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Carlos Pedrucho era niño emprendedor y como todo sociólogo en ciernes, se dio cuenta que uno de los aspectos que los niños descuidaban en demasía, eran esos juguetes que de tanto ser usados, se transformaban en artículos inservibles que terminaban arrumbados en algún desván. Luego de acuciosos estudios, provisto de gráficos demoledores que avalaban esta observación, se le metió entre ceja y ceja que era necesario ponerle remedio a este delicado asunto.

Para ello, le pidió a su padre que le arrendara un terreno abandonado que sólo había servido para que la gente vaciara sus desperdicios en él. El “arriendo” fue un acto simbólico que el pequeño cancelaría con acciones diversas, tales como, ser obediente en grado sumo a las ordenes de su padre, estudiar con mayor denuedo y ser comedido con su madre y ayudarla en todo lo que ella demandara.

Con la ayuda de otros chicos, el terreno fue cercado y limpiado, se colocaron hermosas flores a la entrada y semanas más tarde, un enorme cartel, diseñado por todos los niños, anunciaba la apertura de un particular “Cementerio de Juguetes”.

El anuncio sorprendió a mucha gente, en especial a los despistados, que, pusieron el grito en el cielo porque no deseaban que el barrio se viera devaluado por la cercanía de tan lúgubre parque. Se hicieron urgentes asambleas en las que los vecinos exigían la inmediata erradicación del camposanto. Esta situación, lejos de conseguir el objetivo primordial, logró el efecto inverso, puesto que muchos niños se informaron por medio de numerosas pancartas que allí podrían llevar sus juguetes rotos e inservibles para que descansaran en lugar digno.

El primer cliente fue un osito de felpa, tuerto y despaturrado, con sus tripitas de lana colgando de su pancita descolorida. Lo portaba una pequeñita acompañada de su madre. El juguete fue colocado dentro de una caja de zapatos y el Colorín, un chico desgarbado de enormes lentes, ofició de sacerdote, leyendo un sentido responso. La niña comenzó a sollozar y la madre hizo grandes esfuerzos por no derramar sus lágrimas, mientras en su rostro se dibujaban involuntarios pucheros. El osito quedó sepultado en un rectángulo minúsculo de tierra y una pequeña cruz de madera indicaba lo siguiente: Nicolás (Regalado en la Pascua de 1985 y descansando aquí desde hoy).

Pronto, los niños y sus padres desfilaron por el camposanto denominado “Soul Toys” para legitimarlo como una moda foránea, otra de las ocurrencias del agudo Carlos Pedrucho. Caballitos de madera, muñecas despelucadas y sin buena parte de sus extremidades, bicicletas oxidadas y sin ruedas, trompos cucarros sin púa, palitroques, soldaditos de plomo, derrotados por la poca gloriosa injuria del desgaste, patitos, bolitas, trencitos eléctricos con sus circuitos colapsados, payasos aún sonriendo en medio de su descuartizamiento y cuanto juguete destrozado o lisa y llanamente abandonado por el propio desgano de sus dueños, fueron a parar a las fosas preparadas ex profeso, sumándose a ello, las romerías de chicos que concurrían al camposanto para visitar a sus ex compañeros de juegos, depositando sendos ramos de flores y meditando sobre lo fugaz de la existencia, en este caso, de los juguetes.

Como no falta la gente supersticiosa, algunas vecinas juraban haber escuchado sonidos extraños, provenientes de dicho cementerio y otras, presas de espanto, decían haber visto a un muñeco tuerto que las observaba a través de las ventanas. Se crearon espeluznantes historias, que dieron paso a los mitos, muchos vecinos se mudaron de barrio y sus casas se vendieron a precios irrisorios. El padre de Carlitos Pedrucho, aprovechó la ocasión, ya que era avezado hombre de negocios y compró todas esas propiedades, para luego remodelar el sector y otorgarle una plusvalía, impensable, años atrás.

Años más tarde, Carlos Pedro Fornazzari, era dueño de una juguetería inmensa, una verdadera maternidad para los sueños de todos los niños. Allí, el empresario podía solazarse con las caritas maravilladas de los chicuelos al partir con sus flamantes compañeros de aventuras y en la tranquilidad de su oficina, no terminaba de asombrarse ante la genuina felicidad que alumbraba sus ojitos inocentes.

Aún así, nunca olvidó ese querido cementerio de juguetes, en donde otros niños aprendieron a humanizarse, al entender que la gratitud y el recogimiento podían ser entregados al más humilde de los juguetes, compañeros inolvidables que reposaban en un memorial sencillo pero significativo...







































Texto agregado el 16-12-2006, y leído por 181 visitantes. (3 votos)


Lectores Opinan
16-12-2006 ¡ Qué buen relato ! ¡ Felicitaciones !***** duqueuviedo
16-12-2006 Ja. Buen texto, imaginación y creatividad a la par que ingenioso. Ysobelt
16-12-2006 Qué lindo amigo.Esto retrotrae. Recordé a el muñeco de mis doce años, cuando ya deseaba ser mamá, para sentir esa bella sensación de amor. Bueno ese no fué el último que tuve, pero marcó una etapa importante. De verdad hasta veo esos montones de brazos, cabezas de muñecas rotas y miles de barbys. Como haces evocar tiempos pasados, como me vienen los recuerdos y los deseos de escribirlos... Pero mejor te enviaré mis estrellas por esa inmensa creatividad que te caracteriza. Besos Vic****** 6236013
 
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