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LA ALEGRÍA VESTÍA DE AZUL.


He estado paseando por el jardín de mi conciencia, recogiendo hojas ya marchitas que, a su paso, dejó el otoño.

He pasado por el arco de jazmines donde solía cogerte la cintura; vuelve a brotar. Pasó el otoño y enciende de nuevo sus ramas, endulzadas con perfumes que a ratos parecen cambiar.

He visitado a las abejas, siempre ocupadas preparando la fiesta. He visto a las moscardas, de rave, frenéticas con la primavera… Me he parado a pensar, recordando cuánto hace desde la última vez que salía de mi casa al jardín de la vida. No era poco.

Me ha preguntado el viejo colorín de la higuera que dónde te encuentras. Yo le dije que con otro; que, a veces, vienes a hacerme una visita y me tocas con tus manos para que no me marchite, para empujarme hasta el final del repecho. Me dio recuerdos para ti.

Ay, Alegría… ¡¡He salido del jardín!! . Bajando por la rambla, dejé la puerta abierta por si necesitaba volver; sabes que nunca he sido el más valiente, que necesito un resquicio de calma donde cobijar mis temores y camuflarme. ¿Dónde estaba? Ah si, he bajado por la rambla que sigue desierta, las lagartijas han corrido a mi paso y el cernícalo me ha invitado a irme. Pero no le he hecho caso:

- ¿Qué es lo que quieres?
- Nada… dando un paseo, buscando La Alegría.- Se ha reído el muy hijo de puta, con su chillido estridente.- Si no tienes nada más que decir (y has terminado de reírte) me voy, que tengo un hallazgo pendiente.

Creo que me he pasado. He cogido una placa de pizarra y se la he tirado al condenado. Al tiempo que levanta el vuelo vuelve a reír y me grita. - ¡Corre, corre!

He seguido las marcas de unas ruedas de Jeep por el caminico de poniente, hacia el manantial (creo que el pajarraco me sigue desde las alturas). Intento caminar haciendo ruido para ver si le espanto toda liebre que pueda haber.

He meado en un lentisco, me siento a la sombra, resguardándome del inagotable sol al abrigo de las paredes del cañón; parece que alguien las haya pintado de beige. Lío un cigarro de polen del Diego…”está buena esta mierda”.

He vuelto a recordar cuando jugábamos al escondite, tú y yo, en mi jardín. No siempre ganaba, pero siempre tenía ganas de echar otra partida. No como ahora: ahora sólo tengo ganas de verte de nuevo, de hacerte mía y de todos los míos; no dejarte volver a escapar, no perder el tiempo con otras (cito a la envidia, la apatía y a la puerca lujuria, amigas de Don hedonismo, amigas de lo fácil). Ahora sólo quiero pedirte que te quedes y seas buena conmigo… ¿Qué te he hecho yo, Alegría? Y quizás sea ese el problema: que nunca hice nada por ti o para ti, que no supe mas que disfrutar de tu presencia sin darte una razón para permanecer acurrucada entre mis piernas, en mi…

- ¡Qué! ¿cansado de buscar?- No puedo creer que este dichoso animalejo no tenga quehaceres más productivos.
- Pues si… hace mucho calor a esta hora y no puedo más.
- Jajajaja… vaya buscador, ¿y tus provisiones?
- No traigo, vivo a unos kilómetros de aquí, ni siquiera sabía que iba a venir.- La verdad es que está consiguiendo hacer de mis ansias desolación.
- Tú no vives cerca de aquí, nunca te he visto y sé de todos los seres que se mueven por estos lares.
- No te quito toda la razón, la verdad es que he pasado muchos años encerrado en mi casa, en mi jardín.- No puedo contener una gota de tristeza.- En mi jardín de naranjos y almendros, con mi arco de jazmín…
- ¡Ah! Ahora te recuerdo…tu eres aquel muchacho que corría de un lado para otro, arriba y abajo, con una dama vestida de azul.
- La Alegría.- Digo yo.- Se me ha escapado y no se dónde buscarla.
- Pues ahí no puedo ayudarte, sólo puedo decirte dos cosas. Uno: No puedes buscar “La Alegría” porque “La Alegría” no existe, y uno no puede encontrar cosas inexistentes.
- ¿Cómo que no? Si tú mismo dices que recuerdas haberme visto con ella.
- No te equivoques, esa no era “La Alegría”, podía ser, en todo caso, “Tu Alegría”.
- ¿Qué quieres decir?
- Pues sencillamente que para ti, Alegría es una muchacha riendo y; para mí, para mí no hay momento más alegre que regresar a mi nido con una perdiz entre las garras después de una jornada volando a novecientos metros del suelo.
- De acuerdo, pero sigue sin estar, se fue y es probable que no vuelva…si no la encuentro yo.
- Eso es totalmente cierto, niño.- Dando un fuerte aleteo se posa en la roca sita a mi izquierda.
- ¿Cuál es la otra cosa que quieres decirme cernícalo?- Me tiene intrigado, si ha cambiado mi visión de La Alegría qué será ahora.
- Ah, nada. Sólo que hay aquí detrás un cerezo que está empezando a regalar frutos; aún están verdes pero con este calor es menos que nada.
- Mmmmm gracias, de verdad.- después de todo no es sólo un tocapelotas .- Quisiera (de paso) pedirte perdón por la piedra de antes…me sacaste de quicio.
- No te preocupes niño, era casi imposible que me dieras. Ahora, si me disculpas, me marcho a por mi momento de Alegría. Que tengas suerte.

