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a José Navarro



—¿Desde cuándo está aquí?
—Llevo como una semana. ¿No te habías dado cuenta? ¡Caramba, Teodosio, me sorprendes! ¡Eh, cantinero, otra cervecita bien helada!
—Acabo de llegar al pueblo. No he podido por culpa de la maldita lluvia. Dos días en lo mismo. Recién hoy que sale el sol. Y como es fin de semana hay que aprovechar para hacer las compras y llevar a la chacra. Tenemos mucha tarea. Mi Emma se ha quedado al cuidado de las labores mientras yo caigo por acá. Ya me quedo hasta el día siguiente. Siempre venimos los dos y aprovechando que estamos solos nos vamos a buscar alguna fiestecita. ¿Ud. no hace lo mismo?
—¡Claro que sí! ¡Que suerte verte Teodosio! Estoy de vacaciones y quiero disfrutarlo. Es una lástima que no vea a Emma. ¡Salud! ¿Te sirves un vasito?
—No solamente uno, Jefe Arturo.
—No exageres, Teodosio, es sólo para pasar la sed. Dime, ¿cómo está tu familia?, aparte de Emma, por supuesto.Tu hermana Rosenda debe estar hermosa.
—Rosenda hace tiempo que se ha casado. No la pudo esperar.
—No me hagas reír. No digas eso que suena feo. Entre Rosenda y yo sólo hubo una gran amistad. Tu hermana era una chúcara de primera —Arturo sonrió al llevarse el vaso a la boca—. ¿Con quién se casó? Es por pura curiosidad.
—Con un "limeño" que vino a trabajar por acá.
—Salúdale de mi parte. Ya caeré por la casa.
—No vive con nosotros. Hace tiempo que se ha marchado.
—¡Oh! ¡qué lástima! ¡Salud! ¿Y Gil Tuanama?¿Sigue de sonso?
—No se burle, Jefe.
—¡ Ja, ja, ja! ... pero, es que era tan, pero tan sonso.
—Hace tiempo que también se ha marchado. Pero, se ha ido por otra cosa. Anda armado y bien escoltado. ¡Y no se imagina lo valiente que es...!
—No me digas que es "compañero".
—Se lo digo. Hace como un año que anda por la selva.
—Y pensar que lo fregábamos hasta el delirio. No puedo creerlo: el sonso Gil portando un arma.
—Y dirige gente, juntamente con su primo Edwin.
—¿El loco Edwin?
—Ahora está más loco que nunca. Cada vez que aparece por los caseríos comete sus locuras. Y ¿cuánto tiempo piensa quedarse?
—Un par de semanas. Quiero aprovechar porque de aquí a que vuelva pasarán años.
—¿Por qué no pide que le destaquen para acá?
—¿En esta zona quieren a los policías?
—Si no se mete con "ellos", no pasa nada.
—"Ellos" son muchos, mi amigo: "compañeros", narcos, delincuentes... Este pueblo ha perdido su romanticismo.
—No busque romanticismo en esta época.
Arturo saboreó su cerveza lentamente, mientras sus ojos se detenían mirando la ventana. Una polvareda lejana se acercaba. Algunas muchachas corrieron al ver amenazada sus faldas. Sonrió. "Pero mi pueblo me sigue gustando", murmuró. Teodosio pidió otro par de cervezas y antes que Arturo protestara ya le había llenado el vaso.
—Es por la calor, jefe. Al ratito, apenas da unos pasitos, ya se le habrá pasado la cerveza. Además, recién son las cuatro. ¿Está pensando en alguna fiesta? Fíjese que por acá nunca dejamos pasar un sábado sin mover el cuerpo.
—Tienes razón, Teodosio, pero primero vamos a sazonarnos, aunque yo tengo como una hora en esto. Hábleme un poco más de Rosenda. ¿Es cierto que se ha casado?
—Se lo vuelvo a repetir. Ya tiene un hijo. De repente si Rosenda se entera que está por acá, se anima a hacerle su compadre.
—No, Teodosio, ni se te ocurra pasarle la voz. Yo estoy de paso. Y no sé cuando regresaré.
Un grupo de muchachos se detuvieron en la cantina y miraron a Arturo de pies a cabeza. Uno de ellos se rascó la barriga, mientras los demás pedían helados de aguajina. Arturo creyó reconocerlos.
—Algunos son hijos de los primos que Ud. dejó - alcanzó a decir Teodosio llevándose el vaso de cerveza a la boca.
—Déjame decirte una cosa, Teodosio: yo soy igual que tú. No tienes por qué sentirte mal.
—Yo no me siento mal, jefe.
—Hace rato que te estoy oyendo. Me estás tratando como si no me conocieras de pequeño. ¿Acaso no corríamos juntos persiguiendo las pavas de doña Rufina?
