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TERROR EN LAS SOMBRAS VII


dEmENciA dIabÓlIcA




Eran las 10 de la mañana. Ella había salido de casa con el bebé. Él esperaba desde que se levantó y no la encontró a su lado, y tampoco su hijo estaba en su cuna. Despertó ofuscado; no sabía qué cosas habían pasado antes de que se despertara. Su cabeza le latía y su manos temblaban. Un color rojo como de irritación cubría la superficie de su rostro. Sus ojos parecían desorientados. Clamaba y gritaba en busca de su esposa y su bebé. No sabía dónde estaban.

Las 13 horas. El calor del verano sacudía su equilibrio. Su esposa no llegaba. Estaba desesperado y pronto comenzó a enfurecerse. Sus puños besaron los espejos y los vidrios estremeciéndolos en mil pedazos. La sangre le escurría por los dedos. De un cabezazo perforó la puerta endeble del armario. Volcó la cama y las almohadas sufrieron en el embate de su furia, apretándolas con sus manos como si fuera un cuello ahorcado. Las plumas flotaban en el aire danzando al ritmo de su furia descontrolada. Como una sinfonía de ira, los violines agudos de sus patadas a los muebles marcaban el ritmo virtuoso de la cólera, y sus manotazos violentos que repartía, sin percatarse de que se lastimaba, sobresalían dejando una estela de furor imparable que escribían compases irregulares que terminaban dándole nuevos arrebatos para derramar su lava ardiente de irritación.

Las 14 horas con 37 minutos. Aún no cesaba su estrepitoso concierto. Sus fuerzas amainaron, pero en su interior seguía con sus pensamientos violentos e impuros en progreso, que extraía de sus reservas mentales, cuando las acumuló en su alma al no tener el cuerpo suficiente para encender toda la hoguera que quería prender. A los pocos minutos llega ella. El bebé llora. Él yace de pie en frente de la ventana con la mirada fija en ella. Ella se queda paralizada sin decir una palabra. “Dame al niño…” – susurró él. Ella no reaccionaba. “Dame al niño…” – enfatizó. Ella seguía sin mover un pelo. “Dame al niño que está llorando…” – Mientras el bebé seguía llorando ella logró desmagnetizar su mirada sobre él. “¿¡Qué ha pasado!?” – Ella preguntó con un tono de incertidumbre. El bebé seguía llorando. “¡Te dije que me des el niño!” – Aumentando la voz y su intensidad se lo dijo, avanzando hacia ella y magnetizando nuevamente su voluntad. Ella sin interrumpir sus intenciones, dejó que le arrebatara el pequeño. Lo tomó de la cabeza con fimeza y se lo puso en su ceno. Le habló tiernamente y trató de calmarlo, pero en sus ojos algo contradecía esos actos bondadosos. “Ya mi bebé… shhhh… “ – le decía mirándolo con una mirada penetrante y una sonrisa maquiavélica. El bebé comenzó a calmarse. La sangre de las manos de su padre lo mancharon. “¿Por qué estás lleno de sangre?” – le inquirió él. “Eres un bebé malo, ¿a quién has matado? Deberé castigarte…” – decía sin razones y con su sed de violencia que lo secaba por dentro. Comenzó a llorar el bebé, porque él apretaba sus manos sobre su delicado cuerpecito. El bebé lanzó un chillido horrible por el dolor, porque los dedos de su desquiciado progenitor estaban enterrados en sus costillas. Luego avanzó hacia el ventanal, lastimándose sus pies con los vidrios rotos; no le importaba, su manía era más que su razón. Ella seguía inmóvil, sin una célula de su cuerpo que trabajara, y sin decir nada, solo conservaba su rostro de espanto. Como nadie le impedía dar riendas sueltas a su demoníaca demencia, se posó sobre la terraza, sacó sus dedos del cuerpecito diminuto del niño, y lo dejó caer al suelo (un ruido de ultratumba resonó por todo el departamento por la fractura del cráneo del pequeñín), luego lo tomó de un pié y lo alzó sobre el vacío. Acto seguido penetró el alma de ella volteando su cabeza hasta clavar su mirada en sus ojos de terror. Ella sabía que tenía que detenerlo, pero no podía, algo se lo impedía. Una carcajada se mimetizó con el sonar del apretar el pie del bebé. Una mirada burlona y malvada despidió al bebé cuando él lo dejó caer hacia abajo por la terraza. El bebé se perdió en la velocidad de su caída hasta que un tinte rojo marcó la avenida.

Un silencio absoluto reinó en el departamento. Hasta que Ella se reincorporó con miedo. Él avanzó hasta ella para tomarla y llevársela a la habitación a la fuerza. Puso la cama y el colchón en su sitio, y tiró a Ella encima. Con el cuerpo malherido y ensangrentado, se bajó la cremallera diciendo “¿Quieres jugar de nuevo?”.

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Texto agregado el 10-02-2007, y leído por 80 visitantes. (1 voto)


Lectores Opinan
10-02-2007 Me dejaste con la carne de gallina.Muy bueno!!***** terref
 
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