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El hueso patrio de Manuel

Manuel chupó ávidamente el hueso de res achatado que instantes atrás había despojado de su carnosidad. Partió un limón por la mitad y derramó un poco de jugo sobre los cartílagos adheridos a los bordes filosos de la osamenta. Luego continuó mordisqueando y lamiendo su trofeo hasta que la costilla no tuvo mas que ofrecer. No satisfecho con los modestos resultados de la exploración, Manuel intentó extraer la médula porosa del interior produciendo extraños chasquidos al succionar. El experimento fue infructuoso: solo extrajo su propia saliva. Resignado bebió el resto de la sopa de frijoles sin utilizar la cuchara de plata que su mujer había envuelto previamente en una servilleta. Igual, la sopa ya estaba fría. Ignorando las reglas de ética y el rígido protocolo que su señora imponía en la mesa, inclinó el plato sopero sobre sus labios grasosos y bebió hasta terminar de un trago el resto del caldo marrón.
Del otro extremo de la mesa, su mujer que nunca hablaba ni permitía que nadie lo hiciera mientras comían, le dirigió una mirada fulminante, un rayo cargado de algo más letal que el simple odio, un dardo venenoso. Sin darse por aludido Manuel volvió a interesarse por el hueso achatado. Ahora se dedico a observarlo minuciosamente, apreciándolo desde todos los ángulos, como si admirase un objeto de preciado valor, o la pieza ausente de un rompecabezas familiar.
De pronto en su rostro se dibujó una sonrisa histriónica. Por un instante permaneció observando detenidamente a su mujer, como si pretendiese transmitirle algo indefinible. Un brillo inusual se posó en sus pupilas. Ella que conocía muy bien aquella mirada rutilante y febril, desvió su mirada en otra dirección, evitando el incomodo escrutinio del enajenado.
Aprovechando la distracción Manuel tomó un fino marcador de un lapicero y dibujó rápidamente cinco estrellitas en el espacio blanco del hueso, justo en el centro, en el lugar que antes ocupaba la carne vacuna. Los dos espacios oscuros y simétricos en los extremos de la osamenta hacían perfecto juego con el centro blanquecino del hueso, que ahora lucía condecorado con las cinco estrellitas. La bandera patria se percibía claramente en el cuerpo óseo.
--- ¡LA UNION¡ --Gritó de pronto Manuel lleno de euforia, blandiendo el hueso como un arma primitiva entre sus manos --¡La Republica de Chico Ganzúa¡ --bufó de nuevo el hombre amenazando a su contrincante invisible y lanzando estocadas mortales a sus contrincantes invisibles.
----- ¡Pero si serás idiota! -----gritó de pronto la mujer arrebatándole el hueso de entre las manos----. No ves que las franjas van al revés y además son azul turquesa, como el cielo centroamericano.
-----¡No importa insensata! para mi es la bandera de la unión y punto ----se defendió Manuel queriendo recuperar el hueso y lanzando torpes manotadas.
----¡RAMBO, SAM! -----gritó la doña montada en cólera.
De inmediato aparecieron en escena dos enormes mastines. Sus pequeños ojos sanguinolentos y el hocico lleno de baba infundieron tanto temor en el héroe que tuvo que refugiarse en el regazo de su mujer.
Sin soltar a Manuel, la mujer lanzó el hueso al aire; los perros saltaron como impulsados por un resorte invisible y en un santiamén descuartizaron entre sus afiladas garras y colmillos el hueso patrio de Manuel.
--Así está mejor, --dijo la señora, acariciando el pelo hirsuto de su marido y acogiéndolo en su amplio seno.
--- Así está mejor.
---La unión ----susurró débilmente el sollozante Manuel

Texto agregado el 15-01-2007, y leído por 127 visitantes. (0 votos)


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