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Odio la mirada disimulada de la gente. Mueven los ojos como los camaleones, pero yo no soy mosca ni ellos camaleones, así que a veces, cuando estoy de mal humor, los asusto a gritos.

Deberían mirarme con descaro si no pueden evitar el asombro cuando me descubren. No, deformidades o cara de asesino no tengo.

Soy cazador de sombras y la gente no puede comprender que me pase los días de sol en las calles, dando golpes en el suelo con mi Macacuana Huipitle. Mi Macacuana me la hizo don Gervasio, allá en el pueblo de donde vengo.

Don Gervasio fue el que me enseñó los trucos y secretos de esta profesión milenaria.

Un día estaba yo sentado a la orilla del río, tratando de descubrir cuántas veces cambiaba de dirección la corriente del agua. Oculto en un árbol, don Gervasio me observaba. Cuando se hacía de noche se acercó para decirme que no existía nadie con tal paciencia como la mía, que por eso había decidido iniciarme en la tradición del cazador de sombras.

A mí nadie me había tomado nunca en cuenta, para nada, por eso no me lo pensé dos veces y ayuné cuarenta días con sus noches, tal como me dijo don Gervasio que hiciera para limpiar la vista. Allá por la treintaytava noche comencé a descubrir las sombras nocturnas, las más canijas, pero las ignoré como me había recomendado el viejo y esperé a que las sombras de sol se hicieran presentes, las verdaderas enemigas a vencer. En el día cuarenta, al mediodía, se me manifestaron esas sombras.

Uuuuyyyy, al principio quería salir corriendo cuando las descubrí, porque son bien feas cuando uno las ve deambulando sin dueño; en ese momento escuché la voz de don Gervasio que me explicaba cuál era cuál y cómo se les podía reconocer:

“Mira bien Poncho, esa sombra que va allá, la intranquila, anda buscando a un niño porque sólo con ellos se puede mover como le gusta. Esa otra sombra, la que no se mueve, esa es de las peligrosas porque se le pegan al que se va a morir pronto, y las sigilosas, esas sí son bien cabronas mijito, porque le delatan a las otras sombras tus secretos…”

Me contó todo sobre cada una, diciéndome que era necesario ejecutarlas porque se comen a las sombras con las que uno nació y ocupan su lugar para hacer el mal. Eran tantas que se me olvidó a cuál había que darle con la Macacuana y a cuál no, así que ahora le doy a todas por igual para que no se me escape ninguna.

Al final de mi preparación me construyó don Gervasio mi Macacuana Huipitle con ramas de almendro. Lo que es bueno para los trompos es bueno para una Macacuana, me explicó el maestro mientras cortaba las ramas. Luego juntamos yerbas de las mágicas y las mezclamos con peyote seco. Pa´que amarre bien, me dijo el viejo.
Me inició con una oración en lengua antigua, me escupió agua en la cara y me mando a cazar sombras. Ve Poncho, me dijo, y líbranos de esa plaga oscura de la que nadie se preocupa.

En el pueblo hice bien mi trabajo. Ninguna sombra maligna escapó y llegó un momento en que cada uno de los habitantes andaban con la suya propia, con la que habían nacido. Pero el gusto se me acabó pronto y terminé aburriéndome. Don Gervasio me aconsejó irme a la gran ciudad porque allí sí que encontraría muchas sombras para combatirlas.

“Esas pinches sombras son las que hacen que la personas de la ciudad se pierdan el respeto las unas a las otras”

Por eso tuve que irme de mi pueblo querido.

Así que me vine para acá, a la ciudad, convencido de que las cosas serían fáciles. Por un tiempo, mientras desconocía los gestos de la gente, creí que este lugar era mejor, pero poco a poco se me fue aclarando la situación. En realidad, a los de la ciudad no les importa qué sombra traen cargando. Descubrí que las sombras más malditas andan por todos lados como en su casa y nadie las interrumpe mientras hacen el mal. Sólo yo lucho contra ellas, con mi Macacuana Huipitle, mi peyote y los tacos de frijoles que me prepara doña Lupe, la señora del mercado, a cambio de espantarle a los borrachos que no se quieren ir en las noches de su comedor. A veces me escribe mis cartas, como esta, porque no soy bueno para las letras.

En las noches me acuesto en la calle, en algún lugar bien escondido, con mi Macacuana en una mano y con el cuchillo en la otra, porque en la ciudad las sombras de la noche no andan solas.



Texto agregado el 21-02-2007, y leído por 540 visitantes. (16 votos)


Lectores Opinan
02-08-2007 Ahora comprendo porque te dan tanta envidia los que escriben bien... Hijo de puta, métete por el horto tu bazofia imbécil. SAluditos. unpenefamoso
21-06-2007 me entretuvo. Esta bastante bueno. Gourmet
19-06-2007 vaya vaya que testo tan cansadod de ler. me aburrio bastanet vegestino
19-06-2007 quise decir: "e incorporarle elementos más profundos". josejulio
19-06-2007 Una historia hueca que se queda en el intento de algo más. Demasiado reiterativa que cansa. Habrá que quitarle la paja y incorporarle elementos más profundos. Coincido con petrus, el texto es flojo y bofo. josejulio
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