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Inicio / Cuenteros Locales / goldberg / Las chingaderas del amor prohibido

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Nos conocimos en un encuentro cristiano. Ella tenía catorce años y yo quince. El encuentro duró tres días. Entre rezos, bendiciones, charlas bíblicas y la palabra de dios, nos acercamos con las miradas, luego con la palabra, y al final, con un beso. Un beso inocente, porque la nena nunca había besado a nadie y mi experiencia para seducir mujeres era nula. Aún así lo disfrutamos. No sabíamos qué éramos, si novios o amigos con derechos. No nos importó. Después del encuentro nos vimos cada jueves y viernes en las reuniones del grupo de la iglesia; el grupo que se formó de aquellos tres días. Los coordinadores nos hablaban de cristo, la misa, el poder de la iglesia católica y las ventajas de creer en el espíritu santo. A mi todo eso me valía madres, yo sólo quería ver los ojos de Teresa, su sonrisa, su cabello… se hacía la que no me conocía. Su prima le decía que se acercara a mi, pero ella le tenía miedo a la tremenda represión de su padre y al chismoso de su hermano, un pendejo que también era parte del grupo. Cada jueves y viernes iba a las reuniones de la iglesia, a soportar las estúpidas pláticas sin sentido sobre dogmas incomprensibles, a cantar letras bobas de salvación y arrepentimiento, y todo para verla a ella, para buscar la oportunidad de darle un beso rápido en algún rincón escondido de la catedral...

Me harté del teatro y la mandé a la chingada, igual que a los cristianos que ya me tenían hasta la madre. Pensé que con eso el sentimiento desesperado de tenerla cerca quedaría atrás. Por un tiempo funcionó el truco. Un día no soporté su ausencia y la busqué. Ella ya estaba en el bachillerato. Cuando me vio esperándola a la salida me trató como la mierda. Eso me dio la señal esperada para poder olvidarla. En realidad la olvidé, pero más tarde, mucho más tarde, por circunstancias que no contaré, volvimos a salir juntos. Sólo una noche. La tomé de la mano, nos besamos con timidez. Aunque ya teníamos más de veinte años y nadie nos controlaba, aún así sentíamos la obligación de guardar las distancias. Nunca me masturbé siquiera a su salud, para eso usaba la imagen de otras mujeres.

La impotencia de las horas con ese respeto me hizo odiarla, así que salí con una de esas tipas que nadie le presenta a su mamá y ella nos vio, al igual que los amigos. Creí de nuevo que con eso ya estaba liquidado el asunto. Ella me odió; yo sabía que no era posible acercarme ni a su sombra y de ese modo nos evitamos largo tiempo.

Hoy Teresa tiene dos hijos y un marido que la quiere mucho. Yo tengo una mujer que me quiere y ningún hijo.

Teresa y yo nos seguimos deseando con el miedo normal a ser descubiertos. Estamos lejos el uno del otro, pero gracias al Internet y el teléfono nos decimos cuánto nos extrañamos, en días fijos de la semana, cuando nuestras respectivas parejas no están en casa. No practicamos sexo virtual, ni siquiera nombramos la palabra beso, y es mejor así… que los besos y las caricias se queden en la realidad de nuestros conyugues, porque nosotros vivimos la propia.

Texto agregado el 28-12-2006, y leído por 374 visitantes. (12 votos)


Lectores Opinan
30-12-2006 Intriga. Por eso al final uno espera algo más. No se, "Le mando semen por Amazon". Etc. Pero entretenido. roberto_cherinvarito
29-12-2006 todas las estrellas***** soymaru
29-12-2006 muy buena historia muy bien contada....besos MA soymaru
28-12-2006 esto me recuerda a un foro donde se preguntaba a los cuenteros si con esto del internet se vive una realidad paralela. Aunque en este caso la vida paralela se inició enla realidad al separar los destinos. Saludos iolanthe
28-12-2006 Excelente! 5* gavilano
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