—Perdone Ud. pero tanto tiempo, uno ha perdido la confianza.
—No seas tonto, Teodosio. Te devuelvo la confianza perdida.
Ambos se rieron
—Tienes razón, no se puede dejar pasar este sábado. ¿Qué hora es? ¡Ah, qué tonto!, ya me dijiste que deben ser como las cuatro. ¿Y dónde están viviendo? Siempre que uno se toma un traguito, se pone nostálgico.
—Todavía siguen llegando los balseros. A veces se aparece en una de ellas, trayendo plátanos. Acá pagan precio.
—¿Quién?
—Rosenda. Vive río arriba. De vez en cuando trae algo de su chacra para ofertarlo en el pueblo.
—¡Ay... Rosenda... Rosenda! Nunca he podido entenderla. Era muy arisca. Parecía una yegua que no quería domarse. Que quería seguir libre, correteando por el campo, persiguiendo mariposas. Por eso, es que, tal vez, nunca hemos podido entendernos más de la cuenta.
—Si Ud. la viera, ahora.
—¿Tú crees que sea posible encontrarla?
—No lo recomiendo. Ese sitio está algo alejado y no hay nadie que pueda ayudarle.
—¿Por qué tendrían que ayudarme?
—Uno nunca sabe.
—¡Bah! Déjame intentarlo. Regresaré antes que obscurezca. Hoy es sábado y tenemos que divertirnos. Dime, ¿dónde puedo encontrar un bote que me lleve?
—Cualquiera puede llevarlo siempre que Ud. les pague.
Arturo secó su vaso, pagó la cuenta, y antes de salir, preguntó:
—¿Cómo se llama el pueblo donde vive?
—Armayari, jefe.
Y salió a buscar el primer bote que quisiera llevarlo. Llegó en menos de una hora. No era lejos. Mientras ordenaba al motorista que le esperara, puso los pies entre las piedras. Quiso efectuar algunas preguntas a las lavanderas que le miraban pero, haciendo un gesto, se dio media vuelta, como si no le importara la cosa. Al tratar de ganar el camino se dio un resbalón y cayó de bruces. Los muchachos se rieron. Una señora que cargaba una batea sobre la cabeza se acercó a ayudarle.
—¿Busca a alguien, joven?
—Busco a Rosenda. Me han dicho que vive en este pueblo.
—Ella vive al final, por donde están los limoneros. Ud. se va caminando de frente y cuando sienta el aroma de los limones se detiene, pregunta y cualquiera le dará razón. ¿Ud. es su pariente?
—¿Por qué? ¿Está prohibido que la visiten?
—Joven, lo que se gana por curiosear. No se ofenda. Siga de frente y tenga cuidado donde pone los pies, borracho, malagradecido.
Arturo empezó a sentir un ligero mareo. "La cerveza", pensó. Sus pasos, ligeramente torpes, le llevaron directamente hacia una casa de cañabrava donde un niño desnudo, aferrado a un horcón, le miraba.
—Varoncito -dijo Arturo. ¿Está la señora Rosenda?
El niño desnudo se introdujo a la casa. Luego, desde el fondo se escuchó un grito: "¿quién pregunta?"
—¡Arturo!
—¿Qué Arturo?
—Arturo Pinedo.
Una mujer, con el cabello recogido por un pañuelo, se paró en la puerta, y sin dejar su seriedad, preguntó:
—¿Arturo Pinedo? ¿El hombre que se largó del pueblo diciendo que regresaba en unos días?
—No era mi intención quedarme -dijo. Arturo trató de sonreír, pero la seriedad de Rosenda le contrajo el rostro.
—Sinvergüenza. ¿Todavía te atreves a regresar? Pasa, pasa. Arturo, realmente eres un bandido. De todas maneras es un gusto verte. Acá recibimos a todos los que desean, incluyendo sinvergüenzas como tú. Todos son bienvenidos. El es mi sobrinito, mejor dicho es un ahijado de mi esposo. El no está. Llegará en un par de horas. ¿Te vas a quedar a dormir? No creo que haya un bote de regreso.
—Tengo uno que me esta esperando. Tenía ganas de encontrarme contigo. Rosenda, siempre he pensado en tí.
—Se nota. Fíjate que de tanto esperarte, he parido un hijo.
—No seas cruel.
—¿Yo cruel? ¡Por favor! ¿Cómo me vas a decir que pensabas en mí si te pasaste más de cuatro años fuera del pueblo? ¿Acaso hubo alguna carta? No vengas con tonterías. Además, tus excusas ya no sirven para nada. Pero no te preocupes. Noto que has tomado un poco de licor. Pasa, coge una sillita y siéntate, no te sientas mal. Total, los años no pasan en vano. Imagino que tendrás una mujer. ¿Estoy en lo cierto?
