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La Clemencia era un disparo al aire. Dispuesta a entretenerse con todo lo que le salía al paso, corría descalza por los prados solariegos, provocando el sobresalto de las vacas que alzaban sus cabezotas para contemplarla con ojos bobalicones. La chica vivía con su abuela Lucha, una anciana amarga que masticaba y masticaba con tanto afán que cualquiera que la hubiese sorprendido en ese trance, hubiera pensado que se encontraba delante de una sempiterna mascadora de hojas de coca. La Cleme, como le decían todos, poco sabía de todo y mucho de nada y tampoco le hacía demasiada falta saber más para los menesteres que realizaba, que eran los de acarrear agua del pozo, ayudar a la vieja a picar las verduras y escaparse todas las tardes donde Hume, su hermana, que vivía a un par de kilómetros más allá.

Para esos pagos se dirigía la Cleme ese día, sabedora que la Hume estaba dándole las últimas puntadas a un traje de novia, algo que ella había visto en esas revistas descoloridas que, de tarde en tarde, llegaban a sus manos, por cualquier casualidad. Ese evento la tenía muy sobresaltada, porque en su mente jugueteaba la ilusión peregrina que la Humilde le permitiría probarse esa delicada confección. Y cruzando el charco sin ninguna preocupación, provocó el alboroto de ranas y sapos que se desperdigaron en todas direcciones, pensando acaso que un viento huracanado intentaba sorberse las tranquilas aguas.

La chica apareció gritando a viva voz, tanto así que Doroteo, que se hacía llamar Teodoro y que era el esposo de Hume, dejó sus herramientas de carpintero y se asomó por la ventana para ver quien armaba tanto escándalo. La chica, desgreñada y sucia, no era lo que sería una niña a sus mismos quince años, ocupada en ir descubriendo secretos de la vida con solicitud y finura. La Cleme era burda y poco enterada, cabra de cerro y perro nuevo, chancho en el barro y pájaro ebrio de libertad, una chica inclasificable y que, por lo mismo, no tenía una residencia fija y tanto estaba en casa de su hermana o acompañando a la vieja gruñona de su abuela.

-¿Qué hacís por acá, cabra de moleera?- le preguntó el bueno de Doroteo, mientras lijaba un cajón largo y estrecho.
-Vengo a ver el vestío de novia- contestó la muchacha, mientras se echaba a la boca un trozo de cera virgen y comenzaba a masticarlo como si fuese chicle. -¿Ta la Hume por allí?
Una voz altisonante se escuchó desde la otra habitación: -¡Pobre de ti que me vengai a ensuciarme esta cosa que tanto me ha costado hacer!

La Cleme apareció más sucia que de costumbre y nunca sus ojos verde agua se habían abierto con tanta desmesura que cuando vio ese hermoso vestido moldeado en el maniquí de cartón piedra.
-Quero probármelo- dijo y se abalanzó sobre él con sus manos sucias. La Hume arrojó un grito de espanto y se interpuso entre la chica y su afanosa obra.
-¿Es que te habís vuelto loca, cabra de mierda?- le dijo con el horror dibujándose en sus facciones.
-¡Quiero probármelo! ¡Quiero probármelo!
La voz aguardentosa de Teodoro, o Doroteo, lo mismo da, pronunció el nombre de la Cleme y esta salió disparada para enterarse para qué era requerida.
-Métete aquí adentro- le dijo el hombre y le mostró la caja larga. La chica lo miró con curiosidad porque nunca había visto algo igual. En todo caso, se enrolló pudorosamente su raída falda sobre las piernas y se acomodó en el cajón aquel.
-¡Que cama más dura, Teo!
-El que va a usarla no le va a importar eso- dijo Teodoro y sacando su huincha, comenzó a medir por aquí y por allá.
-¿Y quien va a usar esta cama, si se puede saber?- preguntó la inocentona Cleme.
-El finadito Pardo, se murició anoche y tengo que fabricar este ataúd para que lo entierren mañana.
La chica ni se inmutó, no porque no supiera lo que era la muerte, sino porque nunca había muerto nadie de su familia y también estaba acostumbrada a escuchar historias de fantasmas, sin que se le moviera un pelo, por lo que un finado para ella no tenía ninguna diferencia con un pollo a punto de ser despresado.

Más tarde, la chica contemplaba con admiración al bueno de Teo, mientras este fabricaba una hermosa cunita.
-Capaz que la madera del ataúd y de esta cuna pertenezcan al mismo árbol- filosofó el carpintero.
-¿Y cual es la novedad, si casi todo lo que conozco está hecho de madera?- apuntó la chica antes de irse a dormir dentro del cajón, ya casi listo para ser barnizado a la rápida.

Después, la Hume llamó a su descocada hermana para que modelara el vestido de novia, no sin antes mandarla a darse una ducha bien copiosa y pasarle una coronta de choclo para que se restregara el gaznate, los codos, las rodillas y los pies.

La Cleme se veía radiante toda vestida de blanco y para celebrar este acontecimiento se fue a bailar con un espantapájaros, que era lo que más se parecía a un hombre, descartando al Teo, que ya tenía dueña. La Hume casi se cayó muerta cuando vio su preciosa obra llena de manchones de tierra y pasto y enfurecida, mandó a la chica retobada a la casa de su abuela.

Esa noche, la Cleme soñó que se casaba con un príncipe que era nada menos que ño Pardo y que luego hacían el amor dentro de esa cama estrecha y dura…





















Texto agregado el 22-12-2006, y leído por 202 visitantes. (3 votos)


Lectores Opinan
22-12-2006 Sabes gui, es increìble pero me sentì identificada.Esa muchacha alocada, sin prejuicios, gozando de la naturaleza y deseando vestir es atuendo. Me trajo recuerdos una palabra. Moledera, mi abue, me lo decìa, no se si serà una palabra de campo, pero es la segunda vez que la veo. Bueno claro que no me parecìa nada en lo de sucia, pwçero sì siempre, hasta hoy gozo de cosas como las que cuentas. Mientras leìa nme decìa:¡QUE BIEN ESCRIBE GUI! Tan fluìdo,tan agradable a la vista, y al oìdo, jajaja te escuchaba ¡sabes?, Sin conocer tu voz. Tambìèn soñè con ese principe azul. Jejejeje rojo Besitos Vic********** tMBIÈN SOÑÈ CON ESE PRINCIPE AZUL 6236013
22-12-2006 Excelente historia, bien de campo por lo demas!!***** terref
 
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