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EL ADIÓS DE CAYITO

Desde sus manos cruzadas se proyectaba el movimiento. Una quietud tensa apuntaba hacia la sombra que se hacía a sus pies. La respiración es pausada, los ojos, serenos, pero una serenidad que evadía otras miradas; cuando posaba los ojos en otros se veían los pliegues de la frente. Hablaba Cayito, así le han dicho en el pueblo desde siempre que él recuerde, y cuando hablaba, la serenidad se rompía y de sus labios la voluntad extraía las palabras de mal grado: “¿Cómo están en la ciudad?” Esa fue su única frase en el corredor techado de tejas y poblado de golondrinas, adornado con imágenes religiosas que presidían el silencio de la casona situada en plena plaza central. Está lejos la ciudad, con los colores que Cayito sólo ha visto en estampas. Pero él no siente ninguna pena por no haber estado allá, no extraña los rumores que parecen desprenderse del paisaje de la urbe en las fotografías que le mostraban. Deseaba, quizás, que desde las montañas de blanca humedad bajasen hasta sus manos todas las artes de aquel mundo desconocido, para hacer con sus experiencias verdinegras, de alma vegetal, que tuviesen un sentido distinto, propio. Allá, los quejidos del aire serían firmes, pero nunca habría tempestades como las del pueblo, durante la época que llamaban invierno y que no lo era; solo lluvia y tormenta. Con sus manos y artilugios haría Cayito un nuevo espacio con los fluidos de la ciudad, y sería sólo suya. Porque tampoco allá en la ciudad los ensalmos del espíritu eran como éstos: sin cruces pero sin restaño. En sus pocas palabras, era vivir sin espacio, llenar de ruido la soledad.
Después extendió la voz. Sonaba pastosa, lenta, eco de bosques y ríos pedregosos: “Aquí el tiempo echó raíz”. Cada frase un golpe seco, cada interrupción del campanario una pausa del pensamiento. Cayito mide el acompasado tañer con el transcurso de su propia vida, y a ese mismo compás se hacían las imágenes en su memoria: a borbotones de agua y miel. Y dijo entonces que Samuel Steinberg le había dejado una inquietud desde que le habló de la ciudad. Le decía el sabio inmigrante que allá también se vivía con la soledad pero sin el recogimiento que se adueña de las gentes, con su silencio en la mirada expuesta sólo en alguna oportunidad necesaria. Cayito sabe que en la ciudad no verá los eucaliptos adornados de la greña seca de parásitas que se mecían con el viento montañés, pero sentía alguna curiosidad con las palabras de Steinberg. Imaginaba que el bullicio de la gran villa era semejante al hablar de los visitantes que venían al pueblo, estridente y a veces incomprensible, porque decían cosas que Cayito no comprendía. Es que para él tiene sentido el saludo de la calle y la querella sobre asuntos triviales; para Cayito es importante la vista del atardecer o la espera del tiempo de aguas. No era más que eso lo que decía. Y sin embargo parecía justificarse y tomaba la palabra vehemente: “Este silencio que parece apacible encierra más vida que la que hay en la ciudad. Hay aquí una vida oculta que mueve todo esto…” Esa oración parecía hablar de lo que no vemos en el contacto inmediato con las cosas, aquello que cada hombre en este lugar construye con la tierra para ponerlo en su nicho personal. O posiblemente quería decir que en el fondo de la naturaleza ondulan existencias no vistas, que se promueven muertes y se mantiene el ritmo de lo vital: el ojo atento del insecto a la caza de su presa, el ansia silenciosa del instinto, apenas quebrantada por el arrullo de los pájaros en el rito amoroso, el zumbido de las abejas que vibran de un lado al otro empujadas por el hambre, la lucha de la vida infinitamente repetida. Y pudiera decir también de los árboles doblegados por las parásitas como medusas colgando, para estrangularlos y extraer su savia. Cayito hablaba a su manera, sin pretenderlo, de las esencias. ¿O sí sabía lo que decía?
El preludio de sombra que va cubriendo esa montaña crece y luego desvanece las formas, igual que la fragua y el olvido mortal de las pasiones más intensas.
Todos saben que hace ya tiempo Cayito perdió a su mujer y su hijo de pocos años; que está solo y vive con una prima que le da cobijo y afecto; pero nadie sabe nada más de esa relación entre ellos. Cuando el visitante le pregunta si quiere venir con él a la ciudad, Cayito apretuja las manos y guarda silencio por un rato. “¡Vivir en la ciudad!”, se estrelló la breve frase en la pared del corredor, y todos miraron cómo sus ojos se fugaron hacia la loma distante. En la distancia se escuchaba el cencerro, y la yunta de bueyes distraía la modorra campesina. Parecía que este momento venía desde muy lejos en la historia de Cayito, y pudo percibirse su tristeza. Era querer enlazar con el cordel del cautiverio los músculos del tiempo del campesino encerrado en sus secretos, como acallar la algarabía del río. Y sonó de nuevo el nombre de Samuel Steinberg, para decir que el viejo le había enseñado a querer la ciudad, con su atractivo luminoso, sus tentaciones presentidas en la noche que atrae y desliza trofeos para él prohibidos.
¿Y que hacer con ella, la mujer compañera? No querrá ir a la ciudad. ¿Y los recuerdos de lo vivido siempre aquí: el hijo, la esposa? En torno a la iglesia ha existido Cayito, junto con la memoria de lo que ha rodeado su andar por las calles del pueblo, por el erial, guarnecido en el mutismo que sólo rompe al estímulo natural: las aspas del molino que mueven las entrañas del agua, el dulzor de caña que llevará a las casas del pueblo, hasta que llegue la vejez.
Pero ahora Cayito ha pronunciado una sola frase: “El viejo Samuel Steinberg…”, con la que parece haber dicho todo. Ya el amigo extranjero no le mostrará las estampas coloridas de la ciudad, y él continuará su misma vida, con el alba incierta y el crepúsculo que la imita. Dice luego Cayito que pronto regresará, se levanta y sale por la puerta desvencijada del zaguán, hacia la plaza y más allá, caminando a lento paso hasta el borde del río. Un árbol de agua, de peces y aves tomará en sus manos resecas, y remontará la colina cargando esas otras prendas y frutos para dejarlos como ofrenda en manos de extraños seres, desconocidos visitantes. En la espesura del follaje, en el musgo, se iluminará el anochecer con lámparas de fuego que celebran el rito nocturno de su bosque, para cautivar el espíritu de los hombres y rendir el adiós definitivo de Cayito.
Steinberg le daría la razón.