—Bueno, mujer... no. Fíjate que sigo solo. Estuve conversando con tu hermano, antes de venir por acá mientras tomábamos una cerveza.
—No me interesa con quién estabas tomando. De todas maneras sólo eres una visita.
Afuera se escuchó un poco de bulla. El niño desnudo salió. Algunos animales husmearon por la casa. Rosenda se paró y corrió hacia la cocina. Sacó puñados de maíz y los regó por el patio mientras los animales se agitaban. El niño desnudo regresó a la sala y con su mirada buscó a Rosenda. Ella le mandó salir, pero él se acomodó a su lado, diciéndole algo al oído.
—Voy todas las semanas al pueblo, a ofertar mis productos. No es gran cosa, pero, al menos aprovecho a la gente que tiene dinero. Hoy no he podido ir porque mi esposo salió por ahí.
—¿Por ahí?
—¡Por ahí, pues! ¿Qué quieres que te diga? No te hagas el tonto. Este es un pueblo chico, y tú no eres ninguna paloma mansa.
—Rosenda, te extrañé. No imaginas cuánto...
—¿Y para qué? —gritó, Rosenda, poniendo las dos manos sobre su cintura—. ¿Tiene importancia, ahora? ¿No te dice nada el hijo que tengo? Supongo que mi hermano te habrá hablado de él. ¿Quieres verlo? Se parece a tí, ja, ja, ja... míralo, tiene tus cachetes, ja, ja, ja... No te asustes Es una broma... Ven, está durmiendo y no quiero despertarlo. ¿Lo ves? Está hermoso. ¿Qué tratas de decirme, Arturo?
Arturo se volvió a sentar. "Nada, estoy un poco mareado".
—Ah, era por eso. Sólo eres capaz cuando estás en copas. Voy a tener otro hijo. Y es del mismo hombre, por si quieres saberlo.
—Rosenda, por favor.
—No me digas que no lo has pensado. ¿Estoy en lo cierto?
Arturo trató de levantarse, pero ella le dio un empujón.
—¡Quédate sentado! Te voy a preparar una limonada. Toda tu vida pensarás en mí como la chúcara: una yegua que no se pudo domar, y que se te escapó cuando la tenías lista. Tú no has sido capaz, Arturo. No, creo que todavía no eres capaz de nada. No te enojes. Fíjate que estamos solos con el niño y no te tengo miedo. No tengo miedo de lo que diga la gente. ¿Y sabes por qué? No te molestes en contestar. No creo que tengas la respuesta: Todos saben de lo que soy capaz. Si quiero estar contigo, ahorita mismo, estaría. Puedo mandar al niño donde mi vecina y todos sabrían lo que estoy haciendo contigo, pero no me da la gana.
—¿Estás provocándome?
—¿Tú crees que esté provocándote? Pues bien, es tu oportunidad. A mi marido no le importa. ¿Qué esperas? ¿No es a eso a lo que has venido? ¡Pobre tonto! Tu sonrisa me dice que tienes miedo. Si saltaras sobre mí no tendrías tiempo de nada. Acaban de llegar los "compañeros". Por eso estoy segura, diciéndote todo esto... ja, ja, ja....
Arturo puso la cara seria. "¿Compañeros?", preguntó. "Sí", afirmó, Rosenda."Es lo que ha tratado de decirme el niño". Arturo revisó sus bolsillos. Tenía sus documentos que le identificaban como un miembro de las fuerzas policiales. "Maldición", pensó. ¿Cómo diablos se le ocurriría andar lejos del pueblo principal con los documentos de policía? Sonrió haciendo una mueca. Rosenda se dio cuenta de su desesperación. Arturo volvió a mirar sus bolsillos. Ahí estaban sus papeles. Levantó la cabeza por instinto y descubrió una salida por la cocina. Podría llegar al río si se decidía a escapar. Miró a Rosenda, pero ella movió la cabeza, como si se burlara de su desesperación. Trató de levantarse pero oyó que alguien rondaba por ahí, por la parte trasera de la casa.
Eran dos jóvenes que se quedaron sentados, cerca al horno, donde husmeaban las gallinas. Miraron a Rosenda de soslayo y ella hizo lo mismo con Arturo. Cogió al niño desnudo y lo dejó en un ambiente separado por una mampara. Entonces hizo su aparición un joven, con unos lentes oscuros ocultando sus ojos, mientras un sombrero, sin color se balanceaba en su mano. Tres jóvenes uniformados cubrían sus espaldas. Rosenda se llevó una de sus manos a la boca mientras los visitantes buscaban acomodarse. Arturo no dijo una palabra. Intentó levantarse, pero de pronto sintió su trasero pegado a la silla. El hombre de los lentes oscuros hizo una venia a Arturo, pero éste bajo la vista. No tuvo necesidad de adivinar quienes eran: sus armas, sus vestimentas y el lugar donde se encontraba le decían todo. Levantó los ojos para buscar a Rosenda pero se tropezó con los ojos de los jóvenes que cubrían las espaldas del joven de los anteojos.
