. La miró con curiosidad y grande fue su sorpresa al percatarse que era el bicho quien le dirigía la palabra. Atenuada en decibeles, la vocecilla parecía emerger desde una enorme distancia. Alcanzó a escuchar:-¡No me mates! ¡Nooo! Espantado, el muchacho soltó al insecto, el que realizando una pirueta circense muy habitual en él, cayó sobre las blancas sábanas. Desde allí, levantó su cabecita y gritó: -¡Graciaaaas! Tomás no atinaba a creer lo que estaba viendo y oyendo. Lejos de intentar otro salto mortal, la pulga caminó con suavidad hasta la almohada y desde allí, levantó una de sus patitas como indicándole a Tomás que se aproximase. El muchacho, embobado con la escena, se dejó caer lentamente sobre su lecho, quedando su cabeza a escasos centímetros del insecto. Reparó en su forma, en su color, en la manera como movía sus patitas para recalcar sus dichos. El muchacho descubrió cierta coquetería en el bicharraco y sin que este fuese un acto consciente, sintió que era muy atractivo. Acercó su dedo y la pulga caminó sobre el. Los diminutos labios se movieron imperceptibles para expresar un nuevo agradecimiento. Tomás notó que la voz era ligeramente sensual, muy similar al tono adoptado por las telefonistas cuando le dicen a uno: Hola, me llamo Ximena… Acercó aún más su rostro al de la pulga y se percató de la tersura de su piel aceitunada, de la esbeltez de sus patas traseras, de la sensualidad que emanaba por el simple hecho de quedársele mirando con sus ojos enormes, calmos, hipnóticos… Se amanecieron embelesándose el uno al otro. El cuerpo de Tomás estaba cubierto de ínfimas manchas rosáceas que no eran otra cosa que picadas que le habían proporcionado enorme placer. La pulga dormía satisfecha entre los pliegues de una frazada soñando que esa noche volvería a juguetear con su gentil compañero.

Noche tras noche, Tomás y Leticia unían sus cuerpos ardientes en un rito lúdico que dejaba al muchacho exhausto y a la pulga ahíta. El amor que se prodigaban era digno de encomio. Tomás acariciaba a Leticia y esta le respondía con ligeros cabeceos, hablaban de mil asuntos y la madrugada les sorprendía abrazados como sólo ellos sabían hacerlo.

Todo tiende a cambiar en las lides amorosas, ya sea por insatisfacción o por monotonía. Cierto día notó Tomás que su cuerpo apenas mostraba una que otra picada. Buscó entre las sábanas, en los pliegues de su ropa, en el cubrecamas, no hubo lugar que no dejara de revisar. Llamó a Leticia con su voz más melosa. Nada. A la pulga parecía habérsela tragado la tierra. Revisó su cuerpo por si la encontraba durmiendo en alguno de sus pliegues. Tampoco encontró nada.

Esa noche esperó en vela que Leticia irrumpiera dando esos simpáticos saltitos mortales, pero la pulga no apareció por ninguna parte. Ojeroso y cansado, Tomás se consideraba el ser más infeliz de la creación. Su amor, su fuente de placer, su confidente, no daba signos de vida. Se sintió vacío –que en realidad casi lo estaba porque la pulga lo había dejado a un paso de la anemia- y recurrió al expediente más manido, esto es a beber con desenfreno. Pasaba los días enteros con la botella entre sus manos, llamando con su voz traposa a la pulga.

Una semana más tarde, ebrio, sucio y maloliente, se encontraba tendido en su cama cuando sintió unos leves rasguños en la puerta de su pieza. Se levantó dispuesto a encarar a quien fuese el que osaba a perturbarlo. Al abrir la puerta vio a Chubi, el perro de la vecina, un doberman imponente que lo miraba con fijeza. -¿Qué te sucede, bicho de los mil demonios que te atreves a despertarme así? El can no cambió un ápice su actitud de vigilancia. -¡Bueno!¡Dime lo que quieres de una buena vez! Una vocecita para el ya conocida le dijo desde un punto indeterminado: -Tomás, venimos a despedirnos. El muchacho se rascó su cabeza en señal de desorientación pero muy luego reconoció aquel acento adorado.
-¿Lety?-preguntó reanimándose de golpe.
–Si, soy yo- contestó la obesa pulga desde una oreja de Chubi.
-¿Qué te habías hecho, vidita por Dios?-le preguntó él con voz preocupada.
–Nada. He estado pensando. Lo nuestro no puede ser.
-¿Queeeee? ¿Qué cosa no puede ser?
-Nuestro idilio. No podemos continuar. Somos demasiado diferentes.
-¡Pero si nos complementamos tan bien, nunca discutimos… no entiendo.
-Te seré sincera. Amo a Chubi.
-¿Queeee? ¿Amas a este espantoso animal? El doberman le mostró sus fieros dientes por lo que Tomás debió retroceder.
-¿No hay vuelta atrás?
-No hay vuelta atrás.

Asunto terminado. El perro se dio media vuelta y se fue y con los ojos nublados de lágrimas Tomás debió resignarse a la partida de su amor, un idilio que duró muy poco pero que fue intenso y feliz.

Acostado de espaldas en su cama, Tomás hace un breve inventario de sus últimos amores, Clementina y su empalagoso apego, Marlene reprochándole sus celos, Isidora siempre rehuyéndole y Leticia,¡ah la amorosa Leticia! acunándose en sus brazos mientras le juraba amor eterno. ¿Qué es el amor? ¿Puede alguno de ustedes darme la definición exacta?

Texto agregado el 05-02-2004, y leído por 848 visitantes. (4 votos)


Lectores Opinan
14-02-2004 un texto con la fantasía como vehiculo para diseccionar un sentimiento. de una manera divertida presentas una metáfora del amor. un saludo amigo. Martin_Abad
11-02-2004 El amor lo es todo y es nada, Es poco y es mucho. o también, como dice mi abuela, una enfermedad, ... pues siempre termina en la cama. Saludos FranLend
06-02-2004 Confundimos tan menudo amor y deseo; posesion y dominio; admiracion y seduccion, que qué es el amor?, seguramente lo que queda después de superados los otros estados. Dificil de definir cuando la generosidad no puede ofrecerse como en el amor filial. Muy bueno, Cuentero!. Esta vez te lleno de corazones, digo votos! maravillas
06-02-2004 Lo único que puedo decir es que este cuento lo hice a puros rasquidos... Gracias a todos los que han comentado este cuento tan pulgoso. gui
06-02-2004 jajaja, muy bueno tu cuento, la belleza solo depende de los ojos con que se miren y el amor es tan simplemente energía. Es el lenguaje universal, único y eterno, comprendido por todos, hasta por los animales. Un abrazo Pinocho
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