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Un hombre solo por la vida, se cansó de estar solo. Buscó y buscó a una mujer que lo acompañara por el resto de su vida, pero no la encontró. Se cansó y su corazón se afligió. No sabía qué hacer hasta que no pudo más y cayó en depresión.

Era tanta su necesidad de encontrar a una mujer ideal, que su mente se idealizó. Se mentalizó en ese objetivo y perdió de su rumbo las cosas más importantes. Su soledad se incrementó y pensaba que no valía la pena vivir. Su vida se desordenó a causa de una necesidad insatisfecha.

Después de permanecer una semana completa en su casa sin salir a algún lugar, sintió hambre y ya no le quedaban alimentos en la despensa. Tenía poco dinero y quería comer. Pero estaba tan angustiado que no tenía fuerzas para salir a comprar. Además poco le importaba alimentarse, pensaba a ratos. Pero sabía que si no comía, estaría violando una regla básica de la existencia humana: el amor propio. Eso le mantenía a flote cuando creía sumergirse en los grises mares de la desesperanza. Pero no quería. No se amaba, y se auto infligía heridas emocionales como medida de castigo por algún error cometido. Pero desde un rincón de su corazón, emergía un salvavidas que lo tomaba a la fuerza para que no se hundiera.

- “¿Por qué no quieres ir a comprar?”, le preguntaba una voz extraña.
- “¡Porque no quiero!”, respondía él.
- “¡Pero tienes que comer!”.
- “¿Y por qué sería eso?”, respondía preguntando con la misma defensa que tendría un abogado para inquirir de un asesinato. Su depresión lo hacía razonar equivocadamente.
- “La pregunta que haces… ¡Hasta un niño te podría contestar eso!”, proseguía la extraña voz. Luego añadió: “¿Tu sabes la respuesta?”.
- “¡Pues claro!”.
- “Entonces dímela”.
- “¡No quiero! ¡No quiero! ¡Nooooo quiiiieeeeroooo!”, respondió mientras tomó un cuchillo y empezó a hacerse cortes en sus brazos.
- “¿Por qué haces eso? ¿Por qué te cortas los brazos? ¿Te hicieron algo?”, le inquirió la voz extraña.
- “¡Déjame en paz! ¡Vete de aquí! ¡Ya no me hables más!”.
- “¿Por qué quieres que me vaya? ¿Qué te he hecho yo?”, seguía la extraña voz.
- “¡Todo me sale mal! ¡Todo es mi culpa!”, gritaba entre llantos profundos.
- “¿Por qué dices eso? ¿Qué has hecho mal?”, una vez más preguntó.
- “¡Dios me está castigando! ¡Nada me sale bien!”.
- “¿Qué hiciste para decir eso? ¿Por qué Dios te está castigando?”.
- “¡Yo maté a mi hijo! ¡Yo lo maté! ¡Yo lo maté! ¡Aaah!”, le gritó a la voz extraña.
- “¿Por qué dices eso? ¿Qué pasó?”, seguía apelando al corazón esta extraña voz sin cuerpo.
- “¡Ya basta! ¡Déjame sólo! ¡Lárgate de aquí!”, decía ya sin aliento y con la cara llena de lágrimas.
- “Pero… ¿por qué quieres que me vaya? ¿Por qué no quieres hablar conmigo, papito?”.

El hombre quedó helado, paralizado por lo que acababa de escuchar.

- “¿Por qué no me quieres, papi, si tu no fuiste el culpable?”, le respondió la voz.

Seguía mirando al vacío con cara de sorprendido, en la oscuridad de su cuarto, cuando un tenue rayo de luz de luna llena cruzaba la ventana hasta tocar el lado izquierdo de su rostro; su cara roja del dolor emocional y su ojo cristalino lleno de agua salada del dolor.

-“Quiero que te levantes papá. No puedes hacer que tu vida sufra por culpas que no son tuyas, ¿me oíste, Lucas?”.
- “S… s… s텔, respondió con dificultad, Lucas, el hombre que sufría.

En un abrir y cerrar de ojos, Lucas despertó sudando y llorando en medio de la noche. Se sentó apoyándose con ambas manos. Todo parecía tan extraño. Estaba confundido y su corazón alterado. Su desordenado dormir se reflejaba en lo enredada que estaba la sábana blanca con la que se cubría; hacía mucho calor en su cuarto. Miró el reloj despertador que estaba sobre su velador y se percató de lo temprano que era en la madrugada: las 4 y 16. Miró su alrededor y no encontró nada anormal. Tenía un espejo enfrente de la cama, justo debajo de la ventana. Se miró su cara de espanto e incertidumbre. Se restregó la cara con ambas manos y se tranquilizó un poco. Miró nuevamente a su alrededor y su corazón volvió a agitarse cuando un rayo de luz iluminó la parte izquierda de su rostro. Le dió mucho miedo de que se repitiera lo que había soñado. La reverberación lo hizo llorar por su ojo izquierdo, y mientras se lo restregaba con su mano, escuchó un ruido extraño que venía de la puerta principal. Estaba inquieto y el ruido le hizo moverse rápidamente como impulso de instinto gatuno. Se paró en tres tiempos y se dirigió a la puerta. Suavemente deslizó su oreja por la superficie de la puerta para oír y verificar si había alguien del otro lado. Cuando lo hizo, escuchó una voz femenina que decía: “¡Lucas! ¿Estás ahí? Soy yo, ¡Ana!”. Aquella voz lo tranquilizó en un abrir y cerrar de ojos. Era Ana, su esposa. Su confusión quedó superada al recordar que no estaba sólo, y que todo había sido un sueño. Pero sí había tenido un hijo y la trágica experiencia de sufrir un accidente en el cuál el único perjudicado había sido su pequeño hijo, Lucas.