—¿Cómo te llamas? —preguntó.
—Ar-ar-turo —tartamudeó.
—¿Por qué tartamudeas si sólo somos visita como tú?.
—¡Soy del lugar! —dijo, agitándose.
—¡Vamos!, Rosenda, dale un poco de agua al muchacho. Se nos va a morir. Párate. No vayas a ensuciar la silla. Así que te llamas Arturo, ¿Arturo qué...?
—Arturo Pinedo —contestó, parándose.
—Pinedo, Pinedo... me suena el apellido. ¿Uds. no eran los dueños de las chacras que habían, llegando a Huinguillo?
—No, nosotros apenas teníamos una purmita donde sembrábamos plátano. Pero de eso hace tanto tiempo.
Arturo calculó que serían más de veinte hurgando en el pueblo. Algunos estarían en el puerto teniendo cuidado de las deslizadoras, otros en la entrada del pueblo, y esos dos que se habían colocado por la parte de atrás de la casa de Rosenda. ¿Y tenían que caer ahora que estaba de visita?
—¿Y cómo sé que te llamas Arturo Pinedo?
—Rosenda me conoce
—Rosenda tiene sus propios amigos y conocidos.
Arturo, trató de arrimarse a un tronco. Maldijo un poco la situación en que se encontraba. Quiso sonreír, pero el hombrecito de los anteojos le hizo cambiar de opinión.
—¿Puedes mostrarme tus documentos? Quiero estar seguro que tu nombre es realmente Arturo Pinedo. Yo conocí a alguien llamado así. De repente eres tú.
Arturo hizo el intento de buscar entre sus bolsillos. "Sólo vine de pasadita a visitar a Rosenda, creo que los dejé en mi casa. Pero vivo en el pueblo grande y todos saben quien soy".
—Yo no sé quién eres y estoy acá. ¡Aurelio! —ordenó a un hombrecito que miraba a Arturo, dibujando una sonriendo—. ¡Revísale, pueda que tenga mala memoria!
Arturo buscó con desesperación los ojos de Rosenda. Ella se había inclinado intentando sentarse. El hombre de los lentes oscuros prendió un cigarrillo y lo fumó con tranquilidad. Se sentó en una banqueta de madera y arrojó el humo en dirección a Arturo.
—Vea lo que tenemos acá.
Arturo cerró los ojos. Era un policía y conocía los riesgos de serlo. El hombre de los lentes oscuros se sonrió. Puso una mano sobre el hombro de Arturo y lo obligó a sentarse. Siguió leyendo en voz baja. Luego estalló en una carcajada que le asustó. Cruzó los dedos y empezó a respirar aceleradamente. El joven de los lentes oscuros siguió riéndose un buen momento más, desesperando a Arturo, contagiando a sus compañeros y a la propia Rosenda. Arturo los vio mojarse la cara llena de lágrimas mientras él se contraía. Miraba a Rosenda, al hombrecito, a los demás jóvenes, y luego, miraba la salida por la parte de atrás. Ellos seguían riéndose. "Se está orinando", dijo uno de ellos. Y Arturo buscó encontrar un charco en medio de ellos.
—Tenías razón...ja, ja..ja... —dijo el joven de los lentes negros—. Efectivamente te llamas Arturo Pinedo y eres de la provincia. ¡Cuánto gusto, joven! —concluyó—. ¡Vámonos! ¿Rosenda, y tu marido?
—Ya no tarda en llegar.
—¿Seguirá por ahí?
—Sí. Hay que secar las hojas y guardarlas, y eso demora.
El joven movió la cabeza. Luego, antes de salir, dijo, ponle un pañal, es lo mejor. Pero antes sácale al patio, ja, ja, ja...y échale bastante agua, ja, ja, ja...
Arturo los vio alejarse. De un momento a otro oscurecería. Miró la parte de atrás: los jóvenes se habían alejado. Vio a Rosenda y ella seguía riéndose.
—¿Dónde está la gracia? —preguntó, recobrando su aplomo—. ¿Cómo se llama el sinvergüenza?
—Ahora eres valiente. Fíjate como estás. Anda, corre al río a darte un baño.
—No saben de lo que soy capaz.
—Saben de lo que eres capaz, por eso se van... riendo.
—Pero dime, ¿cómo se llama?
—Gil Tuanama... el sonso.
Y Rosenda volvió a reírse cargando al niño desnudo, mientras Arturo escapaba, rumbo al río, por la parte trasera de la casa.

Texto agregado el 21-02-2007, y leído por 215 visitantes. (1 voto)


Lectores Opinan
21-02-2007 que irónica suele ser la vida, cierto?... buen texto!!! psilocibe
 
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