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Por las escaleras bajé corriendo, con el corazón latiendo a 160 por minuto, respirando agitado; mis piernas empezaban a flaquear. Pero debía escapar, alguien estaba persiguiéndome, no sabía quién, pero sabía que lo hacía.

La puerta estaba abierta, seguí corriendo, despavorida grité. Los pájaros asustados salieron volando estrepitosamente mientras dejaban bamboleando el alambre donde parados estaban; el perro aulló conmigo, confundido, miraba para todas partes y no sabía de lo que corría, simplemente corría junto a mí.
Llegue al lago y seguí avanzando sobre las aguas. La presencia persistía. Mira hacia atrás. No había nadie. Pero sentía a mi persecutor, se escondía en alguna parte, expectante, listo para salir al ataque. Podría estar debajo del agua, sobre ella, sobre mí, ¿sería mi perro?
Lo mire con odio. Al verme metió el rabo entre las piernas, agachó la cabeza junto con su temerosa mirada y empezaba a darse vuelta, sentía lo que se avecinaba. Antes de que pudiera salir arrancando saqué la pala de Manuel de mi bolsillo y en un estado de frenesí empecé a golpearlo. El perro se quedó inmóvil, no hizo ningún gesto, no emitió sonido alguno. Tranquilo se fue hundiendo, en paz, cada vez más profundo con cada golpe que le daba hasta que no lo alcancé y lentamente fue llegando al lecho del lago. Tiré la pala mientras veía como comulgaban asesino y asesinado, en su eterno descenso donde jamás serían recordados.
La presencia seguía allí. Hiperventilando continué corriendo mientras el cielo empezaba a tomar un color escarlata intenso. Llegué a tierra. Nadie, sólo yo estaba parado en medio de ese páramo desgraciado, que se adentraba dentro de mis pulmones, llenándolos de polvo de más de cien años de soledad. Un árbol de finas ramas, con sus hojas verde claro y una altura no superior a dos metros se erguía amenazante y agresivo en su flaqueza. Al lado un hacha, al otro nada.
Sin razonamiento alguno tomé el hacha y comencé a embestir contra él, creyendo que con su muerte el persecutor, el árbol que se mecía profundamente instigándome, intentando producir algún gesto de culpa mientras mecía el hacha una y otra vez aumentando su flaqueza. Misericordia alguna no sentía, él era un hipócrita de esos que provenían del bosque que estaba cerca de mi casa, a unos pocos metros en realidad, de esos oscuros que nadie se atrevía a entrar ni salir.
Y cayó, súbitamente cayó. La presencia del persecutor se hizo más intensa. Oscureció totalmente. A lo lejos se vio una pequeña luz. Avancé a tientas si poder ver nada. Mi corazón seguía acelerándose con cada paso que daba… sentía que me ahogaba.
Finalmente noté que era una cabaña. Por fuera se veía agradable así que no dude en entrar, quizás así podría dejar de huir. Al entrar me encontré con un hombre de tez clara, calmada, con la cara un poco arrugada, frente a la chimenea leyendo El Aleph. Procedente de libro escuché una risa maquiavélica. Me estremecí, pensé que ese pequeño libro era la fuente de mi actual desdicha, de mi miedo sempiterno. Debía quemarlo. Sin que el pobre viejo me hubiera sentido hasta entonces le arranqué el libro de las manos y se lo tiré al fuego. Que no se hubiera alterado sino mirado con calma me alteró más de la cuenta. Me sonrió de forma pacífica mientras me indicaba el fierro con que atizaba el fuego. Caminé para tomarlo, lo calenté, hice como si acomodara las maderas que el fuego consumía mientras veía como iba adquiriendo un color rojo ardiente. Con la misma calma con que el viejo me señalo hace un momento camine hacia él fierro en mano, divise un punto en su espalda, en la parte inferior derecha del omóplato izquierdo. Se lo enterré de forma automática mientras empezaba a sentir el típico olor a carne asada, ese de todos los domingos. El viejo cerró los ojos, me dirigí hacia la chimenea y saque las brasas hacia el suelo. Me di vuelta mientras la cabaña empezaba a elevar su temperatura peligrosamente y la alfombra comenzaba a expeler humo. Al cerrar la puerta ésta prendió y seguí corriendo en la misma dirección que había llegado, alejándome inexorablemente de mi hogar y esperándolo hacer de mi persecutor, mas era en vano.

Cerca de las tres de la madrugada el monitor emitió un largo y continuo sonido. A pesar de las fuertes alertas anteriores ninguna de las enfermeras escuchó nada, estaban todas en el techo del hospital, la mayoría fumándose un cigarro mientras la única de turno sufría de un ataque de cólicos en el baño de empleados. Para cuando ésta última salió y escuchó el monitor ya varios minutos habían pasado.
Histeria reinó en el cuarto, los doctores preparaban los desfibriladores mientras otro gritaba a la enfermera la serie de fármacos que debían estar introduciéndose, introducidos y por hacerlo, entremezclados con retos de ausencia, despreocupación y falta de profesionalismo, mientras iba cayendo en un estado cada vez más irrecuperable una enferma, una enferma que las escuchaba, que les servía de confidente a enfermos, enfermeras y doctores, que les contaba cuentos y anéctodas de juventud, de juventudes falsas pero que les gustaría vivir, que les contaba del perro guía de su esposo que lo salvó innumerables veces de ser atropellado, del jardín que desde chica cuidó imaginándose que estaba encantado por duendes y hadas con las que jugaba por las noches, de su abuelo que decía haber conocido a Siddharta y por eso vivía solo en una cabaña en medio de su inquebrantable pero apacible soledad y que con una sola palabra le aquietaba el alma, tal cual ella lo hacía con ellos.
Tras varios minutos de reanimación, decretaron su muerte a las 3:?? Del 29 de Febrero del año recién pasado. La habitación estaba de luto.
Al día siguiente la velaron, en la noche fue la misa y todo el hospital asistió, ningún familiar apareció, el equipo médico que tanto la cuido, sus compañeros de cuarto que tantos meses la habían acompañado y con su voz aliviado, eran la única familia que le quedaba. Solemnemente la enterraron y la recordaron con gratitud. La limpieza de ese cuarto fue pospuesta por un par de días mientras enfermeras en carácter fantasmal pasaban con mirada nostálgica por fuera de ellas. Las que se atrevían a entrar rompían en llanto al mirar la cama ahora vacía.
Una semana más tarde la limpieza fue impostergable. Al vaciar su velador al piso cayó una carta que comenzaba así: “Nunca mates a tu acompañante de toda la vida, no cortes el árbol que plantase ni desesperes, la paciencia te dará templanza y sabiduría. Sino me haces caso, ¿quién te dirá de qué escapas en esta vida?”.

Texto agregado el 11-01-2007, y leído por 219 visitantes. (5 votos)


Lectores Opinan
29-12-2007 interesante texto.. en ese ambiente de sueños donde uno parece palpitar a mil, y a tu alrededor, todo parece ajeno a tus agonías, como carcajadas silenciosas.. Muy bien relatado. Heredero
10-03-2007 Es una muy buena historia, Hubo partes en que me dejó sin aire. Besos y estrellas. Magda gmmagdalena
16-01-2007 Un brillante relato. FENIXABSOLUTO
11-01-2007 Sensacionisismo...! Lo unico: creo que le sobran las emociones... podrias hacer que el lector se emociones más con las acciones y no hacerlas tan explícitas ...Sólo es un humilde comentario juarecillo
 
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