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La telepatía ya es un hecho en el año 2500. Las palabras han dejado hace bastante tiempo de movilizarse por el espacio físico para luego ser recibidas por un anticuado aparato auditivo que, por su desuso, se ha atrofiado sensiblemente. Todos, de capitán a paje, se comunican mediante pensamientos dirigidos con determinado nivel de frecuencia. Estas pequeñísimas partículas eléctricas viajan a velocidades infinitesimales y sin importar el lugar del globo en que uno se encuentre, el mensaje es captado con una nitidez que ya se hubiesen querido los más modernos aparatos de telefonía que, está demás decir, desaparecieron del mercado con la misma frecuencia en que fueron apareciendo los telépatas. Claro que debieron transcurrir varios años para que se masificara esta telepatía electrónica. Primero hubo un largo período experimental en que a algunos voluntarios se les implantó un microchip que, en el fondo era simplemente un diminuto receptor de onda ultracorta. Como no es la idea adentrarnos en el aspecto científico de este asunto, diremos que cuando esta tecnología se comercializó, los primeros beneficiarios fueron los individuos de los estratos más altos. Esto provocó una mayúscula crisis valórica puesto que los privilegiados se asociaron en clanes, tomaron draconianos acuerdos que les significó adjudicarse millonarios negocios, instauraron un tráfico de influencias de una diabólica eficiencia y agrandaron aún más la brecha existente con las clases más desposeídas. El sistema fue perdiendo credibilidad cuando los hackers se dedicaron a interferir las señales micropropulsadas para luego vender la información a quien la requiriera. Esto se transformó en todo un desafío para los fabricantes de estos minúsculos aparatos, ya que debieron crear aparatos que sortearan a los clonadores, encareciendo aún más el costo de fabricación.

Hace trescientos años que el ser humano sufrió una mutación genética que lo proveyó de un sentido telepático natural. Como es bien sabido, el ser humano copia a la naturaleza y si bien en algunos casos se adelanta a sus dictados, esta muy pronto recupera terreno. Esto vino a significar el fin de esos minichips, los costosos implantes fueron cosa del pasado. Hoy, un niño, apenas adquiere discernimiento, ya se puede comunicar con sus semejantes mediante un rústico lenguaje mental que con el transcurso de la madurez se va afinando hasta la máxima perfección.

Un tema que debiera ser irrelevante pero que conmueve. La especie humana fue perdiendo paulatinamente sus órganos exteriores, es decir sus orejas y su boca. Ahora, los cánones de belleza propios de una dama, por ejemplo, son los siguientes: Cabello escaso y cortísimo, ojos aumentados casi al doble de los del siglo XX, nariz pequeña, orejas mínimas, la boca, un diminuto orificio que se dilata sólo para tragar algunos alimentos, lo cual es suficiente ya que lo más voluminoso que se lleva un ser humano a la boca es una pastilla de dos centímetros de diámetro y que representa un poderoso nutriente. Siguiendo con la geografía humana de nuestra hermosa modelo, diremos que su silueta es extremadamente delgada, piernas largas y huesudas, brazos con las mismas características, terminados en manos de dedos muy largos y finos. Ustedes dirán: ¡Vaya! ¡Que bien ha descrito a Xanadiasia, la reina de belleza del continente américano! Y es verdad, se ha descrito a ella y a millones que desean parecérsele.

La vida es injusta con Zual, un discapacitado que desgraciadamente no nació con poderes telepáticos, lo cual se le representa en su rostro, similar al de nuestros antepasados post prehistóricos y que su sola presencia promueve el horror y la repugnancia más absoluta. Es un joven de unos veinte años que posee dos ojos pequeños, una nariz muy desarrollada y lo peor: un par de labios gruesos que son toda una repulsión ya que semejan dos ulceras varicosas que parecen colgarle de la nariz. Además posee orejas similares a un par de anticuados parlantes y para disimular todo esto lo cubre con su larga y atroz cabellera rubia que en parte le protege de la mirada de los demás. Zual, mueve sus horribles y carnudos labios para pronunciar un extraño sonido ronco, una serie de balbuceos que son un pobre sucedáneo de la rica comunicación telepática sin palabras y sin accesorios desgastados. Es poco menos que un ser antediluviano, un paria de esta moderna sociedad que deambula por los boulevares buscando alimentos para subsistir.
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Zual apretó contra su pecho una serie de obleas que encontró en un recolector municipal de residuos. Las minúsculas y saborizadas pastillas, se hicieron insuficientes para su gaznate acostumbrado a comer algo más consistente. Pero el menudo cóctel le provocó una severa indigestión, porque lo consumido equivalía a un mes de nutrición. Pálido y estragado, recorría las calles eludiendo la mirada de los pocos transeúntes y sobre todo a los fiscales que si lo descubrían, lo introducirían a ese veloz autogiro y lo irían a desterrar a alguna isla o simplemente lo arrojarían al mar. Ocultándose y tratando de hacerse invisible a los ojos de los demás, llegó a la mansión del Dr. Oxcult. Este era reconocido por los seres mendicantes como un alma blanca, un ser caritativo que alojaba en su opulento palacio a todos esos seres desgraciados y desahuciados por la sociedad. A duras penas, sorteó dos vehículos policiales que estuvieron a punto de descubrirlo y casi sin fuerzas, llegó al enorme portón del filántropo.

