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Aquella mañana de otoño vibraba entre los geranios. Durante la madrugada, el frío había estrujado sin descanso el aroma de todas las flores del patio que Lucía siempre cuidaba con un amor casi de amante. Despertada por la mañana luminosa, salió al balcón y respiró un aroma desacostumbrado para esas fechas y que le murmuraron auspicios de fiesta.

Aroma floral –se dijo para sus adentros-. Respiró profundamente y cerró los ojos. Los mantuvo cerrados unos instantes y arrugó el ceño. Atinó el olfato, como persiguiendo algo a través de la apariencia. De repente abrió los ojos y exclamó: ¡Aquí huele a muerto!

Ni las flores perfumadas, ni aquel sol mentiroso podían esconder la verdad de aquella mañana. Nada, absolutamente nada podía negar la evidencia que presentía mirando a diestro y siniestro. Al principio pensó en algún pajarillo malogrado en alguna maceta, atrapado quizás entre las redes de hierba. Imaginando otros límites más atrevidos, pensó en un gato viejo y olvidado en alguna casa deshabitada de las que había cerca de la suya. Pero no. Su instinto, sus muchos años, y su total conocimiento de gatos, pajarillos y demás flores y olores le decían en su interior que allí olía a otro tipo de procesos. Más bien a que algún moribundo había cruzado las últimas líneas hacía ya un tiempo respetable.

Con el ánimo revolviéndole por todas partes, avanzó hacia la cocina con la intención de tomar algo caliente. Se preparó un café con los ojos fijos en la ventana, pensativa, meditabunda. Perdió por unos instantes la distancia de las cosas y cuando volvió de la abstracción no pudo localizar dónde había dejado su café, y en esa confusión dudó de si realmente lo había preparado. Definitivamente algo le estaba alterando y no pudo evitar el desaliento como una punzada en el estómago. No se sintió bien y comenzó a escuchar un llanto al fondo de su propia casa, como un rumor tenue y silencioso.

Avanzó a su encuentro. Curiosamente, no tenía miedo. En aquella dirección volvía un fuerte aroma de flores, y de café reposando entre los posos de las tazas, porque allí había mucha gente. Ella les conocía a todos y sin embargo no mostraron ningún interés hacia ella cuando entró. Ensimismados, miraban hacia el fondo de la habitación. En un rincón que halló libre tomó asiento, aliviada de tanta compañia. Comenzó a perder interés por lo sucedido hasta aquel momento, divertida por aquel nuevo enigma. Elucubró con que se trataba de un juego o de una fiesta.

Alargó su mano para servirse, al fin, una taza de café pero le fallaron las fuerzas. Nadie prestó atención a su gesto y miró en silencio alrededor. Frente a ella estaba su primo Antonio, observando el tic-tac del reloj que penduleaba en la pared.

Al fondo, alzada entre las sillas más regias de la casa, se sustentaba, poderosa, una bellísima figura de ébano y marfil, rodeada en su forma rectangular por variadas flores que exhalaban sus perfumes en todas direcciones.

Se acercó a mirar y sonrió: Una desconocida dormía allí. Quiso hacer preguntas, hablar sin parar, pero la venció el cansancio cuando garabateó su nombre al filo de la caja. Pero recuperar las fuerzas se reveló una necesidad vital y avanzó decidida a prepararse aquel huidizo café.


Isa-2003-®

Texto agregado el 20-02-2004, y leído por 169 visitantes. (2 votos)


Lectores Opinan
17-06-2014 Buena narración, logra sumergir al lector en la historia. chara
21-02-2004 Increible el "como", el "que" merece, observacion, por lo menos en este caso. Muy por sobre el promedio. Felicidades. Lord_Dinario
21-02-2004 tu manera de relatar llama mucho la atencion, muy bueno tu escrito voodoochild
20-02-2004 Interesante y muy bien contado yoria
 
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