El cernícalo despliega sus alas, me mira fijamente con esos ojos teñidos de un amarillo profundo y salta planeando, remonta el vuelo y se funde con el cielo del medio día.

Estoy confundido, mis pensamientos oscilan entre la búsqueda del cerezo, buscarte a ti, vuelven al cerezo… Sigo caminando rambla abajo, siseando una canción de Kiko Veneno que hablaba sobre un lince. Soy un autómata, soy un soldado raso que no hace preguntas. Ya no quiero llegar al maldito manantial, sólo quiero ver que existe ese puto cerezo y que no se han vuelto a reír de mí.

Desespero, oteando el campo no encuentro nada que se parezca a un árbol; sólo polvo, pizarra y juncos. Mis rodillas han tocado suelo y he tenido que llorar, era lo propio.
Enjugo mis lágrimas con el antebrazo y me pregunto si no he cambiado Alegría por Locura. “Me vuelvo”, pienso para mis adentros cuando, de repente, creo ver a lo lejos un caballo. Recupero la verticalidad y me hago a un lado del camino, juego con las piedras redondeadas por la corriente pertinaz de un riachuelo que hace tiempo debió correr por aquí.

A lomos del caballo se encuentra sentado un gitano joven, pero mayor que yo. “No seas tonto” pienso, “no hagas preguntas ridículas a desconocidos… que sólo vas a cosechar mofa”.

- Perdone.- Le digo al fin.- Estoy buscando…estoy buscando ¡un cerezo!
- Mmmm no. Mire que paseo todos los días la jaca por la rambla, no me vaya a perder la estampa y nunca he visto un cerezo por aquí. Además, ¡si esto es un lagartijal!
- Lo suponía, muchas gracias entonces.
- ¿Va hacia algún sitio?- Dice dándole una palmada al trasero del animal. Nunca me había fiado de un gitano, pero algo hay en los ojos de este hombre que me invita a responderle.
- A donde usted tenga por bien llevarme.
- Pues vamos a dar una vuelta que sólo son las cinco y este desierto es digno de ver cuando empieza a cambiar la luz.

El equino es una yegua de raza andaluza (o eso me asegura el gitano) de color blanco, moteado con un gris casi difuminado. Los cuartos traseros son poderosos y el vaivén que provocan me hace sentir alguien respetable, aquí en lo alto.

He pasado el resto de la tarde sin pensar en ti, anonadado con el calé de Alfonso, del maestro Alfonso (como le llamo yo). Intento hablarle de política, sin éxito, ya que él dice que tanto ladrón suelto y ellos, los gitanos, siempre en el ojo del huracán.
Hablamos de música (no puedo evitar reírme cuando reniega de rock, de blues y de “chunda-chunda”).

Para Alfonso, Dios es el católico, el bueno y el misericordioso. Yo expongo mi agnosticismo y él me muestra el crucifijo que cuelga de su cadena dorada y, besándolo, me dice: “Ya te acordarás de Él a su hora”.

Todavía no me atrevo a hablarle al maestro de tu pérdida, mi aflicción y mi deseo de reencontrarte. No es tanto la vergüenza que me da, realmente tengo ganas de seguir aprendiendo.

Hemos cabalgado poco más de una hora y el paisaje está evolucionando. Han quedado atrás las colonias de espartos y pitas. A mi izquierda se eleva, como una fortaleza medieval, un bosquecillo de chopos que oferta sombra y descanso y, frente a él, dos eucaliptos emulan torres de vigilancia.

Nos apeamos de la pobre Dora, jaca mansa donde las haya. Alfonso se despreocupa de ella, no tiene la más ligera intención de atarla. ¡Ay… si hubieras sido la mitad de fiel que Dora!, ¡si hubiera sido la mitad de sabio que Alfonso!.

El maestro me señala una bandada de torcaces: “Éstas, son las más listas”, dice.

- ¿Más que nosotros?- He empezado a tomarle el gustillo a bromear con él.
- Por supuesto, estas pillas llevan aquí todo el invierno, calentitas. Pero no son de aquí, no son de allí. Son y están en todos sitios, donde mejor les parece. Ahora, cuando acabe la primavera comenzarán a huir del abrasador verano, volverán cruzando Francia a sus lugares de origen, bien fresquitas…buscando asilo.
Son maravillosas estas aves. Me fascina el cambio de tonalidades desde el verde azulado al gris pardo que cubre su dorso. Juegan a ver quién es el líder, el guía. Efectúan vertiginosas maniobras; aletean, planean, cambian de dirección con asombrosa sincronía y vuelven a detenerse, casi estáticas, para cambiar de ritmo cuando uno menos lo espera.