Texto agregado el 06-02-2007, y leído por 146 visitantes. (7 votos)


Lectores Opinan
16-02-2007 Un magnífico cuento. Me quedo mudo ante el arte de plasmar con palabras sentimientos y ambientes. Sólo puedo deleitarme. Enhorabuena y gracias. graju
13-02-2007 Hola Ricky!! Muchas gracias por pasar y leerme... Fue uno de mis primeros opinólogos (jaja) espero siga leyendome. Admirada por tu texto, muy bien escrito... los detalles lo hacen precioso.. FELICITACIONES CARPE DIEM amal
13-02-2007 De verdad haces una descripción excelente de la vida del protagonista, gestos inquietudes, temores,su lucha por la vida en fín. Ese Cayito, pareciera ser una persona a la que he visto. Porque te desenvuelves tan sabiamente, que nada pasa desapercibido. Un beso grande ricki, y mis felicitaciones********** Victoria 6236013
11-02-2007 Magnífico este cuento, Alejo. Casi nada dices en favor de cuál es el mejor lugar para Cayito, sólo indicios, de los que el lectos va extrayendo su propia inclinación, que al final, resulta ser la misma decisión que la del protagonista. Excelente el final. Mi ¡enhorabuena! junto con las estrellas. Un abrazo... neus_de_juan
06-02-2007 Sí el estilo ya es de por sí un deleite para el lector, sabe bien el autor conducirlo por transfondos que enriquecen y nos hacen pensar, con lo cual has logrado tu cometido de manera magistral... churruka
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