Se le concedió una iluminada habitación con una acogedora cama neumática. La enfermera del lugar, Adianza, le hizo tragar un efectivo purgante que en pocos segundos le limpió su estómago. En su cómodo lecho, Zual repasó su triste infancia. Arrojado por su madre a la calle cuando tenía pocos meses de existencia, debió acostumbrarse a vivir en oscuras madrigueras, alimentarse de ratas y cucarachas y ocultarse del mundo tan diferente a él y que lo rechazaba con tanta violencia. Sabía que no había cura para su mal y estaba condenado a vivir en la clandestinidad y a convivir en las sombras de la noche con engendros igual a él.

Esa jornada estaba teñida de desgracias. Alguien le informó a los fiscales que existía un nosocomio en el cual se le brindaba atención a todo tipo de alimañas. En plena madrugada, Zual fue despertado por fuertes ruidos y por una iluminación intensa que hería los ojos. Se asomó a la ventana y vio como los pacientes del Dr. Oxcult eran sacados a empujones y subidos al autogiro. Con el horror pintado en su bestial rostro, el joven abandonó la habitación y acostumbrado como estaba a mimetizarse en cualquier recoveco, alcanzó a llegar a la planta baja, se sumió en las alcantarillas y ya a salvo, sintió un crepitar de llamas que arrojaba oleadas de calor a través del túnel: era la mansión del filántropo, la cual había sido incendiada como castigo ejemplarizador.

En las afueras de la ciudad se había establecido una especie de asilo que cobijaba a todos estos seres deformes o con minusvalías. El jefe de este grupo era Narmaj, un tullido que trabajó durante varios años en la Hacienda del Estado y que se desplazaba en una silla de ruedas motorizada. Su deseo era destruir las bases de esa sociedad deshumanizada que los consideraba un lastre que había que exterminar. Si bien los excluidos no eran más de un par de cientos, cada uno de ellos sabía bastante de su respectivo oficio. Allí había ingenieros, abogados, personajes de gran valía y que habían sido desechados por sus discapacidades.
Quiso la fortuna que Zual conociera a Mineru, una chica deforme que si ustedes hubiesen conocido, la habrían confundido con nuestra contemporánea Julia Roberts, tal eran sus ojos, pequeñísimos, esas horribles protuberancias bajo su larga nariz y dos carnosidades a cada lado de la cara que le daban un aspecto atroz. Pero era una mujer sumamente inteligente, una profesora que instruía a esos pobres desposeídos que soñaban con mejores días.

Acaso eran dos almas muy parecidas las de estos muchachos. El asunto es que congeniaron tan bien que se hicieron inseparables. Asistían a las encendidas reuniones convocadas por Narmaj para establecer los planes de un futuro ataque.

La noche del dos de Enero de 2501, se decidió que se atacaría la Central de Inteligencia. Fueron comisionados para este operativo, un grupo de jóvenes, entre los que se contaba Zual. La idea era desbaratar el aparato comunicacional, que era el que derivaba las señales y coordinaba todas las provincias en torno al Gobierno Central.

La despedida de los muchachos fue muy emotiva. Se sabía que iban al sacrificio y que fuese cual fuese el resultado, las represalias serían enormes. La esperanza era que los grupos humanitarios al interior del país, reforzaran su lucha por abrirles las puertas a todos los excluidos.

Zual abrazó a Mineru y sus horribles labios se acercaron en un emotivo roce carnal. Estuvieron juntos toda la noche y al día siguiente se separaron con la promesa de encontrarse aunque fuese reencarnados en sucesivas existencias.

El ataque fue, por supuesto, repelido con todas sus letras. Los rebeldes fueron encarcelados y al día siguiente subidos a un enorme autogiro. Ellos sabían lo que les esperaba. Zual miró con ojos entristecidos esas colinas del sur, en donde sabía que un par de ojos llorosos se sumergían en el horizonte buscándolo a él.

Cuando el aparato se elevó por sobre las cúpulas y edificios de la Gran Urbe, los voluntarios de la muerte, como se les denominó desde entonces, gruñeron como sólo ellos sabían hacerlo y lo hicieron con tanta desesperación, con tanta fuerza y enojo, que los guardias apresuraron la sentencia, abrieron las compuertas de la aeronave y más de una veintena de cuerpos deformados por todo tipo de taras, salieron despedidos por el espacio para caer como piedras y despedazarse en las arideces de los extramuros de la ciudad.

Desde entonces, cada tres de enero se recuerda esta gesta como la más importante en la reivindicación de los minusválidos de todo el mundo…

Texto agregado el 16-02-2004, y leído por 446 visitantes. (5 votos)


Lectores Opinan
06-03-2004 buen texto fantastico, proyectando en un futuro la misma serie de problemas de incomprensión actuales y narrado en tono irónico. le noto, sin embargo, ciertas confusiones de identidad del narrador, que lo esta narrando en el año 2500, pero cuando habla de nineru la compara con "nuestra contemporanea", otro detalle, mínimo, es el de ¿quién recuerda esa gesta como reivindicación? ¿se supone que los discapacitados ya lograron sus objetivos? ¿entonces desde que año está narrando? detalles nimios, que tal vez se me escaparon. un saludo. Martin_Abad
16-02-2004 Las minorias suelen ser las que siempre pierden, me gustó el cuento ¿llegaremos algún día a ser así? yoria
16-02-2004 Interesante y posible en este raro mundo, mis besitos a ti AnaCecilia
16-02-2004 Me gusto y parecio muy interesante, me recuerda 2 episodios de "La dimensión desconicida" una antiguo donde los que leian estaban mal otro en el que los deformes eran el estandar de la sociedad, la diferencia entre ambos es como unos 35 años, pero el tuyo tiene lo suyo. Rauko
16-02-2004 me gustó... yo no escribiría desde este tiempo porque le quita credibilidad... quizás hubiese sido desde algún 3 de enero posterior al hecho, de cualquier manera, te merecés las estrellas. silvita
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