Pero algo no comprendía aún. Abrió la puerta y abrazó a su esposa Ana. Se besaron. “¡Ya estoy aquí amor mío!”, le decía Ana con dulzura. Pero otro ruido los inquietó a los dos. Desde la puerta de la habitación salía vapor. Ambos se miraron asustados, pero se armaron de valor y fueron a ver. Al llegar a la habitación no pudieron ver nada, a excepción del espejo, con el etéreo rayo de luz de luna dejando un camino entre el vapor inexplicable. Nuevamente el ruido se hizo presente. Como si un dedo se deslizara con fuerza sobre la superficie lisa del espejo, el ruido sobrecogedor los estremeció. Se abrazaron fuerte y siguieron avanzando hasta que se presentaron frente al espejo. El rayo débil de la luz de luna se hizo más potente. Gracias a ello, pudieron ver mejor lo que estaba frente a ellos. El reflejo de ambos sobre el espejo empañado se difuminaba hasta que vieron solamente sus propios contornos dibujados sobre él como con un dedo. Ana y Lucas lanzaron un sollozo introvertido sentándose sobre la cama.

- “Ayer, cuando estaba solo, lavé el espejo con agua porque creía ver a Lucas en él. Mientras lo mojaba, lo manoseé tratando de acariciar su imagen. Y sin darme cuenta, nos dibuje a los tres con mis dedos.”, dijo Lucas a su esposa.

Ana, sabiendo de qué se trataba todo, suspiró y luego de meditar un poco, pasó a hablarle.

- “¡Tenemos que superarlo! Juntos lo haremos, y nuestro hijo siempre vivirá en nuestros recuerdos.”, le suplicaba Ana.
- “A veces, creo no poder hacerlo. Me siento tan culpable del accidente. ¡Si tan solo hubiera visto aquel camión!”, hablaba Lucas con sinceridad.
- “No creo que sea fácil superarlo. Pero déjame decirte una cosa: ¡Tu no tienes la culpa! fue solo un accidente y eso no lo podemos controlar”.
- “Hoy me sentí tan solo. ¡Hasta soñé que no te tenía y que buscaba desesperado una mujer! Tengo que decirte que tal vez no sea lo que tu quieres… ¡No soy un ángel!”.
- “¡Mírame! ¡Mira mis ojos!”, le exhortó Ana, y Lucas levantó su rostro y la miró con lágrimas en sus ojos.
- “¡No estás solo! ¡Me tienes a mí! Comparto tu dolor, pues también era mi hijo y siempre será nuestro hijo. Te amo demasiado, ¡y no te dejaré nunca batallar solo contra este dolor! ¡Eres exactamente lo que quiero y amo! ¡Sí eres mi ángel!”, le aseguró su ella.
- “¿Y qué hay del ruido que escuchamos? ¿Y el vapor? ¿No fueron reales?”, seguía el preguntón Lucas.
- “Hay cosas que parecieran ser reales, pero sólo existen porque nosotros queremos que existan, para no aceptar la realidad.”, le mencionaba Ana con total objetividad. Lucas seguía mirándola para sostenerse.
- “Acá solo hay una realidad: estamos tú y yo. Nos pertenecemos uno al otro y yo quiero estar siempre junto a ti. Tuvimos un hijo que fue víctima del suceso imprevisto, y es una oportunidad para demostrar nuestra fortaleza en la vida. ¿Quieres que sigamos haciéndolo, avanzando juntos?”, le preguntó Ana con el corazón en la garganta mientras de sus bellos ojos emanaba sabiduría y comprensión.
- “¡Sí! ¡Sí quiero Ana! ¡Te amo!”, y después de responderle se abrazaron una vez más y se besaron. El corazón de ambos latía con firmeza. Uno aprendía a confiar en el otro, y juntos lograban formar una determinación que ni las peores experiencias pueden romper.


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Texto agregado el 13-02-2007, y leído por 394 visitantes. (1 voto)


Lectores Opinan
13-02-2007 Extraña historia, bien narrada, me atrapaste y me gustó. Mucho dolor en esta historia, pero al final una esperanza de por lo menos vivir con quien te ama, mirando hacia adelante y curándose mutuamente las heridas. Magda gmmagdalena
 
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