La tarde está despidiéndonos con un asombroso espectáculo que nunca antes había analizado desde la tranquilidad y el sosiego. De repente, un agudísimo chillido cruza el cielo, apenas una milésima de segundo antes que un misil castaño rojizo descienda desde las alturas. Ha sido un shock, visto y no visto. El cernícalo se ha hecho con una paloma a la que remata eficientemente en el suelo. Todas las torcaces huyen, espantadas por la sangrienta escena. Tengo un nudo en el estómago y la angustia me invade, hasta que recuerdo una cosa: “El cernícalo hoy es feliz”.

Mi rapaz amigo nos mira y vuelve a perderse en el anaranjado cielo. Alfonso apoya su mano en mi hombro tratando de consolarme y yo, riendo, asiento con una sonrisa en la boca; haciéndole ver que comprendo el lance.

- Me ha dicho el cernícalo que os habéis hecho amigos.- dispara el maestro como si fuera una simbiosis común hombre/pájaro.
- Bueno…eso es mucho decir, además: Me mintió; no hay cerezo y no me ayudó a encontrar mi…- He bajado la guardia y casi vuelvo a hablar de ti.
- ¿Tu Alegría?- Dice tranquilamente.
- ¿Cómo puedes?
- Vino a mí y me pidió ayuda. Dijo que un amigo tenía problemas y que necesitaba una mano.
- Entonces… ¿no se estaba burlando de mí? Le entregué parte de mis secretos, le hable de mi jardín, de Mi Alegría.- De pronto un miedo cruza mi mente “no he cerrado la puerta del jardín, lo más preciado para mí y está desprotegido, abierto al mundo".- Alfonso, tienes que llevarme de vuelta a casa, al galope si es preciso, tengo que llegar lo antes posible.

Alfonso despega su espalda del tronco contra el que reposaba y, guiñándome un ojo dice: “Eso está hecho niño”.

- ¿Podrá correr Dora de vuelta?
- Dora es la mejor yegua que he tenido nunca y hará por mi lo que yo le pida. Sólo una cosa niño: el cernícalo no te engaño con el cerezo, lo has encontrado y tú sin saberlo.
- No veo cerezo alguno Alfonsico, aquí solo hay chopos y dos eucaliptos; pero no quiero hablar de ello.

Alfonso se acerca chasqueando repetidas veces la lengua hacia Dora, acaricia la marca indeleble que el hierro candente dejó a su paso, creo distinguir “AC”. Alfonso ríe diciendo mientras me mira: “¡¡Alfonso Cerezo!!”.

Monto con la confianza que Dora me ha transmitido desde el principio y Alfonso da un cariñoso golpe de espuela en el costado de la jaca, al tiempo que le susurra cosas en la oreja. Comienza a trotar y no me queda otra que agarrarme fuertemente al maestro.

Voy pensando qué va a ser de mí si alguien arranca nuestro jazminero o si me roban las brevas de la higuera; es casi todo lo que me queda de ti.

Dos horas más tarde empiezo a reconocer los cortados del cañón, los juncos de la rambla, estamos llegando. Allá veo la casa, tan sola en aquella loma como lo estaba yo esta mañana. Dora aminora el paso y, al trote, nos acercamos a la cerca de mi jardín. Sobre ésta puedo distinguir al cernícalo y a su derecha, al otro lado de la vaya, hay una mujer vestida de azul que se parece mucho a ti.

Desmonto, soy un océano de nervios. Tu mirada me pincha la voz y no obstante logro preguntarte por qué. Pero conozco la repuesta, entiendo al cernícalo y tu huida desesperada, pedagogía pura. Logro comprender que te marchaste aquella noche, saturada de encantos, de miel, vino y besos; de juegos solitarios aunque fuésemos dos. Y por qué no regresaste: mi puerta estaba cerrada a cal y canto. Quise vincularte a una realidad finita y me aislé contigo.

Te abrazo, te tomo con delicadeza entre mis manos, pero no quiero retenerte, quiero compartir Mi Alegría con los que me ayudaron a reencontrarte.

Y te juro que siempre, siempre, dejaré la puerta de mi jardín abierta…para que entre LA ALEGRIA.

Fin



A toda esa gente que me ayudó a buscarte.



Texto agregado el 11-12-2006, y leído por 601 visitantes. (8 votos)


Lectores Opinan
28-11-2007 Texto lleno de colores y emociones. Me ha gustado leerlo, aunque es largo fluyò sin contratiempos y lo disfrutè de cabo a rabo, je. Degustable y muy recomendable. Suerte. Jazzista
13-08-2007 Me he propuesto leer tus textos desde el principio y poco a poco. Nada más empezar me he dado cuenta de que eres un escritor de tomo u lomo. El final me lo corroboró. margarita-zamudio
07-08-2007 Este escrito es mucho más que narrativa, forma parte de una evolución estoy segura...Decirte que es un escrito magistral, tienes talento innato eso está claro...te felicito crack! 8500 estrellas isis737
07-08-2007 C isis737
09-04-2007 perdón por los errores, quise decir Por qué la gente no repara un tanto en tí, sorry ehrenfeld
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