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La Cenicienta

Entró con un aire de supermodelo al salón lleno de gente, esa gente, a la que antes no se atrevía ni a mirar a los ojos y que ahora le parece tan simple y fea, todos menos el Doctor Rodríguez, claro.
Ingresaba oliendo a estrado dos, con un vestido azul claro desteñido, delantal blanco con quemaduras de cigarrillo y sus aretes de oro golfi, con la misma piel morena, el mismo pelo ensortijado adornado tan solo con una moña rosa. La misma de siempre, pero hoy, con algo que durante su vida de necesidades nunca la había acompañado: confianza. Se embutía desesperadamente la confianza que nunca tuvo al entrar por la misma puerta que tantas veces la había visto pasar cabizbaja mirando su horrible reflejo en el piso de baldosas que imitaban el mármol
Ella, quiere recalcárselo, Ella sola, lo había logrado, era una mujer realizada por completo, sus sueños estaban completos, casi completos.
Sentía las miradas sobre su figura, sentía que existía en un mundo que nunca la había advertido, pero que ahora la miraba fijamente, sentía nacer por fin mientras con su trapeadora dentro del balde, lo hacía deslizar recorriendo toda la sala. La luz se reflejaba sobre el suelo que ella pisaba, incluso el sol quería tocarla. Era feliz al descubrir en las miradas de los hombres expresiones totalmente soeces y depravadas. Sentía como todos la desnudaban con premura y tocaban su cuerpo con pasión.
Era, por fin, una mujer feliz. Y esa tarde, al terminar el turno, cuando creía que todos habían dejado la oficina, advirtió que el doctor Rodríguez la miraba a través de las persianas de la gerencia. Ella, una supermodelo, se dirigió donde Rodríguez con su objetivo plantado a fuerza de siete años de amor silencioso en su pecho. Su pecho.

- Mamita ¿hace cuánto trabajas acá? Tan bonita que estás, y yo no me acuerdo de ti”

- Dotor Rodríguez, que pena, no diga eso. Yo empecé hoy”

Esa tarde fue la más hermosa de su vida. Lo había logrado, tras siete años de trabajo duro, a dos jornadas, había logrado conseguir el dinero para operarse los senos. Se los puso gigantes, enormes, descomunales. Y Rodríguez se la comió en el escritorio como ella siempre lo había querido.

Texto agregado el 07-02-2004, y leído por 635 visitantes. (2 votos)


Lectores Opinan
27-02-2004 gusta.... un abracito mariquevedo
11-02-2004 so, so, so y no se porque eikasias
07-02-2004 final sin cliché. eso me gusto mucho. buen cuento. sduv31
07-02-2004 esta super bueno una idea de esas que toca tener en la cabeza en estos timpos que todo hasta el cuerpo es superficial, aplaudo tu idea, pero no estoy deacuerdo con el final de D.r rodriguez... viyi
07-02-2004 Es bueno.. me mantuvo muy interesada y tiene un final..mmm.. a la altura..el que era.. sumogu
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