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Para el loco de Guy, buen cuentero que me ha sacado más de una carcajada...
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Los fines de semana salía de la cama muy temprano para formar parte de las protestas contra esto y aquello, muchas veces en contra de las grandes empresas que destruyen la ecología de nuestro planeta. Luego me iba al mercado general a comer en los restaurantitos de comida sencilla y sabrosa. Eso lo hacía con los amigos de fin de semana, muy diferentes a los cuates del colegio.

Durante la semana consumía la comida antiséptica del comedor escolar y visitaba a mi novia. Mis padres no se podían quejar de su hijo y mis amigos me ubicaban como un futuro profesional comprometido con la patria. Todo marchaba correcto y limpio, de lunes a viernes, sin contratiempos sociales, pero los fines de semana eran míos.

Los sábados yo cambiaba de barrio. En el barrio de esos amigos se discutía sobre el desempleo y el apuro de los padres por llegar a fin de mes sin empeñar la televisión. A pesar de eso siempre me invitaban y nunca me preguntaron sobre mi forma de vida. Les bastaba saber que luchaba por la misma causa que ellos.

Un sábado planeamos romper los cristales de las filiales del Mc Donald´s a ladrillazos. La acción sería hecha al mismo tiempo, dándonos la señal con el teléfono portátil. A la hora del ataque rompimos los cristales. Asustamos a la gente que en esa hora pico comía sus hamburguesas. Otro grupo dejaba carteles en donde se explicaba el motivo de nuestro repudio… lo típico: “Mc Donald´s destruye el Amazonas”, “Nos estamos comiendo al mundo”, etc….

Lo que a nadie se le ocurrió durante las semanas anteriores de planeamiento, fue colocar gente que cuidara si venía la policía… por eso, cuando quisimos salir corriendo, descubrimos que la calle estaba cercada. Fue la operación más grande de la policía en la historia de la ciudad. Cercaron al mismo tiempo las doce filiales. Alguien del grupo nos había delatado. Allí nos esperaban los policías, con camorras largas y gordas, blindados, enojados y capaces de cualquier cosa. Sentí miedo. En ese momento me arrepentí de burlarme de mi cómoda vida y de mis amigos del colegio. Nadie dio la orden, pero intuimos lo que debíamos hacer: ¡Sálvese el que pueda!

Los policías empezaron a masacrar jóvenes, golpeándolos con saña y gusto. Yo tuve la suerte de meterme a uno de los locales y de que la vendedora me dejara salir por la puerta trasera. Salí a otra calle, vacía y tranquila. Al otro lado se escuchaban los gritos de mis amigos y el aullar de las sirenas… algunos policías pasaron a mi lado, buscando a los muchachos que se les habían escabullido. Metí las manos en las bolsas de mi pantalón y puse la cara que pongo cuando estoy frente a mis padres. Me vieron y siguieron de largo. Mi pelo corto y la buena marca de mis ropas me camuflaron a la perfección.

Caminé por la ciudad. No tenía ganas de llegar a casa, así que deambulé por calles desconocidas. En algún momento me dio hambre, un hambre espantosa. Busqué algún lugar para comer y descubrí el Speedy Lunch. Entré. El local era sucio, con manchas oscuras en las paredes, con mesas de madera carcomida y periódicos recortados como servilletas. A pesar del aspecto, el olor que despedía la parrilla era de lo mejor. El restaurante estaba lleno. La gente esperaba a que se desocupara una mesa y otros hacían fila para pedir. Todos comían un sandwich gigante, repleto de carne de cerdo y mucha ensalada. La apariencia era exquisita. Estaba observando el local y en ese momento descubrí una rata tremenda que corría en medio de los pies de los comensales. Los que percibieron al bicho lo ignoraron y los que no, les daba igual. Mis tripas exigían su tributo. Me formé. Cuando me tocó el turno, le pedí un Speedy lunch Special al señor. Son 60 pesos, me dijo. Pagué con un billete de a cien. El señor lo cogió con ambas manos, grasosas, lo metió a la caja, me dio el cambio y se puso a preparar mi lunch special. Con las manos metió la carne al sandwich, luego, con las mismas manos, sin guante, sacó la ensalada y cubrió la carne… dios mío, pensé, si no se lava las manos con las que cobra para hacer los sándwiches, por lo menos espero que la ensalada esté lavada. Se lo pregunté…

- Señor, ¿la ensalada está lavada?

La gente de la fila observaba la escena.

El tipo detuvo la acción, se rascó la cabeza, y me contestó…

¡LOS MARICONES SE VAN AL MC DONALD´S!





Texto agregado el 13-01-2007, y leído por 392 visitantes. (13 votos)


Lectores Opinan
14-06-2012 Pues a mí el final me parece lo mejor, el vendedor lo pone en su sitio, ¿no estás viendo la rata, cómo se te ocurre decir si la ensalada está limpia?solo es un burgués luchando por una causa que en realidad no era suya, escapa, deja a sus colegas machacados por la poli y se pira a comer, hubiera sido bueno también que hubiera sólo un macdonalds abierto y el final acabara tipo: un menu macroyal con patatas deluxe por favor :) vihima
26-01-2007 EL FINAL TENIA PARA MAS ... AMEBA
26-01-2007 PUES GOLDBERG AGRADECE KE EL TIPO NO SE RASKO EL KULO AMEBA
18-01-2007 No me gusto el final don goldberg, para ser sincero siento que como en un pleito, estas vapuleando al contrincante y vas bien, para al final sacar un arma y ejecutarlo, así sentí este texto. Madrobyo
17-01-2007 Que buen cuento, me encantó la historia y la forma en que narras, que hace que se lea rápido y facilmente. Felicitaciones! ***** -Aylin-
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