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El perfume

El coche se detuvo y el chofer bajó rápidamente para abrir la puerta trasera.
Una anciana dama salió del auto con elegancia, a pesar del dolor de sus rodillas cansadas.
Dos enfermeras salieron de la casa y la ayudaron a cruzar el jardín para entrar, lentamente, en la sala.
El chofer las siguió. Cargaba un bolso de viaje que entregó a una de las enfermeras, junto con un sobre. Luego se despidió de la anciana y partió.
La señora Alenka sabía que éste sería su último hogar, si es que el asilo podía llevar ese nombre.
Se había resistido a este destino con todas sus fuerzas. Pero finalmente tuvo que ceder, cuando su casa fue subastada.

Ella era la última sobreviviente de su familia. Su esposo había muerto hacía muchos años, y no habían tenido hijos.
Los demás, sus tíos, hermanos y sobrinos, nunca dejaron la Rusia natal. Ella no supo si habían sobrevivido a la revolución, las guerras, las purgas, y todos los males que azotaron a su pueblo.
A pesar de los casi 90 años que habían pasado, aún lograba recordar a su madre y a su abuela, ambas damas distinguidas, herederas de un linaje que se remontaba hasta el Palacio de los Zares y más allá.

Ahora estaba atravesando la sala lentamente, hacia el cuarto que le habían asignado. Por momentos las imágenes se confundían en sus azules ojos cansados. Las humildes paredes blancas parecían cubrirse de espejos, las ventanas se multiplicaban, abriéndose hacia los jardines, pero en lugar de fuentes de agua cristalina sólo había unas pocas macetas con plantas marchitas.

Hacía mucho tiempo que había aprendido a refugiarse en sus recuerdos, aislándose de una realidad que resultaba cada vez más hostil para un ser tan sensible como ella.
Había sido educada según la tradición de su familia, como una condesa, aún cuando el título de su Casa fuera sólo un recuerdo de otras épocas. Gracias a su matrimonio con un inglés de fortuna y nobleza, tuvo acceso a lujo y comodidades, fiestas, viajes, joyas y, lo más importante, una vida plena.

Esos eran los recuerdos que venían a rescatarla ahora, para liberarla de este ambiente sórdido. Los cuartos oscuros, los cuerpos inmóviles con la mirada perdida, y ese olor, ese olor insoportable, extraña alquimia de humedad, encierro, orín y miedo, el olor del miedo a la muerte.

Pero Alenka no tenía miedo, sólo esperaba pacientemente. Mientras tanto, se refugiaba en sus recuerdos, y cuando sentía que ya no podía respirar, abría la pequeña bolsa de terciopelo negro que colgaba de su brazo y sacaba un pequeño frasco de cristal, reliquia de otros tiempos. En su interior aún quedaban unas pocas gotas de su perfume, su exquisito perfume. Ese aroma la transportaba al pasado, liberándola, haciéndola sentir nuevamente fresca, radiante y ligera, como cuando bailaba en los lujosos salones, un-dos-tres, un-dos-tres, uno… dos…

Poco a poco su vida se fue apagando, desvaneciéndose, como el perfume y la luz de las velas, un reflejo fugaz en los espejos.

Una mañana, 3 meses después de su llegada, Alenka no tuvo más fuerzas para levantarse. Al acercarse para ayudarla, la enfermera vio el pequeño perfumero de cristal rodar entre las sábanas y estrellarse, ya vacío, contra el suelo.
En ese momento, un exquisito aroma envolvió la habitación por un instante, transformándola. Al descorrer las sábanas, la enfermera comprobó, sin sorpresas, que la condesa Alenka había muerto.

Texto agregado el 29-12-2006, y leído por 836 visitantes. (10 votos)


Lectores Opinan
08-08-2010 Esta bonita la idea que queria plasmar.Tiene que discurrir mas en el texto como cuando el rio esta unido gota y agua. djoz
11-11-2009 Fantasía de olores bien manejados en un relato sencillo. deletreando
22-09-2008 La idea es espectacular. En lo litearrio, me parece que arranca muy bien, aunque la segunda mitad es un poquito retórica. cemar
01-10-2007 Un tío mío falleció en forma similar. Era tan alcoholico, que un día dio cuenta de todas las botellas de vino que había en su casa, y al agotarlas, se siguió con los perfumes de su mujer. Hasta allí llegó. goruzedri
31-08-2007 Es simplemente sencilla y elocuente tu narración tanto que he llegado a sentir y pensar que no era Alenka en sus recuerdos quien bailaba el un dos tres al compas de la música sino yo al compas de tus letras gracias 5* arcangel_solar
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