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La mujer era hermosísima y -de pronto- me di cuenta que me observaba con suma atención. Su mirada era insistente, tanto así, que me causó ligero sonrojo. Me sentí Danny de Vito frente a la Kim Basinger o, más actual aún, cara a cara con la Nicole Kidman. Yo soy feúcho, bajo, moreno, rechoncho y pelado y me pregunté, que diantre podía tener de interesante mi desmejorada imagen para que esa beldad detuviera en ella su insistente mirada. La plaza estaba desierta y –como al descuido-me di vuelta para percatarme si algún galán de otra galaxia confluía en el campo visual de la belleza. Nadie; detrás de mí, sólo había un grueso árbol, como los hay por cientos en la capital y no digo miles porque eso sería darle demasiado crédito a los encargados de reforestación de los espacios públicos. A decir verdad, en la corteza del árbol sólo se veía un corazón elaborado a punta de navaja, dentro del cual se leía claramente: “Guido y Laporra se aman” y a un costado de esa bastarda escritura, otro, un despechado acaso, había escrito: “que se revienten los dos en el infierno”.

La cosa comenzó a tomar un color rojo intenso, cuando la rubia, porque lo era la beldad aquella –vaya a saber uno, que extraña fijación tenemos todos los hombres –incluidos adonis y adefesios como yo- con las mujeres de cabellera clara y me permito aventurar, en este paréntesis, que eso se lo debemos a los gringos del norte, que nos metieron en la sesera, a punta de celuloide y Coca Cola, esos estereotipos de belleza aria de virginal estirpe. Aún existen hombres que se excitan ante la sola invocación de la malograda Marilyn Monroe y muchos todavía, a un paso del cadalso obligado, que veneran a al espectro ya desvaído de la Carole Lombard. Bueno, retomando la narración, la cosa tomó un color rojo requetecontra intenso cuando la rubia colocó una pierna sobre la otra ¡ay mi Dios! de tal forma, que la punta de su zapato quedó apuntando hacia mí, señal inequívoca que intentaba establecer contacto con mi persona.

Ni corto ni perezoso, me levanté cuan corto era y caminé, como el barrilito cervecero que soy, rumbo al escaño en donde la belleza aguardaba.

-Hola- dije.
La mujer me miró con evidente asombro y realizó un imperceptible levantamiento de cejas a modo de saludo.
-¿Nos conocemos en algún lado?- pregunté con evidente torpeza.
Ella se encogió de hombros y miró para otro lado.
Ante esta fría recepción reculé mis pasos y regresé a mi asiento.
La rubia, al poco rato, se levantó y se fue, dejando una estela de perfume fino a su paso.
Casi de inmediato, apareció una morenaza tipo Catherine Zeta Jones y se acomodó en el mismo lugar y -por extraña casualidad- comenzó a mirarme con fijeza, tal si yo me hubiese transformado, por alguna afortunada mutación, en el mismísimo Brad Pitt. Nuevamente –por acto reflejo- miré hacia atrás y de nuevo me topé con esa evidente relación de amor y odio estampada en el viejo encino.

Como dicen que la experiencia es la madre de la ciencia, esta vez me hice el desentendido y comencé a silbar una canción de Soda Stereo, mientras contemplaba como dos perros fornicaban al mejor estilo de Can Boy.

Sucedió lo mismo que con la rubia: pierna encima de la otra y zapatito apuntando a mi corazón desaforado. Por lo tanto, esta vez me levanté y caminando al mejor estilo de un modelo, con audacia y paso firme, llegué a su lado y dije: -Juraría que nos hemos visto en alguna parte…
Y me senté con osadía a su lado y la morena que no me despegaba sus ojos, de un negro tan profundo, que llegaba a dar miedo mirarlos.
Como había visto en algunas películas, comencé a aproximar mi rostro, sin notar que el suyo se moviese en dirección a la mía. No obstante, continué acercándome hasta que pude sentir su aliento suavemente mentolado. Cuando estaba a punto de rozar la pulpa de sus rosados labios, sentí que el universo se desplomaba, que las estrellas colisionaban y que Antares, la enorme estrella, se estrellaba en mi burdo rostro. No era Antares, por supuesto, sino la palma de la chica, que ofendida, me había pegado una tremenda cachetada y luego se había levantado furiosa, diciendo tantos disparates, que muchos de los cuales, ni siquiera sabía yo de su existencia.

De ahora en adelante, cuando una chica bonita clava sus ojos en mí, me hago el desentendido. Ya sé, ya tengo claro que su mirada es de adoración por mi fealdad tan absoluta, que se supone que también debe tener poderes afrodisíacos. Porque, sea como sea, existen feos afortunados que se ligan a una reina de belleza y feos pobretones como yo, que sólo están para recrear (En el peor sentido) la vista de las mujeres bellas…














Texto agregado el 02-01-2007, y leído por 190 visitantes. (2 votos)


Lectores Opinan
03-01-2007 lindo paloma_del_sur
03-01-2007 Jajajajaja, genial, que bueno,suave simpàtico, divertido,con esas imagenes tan bien definidas. Eso de la cahetada, que creìste era una estrella jajajaja Me encantò.******** Vic 6236013
 
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