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Inicio / Cuenteros Locales / gui / La historia polvorienta del profeta Amargo Estamal

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Amargo Estamal atendía su boliche apestoso en una calle importante de la gran ciudad. El tipo, poco prolijo en el aseo y cachurero por vocación, acarreaba cuanto objeto llegaba a sus manos, de tal suerte que, entre sucias cajas y desordenados anaqueles, se arracimaban los objetos más inverosímiles que uno pudiese imaginar, entre ellos, una ardilla disecada, un ancla de no se sabe que desconocido barco –y la cual debió ser trasladada por veinte o más valientes voluntarios que la dejaron en su abarrotada bodega- varias placas dentales inservibles, un traje de astronauta, un jarrón de la Dinastía Ming, quebrado y pegoteado de nuevo y remendado a punta de arcilla, una osamenta humana que Estamal había comprado a precio de ganga y miles de objetos más que sería ocioso enumerar.

Nadie frecuentaba su boliche, salvo tres o cuatro hombrecillos que se sentaban en una banca a escuchar el resentido discurso de Amargo, acaso porque no tenían otra cosa más interesante que hacer. Las encendidas diatribas del tipo les entretenían mucho porque, para él, todo estaba mal, nada era como debía ser, los políticos mentían sistemáticamente, el alcalde era un ladrón, sus vecinos, unos traficantes, las mujeres, todas prostitutas menos su madre, a la que no había tenido el gusto de conocer.

Y será que a la gente le gustaba estar en contacto con este tipo de cosas o, en realidad, el tipo era un verdadero profeta, que todos llegaban a la puerta de su negocio -porque estómago no había para adentrarse en esa covacha pestilente- a contarle sus cuitas y pedirle su sabio consejo.
Y él, mirando al cielo con sus ojos miopes enfundados en unos gruesos lentes poto de botella, parecía entrar en éxtasis, luego abría sus brazos, como solicitándole a alguna deidad que le brindara fortaleza y lanzaba entre sus dientes cariados, el consabido: -EstosperrrosmalagradecidosquenosemerecenelperdóndeDios. Esa frase, costureada por la ausencia de pausas de su vertiginosa lengua, era equivalente a las palabras que dice el sacerdote en el momento de entregar la penitencia a sus fieles pecadores. Las chicas se iban con el corazón radiante de dicha ante su imposición de manos que, a veces iba a la cabeza y otras a sus partes más íntimas y los muchachos sentían que algo del espíritu santo aleteaba en las mismísimas circunvoluciones de su seso, porque se iban alumbrados para mandar a los mil demonios a la chica esa, al padre aquel o al compañero de turno.

Amargo Estatal no creía en nada ni en nadie. Todo lo rebatía desde sus bases y sin esgrimir argumentos dignos, se dedicaba a reconstruir a su manera, con terquedad enfermiza, la arquitectura completa de la sociedad de la que él mismo formaba parte. Como el tipo tenía esposa –ya que se había casado sólo para contradecir a su padre- la había moldeado a su propia semejanza y la pobre mujer, acaso por saber que con él tenía asegurada casa y puchero, le llevaba el amén con enfermiza obsecuencia.

-¡Mañanaquieroverlas cajasconelmismopolvoquetenían! ¡Miraquecalamidad mehasdejado! ¿Cómoencuentroahoralamercadería siheperdidotodareferencia?
-¡Pero Amargo! ¡Hace quince años que entró a la tienda la última persona y para colmo, estaba perdida! ¿Qué te puede importar en donde se encuentra cada cosa?
-¡Nada! ¡Quieroelpolvodenuevoensulugar! ¡Ynose hablemásdelasunto!

Sucedió lo inevitable. Cierto día, el país se vio sacudido por un gran terremoto que asoló las poblados más humildes. En la ciudad, quedó también el descalabro pero en menor escala. Desde el boliche del famoso amargo, desmoronado por las toneladas de polvo que lo engalanaban, huyeron despavoridas unas cien ratas, un batallón de arañas, los esposos de las ratas, diez culebras de diferentes especies, cuatro gatos que supuestamente, habían sido adquiridos para amedrentar a los roedores y que atrapados por las telarañas, retozaban debajo de los estantes.

Después de este descalabro, Amargo Estamal ya nunca más fue el mismo. Durante varios meses, permaneció sentado en su banca, contemplando, con mirada perdida, esos anaqueles relucientes, entre los que ahora se distinguían radios a galena, relojes de sol aztecas, jabones de antiguas marcas, trajes de ballerina, frascos conteniendo las más inverosímiles mezclas e infusiones y que habían hecho furor un par de siglos atrás. Su esposa le pedía, en vano, que se reanimara ya que ella pondría el polvo en su lugar y que todo volvería a ser lo mismo de antes. Fue en vano. Cuando se llevaron a Estamal al manicomio, repetía de manera monocorde:
-Todoestámalenestemundoperoloquenomevaaconformarnuncaesqueelnegociomehayatraicionadodees tamanera…

















Texto agregado el 08-12-2006, y leído por 172 visitantes. (4 votos)


Lectores Opinan
10-12-2006 El tipo realmente era repugnante. Existen muchos que llevan esa misma vida, yo pienso que es el comienzo de una enfermedad mental.********** Besitos Vic 6236013
08-12-2006 Eres un maestro de la originalidad...Y otra vez volvimos a disfrutar de tus líneas... elcocodrilotaimado
 
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