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Rubén tipeaba velozmente en el teclado de su computador para impedir que se le escaparan las ideas. En otro punto distante, Amanda hacía exactamente lo mismo. Ambos deseaban el contacto físico, conocer la textura de sus pieles, la temperatura de sus manos, la calidez de sus rostros, los latidos de esos corazones que delataban la pasión contenida en ambas existencias. El tipo era un soñador y cada palabra de ella la atesoraba, la copiaba y luego, terminada la conversación, la leía y releía, degustando esos textos que eran como modernos jeroglíficos de su insuficiente pero constante comunicación.

Ya sabemos hasta donde pueden llegar los soñadores impelidos por sus fantasías, Rubén quiso transformar su teclado en una tabla ouija y de ese modo adquirir facultades extraordinarias que le estaban vedadas en ese momento. Alguien le había contado que si colocaba sus dedos en ese pequeño espacio que media entre la tecla enter y la zona numérica y entrecerraba sus ojos, la pantalla se convertiría en un estrecho pero accesible túnel por el cual él podría viajar por el ciberespacio a velocidades inimaginables. Le recomiendo a mis lectores que no osen iniciar dicha incursión a menos que tengan dotes paranormales y la suficiente credibilidad para intentarlo. Bueno, Rubén era todo eso y mucho más, por lo cual, cierta noche en que la luna esbozaba su enfermiza palidez –condición nada de esencial para emprender el viaje, pero que vale la pena describir para esas mentes preocupadas del ambiente- Rubén, digo, realizó estas acciones visualizando la pantalla y calculando de que modo iba a poder introducirse en el pequeño hueco que se implementaría para el anhelado viaje. Puso su mano en la zona reglamentaria y con los ojos entrecerrados atisbó algo en el monitor. Su corazón dio un salto pero, no. Era un mensaje. Este decía así: Acción cancelada. Inténtelo de nuevo. Con el corazón literalmente en la mano, repitió las instrucciones y un nuevo pantallazo le hizo pensar en desistir. Leyó la advertencia: Mucha ropa, déjese sólo lo esencial. ¡Esos malditos mensajes que siempre le habían exasperado! ¡Hasta en los ensueños aparecían estos lastres derrumbando sus ilusiones! ¡Muera Windows y toda su paranoia que siempre está poniendo cortapisas! ¡Si te llego a pillar Bill Gates! De mala gana se despojó de su vestuario, conservando por pudor sus diminutos calzoncillos y apretó la tecla reintentar. Esta vez si, el vidrio del monitor pareció transformarse en una gelatina que se replegó para dar paso a una diminuta abertura. Rubén abrió sus ojos como platos y algo temeroso, acercó su mano al agujero que parecía succionarlo. En efecto, una poderosa fuerza emanaba del interior y sólo bastaba con colocar una mano o la cabeza para ser tragado por ese misterioso y pequeñísimo hoyo negro. Temeroso, Rubén observó con cautela el fenómeno y sopesó las consecuencias. Varios minutos transcurrieron, hasta que, sumando y restando, prevaleció su interés por la mujer que aguardaba al otro lado de la comunicación y cual aventurero galáctico se arrojó a la aventura lanzando un alarido descomunal: ¡Amandaaaaaaaaaaaaaa!
Se sintió liviano como si cuerpo fuese una sola molécula. El viaje era cómodo, la extrema velocidad a la que estaba siendo sometido no le ocasionaba molestia alguna. Chispazos anaranjados, azules y amarillos aparecían de vez en cuando delante de sus ojos extasiados y parecían atravesar su menguada masa física. El tiempo transcurrido se hizo nada, de repente su cuerpo adquiría la liviana consistencia de una sustancia acuosa, más tarde se solidificaba y después se sublimaba. Eso le importaba un rábano. Viajaba, se dirigía, iba, llegaría…

Una luminosidad pequeñísima apareció ante sus ojos neblinosos. Poco a poco fue incrementándose ¿sería que su destino ya estaba próximo?

Estaba muy cerca del objetivo, unas cuantas millas, un metro o dos centímetros, eso no lo podía dimensionar. Nuevamente sintió la atracción, esta vez en sentido contrario. El paisaje cambió bruscamente, densificándose. Era su arribo a puerto, indudablemente. Un pequeño tramo y en escasos segundos estaría sentado junto a su adorada Amanda.
Entonces sintió que su pierna desnuda era aprisionada por un objeto férreo. Espantado, intentó forcejear con ese algo que parecía querer triturarlo. Fue para peor, el objeto se abalanzó sobre él sofocándolo. En su último momento de conciencia, pensó en ella, en la mujer que le había inspirado esta travesía y -aunque ustedes no lo crean- cuando sintió que su pobre cuerpo era seccionado en varias partes, su rostro se dulcificó como debe haberlo hecho en el Coliseo de Roma un desafortunado cristiano ante un voraz felino. Lo último que alcanzó a pronunciar fue el nombre de su amada, antes de ser convertido en una argamasa inservible.

En la pantalla de Amanda destelló la siguiente lectura: “Ha sido detectado peligroso virus. El programa de seguridad lo ha eliminado exitosamente”.

Texto agregado el 10-02-2004, y leído por 554 visitantes. (7 votos)


Lectores Opinan
20-06-2004 Que maravillosa descripción sobre la dificultad de permitir el verdadero contacto amoroso por uno de los amantes. libelula
21-02-2004 un texto divertido y fantástico donde el final es el mejor logro. un abrazo. Martin_Abad
11-02-2004 ¡Cómo se lleva al lector en un vuelo hasta el final estimado!, Tiene magia, encanto, imaginación y una factura de primera calidad. gracias por compartirlo hache
10-02-2004 Sorpresivo mensaje en la pantalla de Amanda. Y pensar que, al comenzar a leer el cuento estuve a punto de efectuar la operación en el teclado... Cada vez me sorprenden más tus cuentos. Abrazos y, por supuesto, copas de Don Melchor. rodrigo
10-02-2004 Buenísimo, Un buen cuento Saludos, besos monilili
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